FUNDAMENTACIÓN TEÓRICA
Capítulo 1: ESTADO DE LA CUESTIÓN
1.1.4 Audiencia: el columnista y su relación con sus lectores
En el terreno de la columna personal, cual es el caso que nos ocupa, resulta interesante referir los efectos que tiene sobre el periodista su oficio de columnista. En este sentido, Castellani defiende que el predominio del “yo” del columnista, escritor/periodista, explica que la columna se escriba desde sentimientos nunca neutros sino intensos: felicidad, plenitud, ira, ironía, irrisión, desilusión, compromiso (Castellani, 2012).
También afirma que “las columnas son como un autorretrato auténtico, representan al escritor mejor que cualquier entrevista” (Castellani: 2009).
Igualmente, Mancera (2009b, 57) revela que “Todo columnista elabora - no siempre de forma consciente- a lo largo de su discurso una imagen de sí mismo […]. Los columnistas tratan de reflejar ante los lectores una personalidad atractiva, ya que de ella depende el que la columna sea leída o no. Además de conocer el tema sobre el que escriben, deben poseer habilidad para proyectar una personalidad capaz de atraer al público, simpatizar con él y mantener su atención”.
Como ejemplo, se puede incluir aquí la referencia de Castellani sobre Umbral, cuando señala que no se puede separar la columna de Umbral de su vida, hay un nexo profundo, que le permite decir lo que piensa de todo cada día, y no solamente comentar, sino construir un discurso poético, le encanta la palabra. Él decía que era la heterodoxia en la ortodoxia del periódico: la columna para él es un espacio de gran libertad y de confesión personal (Castellani, 2012).
Para Joaquín Aguirre Romero el lector acude a los columnistas no por un tema concreto, sino por una forma de ver la vida, la del columnista, que se traduce en muchas formas de escritura y en muchos objetos temáticos. La columna no es solo un texto en el que se puede escribir de lo que se quiera, un texto libre; es también un texto en el que el lector no sabe bien qué va a encontrar; la característica principal de la columna precisamente es su imprevisibilidad. Y, por ello concluye que la esencia de la columna es pues la libertad, es de ahí de donde procede su variedad.
Este investigador señala además que la libertad electiva de la columna es su hecho determinante, puesto que afecta a quien la escribe y a quien la recibe (Aguirre Romero, 2012).
En otro sentido, Mancera (2009b, 57) cree que “Al público le atrae la visión personal de quien glosa asuntos ya conocidos, sobre todo la intimidad, la
confidencia, la confesión de lo que le sucede al propio autor. El columnista revela a través de sus artículos una manera de ser y de comportarse ante los acontecimientos, así como una determinada concepción del mundo que le rodea. Todos estos elementos constituyen lo que F. López Pan (1996) denomina el ethos del columnista”. Y concluye: “el columnista muestra en sus artículos una imagen de sí mismo que configura un talante determinado, el cual se convierte en un banderín de enganche (F. López Pan, 1996)” […] “Es precisamente el tono familiar y el relato de la intimidad lo que parece interesar a los lectores y erigirse en fundamento de este tipo de columnas” (Mancera, 2009b, 57).
También Moreno Espinosa aborda el punto de vista del lector. Está fuera de toda duda que el lector busca un columnista determinado y se identifica con él. El columnista escribe para su lector, que aunque es desconocido, de alguna manera le llegan sus escritos. Cuando un columnista muy leído se marcha de un periódico a otro, normalmente se lleva a un buen número de lectores que le siguen (Moreno Espinosa, 2000). Ya lo había dicho antes casi exactamente igual Luisa Santamaría (1990, 120): “Que el lector busca un columnista determinado y se identifica con él es algo que está fuera de toda duda”.
Igualmente, Castellani analiza la relación con los lectores y defiende que se establece una especie de diálogo con el lector que en este caso se vuelve un amigo fiel, un confidente. Este va a buscar o recibir a este amigo como recibe cada día la voz de un locutor de radio que nos acompaña en nuestra vida diaria. Esa identificación no suele ocurrir con los otros artículos del diario. Además, añade una ventaja este tipo de texto y es que el lector sabe dónde encontrarlo y cuánto tiempo le va a costar leerlo. Es una cita amistosa, cómplice, fiel, diaria o semanal según los casos (Castellani, 2009).
En este sentido, Del Riego defiende que ningún otro género como el columnismo consigue conectar a quien escribe con el lector y apunta que ello
hace que, de cara a estos lectores, de los columnistas, lo que importa sea la firma, que es lo que aporta un plus de calidad a ese periódico (Del Riego, 2012) Opina Gomis que “uno de los secretos de la columna es la atmósfera de intimidad que promueve con el lector” (López Pan, 1995, 23-24).
López Pan (1995, 25) considera que esta atmósfera, esta persuasión, la logra el columnista a través del ethos:
“El columnista a través de sus artículos revela una manera de ser y comportarse ante los acontecimientos y las personas, unas preferencias morales, unas determinadas intenciones, unas finalidades y defiende –implícita o explícitamente- una serie de valores; y además, hace todo eso de una forma y con un estilo propios. Pues bien, todos esos elementos crean lo que la retórica clásica denominaba el ethos del orador, o talante […] Todo
columnista deja en sus artículos una impronta/imagen de sí mismo – consecuencia de los elementos descritos- que configura un
ethos/talante determinado que se convierte en un banderín de enganche: todos aquellos de entre los lectores cuyos ethos coincide con el del columnista acaban convirtiéndose en su audiencia.
Desde un enfoque retórico, el carácter persuasivo de la columna se ancla, por tanto, en el ethos”.
Y aclara este investigador que incluye en el ethos “el carácter moral, manifestado a través de los valores, preferencias, intenciones y finalidades […] la elección de los temas y la perspectiva desde la que se presentan”, y el “componente estilístico” entendido como “la manera y el modo de relatar las cosas, que revela una actitud frente a ellas y frente al mundo” (López Pan, 1995, 26).
Asimismo, matiza que “Lógicamente, el ethos de la columna no se deduce de un solo texto, sino de una valoración de conjunto. Sin duda, puede variar, modificarse y adquirir otras características a lo largo de un periodo de tiempo. Tanto es así que, al acercarse al estudio de la obra de algún columnista, será necesario analizar si se produce algún tipo de cambio con el correr de los años, y para ello habrá que atender a todos los rasgos que arriba se mencionan como expresivos del ethos” (López Pan, 1995, 30). La opinión de Castellani sobre el columnismo de Umbral puede servir aquí como ejemplo, cuando habla de la existencia de una continuidad en los textos de este autor: Cambia la actualidad, porque habla al día, y no es lo mismo la actualidad en los años 50 que en los 75 con la Transición, que en los 80 o en los 90; pero él no cambia. Él tiene el mismo punto de vista irrisorio, crítico, destructor, iconoclasta, nada conservador, y sobre todo tiene una cultura inmensa que hace que la columna literaria esté llena de literatura, de referencias culturales, de sus libros (Castellani, 2012).
López Pan (1995, 27-28) defiende, así que “El ethos, elemento sustancial en la definición de la columna, en última instancia agrupa todo lo que tradicionalmente se estudiaba de los columnistas -ideas, estilo, temas, etc.- en una unidad conceptual que lo explica, en una categoría científica -delimitada- que da razón de esa diversidad/peculiaridad como fundamento de su fuerza persuasiva y de su naturaleza retórica” […] Definiendo el ethos se define simultáneamente la audiencia”, dice.
Para León Gross (1996, 202), la clave está en la identificación lector/columnista. “Es evidente que la proximidad de pensamiento entre el articulista y sus lectores allana la eficacia del texto […], en principio debe haber coherencia entre nuestras razones e ideas y aquellas que recibimos (del articulista)”. “Se producen, de esta manera, dos factores de persuasión: 1) El artículo confirma al lector sus intuiciones, la tesis que desea, y eso le satisface
[…] y 2) sus intuiciones son confirmadas por un líder de opinión, y esto además prestigia a sus ojos el valor de su propia tesis” (León Gross, 1996, 202). Y continúa: “Esta identificación -que Santamaría considera “fuera de toda duda”- se produce en efecto merced al fenómeno denominado selectividad, como precisa Muñoz Alonso, 'en virtud del cual cada columnista tiene sus seguidores, convencidos de antemano que, al leerlo, se van a ver reforzados en sus opiniones” (León Gross, 1996, 202-203).
Pero añade este autor otra capacidad al articulista: “...si el artículo no operase […] más allá del grado de penetración argumentativa de que son capaces los lectores sobre ese mismo objeto, estos se sentirán defraudados por vía taedium […], y así mismo ocurrirá por vía fastidium, si resulta demasiado complejo. De modo que habrá de producirse con aceptable nivel de información […] y una convincente capacidad de penetración combinados con la pericia literaria en su exposición” (León Gross, 1996, 203). Y todo ello, con la idea de “alcanzar como última finalidad la adhesión del receptor” (León Gross, 1996, 203).
Así, “Precisamente, la coincidencia, la sintonía, entre columnista y audiencia explica que ésta considere a aquél como autoridad” (López Pan, 1995, 30).
Para finalizar este apartado, es también remarcable que, según apunta López Pan (1995, 28), “El columnista […] no se encuentra en la soledad del escritor literario, sabe de antemano a quién interpela, quién lee las líneas que él escribe. Ese conocimiento le permite adoptar la estrategia retórica más adecuada a sus lectores y a los fines que persigue”.