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II.2. LA GENTE, LA LEÑA, EL MONTE

II.2.2 Prácticas de consumo

II.2.2.2 ASPECTOS CUALITATIVOS DEL CONSUMO

Las propiedades físico-químicas y la estructura anatómica de las maderas determinan la calidad de las mismas para la obtención de energía. La resistencia a la combustión, la duración del proceso de combustión, y las condiciones de inflamación (cantidad de llama, humo, chispeo, etc) varían según la especie.

Como ya hemos mencionado, se requieren diversas calidades de madera para diferentes actividades. El requerimiento de combustible está vinculado al conocimiento de las propiedades diferenciales de combustión que presentan las especies leñosas. Continuando con el tema de los diferentes propósitos para los cuales se encienden los fuegos, haremos referencia en este apartado, a la problemática relacionada con el consumo de distintas calidades de combustible.

Las mencionadas diferencias que presentan las maderas al hacer combustión, pueden ser aprovechadas o bien ser consideradas inapropiadas para realizar diferentes operaciones como ser: cocción de alimentos, calefacción, iluminación, tratamiento de materias primas, trabajo de material lítico, cuero, pigmentos, cocción de alfarería, y fundición de metales. Debido a sus particularidades, las leñas no son empleadas indistintamente para cualquier uso.

Dependiendo del tipo de actividad para la cual sea empleado el combustible, puede requerirse que la combustión sea más o menos lenta, con llamas altas o bajas, sin chisporroteo, o con mayor o menor cantidad de humo. Hay actividades que implican mayores requisitos que otras con relación al combustible utilizado, particularmente el consumo artesanal. Un buen ejemplo es la metalurgia.

La producción de bienes de metal representa un caso extremo en el nivel de requerimiento de calidad de combustible. Como bien señala L.González (1992) en su trabajo sobre metalurgia prehispánica del Valle de Santa María, cuando esta actividad alcanza altos volúmenes de producción, el consumo de combustibles alcanza paralelamente una magnitud tal, que dados los costos energéticos de su transporte, la disponibilidad de este recurso se transforma en el principal condicionante para la organización espacial de la producción de metales. Además, en relación con esta actividad, el combustible debe cumplir con una serie de requisitos en cuanto a calidad y cantidad, que hace que no cualquier especie cumpla con las cualidades necesarias para poder llevar a cabo el proceso. Según este autor, en los Andes el repertorio de vegetales y otros combustibles es muy vasto, pero de la misma manera, son muy diversas sus calidades y cualidades. Destaca que “debe tenerse presente que en metalurgia, no se trata de armar simples fuegos como para cocinar alimentos” (González 1993). El combustible utilizado en estas operaciones debe cumplir con determinado perfil, deben lograrse lechos de combustión que: a) alcancen temperaturas del orden de los 1200°C, no solo para hacer llegar a fusión los minerales, sino para posibilitar la formación de escorias; y b) que se mantengan esas temperaturas un período de tiempo suficiente como para completar el proceso logrando que el metal fluya con una adecuada separación de la escoria (op. cit).

En cuanto a la producción cerámica, si bien el horneado de alfarería es una de las actividades que insume una importante masa de combustible, varios autores mencionan una marcada preferencia por el uso del guano para esta actividad, en relación con otro tipo de combustibles (Rye 1981; Cremonte 1984; 1989-90; García 1988). La ventaja que ofrece el guano es que se consume en forma lenta y uniforme, elevando la temperatura gradualmente y, aún habiéndose quemado la mayor parte de la materia combustible, la parva conserva su forma. Estas características permiten una cobertura del calor alrededor de las piezas propiciando un enfriamiento lento (Cremonte 1984). El combustible vegetal solo se ha registrado en estas operaciones como iniciador de la combustión (García 1988). Si bien el guano es empleado en muchas oportunidades, también se ha observado el empleo de leña para

la cocción de cerámica. Este es el caso entre los Shipibo-Conibo en el Alto Amazonas, Perú, quienes emplean una estructura de combustión formada por dos troncos paralelos, entre los cuales colocan las piezas, que a su vez son cubiertas por corteza, formando el conjunto de troncos, piezas y corteza, una suerte de pirámide (De Boer y Lathrap 1979). Los autores no hacen referencia a las especies empleadas en esta actividad, aunque de seguro, tanto los troncos como la corteza empleados correspondan a taxones cuyas particularidades de combustión permiten cumplir los requerimientos necesarios para lograr una cocción apropiada de las piezas.

Dejando de lado el consumo cualitativo en el ámbito artesanal, que es el que parece presentar mayores requerimientos, a escala doméstica también se observado, tanto a partir de relevamientos etnográficos, como desde las identificaciones taxonómicas de carbón arqueológico, distintos grados de preferencia por las cualidades de la leña. En general los análisis antracológicos suelen mostrar frecuencias altas de taxones cuyas propiedades de combustión son apropiadas para el tipo de uso en el que han sido empleadas.

Por último, al margen de la actividad para la cual se emplea el combustible (cocción, iluminación, etc) otra cuestión a considerar es, el lugar en el cual se enciende el fuego. Una estructura de combustión en un lugar cerrado probablemente deba ser servida de una forma diferente de aquella encendida a cielo abierto. Algunas maderas generan demasiado humo; o puede que tengan contenidos que resulten tóxicos (el humo de algunas especies provoca dolores de cabeza); o sencillamente producen olor intenso, que puede ser apreciado o no, por determinadas personas. No cualquier especie entonces, puede ser empleada en lugares con poca ventilación, por lo tanto es esperable que, dependiendo de donde se ubique una estructura de combustión (a cielo abierto, en un alero, en el fondo de una cueva, en un recinto techado) varíe el tipo de combustible empleado. En ocasiones una especie puede ser muy buen combustible en relación con su poder calórico, o ser de combustión lenta, sin embargo no es utilizada en determinados contextos.

Como hemos visto, los requerimientos de cantidades y calidades de leña están ligados a varios factores. Para finalizar con el tema del consumo, trataremos a continuación un efecto vinculado a este accionar que consideramos significativo: La deforestación.

Cuando las necesidades de un grupo superan la capacidad de sustento del recurso, sobreexplotando ya sea de forma generalizada en deteminada masa forestal, o bien de modo selectivo al actuar puntualmente sobre algunos taxones en particular, se dan procesos de deforestación. Los efectos de este accionar además de reducir la oferta de recursos, puede introducir por un lado, variabilidad en la composición florística de una región, y por otro en ciertos casos, traer aparejados cambios en la forma de gestión sobre los recursos forestales, debidos precisamente a la modificación sufrida por el entorno.

La deforestación generalmente está asociada tanto al alto consumo de especies vegetales combustibles, como a la tala de árboles para la limpieza de terrenos destinados a la agricultura y, en menor grado, al uso de madera en la construcción, existiendo variaciones locales en cuanto a la incidencia de las causas (FAO 1983).

Los grupos humanos y los recursos forestales en términos de Reddy (1983) están relacionados en cinco puntos: el crecimiento de la población; la capacidad de carga ambiental; la ampliación de tierras para cultivos; la energía invertida en distancias de aprovisionamiento y; mano de obra necesaria. Este autor pone el énfasis en la presión demográfica como motor, particularmente en sociedades agrícolas en las que al aumento de población acarrea por un lado la necesidad de mayor cantidad de terrenos para cultivos, a expensas de la masa forestal nativa. Al mismo tiempo el crecimiento demográfico incrementa la demanda de combustible vegetal, incremento estimado en 600 toneladas anuales por cada 1000 personas adicionales. Este desmedro en los recursos forestales redunda asimismo, en la necesidad de recorrer mayores distancias para abastecerse de leña y su consecuente aumento en el trabajo invertido en esta actividad. Cual sea su causa, en relación a nuestro interés, la gestión de los recursos forestales, lo relevante son los efectos ecológicos y culturales que derivan de la deforestación.

Efectos ecológicos.

Al modificar artificialmente la frecuencia de taxones en determinada región, suelen producirse cambios significativos en el ambiente, poniéndose en marcha un proceso conocido como dinámica sucesional de especies. Tras haber sido desmontadas las tierras, empleadas para cultivos y/o haber sufrido los efectos del sobrepastoreo, se dan procesos de cicatrización dando lugar a las llamadas especies invasoras e incrementadoras de desmonte (Saravia Toledo et al 1995). Conocer la dinámica sucesional de una región resulta una herramienta útil que permite evaluar la incidencia de la actividad antrópica sobre las comunidades vegetales y tener

en cuenta el grado de afectación de conductas como la explotación de leña y el uso de tierras para cultivos. Estas actividades pueden generar sensibles modificaciones en el paisaje que, en mayor o menor medida, obrará cambios en el accionar de los habitantes de ese entorno. Esto nos lleva al segundo tipo de efecto que mencionamos.

Efectos culturales

Existe abundante bibliografía acerca del problema de la deforestación en distintos tipos de ambiente, y su incidencia en la organización socioeconómica de poblaciones de diversos puntos del planeta. Generalmente se ha hecho hincapié en los aspectos económicos relacionados a esta problemática, aunque no son menos importantes los aspectos sociales. La antropización del espacio genera nuevos paisajes, los cuales a su vez, pueden moldear nuevas prácticas, o modificar las ya existentes.

El hecho de que por ejemplo, las zonas sobreexplotadas correspondan a los alrededores de poblados y caminos (Broutin y Laura 1992) va configurando un nuevo entorno y gestando nuevas formas en las estrategias de abastecimiento, incidiendo también en otras prácticas sociales. Al agotar los recursos en las inmediaciones de los asentamientos, sus habitantes se ven obligados a extender sus radios de aprovisionamiento. En cuanto a los caminos, es factible que surjan recorridos alternativos entre distintos puntos de modo de aprovechar los desplazamientos para la recolección de leña, con la importancia que conlleva para una sociedad la expansión de su red de caminos (Chapman 1991)

La necesidad de caminar más, trae aparejadas algunas consecuencias. Como ya mencionamos, la exigencia de recorrer mayores distancias para abastecerse de leña implica un aumento en el trabajo y el tiempo invertido en esta actividad. Energía y tiempo que los actores involucrados en estas tareas restaran a otras ocupaciones.

Al revisar la bibliografía, llama la atención la recurrencia en la vinculación entre la deforestación y la problemática de género. Si bien esto puede ser previsible dado que, la mayoría de los trabajos etnográficos mencionan a mujeres y niños como los principales responsables del abastecimiento de combustible, no deja de resultar interesante que la información referida a aspectos sociales relacionados con la deforestación se centre casi exclusivamente en los cambios que afectan a la mujer (Brokensha y Castro 1983; Kumar y Hotchkiss 1988; Paolisso 1993; De Graff y Bilsborrow 1994; Thapa et al 1996).

Investigaciones realizadas en zonas rurales de Asia y África, han detectado que la creciente deforestación resta a las mujeres, tiempo antes ocupado en tareas de producción de alimentos y en otras tareas domésticas, así como en tareas de producción agrícola (Kumar y Hotchkiss 1988). En cuanto al tiempo invertido en el aprovisionamiento, Fleuret y Fleuret (1978) refieren que “a las mujeres le desagrada esta tarea, la consideran ardua y les consume demasiado tiempo”. Los datos que presentan demuestran que realmente la recolección de leña insume gran cantidad de tiempo para las mujeres de la aldea de Kwemzitu (Tanzania), que sobre un total de 64 horas semanales destinadas a diversas labores, emplean por ejemplo: 27 en cocinar y tareas domésticas, 20 en tareas agrícolas y 11 en recolección de combustibles, lo cual implica casi un 20 % de su tiempo.

Una situación similar se ha observado en la región del Amazonia Ecuatoriana, donde se ha examinado la relación entre la deforestación, el uso de la tierra, y la participación de la mujer en tareas agrícolas, analizándose a escala doméstica, el nivel de impacto en las actividades económicas femeninas (Thapa et al 1996). Focalizaron su interés particularmente en una de las áreas denominadas “de frontera” en el Amazonia, sectores que están sufriendo un rápido y fuerte proceso de deforestación. Según estos investigadores, estas regiones de frontera con la selva, dada su dinámica de cambio, han ofrecido un interesante escenario para observar como los pobladores modifican sus actividades en el marco de un ambiente que esta siendo sensiblemente alterado. Mostrando cambios en pautas de comportamiento previos y en ciertos roles de género.

Antracología y deforestación

Si como hemos referido ya en reiteradas oportunidades, los datos de la antracología no permiten acceder en forma directa a la frecuencia de taxones presentes en determinada área, debido precisamente a las pautas culturales involucradas en la selección, deberíamos discutir aquí hasta que punto la antracología puede reflejar la deforestación. Qué tan factible es verificar que un cambio en las frecuencias de resultados se debe a la deforestación, y no a cambios en las pautas de selección. Posiblemente lo que permite ver el registro antracológico no sea la deforestación en sí, sino sus efectos.

De todas formas, el registro antracológico no está aislado del resto del contexto arqueológico, por lo que existen otros indicadores que pueden dar la pauta de que determinados resultados, podrían deberse a que un proceso de deforestación esta afectando la

región estudiada. Indicadores de crecimiento demográfico, o cambios tecnológicos, por ejemplo, podrían estar acompañando a la deforestación. Por otra parte, el registro antracológico mismo, puede mostrar una marcada presión respecto a una especie en particular, cuya frecuencia al decrecer en el registro de momentos más tardíos, posiblemente indique que está siendo deforestada. Con relación a este punto, más adelante veremos el caso del género

Prosopis en el Ambato.

Es fundamental el complemento de los datos que aporta el carbón con otros datos del registro arqueológico, así como puede resultar de gran utilidad complementar la antracología con otros tipos de análisis como, por ejemplo, los estudios de polen (Leroyer y Heinz 1992). En el caso de ser posible contar con muestras de polen de una región, y de carbón de determinados sitios, la palinología será la herramienta para determinar las especies presentes en el ambiente, y la antracología la que indicará las que han sido efectivamente consumidas.

Teniendo en cuenta las mencionadas salvedades, la antracología ha sido una herramienta de utilidad con relación a los estudios arqueológicos sobre deforestación, y diversos investigadores han trabajado sobre este punto obteniendo interesantes resultados (Willcox 1974; 2002; Miller 1985; Schlichtherle 1990; Machado Yanes et al 1997; Neumann et al 1998; Marziani y Citterio1999).