SOFÍA CERVANTES RODRÍGUEZ
Resumen: este trabajo se focaliza en el fenómeno de la terminación de una
relación que tuvo una carga emocional importante. También resalta el papel que juega la ausencia de las personas queridas, como un puente por el que se transita desde la pérdida a la experiencia del duelo. Se presenta una propuesta de trabajo psicoterapéutico con el duelo desde una perspectiva interdisciplinar, donde se re- toman las aportaciones de la psicología experiencial, la construcción social de las emociones, la psicoterapia junguiana y la psicoterapia de la Gestalt. Finalmente, se establece la relación entre la pérdida, el duelo y el sentido de vida, es decir, el interjuego entre cómo se vive la ausencia, los modos de sobrellevarla y significar- la, y el bienestar psíquico que se logra mediante la instalación o perpetuación del duelo.
Palabras clave: pérdida, duelo, elaboración, interdisciplinariedad, psicotera-
pia.
Abstrac: This text focuses on the phenomenon of the termination of a relations-
hip that was bound up with strong emotions. It also sheds light on the role played by the absence of loved ones, as a bridge that must be crossed from loss to the experience of grief. A proposal is presented for working psychotherapeutically with grief from an interdisciplinary perspective, drawing on the contribution of experiential psychology, the social construction of emotions, and Jungian and Gestalt psychotherapy. Finally a relationship is established between loss, grief and
the meaning of life, that is, the interplay between the way absence is lived, ways to cope with it and make sense of it, and the psychic wellbeing that is achieved by installing or perpetuating grief.
Key words: loss, grief, elaboration, interdisciplinary approach, psychotherapy
PRELIMINARES
Invocado o no, Dios está presente.
ORÁCULODE DELFOS
La emancipación lograda por el hombre en la Ilustración trastoca la concepción del morir y las atribuciones e injerencias del hombre al respecto. En adelante se coloca en las propias manos el poder otrora entregado a una divinidad, lo que derroca a los dioses, pero entrona los constructos que requiere la nueva racionalidad. Esta revolución reivindica además una serie de derechos personales, entre ellos “el derecho a la propia muerte” (Meyer, 1983, p.15) y reajusta las prácticas sociales relacionadas con las enfermedades, la medicina y la tecnología médica, todo lo cual se centrará en prolongar lo más posible la vida. La obstinación por negar la muerte propia y de los seres queridos se exa- cerba y se expresa de múltiples maneras; pero, como resulta un evento siempre ineludible, los esfuerzos sociales se encaminan a la instalación de mecanismos para encajonar y controlar la cuestión. Tal es el caso de adjudicar al que va a morir la responsabilidad de ello; esto es, se le proyectan las problemáticas y dificultades personales y sociales. En esto va que el que anuncia su muerte mediante alguna enfermedad tendrá mayor mérito cuanto menos problemas genere a los vivientes y no les recuerde que podrían estar en igual condición. Entonces el papel del enfermo “sólo puede ser [...] dar la sensación de que no se está muriendo” (Meyer, 1983, p.16). En una cultura de consumo como en la que vivimos, se eliminará todo lo que cause displacer o dolor, ya que su propósito es colocar la felicidad al frente y la adquisición de
un bien material como su mejor logro. Referirse entonces a la muerte no tiene cabida y se le da la vuelta a eventos como la separación de los que amamos, su ausencia y el duelo; disfunciones todas estas que se habrán de corregir. Sin embargo, dice Erich Fromm (1970), “la cuestión no es en realidad si Dios ha muerto sino si el ser humano ha muerto, si no ha quedado tan reducido a [un] homo consumens pasivo, vacío, alienado, que ha perdido toda su vida interior” (p.29). La primacía del falso bienestar que se desprende del estilo mercantilista de vida, erra- dica también el esfuerzo y lo que signifique sufrimiento. El precio que hemos pagado ha sido alto; la aniquilación del potencial de crecimiento y aprendizaje que estos conllevan. Pero la sospecha de la pérdida y de la muerte siempre queda, y de muchas maneras nos envía el mensaje de su inevitabilidad. En ello va la muerte de los que amamos, tal vez por eso es mejor evitar esta situación, no vaya a ser que el amor, que también es pasajero, nos ponga de frente con la pérdida y el inmenso dolor que le suele acompañar. También hay “‘pérdidas inciertas’ [...] cuyo protagonista no es la muerte sino la incertidumbre y la duda”, dice Rosa Martínez (2010, p.39), y que son pérdidas donde se pue- de tener la vivencia de la muerte, como son el divorcio, la salida de los hijos, la jubilación, la enfermedad, la minusvalía, etc. Nos centramos en este momento en la muerte del ser querido, donde la constatación de su muerte es necesaria para seguir viviendo.
La muerte, dice Everhard Jüngel (1976, en Meyer, 1983), va en con- tra de las tendencias humanas, es un fenómeno antropológico pasivo, una condición de la naturaleza humana. Esto marca la diferencia con el morir: la muerte es inevitable, la manera de morir es una elección. Uno de los privilegios, y de las mayores desgracias de los seres hu- manos, es que estando vivos también morimos, pues se puede estar muerto en vida. Morir a título personal se da solo una vez, pero tam- bién morimos muchas veces con las muertes de aquellos que amamos. Esto es lo que ponemos ahora a la luz, así como los artilugios para no encarar el evento y resolver la pérdida mediante el duelo. Un duelo
no resuelto es la experiencia de una muerte no cumplida a cabalidad, y el refugio en una realidad alterna debido a un intolerable sufrimiento. Es un alivio, pero a costa del esfuerzo de batallar con las evidencias que la realidad de la muerte se empeña en ponernos al frente. Sin em- bargo, las posibilidades humanas son insospechadas, y estancar la vida, aun con el malestar constante que conlleva, con el paso de los años puede lograrse el acomodo, y con ello trasformarlo en un bienestar. Elisabeth Kübler–Ross (1998) asevera que “hay gente que siempre ha vivido como si no existiese el mañana, que nunca ha tenido que hacer frente a ninguna desgracia, que nunca ha pensado en la muerte” (p.59), lo cual pude parecer un privilegio. Pero agrega luego que “cuando estas personas tienen de repente un problema que pone en peligro su existencia, caen en una profunda depresión, o intentan buscar re- fugio en una negación rotunda que hace que el trabajo y la progno- sis sean extremadamente difíciles” (p.59). Y si bien la instancia de la personalidad que hemos denominado como Yo, aun cuando se erige altaneramente como rector de lo que nos acontece, también es cierto que tiene a su cargo la función de la interlocución con el mundo y los demás. Pero además desempeña otra tarea: coordina la simbolización que hacemos de la vida, la muerte y la separación, por lo que juega un importante papel. Sin embargo, existen otros personajes, rasgos y atributos que nos constituyen y también tienen participación; tal es el caso de la emocionalidad, la intuición, la construcción de imágenes y los sueños, y todos inciden en las maneras de vivir el duelo y la posi- bilidad de su elaboración y resolución.
Si la edad moderna comenzó, como dice Hannah Arendt, con la desaparición brusca e inexplicable de lo suprahumano y de la fe en una inmortalidad trascendente (en Meyer, 1983), el empoderamiento de lo humano no ha logrado entender el vivir, el morir y la separación. ¿Será entonces que lo que se ha erigido en lugar de los dioses son conjuros para sojuzgar un miedo siempre subyacente? ¿Será que se ha
exacerbado una represión de las cuestiones relativas al morir que hace más difícil darles la cara y lidiar con ellas? ¿Será que a pesar de lo con- seguido, seguimos teniendo una terrible dificultad para reconocer la experiencia del morir?
LA SEPARACIÓN, LA MUERTE Y EL DUELO: CONSTRUCCIONES SOCIALES
Nunca son inocentes
los conceptos de vida, muerte y separación.
La muerte es un atentado contra nuestra dimensión biológica, pero su entendimiento dista mucho de quedar en este plano, ya que su signifi- cación tiene una dimensión histórica, cultural y social. También nues- tras concepciones en cuanto a la separación y la pérdida varían según el momento histórico y espacio social donde ocurren las creencias, representaciones e imágenes al respecto. La historia de la humanidad atestigua las ricas manifestaciones culturales, rituales, mitos y un sin- número de creaciones construidas en torno a la muerte, probablemente mucho más que las construidas para enaltecer a la vida. La persistencia de estas manifestaciones bien pudiera entenderse como un interés por la muerte y la separación. Sin embargo, las evidencias originadas en el diario vivir apuntan a lo contrario, pareciera más bien que “nos con- ducimos en la vida como si fuéramos eternos” (Cruz & García, 2007, p.27) y que nos aferramos a la fantasía de que las cosas y las personas que queremos siempre estarán aquí. Aunque podemos entender que todos vamos a morir, poco reflexionamos al respecto, en particular cuando “hemos escondido la muerte a los ojos de la cotidianeidad, en un intento infantil de sostener que lo que no se ve no existe, no molesta, no nos interroga, no produce sufrimiento y hemos situado en su lugar el porvenir de un ilusión como es la inmortalidad” (Cruz & García,
2007, p.28). Los significados que asignamos a lo que vivimos impregnan lo que amamos, el modo en que lo hacemos, cómo experimentamos lo que perdemos, cómo vivimos el duelo y cuáles son sus posibilidades de resolución. No son pocos los casos en que la separación se vive como una experiencia de muerte, sobre todo cuando se ha depositado en el otro la vida propia y se vive la imposibilidad de continuar vivo ante su ausencia, lo que agota el proyecto vital. Y si bien el ingrediente afectivo puesto en la relación incide en lo anterior, también lo hace el significado otorgado a la separación, incluso de manera más importante que el afecto depositado en la persona que se marchó.
En el caso de la pérdida por muerte, no sabemos casi nada del que se va, pero del que se queda podemos saber un poco más; cuál es su postura ante la vida y ante la muerte, qué tipo de relación estableció con el que se marchó, cuál fue su reacción a los avisos de la inminente separación, a la consumación de la muerte y al vacío que vino después. Podemos averiguar cuál es el sentido que se les ha asignado a estos sucesos, lo que es fundamental para el trabajo del duelo, pues “la for- ma en que comprendemos el proceso de duelo está relacionada con la forma en que manejamos la muerte en el medio cultural” (Cabodevilla, 2007, p.165). Una sociedad que funda la seguridad de sus miembros en el cumplimiento inmediato del deseo y en la juventud y la belleza física, “hace de sus integrantes seres indefensos, sin recursos para afrontar que, como todo, la vida también empieza y termina, no de manera general y abstracta, sino concreta y particular [...] En este sentido, la angustia y el miedo son las respuestas que se dan cuando lo inevita- ble llega” (Cruz & García, 2007, p.28). Los significados conferidos a la pérdida y la separación demandan de nuestros recursos cognoscitivos, relacionales, corporales y emocionales, entre otros, para la realización de un procesamiento simbólico de estos sucesos. De la disposición o inhabilidad de nuestros capitales dependerá las posibilidades de re- solución del duelo.
La reflexión participa también en este asunto, y es entendida como la vuelta sobre uno mismo que nos permite mirarnos a distancia, a la
vez que es una mediación que facilita la trasformación de los hechos en experiencia. De esta manera, abre posibilidades para recobrar la potencial riqueza en lo vivido, aun cuando sea doloroso. Los seres humanos somos portadores de conceptos, significados, valores y sen- tidos. La facultad de volver hacia el actuar propio, de monitorearlo, revisarlo, juzgarlo y otorgarle ciertas atribuciones, es lo que constituye la reflexión. Anthony Giddens (1984) dice que esta se asemeja a “un tipo de gobierno sostenido que es portador de acción y que simultánea- mente la atestigua” (p.113). La reflexión impulsa al sujeto a diferentes posicionamientos, perspectivas y marcos de referencia respecto de lo que vive, y con ello arribar a significados nuevos y distintos. Victor Frankl (1987) señala que lo que se registra de diversas maneras en el organismo, “se revela así como el material que aguarda a ser ‘confor- mado’” (p.145) por el significado, dando lugar a la experiencia. Gracias a la reflexión, la cotidianeidad queda trastocada de fondo. Es bien sa- bido que aunque vivamos ciertas situaciones repetidas veces, no por ello logramos el aprendizaje, ya que este requiere de la reflexión, y por tanto, de la experiencia. Sin embargo, esta no se encuentra colocada como una función meramente cognoscitiva, pues ya hablábamos de la participación de las imágenes, los sueños y la fantasía en los procesos de elaboración de lo que vivimos.
La experiencia de la vida, con sus asignaciones y acepciones, con- vertirá en su semejante a la experiencia de la pérdida del otro, pues de la misma manera en que vemos la vida, vemos el morir. Por ello, aquel que da sentido a su vida, también da sentido a la muerte, y con ello a la separación. Adriana Schnacke (1987) resalta lo anterior cuando afirma que quien no puede decidir su muerte, tampoco puede decidir su vida. Cuando nuestra vida tiene valor, en cualquier momento podemos mo- rir, y cuando una relación se ha vivido al tope, el otro bien se puede ir. Del significado que demos a estos, o a cualquier otro evento, depende que le demos el lugar que le corresponde, y así logre un acomodo en nuestra vida. De aquí la importancia que tienen las convicciones y regulaciones sociales que nos gobiernan, pues llegan a ser fuente de
creencias, significados y valores que impregnan la manera en que vivi- mos nuestras relaciones, la ruptura de estas y la manera como hacemos frente a la separación. Susan Sontag (2003) dice que “Para quien vive la muerte sin consuelo religioso o sin un sentido natural de la misma (ni de nada), la muerte es el misterio obsceno, el ultraje supremo, lo no gobernable. Solo puede negarse” (p.15).
En el trascurso de la vida, así como ganamos también perdemos. En el entendido de que todas las relaciones tienen un comienzo y un final, nuestra vida está hecha de encuentros y separaciones, de lazos y rupturas, de compañías y soledades. Podemos perder una casa, un empleo, un estatus de vida o ciertas capacidades personales, pero una de las pérdidas que más nos cuesta trabajo remontar es la muerte de aquellos que amamos, y el posicionamiento ante esta realidad está teñido del contexto histórico y cultural (Guilmot, 2000). Sin embargo, más allá de las regulaciones sociales, y aun si lográramos una posición madura ante las pérdidas, lo más seguro es que estaríamos inmersos en la madeja de emociones que acompaña a estos eventos, dado lo inédito de su presentación. La situación se complejiza cuando por “el imperativo moral de hacer de la vida algo sagrado, junto al imperativo tecnológico que te impide morir aunque ya estés muerto” (Cruz & Gar- cía, 2007, p.22), se convierte a la muerte en un elemento egodistónico, “disonante, antinatural, excluido de la vida” (Cruz & García, 2007, p.22). LA AUSENCIA. UNA PREGUNTA SIN RESPUESTA
Espere en desnudez y vacío, que no tardará su bien.
SAN JUANDELA CRUZ
Una de las expresiones nucleares del duelo es la ausencia que deja el que murió. Esta ausencia, y el vacío generado por la ruptura del vínculo, componen vivencias que suelen acompañarse de una particular dificultad: su aceptación. Los seres humanos somos seres de relación y nos construimos en las interacciones y en el encuentro
con los demás, por lo que resulta contranatura su rompimiento. Desde el nacimiento, la vida pende del vínculo afectivo que se logra establecer (Viorst, 1990), ya que el aislamiento, no solo en etapas tempranas sino a lo largo de la vida, genera disminuciones en todo sentido. Aceptar que nos constituimos y desarrollamos en el encuentro interpersonal, pareciera que nos hace irremediablemente propensos la relación y que nos deja en una indisposición respecto de la separación y la ausencia. Sin embargo, la condena no pesa por igual. Las habilidades para sol- tarnos de los demás, para partir, para reconocer la distancia y vivir en ella, para asumir que se es distinto a los demás sin que ello represente un trasgresión, aligeran la vida. De lo contrario, la separación será la muerte de dos seres: del que se fue y del que se quedó. Como quie- ra que se viva la separación, los seres humanos hemos de remontar la dificultad que entraña la ausencia del vínculo en una naturaleza eminentemente vincular.
Desde el campo de la psicología, diversos autores nos presentan su postura respecto de la pérdida y el vacío. Igor Caruso (1969), Erick Erikson (1983) y Judith Viorst (1999) coinciden en que la ruptura de los lazos afectivos reaviva la pérdida original del útero materno, y con ello antiguos sentimientos de inseguridad que recrudecen la ausencia, haciendo más penosa su resolución. Por otro lado, para la psicoterapia Gestalt la ausencia y el vacío son “el centro mismo y el corazón del cambio terapéutico” (Van Dusen, en Stevens, 1978, p.91). Es cierto que la muerte de un ser amado nos deja, de facto, en la imposibilidad de volver a vivir lo que teníamos juntos. Nos quedamos frente al hecho contundente de que la relación se acabó y que su lugar ha sido tomado por la ausencia y el vacío, es decir, ha quedado un hueco que resulta desconocido y que genera temor. De manera particular, la ausencia es difícil cuando lo que se ha hecho en la vida es llenarla de lo que sea a toda costa con el objeto de evitar el vacío. Para la psicoterapia Gestalt el crecimiento radica en experienciar lo que se presente y, por ende, también la ausencia, la nada. Cuando estos se viven sin reticen- cia, catapultan la trasformación personal y social. Vivir el vacío y la
ausencia puede envolvernos en un sinsentido —que en apariencia les caracteriza—, para luego encontrarnos con lo que siempre ha estado ahí: el vacío nunca es vacío y la ausencia nunca es ausencia. La nada, en este caso la que deja el otro, dice Claudio Naranjo, que “sólo es nada mientras estemos bajo la compulsión de hacer de ella un algo. Una vez que aceptamos la nada, todo se nos da por añadidura” (1990, p.61). En el campo experiencial del vacío es donde se da el encuentro con valiosas figuras que emergen, lo que nos traslada del vacío infértil a un vacío fértil (Naranjo, 1990; Perls, 1978). Naranjo agrega que el vacío infértil es la vivencia de una nada al modo de un vacío con falta de significación, lo que por un lado denota que “hemos abandonado totalmente las ex- pectativas o los estándares, mediante los cuales medimos la realidad” (Naranjo, 1990, p.61) y no hemos encontrado todavía nuestros propios significados, asunto que será fundamental para la resolución del duelo. El vacío se torna fértil cuando lo aceptamos, cuando sostenemos la au-