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ASPECTOS DEL TACTO

In document El Tacto en La Ensenanza (página 137-158)

Nada pasa tan inadvertido como lo que es evidente.

De la misma forma que podemos distinguir el tacto falso del verda- dero, podemos diferenciar algunos aspectos o características que le proporcionan al tacto su significado y su importancia. Como ya hemos visto, el tacto pedagógico es un caso especial del tacto social general. El tacto no es seguramente un fenómeno teórico esotérico. Lo recono- cemos como una característica normal de la vida social cotidiana. De alguna forma, sabemos que el tacto existe, aunque rara vez reflexione- mos sobre su significado. Por el contrario, solemos ser conscientes del tacto sólo cuando vivimos situaciones en las que se echa de menos.

«¡Mira eso! ¡Ésas no son formas de tratar a un niño!» ¿Quién no ha dicho esto alguna vez? Es lo que exclamamos cuando vemos u oímos casos de abusos o abandonos de niños. Y, por triste que sea, los abusos físicos, psicológicos y sexuales de niños suelen ocurrir con demasiada

frecuencia. Nos sentimos incluso molestos u horrorizados cuando ob- servamos que un adulto muestra un comportamiento poco sensible hacia un niño que está jugando, que pide ayuda o, de alguna forma, in- terrumpe la actividad de tjn adulto.

Cuando un adulto insulta o hiere los sentimientos de otro, pode- mos considerar que esa persona es maleducada o ¿osea. Pero cuando un adulto hiere los sentimientos de un niño solemos enfadarnos inclu- so mucho más. Somos conscientes de que, en algunos aspectos, los ni- ños son mucho más vulnerables que los adultos, ya que pueden expe- rimentar miedo o terror de forma mucho más terrible de lo que resulta para los adultos. En resumen, la mayoría de los adultos reconocen que los niños necesitan un tratamiento diferente a los adultos. Por ejem- plo, los bebés parecen frágiles y parecen requerir ternura; y los adultos incluso adaptan su tono de voz al tamaño del niño y producen un len- guaje paternal o maternal para beneficiarle. (En realidad, la investiga- ción conductista ha demostrado que los niños pequeños responden positivamente a la charla maternal y la suelen preferir al tono de voz normal.) Si notamos que un niño tiene miedo o está ansioso por algo, seguramente intentaremos aliviar su miedo y calmarlo. Algunas cosas no las hablamos delante de los niños porque creemos que el niño no es mayor o no es lo bastante maduro para tratar esos temas en su pre- sencia.

En otras palabras, todos sabemos algo sobre el tacto y sobre la ne- cesidad de usarlo en nuestro trato con los niños. Las teorías de la edu- cación, sorprendentemente, guardan silencio respecto a la importan- cia de la calidad del tacto y sus manifestaciones. ¿Es debido a que asumimos que el tacto es simplemente un extra, algo quizás deseable, pero en realidad superfluo en la verdadera tarea de educar a los niños? ¿O es porque el tacto ocupa una parte tan evidente de la vida cotidia- na que no solemos preguntarnos su significado?

Hay un significado del tacto que lo diferencia de los demás com- portamientos a los que se suele asociar, como la «diplomacia», los «modales», el «aplomo», el «savoir faire» o la «delicadeza», aun cuan- do estos términos son, a veces, sinónimos de tacto. Por ejemplo, un di- plomático es «diplomático» con la finalidad de manipular las percep- ciones con fines políticos. Esto no significa necesariamente que un diplomático mienta o engañe, sino que, aunque la diplomacia no pue- de suponer decir cosas que no son ciertas, sí puede implicar posponer las verdades que en realidad deberían decirse. Un diplomático, en úl- tima instancia, está motivado por un interés propio o por el interés del país al que representa. El tacto, por el contrario, está siempre al servi- cio de la persona hacia la que se dirige. Sin ir más allá en este tipo de diferencias, podríamos anotar brevemente que el tacto evita la moti- vación política y la conciliación de la «diplomacia», no subraya la idea de destreza y preocupación por el éxito en las circunstancias difíciles

como lo hacen los «modales», carece de la inteligencia calculadora de «ser entendedor». El tacto no es consciente de sí mismo, de su propia conducta social y de la autoposesión como ocurre con el «aplomo», no enfatiza la experiencia mundana y una conciencia segura de lo que conviene como ocurre con el savoirfaire, y al tacto le preocupa más lo que es adecuado o bueno que el refinamiento del enfoque como ocurre con la «delicadeza». En los apartados que vienen a continuación exa- minaremos algunos de los aspectos de la naturaleza del tacto, en espe- cial los del tacto pedagógico.

El tacto es la práctica de orientarse hacia los demás

El tacto es la práctica de la alteridad.

Para ejercer el tacto uno debe ser capaz de superar una forma de ver el mundo que parece natural en los seres humanos: la actitud de con- siderarse a sí mismo el centro de todas las cosas. Todos los niños, to- dos los adultos, experimentan la relación que se da por sentada del self con respecto al mundo: vivo mi vida, éste es el mundo en el que vivo. En mi mundo estoy en casa. «Vivo aquí» significa que existo aquí y que aquí pertenezco. Cuando hablo o interactúo con los demás, soy cons- tantemente el sujeto de mi discurso y de mis acciones: creo, veo, sien- to, oigo, entiendo, amo, hago, juego, me pregunto cosas. Estoy involu- crado en proyectos en el mundo que definen mi relación con él y que muestran cómo estoy en él. Hago una comida. Prefiero determinadas comidas. Disfruto leyendo un libro. Tengo una opinión sobre algunas personas o sobre lo que hacen. Trabajo en ciertas cosas. Estoy orgu- lloso de lo que consigo o me siento insatisfecho o infeliz por lo que he hecho o por lo que otros me han hecho a mí. Puedo ir al cine, al bar o a la iglesia. La cuestión es: soy el centro del universo. Soy y formo mi mundo.

Cuando me siento bien puedo sentirme «en la cima del mundo». Todo me parece bien. Las cosas del mundo existen como si las hubie- ran puesto aquí para mí. Este mundo es mi casa, mi reino. Pertenezco a él. Algunas veces esta experiencia de la centralidad del «Yo» puede volverse opresiva para la existencia del individuo. No puedo evitar sen- tir que últimamente estoy solo en el mundo. Cuando paso por una cri- sis o cuando de repente me enfrento a una enfermedad seria, entonces me siento abandonado, desconcertado. Esto será mi muerte. Al ser consciente de mi mortalidad y de mi fin inminente, mi mundo puede encogerse y convertirse en un pequeño círculo de desesperación.

Esta experiencia de la primacía del «Yo» en mi mundo no es ni bue- na ni mala. Es la forma en que los seres humanos pueden experimen- tar el mundo, conocer el mundo, reconocer el mundo como suyo. Pe-

ro, por supuesto, ésta no es toda la experiencia humana. El ser huma- no no está solo. Algunas personas pueden apreciar la soledad, la inde- pendencia, la separación; otras, puede que sufran por su causa o por el alejamiento de los demás. Sin embargo, en estas experiencias, la au- sencia o presencia sentida de los demás está ya implícita. En el mun- do experimentamos a otras personas. Hay otras personas que viven a mi lado. Existen otros a los que encuentro en el mundo. La cuestión es: ¿qué me parecen los demás?, ¿están aquí sólo para mí, como parte de mi mundo más amplio?, ¿son los demás importantes para mí en tanto en cuanto se añaden o se substraen de mi mundo?, ¿están los de- más ahí sólo como objetos para la satisfacción de mis deseos o mis ne- cesidades: para ser usados, manipulados por mí y estar disponibles pa- ra mí?

En realidad, no experimento la subjetividad del otro hasta que no logro superar la centralidad de mi self en el mundo. El hecho fascinan- te es que la posibilidad que tengo de experimentar la alteridad del otro reside en mi experiencia de su vulnerabilidad.60 Es justo cuando yo veo

que el otro es una persona que puede ser herida, dañada, que puede su- frir, angustiarse, ser débil, lamentarse o desesperarse, cuando puedo abrirme al ser esencial del otro. La vulnerabilidad del otro es el punto débil en el blindaje del mundo centralizado en mí mismo. Si veo a un niño herido o que agoniza, me olvido, temporalmente al menos, de mis preocupaciones actuales. Ya no me dejo llevar por mi agenda personal. Por el momento estoy allí, por este niño, por esta otra persona. Con es- te reconocimiento del otro llega la posibilidad de actuar por el bien del otro. Por lo tanto, cuando un niño está herido y yo realmente «veo» a este niño en su vulnerabilidad, entonces estoy en posición de hacer al- go por él. En realidad, lo más probable es que la situación sea tal que me incline hacia el niño antes siquiera de pensar en ello.

Una madre acaba de recibir una llamada de teléfono del médico en la que le comunica que los resultados de unas pruebas que parecían indicar la presencia de una enfermedad grave estaban equivocados. El alivio de la ansiedad contenida es tan fuerte que la mujer rompe a llo- rar. Cuando su hijo de seis años entra en la habitación y ve a su madre secándose las lágrimas le pregunta: «¿Qué pasa, mamá?». «No es na- da, cariño», sonríe la madre. «¿Sabes?, a veces me siento tan afortu- nada de tenerte que lloro de felicidad. Ven y deja que te abrace.» La madre cree que no puede explicarle al niño sus miedos y sus debilida-

60. Para más información sobre la naturaleza de la alteridad y de la responsabilidad que surge de la experiencia de la alteridad, véase especialmente E m m a n u e l Levinas (1969), Totality and infinity, Pittsburgh, Duquesne University Press, y (1981), Otherwise than being or beyond essence, La Haya, Martinus Nijhoff. En este apartado también me he referido a algunos aspectos muy ilustrativos de Jan C. M. Engelen (1987), Het gelaat: jij die mij aanziet, Hilversum, Gooi & Sticht.

a

des. Correcta o incorrectamente siente de pronto que el pensamiento de su miedo de morir es demasiado para que un niño pueda cargar con él. Pero, desde este momento, sabe algo más. Sabe que valora la vida, pero que la sacrificaría por su hijo.

Entrevistan en televisión a una joven madre de un niño de tres años. Ella sabe que es portadora del virus del sida y que probablemen- te morirá de esta enfermedad. Es inevitable sentirse conmovido por es- ta mujer. Qué terrible ser tan joven y saber que se está tan cerca de la muerte. Pero la madre habla con una fuerza y una esperanza extraor- dinarias. «Todo lo que espero», dice, «es vivir lo suficiente para poder darle a mi hijo un buen comienzo en la vida.»

Todos somos vulnerables. Y, sin embargo, sabemos que los niños lo son de una forma diferente a los adultos. Especialmente cuando son muy jóvenes (también ocurre con los animales jóvenes), es bas- tante normal que los adultos experimenten este sentido de vulnerabi- lidad desarmada. Naturalmente, de esta vulnerabilidad del niño pue- den abusar los adultos porque su necesidad de protección y ayuda puede hacer que el adulto se sienta importante y poderoso.. Sin em- bargo, el adulto se siente desarmado y atemperado cuando ve que el niño comete errores o hace cosas que parecen difíciles y «típicas de los niños». Pensemos en la risa que provocan los niños en «los espec- táculos no siempre perfectos», durante las actuaciones navideñas de- lante de los padres o de la comunidad. No es un impulso burlón lo que hace que los adultos se rían cuando los niños, sin quererlo, se comportan de forma divertida o cómica. La risa sin mala intención es indicativa del conocimiento de los adultos de la diferencia entre ser adulto y ser niño.

Es a la vista de la indefensión y de la vulnerabilidad del niño que a los adultos les resulta fácil ser generosos y dadivosos. Pero, ¿qué ocu- rre cuando un niño se vuelve legítimamente farisaico y exigente? ¿Có- mo puede el adulto lograr ver la vulnerabilidad del niño y su otredad cuando el adulto está aislado en sí mismo, demasiado preocupado por sus proyectos y sus propios asuntos?

Por supuesto, en un sentido real, todos los seres humanos son vul- nerables; todo ser humano es mortal y está sujeto a miedos y peligros. Todo ser humano es mi otro. El otro es realmente o potencialmente dé- bil y vulnerable, igual que sé que yo soy realmente o potencialmente débil y vulnerable. Sin embargo, la existencia del otro no se manifies- ta simplemente como mi sentimiento de piedad o compasión por el dolor o el sufrimiento de la otra persona. Más intencionadamente, siento al otro como una voz, como una llamada. Y esto es lo que que- remos decir cuando hablamos de nuestra vida con los niños como una vocación, una llamada.

La experiencia del otro es la rotura del silencio de mi mundo, que está centrado en el «Yo». La voz del otro descentra mi universo. En es-

te sentido, podemos decir que el niño recién nacido descentra el self del mundo de la mujer y del hombre. El niño cambia el mundo de la mujer y del hombre a un mundo de madre o padre y, por consiguiente, la mujer se convierte en madre y el hombre en padre. Evidentemente, no todos los hombres o mujeres viven la llegada de un niño como una transformación. Algunos tienen más dificultad que otros para aceptar la responsabilidad de hacer sitio en sus vidas para los niños. Pero, afortunadamente, lo normal es que más pronto o más tarde el nuevo padre o madre experimenten el nacimiento del niño como una llama- da. El recién nacido desde su vulnerabilidad pide que le cuiden. Y la experiencia de esta llamada me convierte de mujer en madre y de hombre en padre. Ahora debo actuar en armonía solícita hacia el otro, para el otro. En este sentido, el tacto es la práctica de estar orientado hacia los otros.

Tener tacto es «tocar» a alguien

Tocar a una persona puede ser más significativo que mil palabras.

La escuela se ha acabado por hoy. Pero antes de irse a casa la pro- fesora se ha puesto a charlar con un compañero. Están hablando de una niña nueva que acaba de llegar a su clase: «Es una niña que es fí- sicamente muy poco atractiva para sus compañeros de clase e incluso para los demás profesores de la escuela. Generalmente los demás ni- ños la evitan. Un chico le golpeó en el brazo con una regla. Y, en lugar de quejarse o devolverle el golpe, se quedó quieta. Los hombros enco- gidos, la mirada caída y sollozando suavemente. Puse mi brazo alre- dedor de ella y le froté el brazo suavemente. Durante un rato la man- tuve así mientras le hablaba y luego empecé a hablar con otros alumnos que entraban en clase. Lo que me sorprendió fue su rendición total a mi abrazo. No retrocedió lo más mínimo. Noté que necesitaba mi contacto físico. Ese mediodía, ella me puso una nota en mi escrito- rio: "Quiero a mi profesora". Y después de clase me preguntó tímida- mente si podía ayudarme en algo. Fue sorprendente ver cómo esta ni- ña rechazada respondió al contacto humano. Vi con mucha claridad lo importante que el contacto físico puede ser para los niños, especial- mente para aquellos que tienen poco contacto en casa».

El tacto afecta a una persona con un simple roce, con una palabra, con un gesto, con la mirada, con una acción, con el silencio. Aunque el tacto etimológicamente implica un contacto físico, el hecho digno de mención es que tiene el ambiguo sentido de una influencia o efecto no físico de un ser humano con respecto a otro. El tacto no es ni intrusi- vo ni agresivo. A menudo, el tacto implica contenerse, pasar algo por

alfo, y aun así se experimenta como la influencia de una persona a quien va destinada la acción. Sin embargo, el tacto tiene de hecho una cualidad corpórea: la solicitud se encarna en la acción realizada con tacto.

El tacto no debería suponer que uno sea excesivamente sensible a los sentimientos de los demás, como puede que algunas veces inter- pretemos el tacto en la vida cotidiana. Una persona puede ser dema- siado «blanda» con otra cuando a lo mejor lo que se requiere es ser di- recto y resoluto. El tacto puede, de hecho, ser firme. El tacto describe lo que es adecuado hacer en una situación concreta. A veces, lo ade- cuado es ser directo, decidido y abierto en una situación en la que pa- rece que eso es lo beneficioso. Las teorías y las ideologías prescriptivas de la educación pasan por ciclos; la ideología actual favorece términos como «libertad», «autorización», «reflexión crítica», «acción emanci- padora», mientras que no se muestra a favor del lenguaje del pasado de «obediencia», «disciplina», «autoridad», «vocación». Sin embargo, no debemos asumir que la «disciplina» y la «autoridad» son necesa- riamente negativas en un sentido pedagógico o educativo.

Aunque la «manipulación» en el sentido de dominación explotado- ra y de control es evidentemente una influencia pedagógica negativa, sin embargo sería difícil negar que, incluso en las prácticas más cultas, existen formas benevolentes de manipulación. El término «manipula- ción» viene de la misma raíz que la palabra «mano». Manipular es «manejar» una situación de una manera determinada. La manipula- ción no es necesariamente antipedagógica, igual que llevar a una per- sona a una fiesta sorpresa de cumpleaños no es necesariamente una forma negativa de manipulación. La enseñanza también puede supo- ner manipular o manejar situaciones de aprendizaje para conseguir que los estudiantes internalicen valores positivos e ideas importantes. En cierto sentido, todos los programas de enseñanza, todos los libros de texto, todos los enfoques instructivos pueden contener elementos de manipulación. Con respecto a los niños, la manipulación es defendible siempre y cuando sea por el bien del niño.

Ahora bien, el problema, por supuesto, es que este tipo de afirma- ción parece proporcionar a cualquier persona la prerrogativa de im- poner su voluntad sobre el niño. Por tanto, aquí tampoco existen re- glas técnicas para determinar qué es objetable o qué es defendible desde un punto de vista pedagógico. Algunas veces, la manipulación, e incluso la fuerza, son apropiadas cuando son inevitables y cuando no se usan como principios para autojustificarse al servicio de un dogma. La manipulación y la fuerza, si se aplican con el espíritu del tacto, no contradicen necesariamente la necesidad del niño de libertad y res- ponsabilidad.

El tacto no se puede planificar

El tacto es implanificable.

Generalmente, es imposible planificar una acción o una respuesta con tacto. Somos conscientes de la naturaleza del tacto cuando, por ejemplo, nos toca la difícil tarea de dar una mala .noticia a una perso-

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