Los estudios hechos sobre «La Epopeya de la Creación» y otros textos paralelos (por ejemplo, el de S. Langdon, The Babylonian Epic of Creation) demuestran que, en algún momento después del 2000 a.C, Marduk, hijo de Enki, fue el vencedor de una contienda con Ninurta, hijo de Enlil, por la supremacía de los dioses. Los babilonios revisaron entonces el original sumerio de «La Epopeya de la Creación», y borraron de él todas las referencias a Ninurta y la mayoría de las referencias a Enlil, rebautizando al planeta invasor como Marduk.
El ascenso real de Marduk al estatus de «Rey de los Dioses» sobre la Tierra vino acompañado, así pues, por la asignación a él, como homólogo celeste, del planeta de los nefilim, el Doceavo Planeta. Así pues, como «Señor de los Dioses Celestes [los planetas]», Marduk fue también «Rey de los Cielos».
Algunos expertos creyeron al principio que «Marduk» era la Estrella Polar, o bien alguna otra estrella brillante visible en los cielos mesopotámicos en la época del equinoccio de primavera, dado que al Marduk celeste se le describía como «un brillante cuerpo celeste». Pero Albert Schott (Marduk
und sein Stern) y otros acabaron demostrando definitivamente que todos los textos astronómicos
antiguos hablaban de Marduk como de un miembro del sistema solar.
Dado que otros epítetos describían a Marduk como «el Gran Cuerpo Celeste» y «Aquel Que Ilumina», se avanzó la teoría de que Marduk fuera un Dios Sol babilonio, similar al dios egipcio Ra, al cual los expertos consideraban también un Dios Sol. Los textos que describen a Marduk como el «que explora las alturas de los distantes cielos... llevando un halo cuyo resplandor inspira pavor» parecían apoyar esta teoría. Pero el mismo texto seguía diciendo que «inspecciona las tierras como Shamash [el Sol]». Si Marduk era en algunos aspectos semejante al Sol, no podía ser, claro está, el Sol.
Pero, si Marduk no era el Sol, entonces, ¿qué planeta era? Los antiguos textos astronómicos no conseguían ajustarse a ningún otro planeta. Basando sus teorías en determinados epítetos, tal como Hijo del Sol, algunos expertos indicaron a Saturno. La descripción de Marduk como un planeta rojizo hizo candidato también a Marte. Pero los textos situaban a Marduk en markas shame («en el centro del Cielo»), y esto convenció a la mayoría de los estudiosos de que la identificación más adecuada sería la de Júpiter, que está situado en el centro de la línea de planetas:
Mercurio Venus Tierra Marte- Júpiter- Saturno Urano Neptuno Plutón
Pero en esta teoría había una contradicción. Los expertos que la habían planteado eran los mismos que sostenían la idea de que los caldeos no tenían noticia de los planetas que hay más allá de Saturno. Por otra parte, estos expertos contaban a la Tierra como un planeta, mientras afirmaban que los caldeos pensaban que la Tierra era el plano centro del sistema planetario, y omitían a la Luna, que los mesopotámicos contaban, con toda seguridad, entre los «dioses celestes». La identificación de Júpiter como Doceavo Planeta, simplemente, no funcionaba.
«La Epopeya de la Creación» afirma, claramente, que Marduk era un invasor de fuera del sistema solar, que había pasado junto a los planetas exteriores (incluidos Júpiter y Saturno) antes de colisionar con Tiamat. Los sumerios llamaron al planeta NIBIRU, «el planeta del cruce», y la versión babilonia de la epopeya conservó la siguiente información astronómica:
Planeta NIBIRU:
Las Encrucijadas del Cielo y la Tierra ocupará. Por encima y por debajo, ellos no cruzarán;
deben esperarle.
Planeta NIBIRU:
Planeta que es brillante en los cielos. Ocupa la posición central;
a él rendirán homenaje.
Planeta NIBIRU:
Él es el que, sin cansarse,
sigue cruzando por en medio de Tiamat. Que «CRUZAR» sea su nombre-
Aquel que ocupa el medio.
Estas líneas nos proporcionan información adicional y concluyente que indica que, al dividir al resto de planetas en dos grupos iguales, el Doceavo Planeta «sigue cruzando por en medio de Tiamat»: su órbita pasa una y otra vez por el lugar de la batalla celeste, donde Tiamat solía estar.
Descubrimos que los textos astronómicos que trataban, de un modo altamente sofisticado, de los períodos planetarios, así como las listas de planetas en su orden celeste, sugerían también que Marduk aparecía en algún lugar entre Júpiter y Marte. Y, dado que los sumerios conocían todos los planetas, la aparición del Doceavo Planeta en «la posición central» confirma nuestras conclusiones:
Mercurio Venus Luna Tierra Marte –Marduk- Júpiter Saturno Urano Neptuno Plutón
Si la órbita de Marduk pasa por donde estuvo Tiamat en otro tiempo, por un lugar relativamente cercano a nosotros (entre Marte y Júpiter), ¿por qué no hemos visto aún a este planeta que, supuestamente, es tan grande y brillante?
Los textos mesopotámicos dicen que Marduk llega a regiones desconocidas de los cielos, en la lejanía del universo. «Él explora los conocimientos ocultos... ve todos los rincones del universo». Se le describía como el «admonitor» de todos los planetas, aquel cuya órbita le permite circundar a todos los demás. «Los abraza en sus bandas [órbitas]», hace un «aro» a su alrededor. Su órbita era «más elevada» y «más grandiosa» que la de cualquier otro planeta. Se le ocurrió así a Franz Kugler
(Stemkunde und Sterndienst in Babylon) que Marduk fuera un cuerpo celeste de movimiento rápido
que orbitara en un gran sendero elíptico, al igual que un cometa.
Un recorrido elíptico de este tipo, sujeto al Sol como centro de gravedad, tiene un apogeo -el punto más distante del Sol, desde donde comienza el camino de vuelta- y un perigeo -el punto más cercano al Sol, desde donde comienza su retorno al espacio exterior.
Descubrimos que estas dos «bases» están, ciertamente, asociadas con Marduk en los textos mesopotámicos. Los textos sumerios decían que el planeta iba de AN.UR («la base del Cielo») a E.NUN («la morada elevada»). La epopeya de la Creación decía de Marduk:
Cruzó el Cielo e inspeccionó las regiones... La estructura de lo Profundo midió entonces el Señor.
E-Shara él estableció como su morada prominente; E-Shara como una gran morada en el Cielo estableció.
Una «morada» era, así pues, «prominente» -en las regiones profundas del espacio. La otra estaba en el «Cielo», dentro del cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter. (Fig. 111)
(Fig. 111)
Siguiendo las enseñanzas de su antepasado sumerio, Abraham de Ur, los antiguos hebreos asociaron también a su deidad suprema con el planeta supremo. Al igual que los textos mesopotámicos, muchos libros del Antiguo Testamento dicen que el «Señor» tenía su morada en «las alturas del Cielo», desde donde «contemplaba los principales planetas mientras aparecían»; un Señor celestial que, invisible, «por los cielos se mueve en un círculo». El Libro de Job, después de describir la colisión celeste, ofrece estos significativos versículos que nos cuentan adónde ha ido el elevado planeta:
Hacia lo Profundo marcó una órbita; donde la luz y la oscuridad [se mezclan]
está su límite más lejano.
No menos explícitos, los Salmos esbozan el majestuoso curso del planeta:
Los Cielos ensalzan la gloria del Señor; el Brazalete Repujado proclama su obra...
Él sale como un novio del dosel;
como un atleta, se regocija en hacer su carrera. Desde el fin de los cielos él emana, y su circuito está donde éstos terminan.
Reconocido como un gran viajero en los cielos, remontando el vuelo hasta las inmensas alturas de su apogeo, para, después, «bajar, curvándose en el Cielo» de su perigeo, se representó al planeta como un Globo Alado.
Dondequiera que los arqueólogos descubrieran restos de pueblos de Oriente Próximo, el símbolo del Globo Alado aparecía, dominando templos y palacios, tallado en las rocas, grabado en sellos cilindricos, pintado en las paredes. Acompañaba a reyes y sacerdotes, se colocaba por encima de sus tronos, se «cernía» por encima de ellos en los escenarios de las batallas, se grababa en sus cuadrigas. Objetos de arcilla, metal, piedra y madera se adornaban con este símbolo. Los soberanos de Sumer y Acad, de Babilonia y Asiría, de Elam y Urartu, de Mari y Nuzi, de Mitanni y Canaán, todos, reverenciaban este símbolo. Reyes hititas, faraones egipcios, shar's persas, todos, proclamaban la supremacía del símbolo (y de lo que significaba). Y así fue durante milenios. (Fig. 112)
(Fig. 112)
La convicción de que el Doceavo Planeta, «el Planeta de los Dioses», seguía dentro del sistema solar, y que su gran órbita volvía a pasar periódicamente por las cercanías de la Tierra, era el punto central de las creencias religiosas y de la astronomía del mundo antiguo. El signo pictográfico del Doceavo Planeta, el «Planeta del Cruce», era una cruz. Este signo cuneiforme , que también significa «Anu» y «divino», evolucionó en las lenguas semitas hasta la letra tav , que
significaba «la señal».
Y, ciertamente, todos los pueblos del mundo antiguo consideraban la aproximación periódica del Doceavo Planeta como una señal de trastornos, grandes cambios y nuevas eras. Los textos mesopotámicos hablaban de la aparición periódica del planeta como de un acontecimiento anticipado, predecible y observable:
El gran planeta: en su aspecto, rojo oscuro.
El Cielo divide por la mitad y se levanta como Nibiru.
Muchos de los textos que tratan de la llegada del planeta eran augurios que profetizaban el efecto que el acontecimiento tendría sobre la Tierra y la Humanidad. R. Campbell Thompson (Reports of the
Magicians and Astronomers of Nineveh and Babylon) reprodujo varios de estos textos, que describen
el avance del planeta mientras «bordeaba la posición de Júpiter» y llegaba al punto de cruce, Nibiru:
Si, desde la posición de Júpiter, el Planeta pasa hacia el oeste,
habrá un tiempo para morar en la seguridad. La amable paz descenderá sobre la tierra.
Si, desde la posición de Júpiter, el Planeta aumenta en brillo
y en el Zodiaco de Cáncer se convierte en Nibiru, Acad se desbordará de plenitud,
el rey de Acad crecerá poderoso. Si Nibiru culmina...
las tierras habitarán con seguridad, los reyes hostiles estarán en paz,
los dioses recibirán las oraciones y atenderán las súplicas.
No obstante, se esperaba que la aproximación del planeta provocara lluvias e inundaciones, debido a los fuertes efectos gravitatorios:
Cuando el Planeta del Trono del Cielo crezca en brillo,
habrá inundaciones y lluvias... Cuando Nibiru alcance su perigeo,
los dioses darán paz; se resolverán los problemas, las complicaciones se aclararán. Lluvias e inundaciones vendrán.
Al igual que los sabios mesopotámicos, los profetas hebreos consideraban el tiempo de aproximación del planeta a la Tierra y el que se hiciera visible a la Humanidad como el preludio de una nueva era. Las similitudes entre los augurios mesopotámicos de paz y prosperidad que debían acompañar al Planeta del Trono del Cielo, y las profecías bíblicas de paz y justicia que se establecerían sobre la Tierra después del Día del Señor, se pueden expresar mejor en boca de Isaías:
Y sucederá en el Fin de los Días: ...el Señor juzgará entre las naciones
y reprobará a muchos pueblos. Ellos convertirán sus espadas en arados
y sus lanzas en podaderas;
no levantará espada nación contra nación.
Contrastando con las bendiciones de la nueva era que seguirá al Día del Señor, el día mismo se describe en el Antiguo Testamento como un tiempo de lluvias, inundaciones y terremotos. Si vemos estos pasajes bíblicos, al igual que sus homólogos mesopotámicos, como los del tránsito en las cercanías de la Tierra de un gran planeta con una fuerte atracción gravitatoria, las palabras de Isaías se nos harán plenamente comprensibles:
Como el ruido de una multitud en las montañas, un ruido tumultuoso como el de una gran cantidad de gente,
de reinos, de naciones, agrupadas; es el Señor de los Ejércitos, comandando una Hueste en la batalla.
De tierras lejanas vienen, desde el confín del Cielo el Señor y sus Armas de la ira vienen a destruir toda la Tierra...
Por eso haré temblar el Cielo y se moverá la Tierra de su lugar cuando cruce el Señor de los Ejércitos,
Mientras en la Tierra «las montañas se derretirán... los valles se agrietarán», la rotación de la Tierra se verá afectada. El profeta Amos predijo explícitamente:
Sucederá en aquel Día, dice el Señor Dios,
que haré ponerse el Sol al mediodía y oscureceré la Tierra en mitad de la mañana.
Anunciando, «¡Mirad, el Día del Señor se acerca!», el profeta Zacarías avisó a las gentes que, en un solo día, se detendría el giro de la Tierra alrededor de su eje:
Y sucederá en aquel Día que no habrá luz, sino frío y hielo. Y habrá un día, conocido sólo del Señor,
que no habrá día ni noche, cuando en la tarde habrá luz.
Sobre el Día del Señor, dijo el profeta Joel, «el Sol y la Luna se oscurecerán, las estrellas retraerán su fulgor»; «el Sol se volverá oscuridad, y la Luna será como de sangre roja».
Los textos mesopotámicos ensalzaban el fulgor del planeta, y sugerían que se podía ver incluso de día: «visible al amanecer, desapareciendo de la vista con el ocaso». En un sello cilindrico encontrado en Nippur, se representa a un grupo de labradores mirando sobrecogidos al Doceavo Planeta (simbolizado por la cruz), visible en los cielos. (Fig. 113)
(Fig. 113)
Los pueblos de la antigüedad no sólo esperaban la llegada periódica del Doceavo Planeta, sino que seguían también su avance.
Diversos pasajes bíblicos -concretamente en Isaías, Amos y Job- relatan el movimiento del Señor celestial a través de varias constelaciones. «Solo, se extiende por los cielos y se remonta a las alturas de lo Profundo; llega a la Osa Mayor, a Orion y Sirio, y a las constelaciones del sur». O bien, «Su rostro sonríe sobre Tauro y Aries; de Tauro a Sagitario irá». Estos versículos describen un planeta que no sólo cruza los más altos cielos, sino que también entra desde el sur y se mueve en el sentido de
las agujas del reloj -exactamente lo que dedujimos por los datos mesopotámicos. El profeta Habacuc
afirmó, de forma muy explícita: «El Señor vendrá del sur... su gloria llenará la Tierra... y Venus será como luz, sus rayos, del Señor dados».
De entre los muchos textos mesopotámicos que tratan este tema, uno es bastante claro:
El Planeta del dios Marduk: En su aparición: Mercurio.
Ascendiendo treinta grados del arco celeste: Júpiter. Cuando se sitúe en el lugar de la batalla celeste:
Como ilustra el diagrama esquemático de la Fig. 114, los textos citados hasta aquí no están dando, simplemente, diferentes nombres al Doceavo Planeta, tal como los expertos han supuesto. Más bien se están refiriendo a los movimientos del planeta y a los tres puntos cruciales en los que su aparición se puede observar y seguir desde la Tierra. (Fig. 114)
(Fig. 114)
La primera ocasión para observar al Doceavo Planeta en su regreso a las cercanías de la Tierra era, así pues, cuando se alineaba con Mercurio (punto A) -según nuestros cálculos, en un ángulo de 30 grados con respecto al imaginario eje celeste de Sol-Tierra-perigeo. Acercándose a la Tierra y, de ahí, dando la impresión de «ascender» más aún en los cielos terrestres (otros 30 grados, para ser exactos), el planeta cruzaba la órbita de Júpiter en el punto B. Por último, llegando al punto donde tuvo lugar la batalla celeste, el perigeo, o el Lugar del Cruce, el planeta es Nibiru, punto C. Trazando un eje imaginario entre el Sol, la Tierra y el perigeo de la órbita de Marduk, los observadores en la Tierra veían primero a Marduk alineado con Mercurio, en un ángulo de 30° (punto A). Progresando otros 30°, Marduk cruzaba la órbita de Júpiter en el punto B.
Después, en su perigeo (punto C), Marduk alcanzaba El Cruce, volvía al lugar de la Batalla Celeste, el punto más cercano a la Tierra, e iniciaba su órbita de regreso al espacio lejano.
La anticipación del Día del Señor en los antiguos escritos mesopotámicos y hebreos, que tuvo su eco en las expectativas de la llegada del Reino del Cielo en el Nuevo Testamento, se basaba, de este modo, en las experiencias reales de las gentes de la Tierra, en el hecho de haber presenciado el regreso periódico del Planeta del Reino a las cercanías de la Tierra.
La aparición y desaparición periódica del planeta confirma la suposición de su permanencia en órbita solar. En este aspecto, actúa como muchos cometas. Algunos de los cometas conocidos -como el Halley, que se acerca a la Tierra cada 75 años- desaparecían de la vista durante tanto tiempo, que a los astrónomos les resultaba difícil darse cuenta de que se trataba del mismo cometa. Otros de estos cuerpos celestes sólo se han visto en una ocasión para la memoria humana, y se supone que tienen períodos orbitales de miles de años. El cometa Kohoutek, por ejemplo, descubierto en Marzo de 1973, llegó hasta los 120.000.000 kilómetros de la Tierra en Enero de 1974, y desapareció por detrás del Sol poco después. Los astrónomos calculan que volverá a aparecer en algún momento entre los 7.500 y los 75.000 años en el futuro.
La familiaridad que se observa en los textos con respecto a las apariciones y desapariciones del
Doceavo Planeta sugiere que su período orbital es más corto que el calculado para el Kohoutek. Si esto es así, ¿por qué nuestros astrónomos no son conscientes de la existencia de este planeta? Lo cierto es que, incluso una órbita que fuera la mitad de larga que la de la cifra más baja del Kohoutek, llevaría al Doceavo Planeta a una distancia seis veces superior a la que nos separa de Plutón -una distancia que impediría que el planeta fuera visible desde la Tierra, dado que difícilmente podría reflejar la luz del Sol. De hecho, los planetas conocidos más allá de Saturno se descubrieron de forma matemática, no visual. Los astrónomos descubrieron que las órbitas de los planetas conocidos parecían estar afectadas por otros cuerpos celestes.
Quizás, éste podría ser también el sistema para «descubrir» al Doceavo Planeta. Ya se ha especulado sobre la existencia de un «Planeta X», que, aunque invisible, parece «sentirse» a través de sus efectos sobre las órbitas de determinados cometas. En 1972, Joseph L. Brady, del Laboratorio Lawrence Livermore de la Universidad de California, descubrió que las discrepancias en la órbita del cometa Halley podían deberse a un planeta del tamaño de Júpiter que orbitara al Sol cada 1.800 años. A una distancia estimada de 9.600.000.000 kilómetros, su presencia sólo se podría detectar matemáticamente.
Aunque tal período orbital no se puede descartar, las fuentes mesopotámicas y bíblicas ofrecen potentes evidencias de que el período orbital del Doceavo Planeta es de 3.600 años. El número 3.600 se escribía en sumerio como un gran círculo. El epíteto del planeta -shar («soberano supremo»)- tenía también el significado de «un círculo perfecto», «un ciclo completo». También significaba el número 3.600. Y la identidad entre los tres términos -planeta/órbita/3.600-no puede ser una mera coincidencia.
Beroso, el erudito-sacerdote-astrónomo babilonio, hablaba de diez soberanos que reinaron en la Tierra antes del Diluvio. Resumiendo los escritos de Beroso, Alejandro Polihistor escribió: «En el