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1. Historias encarnadas: quiénes son las dirigentes de trabajo sexual

1.1. Lourdes Torres: el carisma al servicio de la sobrevivencia

Lourdes es la única dirigente que utiliza abiertamente su nombre real al hablar con la prensa o conceder entrevistas, nunca ha usado un alias y ha asumido con plena consciencia las

consecuencias de no ocultar su vínculo con el trabajo sexual. Lourdes Torres es la presidenta de la ASOPRODEMU, la organización de defensa de trabajo sexual legalmente establecida, más antigua de Quito.

47 Como ya se ha señalado, a finales del 2018 la Asociación de Trabajadoras Sexuales ‘Con esperanza al futuro’

cambió de dirigente. Aunque con ella también establecí buenas relaciones y cuento con una considerable

cantidad de entrevistas, he decidido no incluirla, con el fin de no afectar la narrativa y temporalidad con la que se ha trabajado esta investigación.

Lourdes es una mujer guayaquileña mestiza, de piel clara, 50 años y no más de 1,5 metros. Su figura ya no refleja las formas que ella misma señala, la hicieron célebre en los años de juventud y que inclusive le ganaron admiradores en el ambiente artístico y la llevaron a tener como cliente a un ex presidente del Ecuador. Dice que la gordura es normal porque cuando una mujer abandona el trabajo sexual se dedica a comer. Ella mismo se presenta como la trabajadora sexual más antigua de Quito, con más de 30 años involucrada en la actividad y es sin duda, la líder con mayor apertura y carisma de todas, de fácil conversación y generalmente de buen humor, no le es difícil entablar buenas relaciones con las personas.

Nacida en una familia de clase media en Guayaquil sin mayores particularidades, Lourdes me dice que nunca sufrió agresiones durante su niñez o adolescencia, no sufrió de pobreza o se encontró con un ambiente hostil, por ello, es la única dirigente que concluyó la educación secundaria y comenzó sus estudios universitarios. A sus 17 años, cuando inició la carrera de derecho, la vida para Lourdes no parecía estar encaminada de forma muy distinta a la de muchas otras mujeres jóvenes que compartían las aulas y el barrio con ella.

Su vida se trastoca por dos situaciones. Ella creció viéndose a sí misma como una mujer fea, su tendencia al sobrepeso y la poca relación con otros jóvenes construyeron una autoimagen de insuficiencia. Pensaba que los hombres no la querían porque no era bonita. A esto se suma la muerte de su padre y madre siendo todavía muy joven. Así, una Lourdes de 17 años, expuesta al ambiente universitario, huérfana, con baja autoestima y con débiles lazos familiares con sus hermanas y tíos, encontró en un muchacho un poco mayor a ella la única compañía y apoyo emocional con el que contaba, por eso se enamoró de él cuando supo que le resultaba atractiva y quería ser su novio.

Fue este primer novio el que le propuso a Lourdes salir de Guayaquil para encontrar mejor fortuna en Quito y fue el amor que sentía por él, y la poca conexión con su familia, lo que la llevó a abandonar sus estudios para aventurarse a una ciudad desconocida. Unos días después de la propuesta, Lourdes fue instalada por su pareja en un hotel de la avenida 24 de Mayo en el Centro Histórico de Quito, donde ofrecían sus servicios las trabajadoras sexuales de la zona. Corría la década de 1980 (fig. 4.1.).

Fuente: https://bit.ly/2S2BvFC

Si bien Lourdes me dice que inicialmente no fue obligada a entrar en el trabajo sexual de forma directa, su pareja aplicó en ella una manifiesta violencia moral en cuanto a la

economía, la sociabilidad y la movilidad (Segato 2003). Tras abandonarla en la habitación del hotel no le entregó nada de dinero ni comida, ella, una adolescente de clase media que nunca había trabajado en su vida, desconocía de cualquier posibilidad de empleo y carecía de

cualquier conocimiento o habilidad práctica que le hubiera permitido sobrevivir en una ciudad que no conocía. Cuenta Lourdes, que pasó casi una semana de hambre para animarse a

preguntar a las demás mujeres del hotel cómo trabajaban, cuánto ganaban y si era posible que ella también pudiera ganarse la vida de esa forma.

Siendo la más joven de la avenida 24 de Mayo y aprendiendo progresivamente a explotar de mejor forma su imagen –que poco a poco iba madurando– los clientes comenzaron a abundar para Lourdes, quien pasó del miedo y la molestia a sentirse mucho más cómoda

recibiéndolos. Para la que alguna vez fue una adolescente que se sentía fea, las pelucas, los lentes de contacto, el maquillaje, la ropa llamativa y, sobre todo, su personalidad divertida, se convirtieron en sus principales herramientas para captar la atención de los hombres. De esa forma, Lourdes se convirtió en una de las trabajadoras sexuales más solicitadas del sector.

Sin embargo, con el dinero proveniente del trabajo sexual también llegaron los golpes de su pareja, quien le quitaba todo el dinero ganado y lo gastaba en sus deseos personales. El primer novio, esposo y padre de los hijos de Lourdes, fue también su proxeneta y el culpable de las peores formas de violencia que tuvo que experimentar, las cuales se intensificaron cuando se convirtió en policía nacional y contó a su favor con la posibilidad de violentarla

impunemente, pues hace casi tres décadas atrás, su condición de autoridad lo volvía intocable. De las constantes prácticas de violencia que su esposo ejerció, además de la explotación sexual, Lourdes recuerda la rotura de sus dientes a puñetazos, de los huesos de las manos con la empuñadura de un revólver, un corte transversal en el rostro con un cuchillo; por señalar solo las marcas más visibles y aquello cuya memoria o seguridad emocional le permiten compartirme.

A la violencia de su pareja, hay que sumarle la de las autoridades de control de la ciudad. Lourdes afirma haber superado los 300 ingresos a la cárcel en condición de detenida y comenta con humor que ‘un día trabajaba y un día pasaba presa’, debido al intenso

hostigamiento del que era víctima, junto a sus compañeras, por parte de la policía entre los años 80’s y 90’s.

El nivel de terror que ejercía la pareja de Lourdes era tal, que cuando se la llevó a la provincia de Los Ríos para seguirla explotando sexualmente, Lourdes tuvo huir para evitar ser

asesinada, llevándose consigo a dos de sus hijas y viéndose obligada a dejar lejos a una tercera y a un hijo varón, a los que no pudo ver durante casi 20 años, tras los cuales las redes sociales virtuales permitieron el reencuentro y reconocimiento familiar.

No obstante, la separación también trajo situaciones ventajosas, así, Lourdes aprendió a administrar nightclubs, manejar las finanzas de los negocios y estableció alianzas con dueños de casas de tolerancia. Aprendió además que su carisma y disposición al diálogo y a las bromas le permitían establecer buenas relaciones con compañeras de trabajo, dueños de negocios e incluso con agentes de violencia y represión como ciertas autoridades.

Fue este carisma el que le llevó a ser un nombre estimable al momento de encontrar personas fundadoras para la ASOPRODEMU a inicios de los años 90’s. También la llevó a ser

constante candidata a ocupar cargos en la dirigencia de la asociación, pues contaba más que con el respeto a su carrera política, con la consideración de sus compañeras, que la

identificaban como una mujer jovial con la que se podía hablar, a diferencia de figuras mucho más severas como las dirigentes fundadoras que ahora ya son inactivas o han fallecido. Ese aprecio también ha levantado envidias y acusaciones de inoperancia y falta de disciplina y, sobre todo, de que Lourdes ha sido siempre una dirigente más cercana a los dueños de

Lourdes defiende su postura al señalar que no mantiene amistad ni alianza alguna con los dueños, sino que al defender que los nightclubs no sean clausurados, está defendiendo no al negocio privado de una persona, sino al espacio laboral de las trabajadoras sexuales y que esa defensa no se puede realizar desde la confrontación con la policía, las autoridades de control o los dueños de establecimiento –como se hizo en el nacimiento de las asociaciones–, sino que tiene que ser una negociación donde el carisma y la capacidad de establecer buenas relaciones es fundamental.

Esa capacidad de negociación ha hecho que Lourdes tenga un amplio recorrido organizacional y que sea además la única dirigente aliada directamente al trabajo sexual que se ejerce en

nightclubs, lo que hace también que sus gestiones deban realizarse en solitario, al contrario de

las organizaciones de trabajo sexual informal que cuentan con cuatro dirigentes.

Afirma Lourdes –aunque no lo he podido comprobar– que a sus 50 años todavía ejerce el trabajo sexual, pero de una forma muy esporádica. Según dice, atiende a clientes por vía telefónica, salen a comer o tomar algo, eventualmente sostienen relaciones sexuales y a cambio recibe dinero o algún favor, como víveres o el pago de algún servicio básico como el agua potable o la luz eléctrica. Cuando eso no ocurre, Lourdes se gana la vida dando talleres sobre promoción de derechos a compañeras trabajadoras sexuales, ayudando a obtener permisos de funcionamiento a nightclubs o asesorándolos en problemas legales. La mayor parte de dueños de estos negocios en el Distrito Metropolitano de Quito tienen su número telefónico y la llaman cuando requieren alguna ayuda o consulta.

Estas tareas, sumadas a las acciones dirigenciales que realiza, la tienen ocupada casi todos los días, todo el día, por lo que comparte las tardes o las noches con sus 3 hijas –su hijo sigue viviendo en Los Ríos–, su nieta, su nieto y su cuñada. En su tiempo libre ve televisión, se arregla las uñas, lava la ropa y cuida a los 6 gatos recogidos de la calle que habitan su

departamento, a los encuentra encantadores. Nunca ha podido definir bien por qué, pero dice que los gatos callejeros y las trabajadoras sexuales tienen mucho en común.