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AUTOESTUDIO Y LECTURA

In document Agust Kubizek - Hitler Mi Amigo de Juventud (página 178-200)

En aquel entonces, Adolfo estaba firmemente decidido a convertirse en arquitecto. La manera como después de este intenso estudio por su cuenta se proponía encontrar el camino hacia la práctica, al no poder enseñar jamás sus certificados y diplomas, no le preocupaba en lo más mínimo. Apenas se hablaba de ello entre nosotros, hasta tal punto estaba mi amigo convencido de que hasta la conclusión de sus estudios los tiempos habrían cambiado tanto, ya fuera por sí mismos, ya fuera violentamente por el «embate de la revolución», que no sería ya necesaria la justificación formal, sino que el verdadero conocimiento habría de ser lo decisivo. Él mismo nos dice acerca de estos estudios:

«Era natural que yo sirviera con ardiente celo a mi amor por la arquitectura. Juntamente con la música se me aparecía ésta a mí como la reina de las artes; mi trabajo en tales circunstancias no era, tampoco, un verdadero «trabajo», sino la máxima felicidad. Podía leer o dibujar hasta altas horas de la noche, sin cansarme jamás. Y así se hacía más fuerte mi fe de que el bello sueño de mi futuro, aun cuando después de largos años, llegaría a convertirse, todavía, en realidad. Estaba firmemente convencido de que llegaría un día a hacerme un nombre como arquitecto.»

Hasta este punto aparecía claro para Adolfo lo que hacía referencia con su futuro. Ya en Linz se había evadido al, a su entender, injusto y poco comprensivo trato en la escuela, dedicándose con ardiente celo a unos estudios elegidos por él mismo. La decisión de seguir el mismo camino en Viena, donde se encontraba ante una situación parecida, no le fue realmente difícil. Criticaba el burocratismo y anquilosamiento de la Academia, que no tenía ninguna comprensión por el verdadero arte. Hablaba de las trampas astutamente colocadas - ¡me acuerdo todavía exactamente de esta frase! -, con el único propósito de hacer imposible su ascenso.

Pero él demostraría a estas incapaces y seniles criaturas que podía llegar, sin ellos, más lejos aún que con ellos, De los furiosos improperios que mi amigo descargaba sobre la Academia obtuve la impresión de que los profesores, sin pretenderlo, habían movilizado más energías de trabajo con su ruda negativa en este joven hombre, de lo que hubieran podido alcanzar jamás con sus lecciones.

Pero mi amigo se enfrentaba todavía con otro problema: ¿De qué debía vivir durante sus estudios? Podían pasar años antes de poder asegurarse, realmente, una existencia como arquitecto. Me parecía a mí como si estos estudios de mi amigo no hubieran de llegar jamás a su culminación. Es

cierto que estudiaba con increíble celo y una fuerza de voluntad que no hubiera podido esperarse jamás de su cuerpo, debilitado por la insuficiente alimentación. Pero estos estudios no estaban encauzados a una meta práctica. ¡Por el contrario! Se perdían continuamente en ambiciosos proyectos y especulaciones. Si los comparaba yo con mis estudios musicales, que desde un principio habían seguido un curso metódico y regular, debía comprobar que Adolfo pretendía abarcar demasiado a la vez. Incluía en sus estudios todo lo que guardara alguna relación, por mínima que esta fuera, con la arquitectura. Y todo lo consideraba con meticulosa exactitud y detalle. ¿Cómo podría llegar jamás a una meta positiva? Y ello, prescindiendo de que continuamente le acosaban nuevas ideas, que le alejaban, sin cesar, de sus estudios profesionales.

La comparación de su desordenado estudio, carente de todo sistema, con los míos, exactamente regulados en el Conservatorio no le hacía ningún bien a nuestra amistad, en parte también porque nuestras ocupaciones domésticas debían oponerse lógicamente. Cuando más tarde fui recomendado por el profesor Boschetti para dar clases de repaso a varias alumnas, fue agudizándose cada vez mas este contraste. Era imposible dejar de ver hasta qué extremo le acosaba su mala suerte; todo se había conjurado en contra suya, para él no había la menor posibilidad de ganar algo de dinero.

Una noche, inmediatamente después de la visita de una de mis alumnas a nuestra habitación, aproveché la ocasión para tratar de persuadirle de que se buscara alguna posibilidad de ganar algo de dinero. "Naturalmente, cuando uno tiene suerte puede dar clases de repaso a jóvenes señoritas", empezó él. Yo le expliqué que todo esto había sucedido sin intervención alguna por mi parte. «El profesor Boschetti me había recomendado, simplemente, a estas alumnas - repliqué yo -, lástima que debieran tomar clases de teoría de la armonía y arquitectura. Por lo demás - proseguí, cada vez más decidido-, si yo tuviera tus disposiciones haría ya tiempo que hubiera intentado aprovechar la primera ocasión para ganarme algo de dinero."

Él me escuchó interesado, casi como si todo esto no guardara con él ninguna relación. Yo proseguí inmediatamente con mis explicaciones. «Por ejemplo, él sabía dibujar realmente bien. Sus mismos profesores se lo habían confirmado. Podría tratar de colaborar en algún periódico o en alguna editorial como dibujante. Tal vez pudiera ilustrar libros. O, tal vez, hubieran de ser retenidos en rápidos bosquejos determinados acontecimientos cotidianos.» Me contestó, evasivo, que se alegraba de que yo le creyera capaz de estas habilidades. Por lo demás, sería mejor dejar

esta clase de información en manos de los fotógrafos. Más rápido que ellos no podía serlo aun el más rápido de los dibujantes.

¿Qué te parecería un empleo como critico teatral?, proseguí yo. Era ésta una profesión que ya ejercía él en realidad, pues después de cada representación solía hacer una crítica, ciertamente muy aguda y radical, pero interesante y llena de aciertos. ¿Por qué debía ser yo el único habitante de Viena que tuviera ocasión de escuchar su juicio? Debía procurar entrar en contacto con algún diario destacado. De todas formas, debía procurar evitar una crítica demasiado dura. Él quiso saber qué es lo que yo insinuaba con estas palabras. También la ópera italiana, rusa y francesa tenían justificada su existencia, proseguí yo. Había que reconocer también el mérito de los compositores extranjeros, pues el arte, aun cuando procediera de un pueblo determinado, no podía reducirse por barreras nacionales. Nos enzarzamos en una apasionada discusión, pues siempre que se trataba de temas musicales hacia yo un buen papel. No hablaba sólo en mi nombre, sino que me sentía también como representante del instituto, del que era alumno. Aun cuando compartía sin reservas el entusiasmo de Adolfo por Ricardo Wagner, no era mi intención limitar mi interés de manera exclusiva. Adolfo, empero, se aferraba, sin querer siquiera escucharme, a su punto de vista. Recuerdo todavía como Adolfo, en mi excitación, me lanzó las palabras del coro final de la Novena Sinfonía de Beethoven "¡Sed devorados millones, este beso del inundo entero!" El mundo entero debía pertenecer a la obra del artista. Así, pues, habría ya escándalo, aun antes de que hubiera iniciado su labor como critico de opera, opinó Adolfo. Con ello fue olvidado también este plan.

Adolfo escribía en aquel entonces continuamente Yo había descubierto que se trataba principalmente de obras teatrales, ante todo dramas. El tema lo tomaba del mundo de las leyendas germánicas o de la historia alemana. Apenas ninguna de estas obras fue terminada realmente. Pero tal vez pudiera ganarse algún dinero con ellas. Adolfo me dejó leer algunos de sus trabajos. A este respecto me llamó la atención comprobar cuanta importancia concedía Adolfo a una escenificación lo más genial posible. Aparte de aquel drama que versaba sobre el problema de la cristianización, no puedo acordarme de ninguna otra de estas obras, pero si de que exigían una enorme escenificación. Por las obras de Ricardo Wagner estabamos acostumbrados a ver plantear grandes exigencias a la escena. Pero lo que Adolfo había proyectado dejaba completamente en la sombra incluso al maestro. Yo tenia alguna idea de las dificultades que ofrecía la escenificación de una ópera, y no pude por menos que exponer mis reparos No habría ningún intendente que pudiera aceptar este escenario, que conjuraba el cielo y el infierno, le dije yo. Debía limitarse forzosamente en

lo referente a la escenificación Lo mejor sería no escribir óperas, sino piezas más sencillas, a ser posible alegres, que el público gusta siempre de ver. Lo mejor sería escribir alguna comedia sin pretensiones. No se necesitaba más para despertar su cólera. También este intento concluyó de manera negativa.

Poco a poco me di cuenta de que todos mis esfuerzos habían de resultar inútiles. Si después de haber estado hablando largo tiempo a Adolfo podía convencerle para que presentara sus trabajos literarios o sus dibujos a alguna redacción o editorial, no tardaba en llegarse a una discusión entre él y sus manantes, pues Adolfo no permitía que le hicieran la menor objeción en estos puntos tampoco si le habían pagado de manera decente sus trabajos. No gustaba recibir encargos de personas extrañas, pues él mismo tenía bastantes encargos que darse.

Así, pues, le propuse otro camino. Como gracias a la ayuda de mis padres y también por las clases de repaso recibidas estaba yo en una situación económica más favorable que él, le ayudaba en lo que podía, a ser posible de manera que él no se diera siquiera cuenta, pues en este punto era extraordinariamente sensible y delicado. Tan sólo en las excursiones y caminatas permitía que le considerara como a mi invitado.

Más tarde, cuando nuestros caminos se habían ya separado, encontró Adolfo en Viena una solución a este problema, muy propia de él, gracias a la cual podía ganarse, siquiera modestamente, su sustento, sin verse por ello obligado a aceptar encargos de personas extrañas, por el contrario, pues era una solución en la que, por decirlo así, seguía siendo su propio manante. Como tenía menos disposición para el dibujo de figuras que para lo arquitectónico, dibujaba famosos edificios vieneses, con preferencia la Karlskirche, el Parlamento, la Iglesia de María de la Ribera o motivos parecidos, y vendía, siempre que se le ofrecía ocasión para ello, estos dibujos, trazados limpia y minuciosamente y coloreados a mano. Él mismo nos dice a este respecto:

"En aquel entonces - se refiere a los años 1909 y 1910- trabajaba yo independientemente como pequeño dibujante y acuarelista. Por amargo que esto fuera en relación con el beneficio - apenas si alcanzaba realmente para vivir - era excelente para la profesión elegida." Con otras palabras: prefería pasar hambre que renunciar a su independencia.

No me es posible expresar ningún juicio detallado acerca de los estudios especiales realizados por Adolfo en aquel entonces, pues carezco de las condiciones objetivas necesarias para ello. Estaba, también, demasiado

ocupado con mis propios estudios para tener tiempo y ganas de dar un vistazo a sus trabajos. Veía solamente que se rodeaba en escala creciente de literatura especializada. Recuerdo todavía una voluminosa historia de la arquitectura, porque ya entonces le divertía abrir el libro al azar por alguna página, tapar con la mano la explicación colocada bajo la lámina y recitarme de memoria lo que representaba ésta, como la catedral de Chartres o el Palazzo Pitti en Florencia. Su memoria era realmente asombrosa. No puedo recordar haber podido observar jamás un límite a su capacidad mnemotécnica. Su extraordinaria memoria le ayudaba naturalmente de manera considerable en sus estudios de autodidacta.

Dibujaba de manera infatigable. Yo tenía la impresión de que los conocimientos previos profesionales necesarios para estos dibujos los había adquirido ya en Linz, pero solamente en los libros. No recuerdo jamás que Adolfo buscara una ocasión para demostrar sus conocimientos de manera práctica o intentara tomar parte en prácticas oficiales de dibujo arquitectónico. Más que reunirse con especialistas prefería estar sentado en su banco en las cercanías de la Glorieta, sosteniendo diálogos consigo mismo en el pensamiento a base de sus libros. Esta peculiar manera de apropiarse con apasionada entrega un determinado campo de la ciencia, profundizar de manera intensiva en su naturaleza y evitar, sin embargo, angustiosamente todo contacto directo con la práctica, me recuerda, en su notable retraimiento, las relaciones de Adolfo con Estefanía. También su ilimitado amor hacia la arquitectura, su pasión por la construcción, a pesar de su vivísimo interés, en el fondo no era más que un juego de su fantasía. De la misma manera como él, cuando quería asegurarse de manera real de sus sentimientos por Estefanía, corría a la Landstrasse para verla ante sí, salía ahora de la sobrecargada atmósfera de sus estudios hasta la Ringstrasse, para recobrar de nuevo el equilibrio ante la directa visión de sus edificios monumentales.

Comprendí también, lentamente, por qué mi amigo pendía con un amor tan unilateral de estas construcciones de la Ringstrasse, aun cuando en mi opinión las construcciones mucho más antiguas, de estilo más original, como la iglesia de San Esteban o el Belvedere, eran mucho más verdaderas, más fuertes y convincentes. Pero Adolfo no amaba en absoluto las construcciones de la época barroca, por parecerle demasiado recargadas. Las imponentes edificaciones de la Ringstrasse no habían sido levantadas hasta después de derruidas las fortificaciones que rodeaban el centro de la ciudad, es decir, procedían de la segunda mitad del siglo anterior y no mostraban, en modo alguno, un estilo uniforme. ¡Por el contrario! En estas edificaciones se repetían casi todos los estilos desarrollados en épocas anteriores. El Parlamento había sido construido en un estilo clásico, mejor

dicho, en un estilo seudohelénico, el Ayuntamiento era neogótico, el Burgtheater, que Adolfo admiraba de manera especial, era Renacimiento tardío. Es evidente, no obstante, que todos ellos tenían un algo grande, representativo, que atraía especialmente a mi amigo. Lo que le incitaba, empero, a ocuparse continuamente con estas edificaciones, lo que convertía a la Ringstrasse, por decido así, en su campo de prácticas profesional, era el hecho de que en estas construcciones, levantadas por la precedente generación, podía estudiar sin dificultades la historia de su formación, reconstruir los planos, construir, por así decirlo, cada edificio de nuevo para él mismo y representarse el destino y la obra de los grandes arquitectos de aquella época, de un Theophil Hansen, un Semper, un Hasenauer, un Siccardsburg o un Van der Nüll.

Preocupado descubrí yo cómo nuevos pensamientos, experiencias y proyectos se entrecruzaban, se superponían, por decirlo así, en los estudios profesionales de mi amigo. Siempre que estos nuevos campos de interés tuvieran alguna relación con la arquitectura, eran incluidos por él en su estudio de conjunto. Pero había entre ellos también muchas cosas que se oponían, de manera diametral, a sus proyectos profesionales. Además, lo político, comparado con sus tiempos en Linz, adquiría una supremacía cada vez mayor. Cuando en ocasiones le preguntaba a Adolfo qué relación tenían estos equidistantes problemas, que se nos planteaban, por ejemplo, en nuestras visitas al Parlamento, con sus estudios profesionales, recibía la siguiente respuesta:

-No es posible edificar hasta que se hayan creado las condiciones políticas necesarias para ello.

Algunas veces la respuesta era bastante más ruda. Recuerdo que Adolfo contestó en cierta ocasión a mi pregunta de cómo se imaginaba la solución de un problema determinado, de la siguiente manera:

-Aun cuando hubiera resuelto ya por completo este problema, no te lo diría, porque tú no serías tampoco capaz de comprenderlo.

Pero aun cuando muchas veces se mostraba despreciativo, voluble, rudo y en modo alguno conciliador, no podía enojarme con él, porque estos aspectos desagradables de su ser eran obscurecidos por el puro fuego de una alma capaz de todos los entusiasmos.

En el futuro dejé de preguntarle sobre temas profesionales. Era mucho mejor seguir en silencio mi propio camino. Así podría darse cuenta de lo que yo entendía por una fija meta profesional. Después de todo, yo no

había asistido siquiera, como él, a las clases inferiores de la escuela real, sino simplemente a la escuela municipal, y era ahora un alumno de Conservatorio, igual en todo a los que habían aprobado el examen de reválida, Pero para mi amigo los estudios profesionales discurrían de manera enteramente contraría a los míos.

En tanto que, por lo general los estudios profesionales se hacen cada vez más concretos con el paso de los años, unilaterales y especializados, y se limitan en lo referente a la prácticas, en Adolfo so hacían cada vez más generales, variados, abstractos y se alejaban continuamente de ésta. Cuanto más tenazmente repetía para si mismo la consigna: "quiero ser arquitecto", tanto mas se desvanecía este propósito en la realidad. Cada vez extendía más el alcance de sus estudios, cada vez incluía en ellos nuevos campos. Era la típica actitud de un hombre joven al que la profesión concreta se interpone en el camino que su vocación le impulsa a seguir. De estos estudios nos dice él mismo:

«Desde mi temprana juventud me había esforzado por leer de manera correcta, en lo que fui ayudado de la manera más feliz por la memoria y la comprensión. Y considero, desde este punto de vista, la época de Viena fue para mí especialmente fértil y valiosa...

Yo leía entonces muchísimo y concienzudamente. Lo que mi trabajo me dejaba de tiempo libre lo dedicaba por completo a mis estudios... "Hoy día creo firmemente que, por lo general todos los pensamientos creadores se aparecen ya fundamentalmente en la juventud siempre que existen en realidad. Yo distingo entre la sabiduría de la edad, que no puede consistir más que en una mayor meticulosidad y cautela como resultado de las experiencia de una larga vida, y la genialidad de la edad juvenil, que con su inagotable fertilidad lanza pensamientos e ideas sin que pueda elaborarlas en el primer momento como consecuencia de lo ingente de su número. Ella aporta los materiales y los planes para el futuro, de los cuales el adulto toma las piedras, las talla y levanta el edificio, siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud."

Esto era lo que sucedía con mi amigo: ¡libros, continuamente nuevos libros! Yo no puedo imaginarme siquiera a Adolfo sin libros. En casa se amontonaban a su alrededor Debía llevar continuamente consigo el libro de que se ocupaba en aquel momento. Aun cuando no leyera directamente en él debía estar presente. Cuando salía de casa, llevaba por lo menos un libro debajo del brazo. Algunas veces se le hacía un problema el llevarse los libros. Prefería renunciar a la naturaleza y al cielo abierto que al libro. Los

libros eran su mundo. En Linz se habla inscrito en tres bibliotecas a la vez, para asegurarse cualquier libro deseado. En Viena utilizaba los servicios de la Biblioteca Imperial, y con tanto celo, que una vez le pregunté, con toda seriedad, si se había propuesto leer toda la biblioteca, por lo cual merecí, naturalmente, una ruda respuesta. En cierta ocasión me llevó consigo a la Biblioteca Imperial y me hizo entrar en la gran sala. Me sentí casi aturdido

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