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Cruzado de Silvana Casali a Facundo

In document Autocruzados (página 40-45)

—¿Pensaste en matarte, Facu?

En lo único que quiere pensar Facundo a esta hora de la madru- gada es en NADA.

Toda la mañana cursando, toda la tarde preparando el final de Eu- ropeas I, toda la noche cocinando un pastel de papas para darle la bienvenida a su tío, ese que se pasaba de copado y que ahora volvía a Argentina, a su departamento de Mar del Plata, paso previo por el depto platense de Facu.

“Una semanita juntos, así reconstruimos ese vínculo que teníamos cuando eras chico” le había dicho hacía un mes por teléfono.

Facundo se había entusiasmado. Desde 2003 que no veía al tipo que había sido como su hermano: un hermano mayor, mujeriego, que le compraba bigmacs cada viernes a la salida del colegio y con el que se pasaba toda la noche jugando en la compu.

La villana que los había alejado -la maldita nicaragüense e inmi- grante ilegal que en su viaje hacia el sueño americano había arrastra- do a su tío- ya no estaba: lo había desechado como si fuera un celular viejo. Todo podía volver a ser como antes. Su tío volvería a ser el ato- rrante de siempre, con la buena noticia de que Facu había crecido y ya no sería sólo la carnada: ahora los dos podían salir a pescar.

Sí, esa semana iba a estar de pelos.

Que Facu esperara que su tío estuviese igual que cuando lo despi- dió en Ezeiza demostraba que todavía mucha idea de la vida no tenía. Doce años pueden hacer estragos en el rostro de una persona, más si ésta se pasa 20hs diarias bajo el sol lujurioso de Miami.

—¿Tío?

—Sí, estoy arruinado, no digas nada. Dejame pasar.

No era tampoco tan así, pero había pasado de ser el galán piropea- dor peinado con gel a esto, esto que Facu está viendo ahora.

De tener ese pelo oscuro hacia atrás, siempre prolijo, a esto: un tipo que mira para todos lados, que cierra con doble traba la puerta, que tiene el peinado Larry de los tres chiflados.

—Tenés cara de cansado, es eso —dice Facu mientras lo abraza. —No tengo más ganas de vivir, eso es lo que pasa.

—¿Eh?

Facu se acordaba de que la comida preferida de su tío era el pastel de papas. Para su cumpleaños, su abuela cocinaba uno y sobre él so- plaban las velitas. El último cumple que Facu recordaba antes de que su tío partiera a yankilandia había sido el 28 de febrero de 2003, un pastel de papa con treinta y dos velitas. Esa tarde Facu había vomita- do; hacía mucho calor y su tío le había propuesto brindar por primera vez con vino.

— ¿No te gusta? Puede que le falte sal.

El tío mira hacia el plato, arrastra con su tenedor las pasas de uva para un lado, el puré de papas para el otro. Desde la pantalla suena la risa del conductor de programa chimentero, que ahora se acerca a cá- mara y pregunta “¿hay alguien ahí?”, pero ni Facu ni su tío miran hacia la televisión. Facundo adoptó el vicio de tener algo siempre encendi- do, para no sentirse solo. También lo hace cuando está acompañado. No lo sabe, pero no resiste el silencio.

—Está riquísimo, Facu. —Lo disimulás bien.

—Nada, no te preocupes. Estoy algo inquieto pero ya se me va a pasar. Contame de vos. ¿En qué andas?

Facundo razona lo siguiente: “si le empiezo a contar de mis victorias amorosas se va a sentir orgulloso de haberme enseñado el arte del piro- po, se va a acordar de que hace diez años fue feliz persiguiendo mujeres y se va a olvidar de la maldita nicaragüense e inmigrante ilegal”.

—Entonces me pasa a su amiga, que también es colombiana pero estudia Veterinaria y me dice de hacer un trío. Tío. Eu, ¿me estás escuchando?

—Siento que me estalla la cabeza ¿tenés algo para que tome? — ¿Algo como una aspirina o algo como un whisky?

—Aspirina, aspirina ¿Cómo voy a querer whisky si se me parte la cabeza?

— ¿No te acordás de la vez que me enseñaste que para la resaca había que seguir tomando? ¿No te acordás de ese primero de enero cuando te encontré en el patio tirado al sol tomando un vinito?

—No me acuerdo.

— ¿Y si mejor te tirás a dormir? Ya te armé el colchón.

—En un rato. Traeme una aspirina y seguí contándome. ¿Qué pasó con las colombianas?

—La amiga me dice de hacer un trío. —Ahá ¿Y?

—Le dije que sí. —Qué bueno.

Llamar a su madre para explicarle que su hermano fue cambiado por otro, a la 1am, no sería prudente.

Llamar a su abuela para explicarle que su hijo fue cambiado por otro, a las 2am, sería un desquicio.

Llamar a las colombianas para pedirles ayuda a las 3am, pondría en riesgo sus planes libidinosos.

Facu da vueltas en la cama mientras su tío evidentemente no duerme: tiembla. O está dormido -respira como una persona que está durmiendo- pero tiene sacudidas musculares y Facu puede ver que

cada tantos segundos da unas patadas mortales. Debe ser una pesa- dilla. Maldita nicaragüense e inmigrante ilegal.

Suena el celular de su tío, lejano pero nítido. Facu se levanta des- pacio, va hasta el comedor y ubica el sonido sin prender la luz. Ahí está, sobre la mesa, el iphone que se ilumina y se apaga. En la pantalla aparece un número largo; claro, larga distancia, piensa.

—¿Hola? Emm ¿Hellow? —dice Facu en un susurro para no des- pertar a su tío.

—¿Tienes miedo, pollito? —La voz de una mujer sensual deviene en una risa— Tuuu tuuu tuuu.

Maldita yegua nicaragüense e inmigrante ilegal. Ni una más, piensa Facu.

Vuelve a su habitación pero ahora su tío tiene los ojos abiertos. De la frente le caen gotas de sudor. Los pocos pelos a los costados de su cabeza están engrasados, como si se hubiese pasado los dedos muchas veces.

—¿Uy, te desperté?

—Sí, por suerte. Estaba soñando algo horrible. —¿Querés contarme?

—No, no, volvé a dormirte. —Te sonó el celular y yo… —Dormite, no pasa nada, dale.

Mañana a primera hora llamo a mamá, piensa Facundo. El cansan- cio va ganando su cuerpo. Le espera un día largo pero si por lo menos pudiera dormir estas tres horitas…

—¿Pensaste en matarte, Facu?

—¿De qué hablas, tío? (La puta que me parió). —Nada, nada. Volvé a dormirte.

—¿Estás pensando en matarte? —Olvidate, dormí.

—Las bolas, decime qué te pasa.

—A veces pienso en la muerte—. El tío gira sobre su cuerpo, apoya la cabeza sobre la palma de la mano y mira a Facundo con ojos tristes.

—¿Desde cuándo? —Facu imita el gesto pero su mirada es de curiosidad.

—Desde hace un tiempo; unos meses antes de separarme de tu tía. —Sem, tía.

—Bueno, ella.

—Todo va a estar bien. —No, no creo. Le debo plata.

—No le debes nada; maldita inmigrante ilegal. —Mucha plata. Me va a matar, pero eso no me asusta. —¿Qué te asusta?

—Te acepto el whisky, el dolor de cabeza ya se me pasó. —No tengo whisky, tío.

—¿No tenés o no querés convidarme? —¡No tengo!

—Ah, ¿y por qué me ofreciste, entonces? —Era un chiste.

—¿Mañana te levantás temprano? —Y… dentro de hora y media.

—Ok. Yo me levanto con vos y voy a la terminal a sacar un pasaje. —¿Por? ¿No te ibas a quedar toda la semana conmigo?

—Así quería, pero sonó mi celular. —¿Y?

—Durmamos, Facu.

En el medio de la mañana, Facundo se despierta; su tío no está. Entre sueños, Facu apagó la alarma del celular y siguió de largo.

Sobre la mesa del comedor, un papel: Te salió rico el pastel de papas, Facu.

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