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1. La discusión inacabada: prostitución vs trabajo sexual

1.5. Las asociaciones de trabajo sexual como espacios de voz

Los aportes del feminismo y los estudios de género permiten comprender que el trabajo sexual no se limita a la pura y exclusiva venta de atención sexual dentro de un contexto de violencia y dominación, sino que se implican otros numerosos elementos que complejizan a esta labor, como los deseos, las técnicas de relacionamiento y la demanda de reconocimiento y derechos.

Justamente para hacer notable esta ampliación de perspectiva es que resultan importantes las asociaciones de trabajo sexual que se han multiplicado alrededor del mundo, sin ser Ecuador la excepción. Pero no solo que la producción de una identidad pública y la organización de mujeres trabajadoras sexuales en asociaciones surgen como mecanismos para reaccionar ante las autoridades frente a una serie de conflictos sociales que ubican en la marginalidad, la precariedad económica, el acoso y la violencia a numerosas mujeres de determinados estratos sociales; sino que facilitan la generación de otros dos procesos fundamentales para su

constitución en sujetos políticos: 1) el establecimiento de redes sociales y, 2) la defensa de un espacio geográfico propio.

Sobre lo primero, la constitución de redes sociales, el trabajo de Kamala Kempadoo y Jo Doezema muestra justamente cómo esta asociatividad posibilita mecanismos de sociabilidad y solidaridad para estas mujeres. El crear una colectividad que les permita sentirse

acompañadas y con quien puedan compartir inquietudes similares, amistad o complicidad es fundamental al momento de sostener una identidad política y una nominalización pública. Esto no solo que las ha fortalecido a nivel local, sino que les ha permitido adquirir

for sex worker’s rights as it is through such collectivities that common problems are

identified, identities claimed, redefinitions formulated, and strategies form change developed” (Kempadoo 1998, 167).

Por la posibilidad de constituir una identidad reivindicativa es que para Kempadoo resulta importante la defensa del término ‘trabajadora sexual’ que hacen las organizaciones,

precisamente por su capacidad de combinar la gestación de una identidad con la demanda de ciertos derechos vinculados a dicha identidad. En el acto de nombrarse trabajadoras, por tanto, no solo hay una demanda de valorización social, sino una estrategia política para la

exigibilidad al Estado:

Identity, rights, working conditions, decriminalization, and legitimacy have been central issues collectively addressed by prostitutes for many years. Through these struggles the notion of the sex worker has emerged as a counterpoint to traditionally derogatory names, under the broad banner of a prostitutes’ rights movement with some parts recovering and valorizing the name and identity of “whore”. […]. It is a term that suggests we view prostitution not as an identity –a social or a psychological characteristic of women, often indicated by “whore”– but as an

income-generating activity or form of labor form women and men. The definition stresses the social location of those engaged in sex industries as working people (Kempadoo 1998, 3).

Sin embargo, Kempadoo y Doezema (1998) no son inocentes al pensar la relación que establecen las trabajadoras sexuales con su labor, pues si bien la organización y la reivindicación de la idea de ‘mujer trabajadora’ permite establecer una imagen pública fortalecida y empoderada, ello no implica que, en la práctica, el trabajo sexual se cumpla de una forma lineal y fija. Las autoras se percatan en señalar que las trabajadoras del sexo establecen conexiones diversas con el Estado, la sociedad, los clientes o el mercado sexual dependiendo de múltiples factores, lo que inevitablemente hace variar su propia percepción como mujeres y trabajadoras; generando incluso muchas ambigüedades.

Respecto al segundo proceso, la defensa de un espacio propio, es necesario pensar –

recuperando los postulados marxistas– que los sujetos políticos solo pueden desarrollarse en relación directa a recursos materiales que los transforman y a su vez son transformados, y un recurso material fundamental es un territorio del cual se apropian y defienden por ser, a más del lugar donde se obtienen los recursos para vivir, el lugar de despliegue de su vida social.

Por ello, el espacio no es solo un lugar geográfico que se ocupa, sino que es una producción social que permite la constitución de sujetos sociales:

¿En qué medida se lee y codifica un espacio? No hay una respuesta inmediata satisfactoria para esta cuestión. En efecto, aunque las nociones de mensaje, código, información, etc. no permitan seguir la génesis de un espacio […], un espacio producido se descifra y se lee. Conlleva un

proceso de significación. E incluso si no existe un código general del espacio, inherente a los lenguajes y a las lenguas, quizás hayan existido códigos particulares establecidos en el curso de la historia, con diversos efectos; de ser así, los <<sujetos>> interesados, miembros de tal o cual sociedad, habrían accedido a la vez a su espacio y a su calidad de <<sujetos>> actuando en dicho espacio, un espacio que comprenden (en el sentido fuerte del término) (Lefebvre 2013).

La propuesta de Lefebvre ayuda a no olvidar la importancia de la materialidad en la

constitución de los sujetos y la subjetividad y, además, la condición conflictiva que existe en la producción del espacio social, lo que es un componente insoslayable en la vida de las trabajadoras sexuales y la razón por la cual desde finales del siglo XX han vivido en disputa con la administración municipal por su permanencia en las calles de Quito o su reubicación.

Desde esta perspectiva, se combate la idea de que el espacio sea un lugar neutral de mera ocupación o que se constituye de forma individualizada. Tanto el trabajo de Lefebvre (2013) como el de Massey (2009) proponen que el espacio es social y por tanto un producto social con cualidades sociales, como el ser instrumento del pensamiento y la acción; medio de control, dominación y poder; y dentro de una lógica de producción capitalista, procura las relaciones sociales de reproducción biológica, de fuerza de trabajo y de producción.

Para Massey (2009), el espacio está marcado por al menos tres características: En primer lugar, el espacio es un producto de relaciones sociales complejas, e incluso de la ausencia de relaciones. En segundo lugar, el espacio es la dimensión de la multiplicidad, de la

coexistencia simultánea, de hecho, ambas condiciones son mutuamente constitutivas. En tercer lugar, como producto que es, el espacio nunca está finalizado, siempre se encuentra en proceso de construcción, reconstrucción, es hecho, deshecho y rehecho contantemente. Estas tres características están atravesadas por interacciones constantes de poder, entre ellos, el género y la forma en cómo constituye a las poblaciones.

Por todas estas cualidades es que el espacio tiene que ser gestionado, con el fin de determinar sus formas de uso; de dividir y ordenar el lugar y quiénes pueden habitarlo, lo que suele estar atravesado por cierta cantidad de requisitos y pruebas de acceso. Con esto, la administración del espacio marca lo virtuoso y lo corrupto; desautoriza y autoriza a los sujetos.

Desde la perspectiva de Lefebvre (2013), la gestión del espacio social implica la interacción de al menos tres elementos entrecruzados, cuya coexistencia puede ser coherente o caótica dependiendo de la compatibilidad que expresen: “La tríada percibido-concebido-vivido (que en términos espaciales puede expresarse como prácticas del espacio-representaciones del

espacio-espacios de representación)” (Lefebvre 2013, 99).

En esta tríada, las representaciones del espacio y los espacios de representación son los componentes que mayores fricciones desarrollan, porque el primero se orienta por un ordenamiento que conjuga saber e ideología y dispone la manera en cómo un espacio se concibe abstracta e institucionalmente, siendo generalmente esta la lectura que promueve la planificación urbanística del Estado. En cambio, los espacios de representación son

particulares, atienden a la historia del espacio y cómo ha sido vivido por ciertas poblaciones, incluso en contradicción con las prescripciones institucionales.

Esta contraposición establece la separación entre una forma idealizada de comprender el espacio, y las maneras concretas de producirlo. En lenguaje de Lefebvre, es la oposición entre un espacio abstracto, que limita las posibilidades de despliegue de la vida social, y un espacio diferencial, producido socialmente desde lógicas de convivencia y no de planificación. Así lo expone el autor francés:

El espacio abstracto no se define tan solo por la desaparición de los árboles o el alejamiento de la naturaleza; ni tampoco por la existencia de grandes espacios vacíos estatales o militares (las plazas que acogen sus manifestaciones), o por centros comerciales donde confluyen las mercancías, el dinero, los automóviles, etc. de ningún modo se define a partir de lo percibido. Su abstracción no es en absoluto algo simple: no es transparente, no se reduce a una lógica ni a una estrategia. […] Este espacio abstracto porta la negatividad en relación a lo que le precede y lo sustenta: esto es, las esferas de lo histórico y lo religioso-político. Asimismo, funciona negativamente en relación a lo que emerge y penetra en él, un espacio-tiempo diferencial. No teniendo nada de <<sujeto>>, actúa sin embargo en calidad de tal desde el momento en que

conduce y mantiene relaciones sociales específicas, disuelve algunas y aun se opone a otras. Por otro lado, este espacio abstracto opera positivamente en relación a sus implicaciones: técnicas, ciencias aplicadas, saber ligado al poder (Lefebvre 2013, 108-109).

Añade además que:

La reproducción de las relaciones sociales de producción en el seno de este espacio no acontece sino por una doble tendencia: disolución de viejas relaciones y generación de otras nuevas. De tal modo que el espacio abstracto, a pesar de su negatividad (o más bien precisamente en razón de esa negatividad) engendra un nuevo espacio que portará el nombre de <<espacio

diferencial>>. La razón por la cual podemos llamarlo así estriba en que el espacio abstracto tiende hacia la homogeneidad, reduce las diferencias o particularidades existentes mientras que el nuevo espacio no puede surgir (o producirse) sino acentuando las diferencias. Lo que ese espacio abstracto separa resulta unido en virtud del nuevo espacio diferencial: las funciones, los elementos y momentos de la práctica social (Lefebvre 2013, 110-111).

A estas reflexiones cabe añadir que, así como el espacio no es creación externa de los sujetos y está socialmente condicionado y producido, es también una constitución sexuada y

generizada, que funciona y se articula de manera distinta diferenciando a hombres de mujeres. Linda McDowell (2000), geógrafa feminista y compañera de trabajo de Doreen Masseys, afirma que el desarrollo productivo capitalista impulsado desde el siglo XIX incidió en la concepción de espacio y su vinculación con las relaciones de género, diferenciando de forma notable las áreas públicas y privadas. Ante un espacio público marcado por el trabajo, la velocidad y la competencia feroz, el hogar adquirió una suerte de mistificación, era un lugar ‘sagrado’, lleno de calma y protección, orientado al cuidado de la familia, siendo la mujer una suerte de ‘ángel’ protector de ese espacio:

La casa se convirtió en el espacio idealizado de la vida emocional, donde se expresaban

plenamente los sentimientos que debían reprimirse fuera de ella; es decir, el espacio del amor, la emoción y la empatía. De este modo, la carga de cuidar a los demás recayó sobre los hombros de las mujeres, a las que, sin embargo, se consideraba más <<ángeles>> que trabajadoras. Pero como el hogar era también símbolo del estatus de la riqueza del hombre, se estimuló a la mujer no sólo a mantener las mejores condiciones de vida y limpieza, sino también a decorarlo y embellecerlo (McDowell 2000, 118).

No es difícil identificar las prácticas patriarcales en lo descrito por la autora, que se vuelven más notables cuando describe la formación, desde el siglo XIX, de un amplio movimiento que veía a la pertenencia de la mujer a la casa familiar, como un acto de protección para cuidarla y no exponerla a los riesgos del mundo exterior. De hecho, esta reclusión en el hogar llevó a colocar a la sexualidad y el deseo sexual como prácticas pertenecientes al espacio privado, cuidado por mujeres protegidas de la corrupción de la exterioridad y del trabajo racionalizado. Esta sería una de las raíces de la división entre el espacio público, ‘útil’ y racional; frente al espacio privado, ‘inútil’ pero emocional (McDowell 2000).

Aunque con el paso del tiempo, los cambios en las formas de producción y la ampliación de los derechos, la presencia de las mujeres en el espacio público se volvió cada vez más importante, esto no eliminó la idea de que el hogar es el espacio asignado para las mujeres correctas; de hecho, la doble jornada justamente es la demostración de la división de la mujer en el espacio público y privado, interviniendo en el uno sin afectar al otro. No obstante, señala McDowell (2000) que cuando muchas mujeres decidieron abandonar el espacio privado para ocupar plenamente el público, también se incorporaron al imaginario de las personas

desubicadas, negativas o malvadas, que transgredían el orden y, por tanto, quedaban

expuestas a la violencia y el peligro físico. Este problema –con sus matices– estaría presente hasta la actualidad incluso, lo cual la autora afirma apoyándose en el trabajo de Pateman (1995):

Hay todo un conjunto de individuos y de grupos sociales concretos que quedan fuera del espectro más amplio de acceso a los espacios públicos, bien por su actitud transgresora o su negativa a reconocer los derechos de los demás, bien porque se supone que necesitan protegerse del trasiego de la vida pública. A las mujeres se las ha excluido, y se las continúa excluyendo, con la excusa de que pertenecen al último grupo. Además de su dependencia económica y moral de los hombres, esta condición de seres frágiles y necesitados de protección reduce su derecho a la libertad. […]. El mejor ejemplo son aquellos jueces que, en los casos de acoso o violación, sostienen que la mujer debería estar en casa por su propia protección, o los auténticos <<toques de queda>> para mujeres o niñas que pueden correr peligro a manos de hombres que <<andan sueltos>>. Las campañas feministas para <<reivindicar la calle>> o >>recuperar la noche>, junto con la reivindicación de que imponga la orden de alejamiento al agresor, ponen de

La producción del espacio abstracto y diferenciado desde relaciones de género, se vincula además con lo que Borja (2019) define como injusticia espacial, la condición por la cual los sectores más vulnerables de una sociedad son aislados de los beneficios de la centralidad de la ciudad, siendo desplazados a áreas que no solo carecen de servicios básicos y accesos, sino que están marcados por el estigma de ser lugares peligrosos o propios de personas

indeseables, lo cual afecta directamente a su calidad de ciudadanos, porque se limita sus posibilidades de establecimiento de relaciones sociales y de contacto con los recursos para demandar el cumplimiento de derechos.

Desde esta perspectiva, la imbricación de ciudadanía y capacidad de apropiación del espacio, expresada en la forma de derecho a la ciudad (Lefebvre 1973; Harvey 2012), resulta central para el desarrollo y despliegue de la vida de los sujetos y, por tanto, vuelve crucial la defensa de un espacio de trabajo y convivencia, que no sea privatizado por intereses corporativos, pero tampoco limitado por proyectos urbanísticos estatales que desconocen ciertas formas de convivencia.

Ahora, salta a la vista que la condición de las trabajadoras sexuales de Quito no es tanto la de ejercer su labor dentro de la marginación de los barrios periféricos, sino que más bien se movilizan ante la amenaza de ser afectadas por la injusticia espacial motivada por el discurso de ciertos pobladores, e incluso de ciertas instituciones públicas, que fomentan una ideología de miedo a los otros y de obsesión por la seguridad (Borja 2011), lo que provocaría el

aislamiento de miles de mujeres en espacios lejanos o de difícil acceso, excluyéndolas del espacio público y de mejores oportunidades de obtener recursos económicos, porque desde su sexo y su labor se muestra como transgresoras del bien común y el espacio compartido

(McDowell 2000).