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Bárbara reta el puesto tradicional de la m ujer dentro del marco social colonial (ver nota de pág 30).

In document Marquesa de Yolombo (página 70-73)

LA MARQUESA DE YOLOMBO

A GUISA DE PROLOGO

1 Bárbara reta el puesto tradicional de la m ujer dentro del marco social colonial (ver nota de pág 30).

La chica, por su parte, le replica, al principio, con todas las razones de que es capaz; pero, al fin, apela al argumento supremo: encerrarse a llorar y salir con los ojos hinchados, cual si se tratase de un amor contrarrestado.

Si no esta pasión, base de la vida, otras harto avasalladoras del humano sentimiento eran la sed de oro, el ansia de aventuras, esas fiebres heredadas de los conquistadores españoles, y que, por un capricho o una ironía de las leyes ancestrales, resurgían, poderosas, en una hembra, sometida, todavía, a la autoridad paterna1.

Don Pedro, después de un tira y afloja, que ofusca a su mujer más que un desacuerdo abierto, le declara una noche, en el secreto de la alcoba:

— Mira, Rosalita: deja las angustias y las andaluzadas y oye, en sana calma, lo que voy a decirte. Bien podíamos oponernos a los planes de esta muchachita y obligarla a obrar según nos parezca; pero yo y mi compadre Vicente hemos estudiado el punto, al derecho y al revés, y hemos sacado en limpio que es mejor dejarla hacer su santísima voluntad. En primer lugar, lo que ella sueña no tiene nada de censurable ni de ridículo, como tú crees: señoras muy principales han sido mineras aquí, en Méjico y en el Perú. Ya has oído hablar de Doña María del Pardo y de Doña Ana de Castrillón 2. El hecho de que la Chata esté moza y soltera nada quiere decir, porque, si se va a la mina, no habrá de estar nunca sola: o estaré yo o estará mi compadre o los muchachos. En segundo lugar, ella es hija mía y nieta de mi padre; y por donde los Caballeros metemos la cabeza nos la rompemos o la sacamos al otro lado. A ella ya se le ha metido la cosa, y mientras más la contrariemos, más se empecina. Ya ves cómo está: pues se pondrá peor, si seguimos oponiéndonos. Y con esto sacaremos lo que el negro del sermón, porque estoy seguro que, no bien sea libre, se mete de minera, aunque se caiga el mundo. Pues que haga desde ahora lo que ha de hacer de aquí a cuatro años. Y mejor que principie mocita: si es novelería, matará ligero el antojo y volverá sobre sus pasos; si es de veras, gana tiempo. Y no creas que no sea capaz de dirigir esos trabajos. Lo hará mejor que nosotros: a esa criaturita no le cabe la capacidad en el pellejo. Ya ves que piensa con el juicio y la cordura del hombre más Capaz. Y, cuando Dios le dio tantas entendederas y tanta actividad y ese modo de ordenar y de mandar, no sería para que se encerrase en el aposento a hilar y a remendar. Por su mismo genio tiene que ocuparse en trabajos más útiles, aunque no sean muy acostumbrados por el común de las mujeres. Puede ser, también, que así que estos muchachos la vean trabajando, en toda regla, les dé vergüenza de que unas naguas les den el ejemplo y que dejen ese maganseo y ese desentendimiento, que me mantiene frito; pueda ser que cuando estén con la Chata, en la mina, no los vea yo en sus cacerías y en sus pescas o

1 Bárbara continúa el patrim onio de mujeres conquistadoras tales como A na de Castrillón y María del Pardo.

haciendo el perro, donde los pañe la pereza, sin asomarse, siquiera, a los trabajos.

— Es que tú, también y todo, eres tan exigente con esos chicos — musita la esposa, con el resto fonético que del andaluz le queda.

— ¡Qué exigente, tonta, ni qué caracoles! ¡Vive Dios que no sé cuál de los tres es más almártaga ni más paranada! Las cosas son como son y ... ¡santas pascuas! Pero... ¿por esto vas, agora, a emprender el llanto y el berrinche?1

— No es por eso, Perucho — gimotea Rosalita— , eso de puro sabio se me había olvidao. Es que me atribula lo triste y sola que va a quedar esta casa, sin la muchacha, y que la pobrecita se me puede morir de calenturas en ese monte.

— ¡Válgame Dios, hija! Una niña de teta discurriría mejor que tú. Muerte hay en todas partes y para todo ser nacido; pero nadie se muere la víspera. Ya ves: con tantos años en malos climas, ningún minero se ha muerto en Yolombó, ni siquiera el Sevillano, con todas sus borracheras y todas sus vagamunderías. Ahí está comiendo arepa, muy morocho2. Y mira: la negra Sacramento, aunque sea con todas sus mojigangas y salvajadas, sabe hacer menjurjes que curan y que preservan. Será con brujería o sin brujería, pero aprovechan. Ya ves que a mí me ha curado; ya ves que ha curado a mi compadre; ya ves que a la Chata ni siquiera le ha amagado la chapetonada. Que te haga falta es otra cosa; pero ella tampoco va a vivir de asiento en la mina: estará yente y viniente, como todos. Si las otras hijas son calladas y moscas muertas, a ti te sobra alboroto: alégralas tú a ellas, ya que ellas no te alegran a ti. O, si no, trae amigas que te diviertan o vete a buscarlas. ¿No te veo, por ahí, calle arriba y calle abajo?

— Pues sí, hole Perucho. Eso será lo mejor: no dejarla caer. Y ¿cómo piensas entablar a la muchacha? ¿Qué es lo que ella va a ganar?

— De cualquier modo, hija: o la llevo en colas o le señalo pedazos, en la cinta, para lavarlos, para ella sola, o le doy mensualmente lo que crea justo; en fin, de cualquier modo, porque lo gana. Lo que ella nos sirve allá no se lo pago con cualquier sueldo; ya ves, pues, que hasta por los intereses de la familia, conviene que la dejemos en su idea.

—Y también es algo justo que te acompañe a ti, en ese monte tan fiero. — Sí, hija, para eso es de juntos. En fin, Dios dispondrá. Y, si resultare lo que pienso, la Chata y Sebastián pueden dirigirlo todo, sin mi presencia. En tal caso sólo me daré mis asomadas, de cuando en cuando, porque ya ves que no debo ni me conviene soltar la vara del todo.

— ¡Ya lo creo, hijo! El mando a nadie le hace daño y eso de que al

1 berrinche (fam.): enojo (DRA).

Sotalcalde de Romero, tan morral, le toque la paga entera, me sabe a cuerno quemao,

Al día siguiente va Doña Rosalía a su hija Doña María de la Luz, con la gran resolución, entre tristona y consolada.

— No se apure por eso, su Merced — le dice la obesa y descomunal señora— . Es mucha la falta que nos hace; pero muy bueno que esté en la mina: pueda ser que mi taita y el pendejo de Vicente no se pongan a negriar1, delante de ella, como negrean cuando se ven solos. Lo que es al puerco de Vicente no se le escapa ni la bruja de Sacramento.

— ¡Josú, hija! ¿De dónde sacas tú esos cuentos tan feos?

— ¡Ave María, su Merced! Quien la ve tan viejorra y tan vivaracha, y la engañan y la embotellan que ni a una inocente. Como si no supiera yo lo indecentes que son los hombres.

Y aquí, desde su pabellón de manta que cae a su silla monumental, en

donde ella cultiva su exuberante corpulencia y sus gestaciones casi perpetuas, sigue concretándose en el hidepú de Fulano y el hidetal del Zutano, porque Doña María de la Luz no larga de su boca infanzona su palabreja favorita. Su padre, su marido, su suegro, sus hijos, el cura, el sacristán y sursum corda son, para ella, otros tantos hijos de perra, si no de alguna cerda revolcada2.

A estas y las otras comparece en el amplio aposento Taita Moreno3, en cuerpo y alma.

Acaba de salir de una de sus encerronas alcohólicas, y, como le acontece después de estas emergencias, viene muy acicalado y peripuesto. El negro Benedicto, su sastre y camarero mayor, industriado para tales casos, le ha velado la mona, noche y día, para ver qué necesitaba. La solitaria bebecinia ha sido, en esta vez, de treinta y tantas horas; y, en cuanto ha golpeado, ha acudido el guardián, con los barreños y las jofainas, las aguas frías y las calientes; ha avisado en seguida a la cocina para que frieran lo más suculento e irritante que en la despensa topasen; y ha volado, luego, por Don Pablitos Layos para que lo afeitara, arreglase el cabello y le trenzara la coleta. Mientras el gran peluquero ha manipulado sobre rostro y cabellera, Benedicto ha apercibido toda la muda que la ocasión requiere; y se ha dado, con amor de perro terranova, al lavatorio de los pies, manos y demás partes de aquel amo, que lo mismo le regala con una onza pelucona4 que le da una zurra muy de padre y señor mío, que así son sus veleidades.

1 Juzgando del contexto, “negriar” (negrear) aquí tiene significado sexual.

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