Solamente hemos puesto el pie en la Luna y hemos explorado los planetas más cercanos a nosotros con naves no tripuladas. Más allá de nuestros relativamente cercanos vecinos, tanto el espacio interplanetario como el espacio exterior se encuentran aún fuera del alcance de hasta la más pequeña de las naves de exploración. Pero el propio planeta de los nefilim, con su inmensa órbita, ha hecho las veces de un observatorio móvil, llevándoles a través de las órbitas de todos los planetas exteriores y permitiéndoles observar de primera mano la mayor parte del sistema solar.
No es de extrañar, por tanto, que, cuando aterrizaron por vez primera sobre la Tierra, buena parte del conocimiento que traían con ellos tuviera que ver con la astronomía y con las matemáticas celestes. Los nefilim, «Dioses del Cielo» sobre la Tierra, le enseñaron al Hombre a mirar a los cielos -exactamente, lo que Yahveh le decía a Abraham que hiciera.
Tampoco resulta extraño que hasta las más primitivas y toscas esculturas y dibujos lleven símbolos celestes de constelaciones y planetas; y que, cuando había que representar o invocar a los dioses, sus símbolos celestes se utilizaran como una abreviatura gráfica. Al invocar los símbolos celestes («divinos»), el Hombre ya no estaba solo; los símbolos conectaban a los terrestres con los nefilim, a la Tierra con el Cielo, a la Humanidad con el universo.
Hay símbolos que, según creemos, transmiten también información que sólo podría estar relacionada con el viaje espacial hasta la fierra.
Las fuentes antiguas proporcionan gran cantidad de textos y de listas que tratan de los cuerpos celestes y de sus relaciones con las distintas divinidades. El antiguo hábito de asignar varios epítetos tanto a los cuerpos celestes como a las divinidades ha hecho difícil la identificación. Aún en el caso de identificaciones establecidas, como la de Venus/Ishtar, el cuadro se confunde con los cambios en el panteón. Por ejemplo, en los primeros tiempos se asociaba a Venus con Ninhursag.
Pero algunos expertos han aclarado las cosas en gran medida, como E. D. Van Burén (Symbols of the Gods in Mesopotamian Art), que reunió y clasificó los más de ochenta símbolos -de dioses y cuerpos celestes- que se pueden encontrar en sellos cilindricos, esculturas, estelas, relieves, murales y (con gran detalle y claridad) piedras de demarcación de territorios (kudurru en acadio). Cuando se observa la clasificación de los símbolos, se hace evidente que, además de representar a algunas de las constelaciones meridionales y septentrionales más conocidas (como la Serpiente de Mar para la constelación de la Hidra), los símbolos solían representar o bien a las doce constelaciones del zodiaco (por ejemplo, el Cangrejo por Escorpio), o a los doce Dioses del Cielo y la Tierra, o a los
doce miembros del sistema solar. El kudurru erigido por Melishipak, rey de Susa (ver Fig. 98), muestra los doce símbolos del zodiaco y los símbolos de los doce dioses astrales.
kudurru del rey Melishipak II (1188-11172 a.C.) (Fig. 98)
Dios Símbolo del Kudurru Astro o constelación/es actuales
Shamash Estrella de cuatro puntas Sol
Sin Creciente lunar Luna
Ishtar Estrella de ocho puntas Venus
Anu Altar con corona Región ecuatorial del cielo (Camino de Anu)
Enlil Altar con corona Región norte del cielo (Camino de Enlil). Boyero. Pléyades.
Ea Altar con corona. Cabeza de carnero. Cabra Pez. Tortuga. Persona con cántaros de agua. Región sur del cielo (Camino de Ea), Capricornio, Acuario, Pez austral. Ninhursag Símbolo Omega (¿Úteros?) sobre altar ¿Parte de Argo?¿Nodo de la órbita lunar?
Marduk Dragón con azada o pala Júpiter
Nabu Dragón con estilete de escritura o pared de ladrillos Mercurio
Nergal Cetro con doble cabeza de pantera Marte
Zababa Cabeza de águila (¿buitre?) Constelación del Águila
Shuqamuna y
Shumalia Ave posada en un poste ¿Saturno?
Nergal o Ninurta Cetro con doble cabeza de león ¿Mercurio?
Adad Rayo solo o encima de un toro. Figura humana sobre un toro. Toro Tauro
Gula Perro sentado ¿Lira?
Ishhara Escorpión Escorpio
Nusku Lámpara de aceite ?
Ningishzida Serpiente Hydra
Ningirsu Árado Parte de Centauro
Papsukal Pájaro andando Orión
Una estela, erigida por el rey asirio Asaradón, muestra al soberano sosteniendo una Copa de la Vida mientras da la cara a los doce Dioses del Cielo y de la Tierra principales. (Fig. 116) Vemos a cuatro dioses encima de animales, de los cuales Ishtar sobre el león y Adad sosteniendo el ramificado
rayo se pueden identificar con claridad. A otros cuatro dioses se les representa con las herramientas de sus atributos específicos, como al dios guerrero Ninurta, con su maza de cabeza de león. Los otros cuatro dioses se muestran como cuerpos celestes -el Sol (Shamash), el Globo Alado (el Doceavo Planeta, la morada de Anu), la Luna creciente y un símbolo consistente en siete puntos.
(Fig. 116)
Aunque, en épocas posteriores, el dios Sin estuvo asociado con la Luna, identificada por el creciente, existen evidencias que nos inducen a pensar que en «los tiempos de antaño» el creciente era el símbolo de un dios anciano y con barba, uno de los verdaderos «dioses de antaño» de Sumer.
Representado a menudo en medio de varias corrientes de agua, este dios era, indudablemente, Ea. El creciente estaba asociado también con la ciencia de la medida y el cálculo, de la cual Ea era el maestro divino. Por otra parte, resultaba adecuado asignar al Dios de los Mares y los Océanos, Ea, su homólogo celeste, la Luna, que provoca las mareas.
Pero, ¿qué significaba el símbolo de los siete puntos?
Existen muchas pistas que no dejan la menor duda de que aquel era el símbolo celeste de Enlil. La representación de la Puerta de Anu (el Globo Alado) flanqueada por Ea y Enlil (ver Fig. 87), los simboliza a través del creciente y de los siete puntos. Algunas de las representaciones más claras de los símbolos celestes, que fueron meticulosamente copiadas por Sir Henry Rawlinson (The
Cuneiform Inscriptions of Western Asia), asignan la posición más prominente a un grupo de tres
símbolos que significan a Anu flanqueado por sus dos hijos; aquí se demuestra que el símbolo de Enlil podía ser el de los siete puntos o el de una «estrella» de siete puntas. El elemento esencial en la representación celestial de Enlil era el número siete (la hija, Ninhursag, era incluida a veces, representada por el cortador umbilical). (Fig. 117)
Los expertos no han podido comprender la afirmación de Gudea, rey de Lagash, de que «el 7 celeste es 50».
Los intentos de solución aritmética -alguna fórmula según la cual el número siete se transformaba en cincuenta- fracasaron a la hora de revelar el significado de la afirmación de Gudea. Sin embargo, ahora vemos que la respuesta es sencilla: Gudea afirmaba que el cuerpo celeste que es «siete» simboliza al dios que es «cincuenta». El dios Enlil, cuyo rango numérico era cincuenta, tenía su homólogo celeste en el séptimo planeta.
Pero, ¿cuál era el planeta de Enlil? Recordemos los textos que hablan de los tiempos primitivos, cuando los dioses llegaron a la Tierra, cuando Anu se quedó en el Doceavo Planeta y sus dos hijos, que habían bajado a la Tierra, echaron suertes. A Ea se le dio la «soberanía de lo Profundo», y a Enlil «la Tierra se le dio para sus dominios». Y la respuesta al enigma aparece con toda su trascendencia:
El planeta de Enlil era la Tierra. Para los nefilim, la Tierra era el séptimo planeta.
En Febrero de 1971, los Estados Unidos lanzaron una nave espacial no tripulada hacia la misión más larga que se ha hecho hasta la fecha. Durante 21 meses viajó, más allá de Marte y del cinturón de asteroides, hasta un encuentro, planificado a la perfección, con Júpiter. Después, tal como habían previsto los científicos de la NASA, la inmensa fuerza gravitatoria de Júpiter «agarró» a la nave espacial y la arrojó al espacio exterior.
Especulando con la posibilidad de que, algún día, el Pioneer 10 pudiera ser atraído por la fuerza gravitatoria de otro «sistema solar» y se estrellara en algún otro planeta del universo, los científicos pusieron en el Pioneer 10 una placa de aluminio grabada con un «mensaje». (Fig. 118)
(Fig. 118)
El mensaje emplea un lenguaje pictográfico -signos y símbolos no demasiado diferentes de aquellos utilizados en la primera escritura pictográfica, la de Sumer. El mensaje pretende explicar a los que encuentren la placa que la Humanidad es varón y hembra, de un tamaño que se relaciona con el tamaño y la forma de la nave espacial. Representa también a dos de los elementos químicos básicos de nuestro mundo, y nuestra situación, relacionada con determinada fuente interestelar de emisiones de radio. Y representa a nuestro sistema solar como un Sol y nueve planetas, diciéndole al que lo encuentre: «La nave que has encontrado viene del tercer planeta de este Sol».
Nuestra astronomía está orientada a la idea de que la Tierra es el tercer planeta, algo que es cierto si uno comienza a contar desde el centro del sistema, el Sol.
Pero, para alguien que se acerca a nuestro sistema solar desde el exterior, el primer planeta que se encontrará será Plutón, el segundo Neptuno, el tercero Urano -no la Tierra. El cuarto Saturno, el quinto Júpiter, el sexto Marte. Y lá Tierra sería el séptimo.
Nadie, salvo los nefilim, llegando a la Tierra después de pasar Plutón, Neptuno, Urano, Saturno, Júpiter y Marte, habría considerado a la Tierra «el séptimo». Aún en el caso, por el bien de la discusión, de suponer que los habitantes de la antigua Mesopotamia -en vez de unos viajeros espaciales- hubieran tenido el conocimiento o la sabiduría de contar la posición de la Tierra desde el borde del sistema solar, y no desde el centro, desde el Sol, tendríamos que concluir que aquellos antiguos pueblos conocían la existencia de Plutón, Neptuno y Urano. Y, dado que no podían tener noticia de estos planetas exteriores por sí mismos, la información, necesariamente, se la habrían proporcionado los nefilim.
Cualquiera que sea la posición que se adopte como punto de inicio, la conclusión es la misma: sólo los nefilim podían saber que había planetas más allá de Saturno, y, por consiguiente, la Tierra -si contamos desde el exterior- es el séptimo planeta.
La Tierra no es el único planeta cuya posición numérica en el sistema solar se representaba simbólicamente. Existen muchas evidencias que muestran que a Venus se le representaba como una estrella de ocho puntas: Venus es el octavo planeta, el siguiente a la Tierra, si contamos desde el exterior. La estrella de ocho puntas representaba también a la diosa Ishtar, cuyo planeta era Venus.
(Fig. 119)
(Fig. 119)
Muchos sellos cilindricos y otras reliquias gráficas representan a Marte como al sexto planeta. Un sello cilindrico muestra al dios asociado con Marte (originalmente, Nergal, después, Nabu), sentado en un trono bajo una «estrella» de seis puntas como símbolo. (Fig. 120) Otros símbolos en el sello muestran al Sol, en gran medida como lo representaríamos hoy en día, la Luna y la cruz, símbolo del «Planeta del Cruce», el Doceavo Planeta.
(Fig. 120)
En la época asiria, la «cuenta celeste» del planeta de un dios se solía indicar con el número correspondiente de símbolos de estrella colocado a lo largo del trono del dios. Así, una placa que representa al dios Ninurta ponía cuatro símbolos de estrella en su trono. Su planeta, Saturno, es el cuarto planeta, tal como los contaban los nefilim. Se han encontrado representaciones similares para la mayoría de los demás planetas.
El acontecimiento religioso más importante de la antigua Mesopotamia, los doce días de la Festividad del Año Nuevo, estaban repletos de un simbolismo que tenía que ver con la órbita del Doceavo Planeta, la estructura del sistema solar y el viaje de los nefilim a la Tierra. Las mejor documentadas de estas «afirmaciones de fe» eran los rituales babilonios de Año Nuevo; pero las evidencias demuestran que los babilonios sólo copiaron tradiciones que se remontaban a los inicios de la civilización sumeria.
En Babilonia, la festividad seguía un ritual muy estricto y detallado; cada parte, acto y oración tenía un motivo basado en la tradición y un significado concreto. Las ceremonias comenzaban el primer día de Nisán -por tanto, en el primer mes del año- coincidiendo con el equinoccio de primavera. Durante once días, todos los dioses con estatus celeste se unían a Marduk según un orden prescrito. El doceavo día, todos los dioses partían hacia su propia morada, y Marduk se quedaba solo, con todo su esplendor. El paralelismo con la aparición de Marduk dentro del sistema planetario, su «visita» a los otros once miembros del sistema solar y la separación en el doceavo día -dejando al Doceavo Dios seguir como Rey de los Dioses, pero aislado de ellos- es obvio.
Las ceremonias de la Festividad de Año Nuevo simbolizaban el recorrido del Doceavo Planeta. Los primeros cuatro días, que representaban el paso de Marduk por los cuatro primeros planetas (Plutón, Neptuno, Urano y Saturno), eran días de preparación. Al término del cuarto día, los rituales representaban la aparición del planeta Iku (Júpiter) ante la vista de Marduk. El Marduk celeste se acercaba al lugar de la batalla; simbólicamente, el sumo sacerdote comenzaba a recitar «La Epopeya de la Creación» -el relato de la batalla celeste.
Se pasaba la noche en vela. Al terminar de recitar el relato de la batalla, y con el comienzo del quinto día, los rituales representaban la dodecuple proclamación de Marduk como «El Señor», afirmando que, con posterioridad a la batalla celeste, empezó a haber doce miembros en el sistema solar. Entonces, las recitaciones nombraban a los doce miembros del sistema solar y a las doce constelaciones del zodiaco.
También durante el quinto día, el dios Nabu -hijo y heredero de Marduk- llegaba en barco desde su centro de culto, Borsippa. Pero sólo podía entrar en el complejo del templo de Babilonia al día siguiente, el sexto, pues, por entonces, Nabu era miembro del panteón babilonio de doce y el planeta que tenía asignado era Marte, el sexto planeta.
El Libro del Génesis nos dice que en seis días «el Cielo, la Tierra y toda su hueste» se terminaron. Los rituales babilonios, que conmemoraban los acontecimientos celestes que trajeron como resultado la creación del cinturón de asteroides y la Tierra, se terminaban también en los primeros seis días de Nisán.
Durante el séptimo día, la fiesta centraba su atención en la Tierra. Aunque los detalles de los rituales del séptimo día son escasos, H. Frankfort (Kingship an the Gods) cree que, en ellos, los dioses, dirigidos por Nabu, promulgaban la liberación de Marduk de su prisión en «las Montañas de la Tierra Inferior». Dado que se han encontrado textos que hablan de las épicas luchas de Marduk con otros pretendientes a la soberanía de la Tierra, podemos conjeturar que los acontecimientos del séptimo día eran una representación de la lucha de Marduk por la supremacía en la Tierra (el «Séptimo»), sus derrotas iniciales y su victoria final y la usurpación de poderes.
Durante el octavo día de la Festividad del Año Nuevo en Babilonia, Marduk, victorioso en la Tierra, al igual que el falsificado Enuma Elish le había hecho en los cielos, recibía los supremos poderes de manos de los dioses para, después, en el noveno día, y acompañado por el rey y el populacho, se embarcaba en una procesión ritual que le llevaba desde su casa dentro del recinto sagrado de la ciudad hasta la «Casa de Akitu», que se encontraba en algún lugar en las afueras. Marduk y los once dioses visitantes permanecían en la casa hasta la undécima jornada para, al día siguiente, en la duodécima, separarse y volver cada uno a su morada, dando por finalizada la celebración.
De los muchos aspectos de la festividad babilonia que revelan sus primitivos orígenes sumerios, uno de los más significativos era el que se refería a la Casa de Akitu. En varios estudios, como el de
The Babylonian Akitu Festival, de S. A. Pallis, se ha demostrado que esta casa figuraba ya en las
ceremonias religiosas de Sumer en una época tan temprana como el tercer milenio a.C. Lo esencial de la ceremonia consistía en una procesión sagrada en la que el dios reinante dejaba su morada o templo e iba, atravesando varias estaciones, hasta un lugar fuera de la ciudad. Para este propósito se utilizaba una embarcación especial, un «Barco Divino». Después, cuando el dios terminaba de hacer lo que fuera que hiciese en la Casa A.KI.TI, volvía al muelle de la ciudad con el mismo Barco Divino, y desandaba el recorrido de vuelta al templo en medio de la celebración y el regocijo del rey y del populacho.
El término sumerio A.KI.TI (del cual se deriva el babilonio akitu) significaba, literalmente, «fundar la vida en la Tierra». Esto, acompañado por diversos aspectos del misterioso viaje, nos lleva a la conclusión de que la procesión simbolizaba el arriesgado pero exitoso viaje de los nefilim desde su hogar hasta el séptimo planeta, la Tierra.
Las excavaciones dirigidas durante alrededor de 20 años en la antigua Babilonia, brillantemente correlacionadas con los textos de los rituales babilonios, permitieron a los equipos de expertos dirigidos por F. Wetzel y F. H. Weissbach (Das Hauptheiligtum des Marduks in Babylon) reconstruir el sagrado recinto de Marduk, los detalles arquitectónicos de su zigurat y el Camino Procesional, partes de los cuales se reconstruyeron después en el Museo del Antiguo Oriente Próximo de Berlín oriental.
Los nombres simbólicos de las siete estaciones y el epíteto de Marduk en cada una de ellas se daban tanto en acadio como en sumerio, atestiguando con ello no sólo su antigüedad, sino también los orígenes sumerios de la procesión y su simbolismo.
La primera estación de Marduk, en la que su epíteto era «Soberano de los Cielos», se llamaba «Casa de Santidad» en acadio y «Casa de las Aguas Brillantes» en sumerio. El epíteto del dios en la segunda estación es ilegible; pero la estación se llamaba «Donde el Campo se Separa». El nombre, parcialmente mutilado, de la tercera estación comenzaba con las palabras «Situación frente al planeta...»; y el epíteto del dios cambiaba aquí a «Señor del Fuego Derramado».
La cuarta estación se llamaba «Lugar Santo de los Destinos» y Marduk recibía el nombre de «Señor de la Tormenta de las Aguas de An y Ki». La quinta estación parecía menos turbulenta. Se llamaba «La Calzada», y Marduk asumía el título de «Donde Aparece la Palabra del Pastor». También se indicaba una navegación tranquila en la sexta estación, llamada «La Nave del Viajero», donde el epíteto de Marduk cambiaba a «Dios de la Puerta Señalada».
La séptima estación era el Bit Akitu («casa de la fundación de la vida en la Tierra»). Allí, Marduk tomaba el título de «Dios de la Casa del Descanso».
En nuestra opinión, las siete estaciones de la procesión de Marduk representaban el viaje espacial de los nefílim desde su planeta hasta la Tierra; creemos que la primera estación, la «Casa de las Aguas Brillantes», representaba el paso por Plutón; la segunda («Donde el Campo se Separa»), era Neptuno; la tercera, Urano; la cuarta -un lugar de tormentas celestes- Saturno. La quinta, donde «La Calzada» se hacía clara, «donde aparece la palabra del pastor», era Júpiter. La sexta, donde el viaje cambiaba a «La Nave del Viajero», era Marte.
Y la séptima estación era la Tierra, el final del viaje, donde se le ofrecía a Marduk la «Casa del Descanso» («la casa de la fundación de la vida en la Tierra» del dios).
¿Cómo veía el sistema solar, en términos del vuelo espacial a la Tierra, la «Administración