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Autobiografía de Lisandro Monzón

In document Autocruzados (página 85-89)

El edificio en el que nazco y crezco está a dos cuadras del Río Paraná, límite entre Posadas y Encarnación. Desde allí se ve el Puente Interna- cional, el agua y la costanera, la copa de los árboles, las calles de cemen- to del Barrio Villa Sarita y los perros. Un día un amigo comparte su visión desde esa altura: los techos de los colectivos nunca se limpian. Lo hace desde cierto privilegio. Nadie dice nada. La cancha de Guaraní está a dos cuadras y desde una ventana se ve la mitad del campo de juego. Dicen que veo los partidos. No, digo, ni nunca fui a la cancha.

Hay una foto en la que estoy con zapatillas de lona rojas y un jardi- nero de jean. El flequillo desparramado y la sonrisa a cámara, rodeado entre varios brazos. No se ve debajo, pero esa remera de mangas ama- rillas tiene en el pecho el dibujo de un trofeo en medio de papel pica- do y puños sombreados en tensión. Todos con un vaso en la mano, las sillas desocupadas y música sonando en la galería, pero tu mamá se quedó parada, dice Gerardo década y media después, parada como perdida en el mundo.

Los hombres que habían venido a la fiesta, entre ellos papá, se di- vidieron las manzanas para buscar a un nene de tres años. Jadeaban al llegar a cada esquina. Caminaron por las casas cercanas pero nin-

guna persona aparecía. A dos cuadras de distancia, fueron los ojos de mi papá los que se encontraron con los de la nena, estaba con una vecina que por algún motivo, sabía dónde podría estar. Cabalgaba so- bre esos hombros y sus rulos me picaban la rodilla. Con una mano me rascaba y con la otra agarraba el chupetín que me había dado. Hizo el traspaso a papá y volví a la fiesta, con un chupetín en la boca.

El festejo se hizo en la casa de Ñu Porá, un barrio a diez kilóme- tros del centro de Posadas, donde mis padres comenzaron a convivir una vez recibidos y trabajando de docentes. Compraron los terrenos y papá diseñó el plano de la casa. Galería, entrada, jardín, parrilla.

La Piecita es un cuarto de dos por dos con herramientas, una esca- lera plegable, un ventilador con las aspas rosando el techo y los estan- tes cubiertos por filas de frascos de vidrio, los de mermelada, llenos de tornillos, tuercas y arandelas.

La puerta es de una madera maciza y barnizada, con cerradura y manija de hierro. Tiene un candado que sólo abrimos papá y yo. Subo el escalón y deslizo la bolsa de pelotas hacia afuera. Desato el nudo del poncho de tela y elijo con cuál jugar. Los pedacitos de pasto se pegan al cuero por el rocío.

Fueron tres las veces que entraron para robar: una bici, una caja de herramientas de madera, una licuadora, la ponchada y el taladro industrial de papá. Ya no buscamos nada juntos, allí en La Piecita.

A los muñecos los coloco en fila, sobre el borde del balcón del departamento. Cuando vuelvo de la cocina, mientras cruzo el último umbral, dejo de tomar el agua del vaso. Los muñecos se caen. No ten- go llave propia del departamento.

En los años siguientes lanzo cualquier objeto desde el balcón o al- guna ventana. La primera vez son lápices de colores. Aguanto la respi- ración mientras los palitos de madera giran en el aire. Abajo gritan algo. Agarro un huevo y voy a la ventana. En la vereda, un hombre seca el capó del taxi. Abro la ventana y el huevo cae sobre el capó. Observo entre las cortinas. El hombre agita el brazo. Camino hacia adentro y espero. Repito la acción dos veces más.

Con Chero, un amigo del barrio, lanzamos un pedazo de loza desde la terraza. La cosa traspasa sólo el techo de chapa del lavade- ro, que está al lado.

Un lunes de tarde, desarmo un autito y le saco el motor. Lo tiro y choca contra la baranda del balcón de la casa de enfrente. Ese día, mientras me sirvo un vaso con agua, papá entra a la cocina con al- gunas preguntas.

Nací un 2 de mayo. Gusto de ese número 2: es casi el primero. Cada madrugada, mamá y yo bajamos por el ascensor hasta la cochera para ir al colegio. Después de veinte segundos y nueve pisos, la cosa se de- tiene. Abro la puerta y bajo el escalón. Corro para llegar a nuestro auto. Fuera del aula, Pedro es el primero que quiere ser mi amigo. Co- rro con la pelota y relato jugadas en el patio de Ñu Porá cuando, trepado desde un árbol de níspero, me llama con un ruido que hace con la boca. La primera vez lo escucho y no lo veo. Las demás igual, hasta que Pedro grita.

En el equipo del barrio están Pascual, Silvio, José, Zurdo y el mismo Pedro. Los dos primeros son hermanos y el Zurdo es el hijo de la pelu- quera. José nos saca diez años. Se arman equipos. ¡José!, grita uno. Él camina y el resto lo mira. Yo no.

El día del uno vs uno me toca contra él. Mi plan: conocer la cancha y marearlo. Hago algunos goles. Al final pierdo. El primero no valió, había dicho José. El sol se esconde y papá me llama a gritos desde casa. Pienso en el fútbol.

Cuando tengo mi primera llave del departamento, puedo deci- dir cuándo comenzar mi torneo. Interpreto una Copa del Mundo, los equipos y jugadores. Diseño el fixture y hago varios bollos con unas hojas hasta unificarlas con cinta. Prendo la luz en cada habitación y saco todo lo que está en el piso.

Vacaciones en Mar del Plata. Acá papá, digo. Gira sobre sí y frunce la cara. Yo también frunzo la cara y me tiro al piso. Las personas reco- rren las vidrieras y frenan antes de chocarme. Yo no los miro a ellos, sí

a papá. Él apura el paso y me alza de la mano. Quedo suspendido en el aire, moviendo los pies.

Entramos con papá y mamá a un local donde venden sweaters. Me siento a esperarlos en una silla. Salgo afuera. A través del vidrio cuento veinte entradas al probador. Una hora de espera y salen sin bolsas. Papá abre la puerta y camina por la vereda abrazado a mamá.

Le propongo a papá dejar el tejo y el fútbol. De mañana vamos a la Playa Punta Iglesia y me levanto la visera al señalar con el dedo. Papá golpea la madera con el nudillo y presiona la pelota. El mango es más grande que la palma de mi mano. La pelota pica en la arena y la cara de papá se estira. Conozco esa cara, la usa en el epílogo de las discu- siones. Ríe. Dice que la pelota picó adentro. Dice haberme ganado. Sos casi el primero, dice.

In document Autocruzados (página 85-89)