La visión de la vida y de los seres humanos y los valores que vive el psicoterapeuta son comunicados de múltiples formas a sus consul- tantes. La neutralidad —entendida como no comunicar al consultante
ningún valor en relación con los seres humanos, sus comportamien- tos, los demás con los que se relacionan e interactúan— nos parece una ilusión. Así que, dándose cuenta o no, un psicoterapeuta puede insinuar, por ejemplo, que tener una buena valoración de sí mismo es completamente una cuestión de cada quien. Puede señalar que no hay por qué darle tanta importancia a las opiniones de los demás, aunque a veces el trato discriminatorio recibido genere dolor y sufrimiento, y reduzca las oportunidades para obtener satisfactores básicos. Pue- de considerar la autoestima como algo psicológico, exclusivo de lo “interno” de la persona. Y entonces parece innecesaria una reflexión crítica sobre los valores impuestos por las modas y lo que conllevan de dominación, promoción del consumo de ciertos artículos que ge- neran ganancias a determinadas compañías, y su impacto en eso que llamamos autoestima.
¿Cuál es el papel, por ejemplo, que el cuidado de otros puede tener en el bienestar de uno mismo? ¿Son antagónicos el cuidado y bienestar personal con el cuidado y bienestar de otros? Para algunos psicoterapeutas parece que sí. Para otros, en cambio, son inseparables (Walsh, 2005). Entonces, tenemos un margen de elección, de autoría y agencia en nuestros modos concretos de interactuar con los consul- tantes.
No creemos que se trate de adoctrinar a los consultantes. Valoramos su derecho y capacidad de formarse sus propias convicciones. Solo reconocemos que estas no se configuran en un vacío social, ni siempre en condiciones que propicien una reflexión pausada y sentida, para que sea personalmente significativa. Si como psicoterapeuta no puedo mantenerme en una neutralidad cultural, política y ética, tal vez sea mejor reconocer mis posicionamientos y convicciones: cómo se van construyendo y van cambiando, cómo los muestro y expreso en mis interacciones en la psicoterapia. Para ello, el diálogo y la reflexión con los colegas nos parece una opción rica para mantener una relativa cla- ridad actualizada de mi ser–en–el–mundo, en el contexto sociocultural en el que vivo y trabajo como psicoterapeuta.
La época actual parece requerirnos aprender a vivir con la incerti- dumbre, con flexibilidad, movilidad en nuestros planes y acciones, con una visión a mediano y corto plazo, más que a largo plazo. Nos plantea también retos relacionados con la predicción y el control respecto de un “mundo llamado ‘objetivo’... un mundo muy alejado de la expe- riencia humana... un mundo inventado por un sujeto que se piensa a sí mismo como ‘observador neutro’” (Najmanovich, 2001 / 2013, p.12), y que durante siglos ha sido el mundo tan apreciado en la mentalidad científica positivista de la modernidad.
Un aspecto que necesita una actualización en el campo de la psico- terapia y del vivir cotidiano, es sin duda lo referido a nuestra corpora- lidad. Como señala Najmanovich (2001 / 2013, p.19), “nuestra corpo- ralidad determina un campo de afectación y la clase de interacciones y de transformaciones posibles”. Los modos de entender y valorar nuestra corporalidad han influenciado las interacciones con los demás y la naturaleza. La vieja dicotomía cuerpo–mente sigue planteando problemas difíciles de resolver, porque nos dificulta explorar alter- nativas diferentes más allá de esa división que por momentos parece insuperable. Algo parecido ocurre con la separación planteada entre sujeto y mundo: “Encerrados en nuestra mente, hemos olvidado cómo pensar con nuestro cuerpo, cómo servirnos de él para llegar al cono- cimiento; asimismo, nos hemos alejado de nuestro entorno natural y nos hemos olvidado de coexistir y cooperar con una rica variedad de organismos vivientes (el mejor ejemplo está en el suelo como ecosis- tema)” (Cuchman & Riquelme, s / f, p.17). Ahora tenemos la oportuni- dad de recuperar nuestro ser–encarnados–en–el–Mundo (Moreira, 2001; 2012); recuperar la sabiduría potencial que existe en esta dimensión de nuestro existir como humanos (Gendlin, 1967; 2012; Moreno, 2009; Rogers, 1980; Siegel, 2012).
Es cierto,
[...] la imagen pública del organismo humano, reforzada por el conte- nido de los programas televisivos y especialmente por la publicidad,
es la de una máquina propensa a continuas averías, a menos que sea revisada por médicos y tratada con medicinas. Los medios de comunicación no trasmiten la noción del poder curativo intrínseco de un organismo y su tendencia a conservar la salud; no se promueve la confianza del ser humano en su propio organismo, ni tampoco se acentúa la relación entre salud y modo de vida. Se nos incita a su- poner que los médicos pueden arreglarlo todo, sin tener en cuenta nuestro sistema de vida (Capra, 1982 / 1992, p.77).
¿Cómo impacta todo esto a los procesos de psicoterapia, a los psicoterapeutas y a los consultantes? Es frecuente que las personas que recién llegan a un proceso psicoterapéutico se orienten con las formas de interacción que suelen tener en la consulta médica. Suponen que les corresponde decir todos sus problemas y sufrimientos, y que el psicoterapeuta les dirá qué tienen y cuál es el remedio (como si fuera un medicamento que hay que tomar). Por ello es que a veces les causa tanta sorpresa descubrir que, en muchas psicoterapias, el psicoterapeuta no indica qué hacer sino que se dispone a escuchar, pausada y comprensivamente, para que sea el propio consultante quien vaya tomando conciencia de su vivir y sentipensaractuar1 cotidianos. Como lo señala también Capra (1982 / 1992):
[...] muchas personas se adhieren testarudamente al modelo biomé- dico porque tienen miedo de que sus modos de vida sean examinados y deban enfrentarse con su comportamiento poco sano. En vez de confrontar una situación que a menudo resulta embarazosa y dolo- rosa, insisten en delegar toda la responsabilidad de su salud en los médicos y los fármacos [en nuestro caso en el psicoterapeuta y sus indicaciones] (p.86).
1. Acuñamos este término para indicar la integración y unidad deseadas del sentir, pensar y actuar de las personas en su vida diaria.
En esta perspectiva, podemos considerar y realizar a la psicoterapia también como una actividad de trasformación cultural.