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DIBUJAR, PINTAR, CONSTRUIR

Poco tiempo después de nuestro primer encuentro sabía yo lo siguiente; este hombre había dedicado su vida entera al arte. Lo que le ocupaba de manera tan apremiante, tendía a su expresión artística; hablar sólo de ello, era demasiado poco. Durante mucho tiempo no pude descubrir yo en qué consistían, en realidad, sus disposiciones artísticas.

Entonces, cuando le conocí en el teatro municipal, me pareció que se había consagrado a la música lo mismo que yo, pues hablaba con asombrosa

seguridad sobre cuestiones musicales. En secreto - así pensaba yo - es posible que se dedique quizá a la composición. Pero, más tarde, cuando me leyó por primera vez poesías escritas por él, modifiqué mi opinión, pues hasta entonces no había conocido yo a nadie que escribiera poesías. Yo mismo estaba muy alejado de tales ensayos. Tanto más trascendente se me aparecía, en consecuencia, este arte. Por desgracia, en tanto yo puedo saber, ninguna de estas poesías ha sido conservada. Recuerdo solamente que la impresión que estos versos, leídos con ardiente entusiasmo, hicieron sobre mí, fue enorme, y que este arte me impuso de manera extraordinaria. Yo no tenía apenas un juicio propio para estas cosas. Después de todo, yo no era más que un tapicero y teína otras cosas en la cabeza que escribir poesías. Sospecho que estas poesías no serian más que las torpes rimas de un muchacho, y que estos poéticos versos no tenían, en realidad, una mayor trascendencia.

Mientras yo estaba todavía indeciso, de si debía incluir a mi amigo entre los músicos importantes o entre los futuros poetas, me sorprendió su afirmación de que quería ser pintor artístico.

Recordé al instante haberle visto a menudo dibujando en su casa, pero también cuando estaba en camino conmigo. En el curso de nuestra amistad, sin embargo, tuve ocasión de conocer varios de sus trabajos. Como tapicero que ha aprendido su oficio, debía hacer yo a veces, también, algunos dibujos. Esto me ocasionaba siempre grandes dificultades. Tanto más asombrado me sentí, al ver la facilidad con que estas cosas salían de la mano de mi amigo. Doquiera que nos detuviéramos siempre llevaba consigo los más diversos papeles. De su bolsillo sacaba un lápiz. La idea, ¡esto era siempre lo más difícil para mi! Para él era, justamente, lo contrario. Por decirlo así, la idea estaba ya hecha aun antes de que empuñara el lápiz. Con rápidos trazos aparecía sobre el papel lo que él quería representar. Lo que no podría exponer con suficiente elocuencia con sus palabras, lo continuaba el lápiz. Había cierto encanto en estos primeros y fugaces trazos. Me admiraba mucho cuando del laberinto de líneas cruzadas y confluentes se destacaba una imagen determinada. La realización misma le procuraba mucho menos alegría. Cuando le visité por primera vez en su estudio, vi por todas partes esbozos, dibujos y proyectos. "El nuevo Teatro Nacional" se leía uno, o el "Hotel alpino en el Lichterberg". Me parecía haber entrado en el despacho de una empresa dedicada a la construcción. Cuando más tarde le vi trabajar en el tablero de dibujo - de manera distinta que en los instantes de feliz inspiración, mucho más cuidadosamente con más exactitud y detalle-, no tuve la menor duda de que había adquirido ya todos los conocimientos técnicos y especiales necesarios para su trabajo. A fin de cuentas, yo había pasado también por

tres actos de duro aprendizaje y sabía que en esta vida no se regala nada, y cuan penosamente hay que adquirir un tal conocimiento. No me pareció posible que una cosa tan difícil pudiera sacarse, sencillamente, de la bocamanga como por arte de magia y durante mucho tiempo no pude creer que todo aquello que veía no era más que improvisación.

Existen tantos de estos trabajos que es posible hacerse una idea acertada sobre las disposiciones de Adolfo Hitler en este campo. Ahí está, en primer lugar, una acuarela. El concepto de acuarela no es aquí el más indicado. Se trata de un simple dibujo a lápiz, coloreado luego con colores al temple. A esta acuarela de Adolfo Hitler le falta por completo la rápida captación del ambiente, tan típico para la acuarela, un cierto sentimiento, esta fragancia y suavidad, que aun en la obra terminada revela algo del fresco aliento del agua empleada.

Justamente aquí, donde hubiera debido trabajar de manera rápida e

intuitiva, se entretenía Adolfo con una minuciosa exactitud.

Como todo lo que puedo aportar de la actividad artística de Adolfo Hitler, se encuentra, también una acuarela, que conservo todavía, y que debe incluirse entre sus primeros ensayos. Es aún muy torpe, impersonal y de aspecto primitivo. Pero es aquí justamente donde reside su principal encanto. Representa el Pöstlingberg, el distintivo de Linz, con fuertes colores. Recuerdo perfectamente cómo Hitler me regaló este bosquejo. De esta primera acuarela y de las centenares que siguieron no puede esperarse ninguna conclusión artística. Con ellas no pretendía expresar algo que llenaba su ánimo, sino simplemente pintar algunos agradables cuadritos. Casi siempre elegía para ello objetos amados, de preferencia arquitectura, y sólo raras veces paisajes. Si el hombre que pintara estas tarjetas no fuera precisamente Hitler, nadie se ocuparía de estos trabajos. Distinto es lo que sucede con sus dibujos. Por desgracia, sólo se han conservado unos pocos de ellos. Mi propia contribución a este respecto es más que modesta. Aun cuando entonces poseía yo varios de estos dibujos, no he podido conservar más que uno solo, un simple proyecto arquitectónico, que poco nos dice. Es el dibujo en tinta china de una villa en el Gugl, Stockbauerstrasse 7.

Esta villa, recién reconstruida entonces, le había gustado mucho a Adolfo. Él la dibujó y me regaló la hoja. Aparte de su predilección por la arquitectura, poco es lo que puede deducirse de ella.

El muchacho de quince años me había manifestado su decisión de ser pintor artístico. Durante los años pasados en Linz, este objetivo se mantuvo, más por obstinación que por verdadera inclinación. Ya entonces se puso de manifiesto en Hitler una fuerte inclinación hacia la arquitectura.

Cuando recorro con mis recuerdos aquellos años en Linz, debo reconocer que el pintar era, para Hitler, algo que no se tomaba demasiado en serio, simplemente una especie de actividad, al margen del camino fijado; pintar era, para él, un juego con una inversión, de la que estaba seguro. Construir sin embargo, significaba mucho más para él. En lo que construía en su fantasía ponía todo su ser. Se sentía absorbido por ello hasta en lo más íntimo. Cuando había tenido una idea determinada parecía como poseído por ella. En estos momentos no existía nada más para él. Podía olvidar el tiempo, el sueño, el hambre, todo. Por fatigoso que fuera para mí seguirle en su obsesión, justamente estos instantes son para mi un recuerdo inolvidable. A mi lado y frente a la nueva catedral estaba este pálido y delgado muchacho, a quien el primer bozo empezaba a asomar sobre el labio superior, con su traje barato, desgastado en las mangas y en el cuello, captando de una sola mirada cualquier detalle arquitectónico, analizaba el estilo y la expresión, alababa o criticaba la ejecución, criticaba el material, y todo ello con una tal minuciosidad, con un tal conocimiento de causa, como si fuera él su arquitecto y tuviera que pagar, de su propio bolsillo, cualquier negligencia en la realización. Sacaba entonces una agenda de notas, y el lápiz corría rápido sobre el papel. Así y de ninguna otra manera debía resolverse esta tarea, afirmaba Adolfo. Yo debía comparar sus bosquejos con el proyecto ejecutado, debía aprobarlos o rechazarlos como él, y todo ello con un celo como si nuestra propia vida dependiera de ello. Su pasión por modificarlo todo celebraba aquí verdaderos triunfos; pues una ciudad está más o menos bien edificada. No podía caminar por sus calles sin verse interpelado continuamente por todo lo que veía. Y ninguna pregunta quedaba aquí por contestar. Casi siempre se agitaba en su cabeza una docena de construcciones distintas a la vez; algunas veces tenía yo la impresión como si todos los edificios de esta ciudad estuvieran presentes al mismo tiempo ante él como en una visión panorámica. Pero, tan pronto como su atención era atraída por un detalle, toda su potencia y capacidad se concentraban en éste y sólo en éste. Recuerdo cómo, cierto día, se demolió en la plaza principal el viejo edificio del Banco de Austria Septentrional y Salzburgo. Con febril impaciencia seguía Adolfo el curso de la edificación. Estaba sumamente preocupado por si la proyectada edificación armonizaría en el cerrado conjunto de la plaza. Como, entre tanto, tuviera que trasladarse a Viena, recibí yo el encargo de informarme continuamente de los progresos de la construcción. En su carta del 21 de julio de 1908 dirigida a mí se dice: «Cuando el banco esté terminado mándame, por favor, una tarjeta postal». Yo pude evadirme, finalmente, de este asunto, dado que no existían todavía tarjetas postales del edificio, procurándome una fotografía de la construcción recién terminada, y mandándosela a Viena. Por lo demás, Adolfo se manifestó de acuerdo con la solución adoptada.

Había muchas de tales "casas", de las que se ocupaba continuamente. Se sentía arrastrado hacia toda nueva construcción. Adolfo se sentía responsable por todo lo que se construía. Pero aún más que estos concretos proyectos le interesaban los grandes proyectos encargados por él a sí mismo. Su afán de cambiarlo todo no conocía aquí límite alguno. Al principio observaba yo todas estas andanzas con encontrados sentimientos y me preguntaba, con asombro, por qué se ocuparía con tanta tozudez de cosas, que, así lo creía yo, no serían jamás realizadas. Sin embargo, se obstinaba tanto más en un proyecto, cuando más lejos estaba de su realización. Conocía aun en sus mínimos detalles todos estos proyectos, como si hubieran sido ya realizados y toda la ciudad de Linz hubiera sido reconstruida de acuerdo con sus proyectos. Muchas veces era yo incapaz de seguirle, y en el primer momento no sabía si se trataba de algo ya existente o tan sólo en proyecto de realización. Para él era esto lo mismo. No establecía la menor diferencia al hablar de algo terminado o de algo proyectado. La ejecución era, para él, lo de menos en toda edificación. En ninguna parte se revela de manera tan convincente la inquebrantable consecuencia de un espíritu como en este campo. Lo que proyectara el muchacho de quince años lo llevó a la realidad el hombre de cincuenta, como, por ejemplo, el proyecto para el nuevo puente sobre el Danubio, tan fielmente en sus menores detalles, como si no se interpusieran decenios, sino tan sólo unas pocas semanas, entre el proyecto y la realización. El proyecto estaba allí. Después venía la influencia y el poder, y el proyecto se convertía en encargo. Seguían los medios. El encargo se convertía en realidad. Todo esto tenía lugar con una tal consecuencia, como si para el muchacho de quince años considerara muy natural que un día los encargos y los medios habrían de venir por sí mismos. No me es posible asimilar estos hechos en mi modesta cabeza. Me es inconcebible cómo es posible algo semejante. Uno se sentiría tentado a hablar de milagro, porque la razón no puede seguir aquí. Casi me resisto a relatar lo que sigue, porque los proyectos hechos por este muchacho, entonces completamente desconocido, para la reconstrucción de su ciudad paterna de Linz, coinciden con el nuevo plano de la ciudad iniciado con posterioridad al año 1938, de forma que podría dudarse de la veracidad de mis explicaciones. Y, sin embargo, son ciertos hasta en sus menores detalles.

En mi decimoctavo aniversario, el 3 de agosto de 1906, me regaló mi amigo una villa. Lo mismo que la villa proyectada para Estefanía, estaba concebida en el estilo Renacimiento, tan amado por él. Es una suerte haber conservado estos bosquejos. Muestran una edificación majestuosa, a manera de un palacio, cuya fachada está dividida por una torre empotrada. El dibujo permite reconocer la bien concebida disposición de las habitaciones, que se agrupan de manera adecuada en torno al salón de

música. La escalinata, en forma de caracol, problema de difícil solución arquitectónicamente, está representada en un bosquejo aparte. De la misma manera, el vestíbulo, con su majestuoso balcón, está especialmente realzado. Un grácil esbozo nos muestra el portal. Adolfo buscó conmigo un lugar adecuado para la edificación de esta villa, su regalo de aniversario. Debía levantarse en el Bauernberg, en medio de unos soberbios parques. En ocasión de mis visitas a Bayreuth procuré no recordarle a Hitler este imaginario regalo de aniversario. Estaba en situación para ello, y me hubiera construido con toda seguridad una villa sobre el Bauernberg, que probablemente hubiera sido más hermosa que este proyecto, producto del gusto de aquel entonces.

Mucho más impresionantes son dos distintos proyectos de construcción conservados por mí de entre sus numerosos diseños para la nueva sala de música. El viejo teatro era una construcción insuficiente en todos los sentidos. Los amigos del arte en Linz se habían reunido en una asociación, con el propósito de hacer posible la construcción de un moderno teatro. Adolfo ingresó inmediatamente en esta asociación y participó en el concurso abierto para aportar nuevas ideas. Durante meses enteros trabajó sin cesar en estos planes y proyectos y creía, con toda seguridad, que sus proyectos serían aceptados. Se mostró enormemente indignado cuando la asociación, en la que había puesto tantas esperanzas, finalmente, en lugar de construir un nuevo edificio, se limitó a restaurar el viejo teatro. Podemos leer un mordaz fragmento en la carta que me escribió con fecha 17 de agosto de 1908: "Me parece que quieren remendar, una vez más, este vejestorio". Indignado, declaró que prefería empaquetar su manual para arquitectura y mandarlo al comité encargado de estudiar las posibilidades de construir el nuevo teatro. ¡Cómo expresa su ira en estas palabras! De esta época procede también el dibujo siguiente. En su cara delantera muestra la proyectada sala de conciertos. Numerosas columnas dividen las paredes, en las que se encuentran palcos aislados.

Un adorno en forma de figuras culmina la balaustrada. Una poderosa cúpula corona la sala. En el reverso de este osado proyecto me expuso Adolfo las condiciones acústicas de la construcción por él proyectada, las cuales me interesaron, especialmente en mi calidad de músico. Se ve aquí claramente cómo las ondas sonoras procedentes del sitial de la orquesta se reflejan en el techo de tal manera que caen, en cierto modo, desde arriba, sobre los oyentes sentados en la platea. Adolfo se interesaba grandemente por los problemas acústicos. Puedo recordar todavía con exactitud su proposición de modificar la sala del Volksgarten, cuya deficiente acústica siempre nos había enojado, mediante unas construcciones adecuadas en el techo.

¡Y ahora pasemos a la reconstrucción de Linz! En esta relación, sus ideas eran inagotables, pero éstas no iban de un lado a otro, sino que, una vez tomada una decisión, se mantenía en ella de manera inquebrantable. A ello se debe que haya podido recordar yo tantos detalles. Siempre que pasábamos delante de este o aquel lugar, todos los proyectos parecían convertirse al instante en realidad, aun en sus menores detalles. La Plaza Principal, maravillosamente enmarcada, llenaba a Adolfo siempre de un renovado encanto. Lamentaba solamente que las dos casas que daban al Danubio ocultaran en parte la vista sobre la corriente y la cadena montañosa que se extendía detrás de aquélla. De acuerdo con sus planes, estas casas debían separarse lo bastante para permitir la vista hasta el nuevo puente, ensanchado a la manera de una carretera, sin perjudicar, por ello, el efecto a modo de sala de la plaza; una solución que más tarde convirtió exactamente en realidad. El ayuntamiento, situado también en esta plaza, lo encontraba indigno de una ciudad tan próspera como Linz. El nuevo ayuntamiento debía levantarse como un majestuoso edificio - en modo alguno neogótico, usual en aquel entonces para los ayuntamientos, como lo demuestran los ejemplos de Viena o Munich-, sino en un estilo mucho más moderno. Hitler siguió otros principios en la reforma del viejo palacio, que corona sobre la vieja ciudad como una mole de desagradable aspecto. En una librería había descubierto un viejo grabado de Merian, que muestra el estado del palacio antes del gran incendio. Este primitivo estado debía restablecerse, y el palacio deberla ser utilizado a manera de museo. Un edificio que le llenaba continuamente de entusiasmo era el museo creado en 1891 ¡Cuántas veces nos detuvimos ante el friso de mármol, de ciento diez metros de largo, que reproduce en sus relieves plásticos escenas de la historia del país! Adolfo no se cansaba de contemplarlo. En sus proyectos prolongaba el edificio del museo más allá del jardín contiguo del colegio de Santa Elizabeth, y prolongaba el friso hasta los doscientos veinte metros, de modo que, según afirmaba, se convertiría en el mayor friso plástico del continente. Se ocupaba también activamente de la nueva catedral, entonces en construcción. Consideraba vano el intento de dar nueva vida al gótico en nuestra época, y se sentía también indignado con los ciudadanos de Linz porque no conseguían imponerse a los vieneses. La torre de la catedral de Linz no podía exceder de ciento treinta y cuatro metros, para mantenerse a respetuosa distancia de la torre de la iglesia de San Esteban, en Viena, de ciento treinta y ocho. Sin embargo, lo que más satisfacción causaba a Adolfo era el cobertizo levantado para la construcción de la catedral, del que, según confiaba, podrían obtenerse algún día buenos picapedreros para la ciudad. La estación estaba demasiado próxima a la ciudad, obstaculizaba el tráfico y el desarrollo de la edificación con sus instalaciones férreas. Aquí encontró Adolfo una solución ciertamente genial para aquel tiempo. Trasladó la estación lejos de la ciudad, al campo libre, en dirección a la

Welser Heide o hacia Kleinmünchen - tenía en cuenta ambas posibilidades - y hacía pasar las vías por debajo del plano de la ciudad. El espacio que quedaría libre por el derribo de la vieja estación debía servir para la ampliación del Volksgarten. Al leer esto, hay que representarse la época allá por el año 1907, y considerar que una persona de dieciocho años, completamente desconocida, carente de toda educación previa y de estudios especializados, exponía estos planes revolucionarios para la planificación de la ciudad, una prueba de hasta qué punto era capaz de superar las ideas y prejuicios de aquel entonces.

Lo mismo que la ciudad, Hitler transformaba también los alrededores de Linz. Una interesante idea le obsesionaba en su romántica visión para la renovación del castillo de Wildberg, que se levanta del profundo Haselgraben. El castillo debía recuperar nuevamente su estado primitivo, y

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