Capítulo 2: El escenario de las polémicas médico-astrológicas
2.2 Medicina, astrología y popularización de la ciencia
2.2.5 Astrología y literatura popular: el almanaque
La historiografía de la ciencia en España ha destacado a algunas personas de últimas déca- das del siglo XVII, etiquetadas como "novatores", decididas a defender y difundir algunas ideas generadas por los cambios científicos que se sucedían en aquel siglo en otros lugares europeos. Si bien fueron una clara minoría entre los practicantes de cualquier ciencia, son los únicos inte-
resantes para muchos historiadores, algo que muestra un juicio a posteriori y que esconde una
apología de la ciencia contemporánea, lo que no deja de ser paradójico, si tenemos en cuenta la discontinuidad en el paso de la ciencia moderna a la ciencia contemporánea que supusieron los cambios en la biología y la química en la segunda mitad del siglo XIX y la relatividad y la mecá- nica cuántica de principios del siglo XX. Un filósofo natural o científico de aquellos años auto- máticamente se convierte en un campeón de la renovación científica y filosófica si se puede en- contrar en su obra escrita alguna traza de ruptura con la tradición científica heredada que le enla- ce con el desarrollo posterior de las ciencias.
Estos "novatores" fueron en su mayoría médicos que defendieron la libertad filosófica y la ruptura con la tradición médica de siglos anteriores, a la que buscaban sustituir por una medicina renovada surgida de la experimentación. A lo largo de esta tesis conoceremos a algunos de ellos, como Juan Muñoz y Peralta, Juan de Cabriada, Diego Mateo Zapata o Marcelino Boix y Moli- ner. El médico Martín Martínez, participante clave en las polémicas médico-astrológicas, vendría a ser la culminación intelectual de estos renovadores de finales del siglo XVII y principios del XVIII, aunque, por otro lado, se enfrentara a algunos de ellos o de sus seguidores en agrias polé- micas.
En las disciplinas que hoy llamamos física y matemáticas el número de renovadores fue aún mucho menor. Se suele apuntar a los matemáticos de los colegios jesuitas que antes comenté como los que de alguna forma incorporaron algunas ideas nuevas a un ámbito de conocimiento ciertamente estancado en aquella España, pero poco hay de renovadores en cuestiones de física,
154La publicación de almanaques, sujeta a todas estas normas, siguió viva durante el siglo XVII y se incre -
mentó en el XVIII (auténtica edad de oro del almanaque en España), como Lanuza afirmó en Astrología, ciencia y sociedad en la España de los Austrias, op. cit., p. 337.
o mejor, de filosofía natural, precisamente el campo que más cambios estaba experimentando en otros contextos. Fueron en todo caso algunos médicos y matemáticos quienes entraron en parte en estos otros ámbitos entre los que estaba la astronomía, a finales del siglo XVII íntimamente ligada a la matemática y a la astrología.
Se escribieron obras de carácter académico, dirigidas a especialistas o estudiantes, sobre todo tratados de matemáticas, la mayoría de ellos inspirados en los publicados en otros países. Se suele señalar a José de Zaragozá como uno de los matemáticos más destacados de aquellos años, formado en la Universidad de Valencia y profesor de matemáticas en el Colegio Imperial
de Madrid. Su única obra de astronomía publicada fue Esphera en común celeste y terráquea,155
que pretendía ser una visión renovada de la disciplina. Zaragozá incluyó la explicación de dife- rentes sistemas astronómicos, incluidos el de Tycho Brahe y el de Copérnico, lo que ha bastado para que se le considere como uno de los renovadores de la astronomía.156 Pero, si bien es cierto
que Zaragozá incluyó estas cuestiones en su obra, también es cierto que su astronomía estaba impregnada de contenido astrológico se mire por donde se mire. Así, Zaragozá por ejemplo escribió que:
Toda la Philosophia reconoce el influxo de los Astros en los inferiores, y quando no hu- viesse otro argumento, las experiencias cotidianas de la Luna bastaran para la evidencia.157
José de Zaragozá reflejó en su obra su tiempo. La matemática incluía la astronomía y ésta era parte necesaria de la astrología. En ningún momento arremetió en su libro contra la astrolo- gía, pero sí incluyó conceptos relativamente modernos de matemáticas y astronomía. Esta ca- racterización se mantuvo durante décadas y tiene su continuidad en el matemático Tomás Vicen- te Tosca y sus compendios del segundo decenio del siglo XVIII, como más adelante explicaré dada su importancia para entender las polémicas médico-astrológicas. Una de las novedades que introdujo Zaragozá fue su tratamiento de los cometas, que consideraba existentes en la región ce- lestial, es decir, superiores a la Luna, pero no entró en cuestiones sobre su posible influjo en el devenir de los acontecimientos terrestres.
Si la obra de Zaragozá se puede considerar como erudita, no lo son otras muchas que vie- ron la luz pocos años después. En 1680 se observó un cometa que provocó un buen número de publicaciones polémicas, la mayoría de ellas papeles y folletos breves que fueron del gusto de un público mucho más general, lo que de alguna manera permitiría tratarlas como "literatura popu-
155ZARAGOZÁ, José, Esphera en comun celeste, y terraquea, Madrid, por Juan Martín del Barrio, 1675. 156Ver en este sentido NAVARRO BROTONS, Víctor, "La ciencia en la España del siglo XVII: El cultivo
de las disciplinas físico-matemáticas", Arbor, 1996, 153, 604-605, pp. 197-252.
157ZARAGOZÁ, José, Esphera en comun celeste, y terraquea, op. cit., p. 190. En esta obra Zaragozá expli-
có las cualidades astrológicas de los planetas y de sus aspectos (pp. 89-90), las casas astrales (pp. 184-190), los días críticos y crisis de uso en medicina (pp. 126-129) o el influjo de la Luna (p. 150), por citar algunos ejemplos.
lar".
El concepto de "popular" ya comenté antes que es objeto de controversia entre los historia- dores. Por lo general, dentro de la literatura sobre astrología se suele aplicar a aquellas publica- ciones de tipo efímero, librillos o panfletos de bajo coste, siendo el caso paradigmático de estos textos el almanaque. Pero muchas de estas publicaciones tenían un público amplio, más allá de lo "popular". En las polémicas médico-astrológicas esto fue un hecho; los almanaques de Diego de Torres los leían la gran mayoría de las personas que sabía leer, ya fueran de las élites o no, y el resto los escuchaban, en la ciudad y también en el campo.
Hoy se suele definir la literatura popular como publicaciones relativamente baratas, accesi- bles y en pequeño formato dirigidas a un público no especialista; obras que tuvieron un buen nú- mero de ediciones y se vendieron en grandes cantidades. Pero esta definición sugiere que se po- drían clasificar como publicaciones para un público objetivo demarcado únicamente por factores socio-económicos, lo que acarrea problemas si incluimos también panfletos y almanaques, atractivos para todo el espectro social.158 El calificativo de popular de estos géneros de publica-
ciones se ha aplicado también a su contenido: astronomía popular, astrología popular, medicina popular... lo que también ha generado debate en torno a la definición de éstas áreas, que no dejan de ser dicotomías artificiales entre lo que se pueda llamar conocimiento experto y conocimiento profano y que conducen por lo general a apreciaciones erróneas, como por ejemplo la implica- ción de un vacío enorme y ficticio entre personas de educación universitaria y el resto.159
Algo similar ocurre con el hecho de que gran parte de la literatura popular se escribiera en lengua vernácula, cuestión que por sí sola durante muchos años ha significado que el texto era del género "popular". Hoy sabemos que esto no es necesariamente cierto, existiendo gran canti- dad de obras de cualquier disciplina escritas en lengua vernácula que estuvieron destinadas ex- clusivamente a profesionales o eruditos, como también tendremos ocasión de compraban alrede- dor de las polémicas médico-astrológicas. Será este punto, el de la lengua a utilizar en una obra, una de las cuestiones más discutidas por todo tipo de polemistas hasta bien entrado el siglo XVIII y enlaza con los ánimos de cada autor a la hora de intentar difundir sus conocimientos.
Las polémicas generadas por el cometa de 1680 se suelen destacar como un ejemplo temprano de la pugna entre tradición y modernidad, en este caso centrada en el terreno de la ma-
158FURNELL, E. L., Publishing and Medicine in Early Modern England, Rochester, University of Ro-
chester Press, 2002; ISAAC, P., "Pills and print", en HARRIS, R. y MYERS, M. (eds.), Medicine, Mortality and the Book Trade, Folkestone, Oak Knoll Press, 1998, pp. 25-49; y JOHNS, A., "Science and the book", en BARNARD, J. y MCKENZIE, D. F. M. (eds.), The Cambridge History of the Book, IV, 1557-1695, Cambrid- ge, Cambridge University Press, 2002, pp. 274-303.
159Esta apreciación restringida al ámbito de la medicina popular se puede ver en: PORTER, R., "Lay medi-
cal knowledge in the eighteenth century: the evidence of the gentleman's magazine", Medical History, 1985, 29, pp. 138-168; y PELLING M. y WHITE, F., Medical Conflicts in Early Modern London: Patronage, Phy- sicians, and Irregular Practitioners, 1550-1640, Oxford, Oxford University Press, 2003, p. 10.
temática, la astronomía y la astrología.160 Los cometas, su explicación y sus posibles influencias
no solo eran importantes desde un punto de vista académico o erudito, sino que su interés desbordaba estos sectores y llegaba a muchos más estratos de la población, al igual que ocurría con los eclipses. La observación astronómica llevaba décadas dando nuevos datos sobre los co- metas y poco a poco esto llegaba también a España. Al mismo tiempo, un contexto como el existente en aquellos años, de decadencia y crisis económica, de epidemias y muertes, era propi- cio para que se recurriera a eclipses y cometas en busca de explicaciones y soluciones a un porvenir sombrío. Así, los polemistas implicados en la multitud de papeles ─la mayoría anóni- mos─ que se publicaron a raíz del cometa discutían sobre sus causas (si sobrenaturales o no) o sobre si provocaban efectos en la Tierra y cuáles eran éstos.161
Es una escenificación temprana de lo que ocurrirá después en las polémicas médico-astro- lógicas que aquí estudio. Veremos cómo otros eclipses y cometas posteriores sirvieron de forma similar para azuzar la publicación de papeles y encender los enfrentamientos verbales. Desde aquel cometa de 1680 hasta otros sucesos semejantes en la tercera década del siglo XVIII, todo cuanto ocurría en los cielos era utilizado para la discusión pública y se debe contextualizar den- tro de un proceso de resistencia, por un lado, y de intentos de renovación, por el otro, de la astro- nomía, con todo lo que ello implicaba para la situación dentro de la ciencia de la astrología. Pro- ceso que se alargaría durante todo el siglo XVIII y que, si bien fue mucho menos erudito en cuanto a los contenidos científicos de cuanto se escribía en comparación con un proceso similar dentro de la medicina, también es cierto que su alcance entre la población fue mucho más grande, dado que se discutía sobre la posibilidad o no de predecir y pronosticar el futuro, algo de enorme interés para cualquier persona.
Además de este tipo de papeles sobre distintos fenómenos en los cielos, los escritos de
160ZAVALA, Iris María, Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del siglo XVIII, Barcelona, Edi-
torial Ariel, 1978, p. 168.
161El doctor Andrés Gámez, del que luego hablaré, escribió un papel al respecto del cometa defendiendo su
origen natural y la ausencia de presagios divino: GÁMEZ, Andrés, Discurso del cometa inocente, y astrolo- gia de el desengaño motivado, del que fue visto de el año proximo pasado de 1680, y principios del presente, y de los horribles, y espantosos pronosticos, que varios astrologos han publicado, Nápoles, por Castaldo Re- gio, 1681. Más ecléctico se mostró el profesor de matemáticas de Valencia Leonardo FERRER en su Discu- sion general de Valencia, de la impresion meteorologica ignea, de el cometa que se ve en Madrid..., Madrid, por Lucas Antonio de Bedmar, 1681. Ferrer también aprovechó la ocasión para defender las futuras glorias de la monarquía en su Cielo favorable para la invicta, y gran monarquia de España, 1681. Un anónimo defendió los augurios que traía el cometa en un folleto titulado Piedra de toque y otro anónimo le refutó con Discurso contra la piedra de toque, que no manifesto fineza..., Madrid, 1682. Otro catedrático de matemáticas de Va- lencia, Juan Bautista CORACHÁN, también participó en la polémica defendiendo una explicación natural del fenómeno con un papelillo titulado Discurso sobre el cometa que aparecio este año 1682, s. l., s. f. Los astró- logos también intervinieron, como Pedro de ROMA ILLICASTI con su Pronostico racional de este cometa, Pamplona, por Martín Gregorio de Zavala, 1681 o Francisco de ARTIGA con Discurso de la naturaleza, pro- piedades, causas y efectos de los cometas..., Huesca, 1681. Se publicaron muchos más, pero estos pueden servir de ejemplo de un fenómeno que siempre estuvo presente, excepto durante el parón por la Guerra de Su - cesión.
contenido astrológico de mayor éxito durante el siglo XVII y XVIII fueron los almanaques. El estudio pionero en abordar el análisis exhaustivo de almanaques de los siglos XVI, XVII y XVIII fue sin duda el de Bernard Capp, si bien se centró exclusivamente en el caso de Inglaterra y estudios similares en otros países siguen en su mayoría pendientes.162 Tomaré aquí la breve de-
finición que él hizo del almanaque: publicaciones anuales y baratas que contenían tablas astronó- micas y astrológicas sobre los acontecimientos del año entrante, al menos los movimientos y conjunciones de los planetas y las estrellas en el Zodiaco y detalles de los eclipses.163
A pesar de ser éste el esqueleto del almanaque, la inmensa mayoría de ellos publicados en cualquier lugar y año incluían otra información de lo más diversa, tanto astrológica como de en- tretenimiento, médica o de interés general. Los almanaques conseguían así diseminar estos con- tenidos a una audiencia que representaba casi a cualquier segmento social. Escritos por profesio- nales de la astrología o del comercio de libros, se publicaron una enorme cantidad de ellos desde el siglo XVI, estando hoy en día todavía presentes. En Inglaterra, a finales del siglo XVII apare-
cían en los dos últimos meses de cada año del orden de 400.000 copias.164 Su éxito no se debía
tanto a su valor literario como a su enorme utilidad, ya que daban información útil en muchos ámbitos de la vida diaria de forma concisa y barata. Sólo en las últimas décadas los estudios históricos han comenzado a reconocer el importante papel que el almanaque jugó en aquellos si- glos ,probablemente por llevar siempre asociado el calificativo de literatura "popular", lo que du- rante mucho tiempo ha significado que eran vulgares y con poco interés para el estudio "serio" del historiador, pues se tenían por pequeñas publicaciones que al acabar el año ya habían perdido la importancia que pudieran tener al salir a la venta.
En España los almanaques fueron comunes durante el siglo XVII. Incluían información so- bre el clima y los factores meteorológicos que eran indispensables en una sociedad agrícola que dependía de vientos, sequías y lluvias para su sustento. Generalmente contaban con un juicio del año, un pronóstico para cada estación, las témporas, los eclipses y otros fenómenos astronómicos del año e información mes a mes de acontecimientos y cuestiones relacionadas con la salud. A todo ello normalmente se añadía un calendario en que el constaban las fechas concretas de todas las fiestas religiosas y de las más importantes ferias comerciales.
La información la generaba el autor a partir de las posiciones de los planetas a lo largo del año, para lo que utilizaba tablas astronómicas. Las interpretaba teniendo en cuenta las cualidades de cada planeta, de las casas astrales, de los signos zodiacales y las aplicaba a lugares, a países o
162CAPP, Bernard, Astrology and the Popular Press: English Almanacs 1500-1800, Londres, Faber and Fa-
ber Ltd, 1979.
163Ibídem, p. 25.
164CURTH, Louise Hill, English Almanacs, astrology and popular medicine: 1550-1700, Manchester, Man-
a personas. Puesto que también afectaba todo ello a las diferentes partes del cuerpo humano, una parte de los almanaques era medicina astrológica; permitía diagnosticar crisis y enfermedades particulares de cada época del año y daba claves para buscar su curación. La astrología era una parte importante de la medicina galénica y lo que ocurrió cuando ésta se cuestionó es que las po- lémicas sobre la renovación de la medicina se extendieron también a la medicina astrológica, como veremos más adelante.
Durante el siglo XVII, los almanaques vieron la luz prácticamente sin problemas con la censura, aunque en algunos casos contados fueron prohibidos. Se publicaron los almanaques y
pronósticos de Pedro de Espinosa (existe un ejemplar publicado en Málaga en 1627), el Reperto-
rio de Jerónimo Cortés,165 los de Diego Ortiz (Zaragoza, 1643), los almanaques de Jerónimo
Armengol166 o de Francisco López (Zaragoza, 1680). Existieron otros muchos de los que se
desconoce el autor y que salían bajo títulos como El jardín de los planetas, El Sarrabal de Mi- lán, El piscator histórico-político, El piscator de las damas, El piscator de los pajes, El piscator cómico, El piscator inmortal, El piscator historial, El gran cazador de los astros, etc. A princi-
pios del siglo XVIII existían El piscator andaluz, cuyo autor era Gonzalo Antonio Serrano y de
quien luego hablaré, El astrólogo cómico español, El gotardo de luca, El gotardo andaluz, El gotardo español, El nuevo atlante español o el famoso Sarrabal de Milán, entre otros.167
Esta continuidad entre el siglo XVII y el inicio del XVIII en cuanto a la publicación de almanaques se vio sacudida por la entrada en escena de Diego de Torres Villarroel. Su almana-
que titulado genéricamente El piscator de Salamanca se imprimió por primera vez en 1718 y su
ascenso en popularidad fue rapidísimo, sobre todo a partir de la supuesta predicción de la muerte del rey Luis I en el correspondiente al año de 1724. Desde entonces el número de almanaques en España creció de forma exponencial a lo largo del siglo (aunque sufrió un parón durante la prohibición dictada por Carlos III en 1765), sin duda alguna un fenómeno alentado por la popu- laridad y ganancias que obtenía Torres y que animó a muchos otros autores a intentar llevarse
165Este almanaque fue prohibido por la Inquisición a partir de 1632. Ver PARDO TOMÁS, José, Ciencia y
Censura. La Inquisición Española y los libros científicos en los siglos XVI y XVII, Madrid, CSIC,, 1991 p. 282.
166ARMENGOL, Jerónimo, Iuicio Universal Astrologico computado para el Año del Señor de 1666. Saca-
do de los aspectos y configuraciones de los planetas y estrellas para el meridiano de Valencia y los de qua - renta grados de elevación. Hazele Gerónimo Armengo de Folch generoso Valenciano, Valencia, por Lorenzo Cabrera, 1665, fue prohibido en 1666 por contener información consideraba de astrología judiciaria: AGN, Edictos, IV (43).
167Los datos están extraídos de ZAVALA, Iris María, Clandestinidad y libertinaje erudito en los albores del
siglo XVIII, Barcelona, Editorial Ariel, 1978, p. 178-185; de AGUILAR PIÑAL, Francisco, La prensa espa- ñola en el siglo XVIII. Diarios, revistas y pronósticos, Madrid, CSIC, 1978 y de ENTRAMBASAGUAS, Joa- quín, "Un memorial autobiográfico de Don Diego de Torres y Villarroel", Boletín de la Academia Española, tomo XVIII, 1931, pp. 395-417 (he consultado una impresión posterior en Estudios y ensayos de investiga- ción y crítica, Madrid, CSIC, 1973, pp.435-459).
parte del pastel.168
Los almanaques eran un género de literatura del gusto de mucha gente, pero Torres consi-