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Carrasquilla demuestra su independencia lingüística 2 DRA da “convexo”.

In document Marquesa de Yolombo (página 61-64)

LA MARQUESA DE YOLOMBO

A GUISA DE PROLOGO

1 Carrasquilla demuestra su independencia lingüística 2 DRA da “convexo”.

aquellos chiflidos y aquellas muecas tan particulares, no sabía si reírse o asustarse; y pensaba cosas tan sumamente malucas que hasta pecado serían. Le parecía, unas veces, que los micos se iban a volver cristianos; y, otras veces, que los cristianos iban a volverse micos. ¡Si no eran ellos una brujería muy enredada viniera Dios y se lo dijera!

¡Pero no! Con todo esto ella no incurría en ningún pecado. Todo era bobadas y ociosidades que ella sacaba de su cabeza, sin quererlo ni pensarlo. Bien decía su madre que ella era una loquita tolerada. En fin, embrujado o no todo lo del monte, ella no tenía por qué temerlo ni a cosa alguna diabólica, fuese del pueblo, de ranchería o de montaña. La Virgen del Pilar, las cruces, su reliquia, el ángel de su guarda, el rosario y el persignarse cada rato, la libraban de todo mal y peligro.

No contaba con la huéspeda; no contaba con esos duendecillos matinales, sutiles y capciosos; con esos Ilusiones, los más terribles agentes del Enemigo Malo. Uno de ellos, un Ilusión de tomo y lomo, de lo más elocuente y sabido, da en la flor de soplarle en los oídos y no al amanecer, tan solamente, sino a todas horas, no cosas malas ni pecaminosas sino muy bellas y de provecho, no para conturbar inocentes sino para halagar entendidos: Doña María del Pardo1, con sus heroicas andanzas de aluvión en aluvión; Doña María, con sus ingentes tesoros, arrancados a los pedriscos ribereños; Doña María, fundando y quemando poblaciones, actúa, a cada paso, en estos soplos trastornadores. Y ¿por qué no había de ser Doña Bárbara Caballero y Alzate, si no tan andariega y denodada como esa española venturosa, tan constante como ella? ¿No vencía la constancia lo que la dicha no alcanzaba? Y el demontres del Ilusión, empecinado en su engatusamiento, va levantando de cascos a la alentada joven. Y tal, que va apurando, día por día, su aprendizaje del lavado y sus observaciones, en todo procedimiento y trabajos mineros, hasta acabar por formarse, por su propio dictamen, todo un sistema de laboreo, tan armónico en el conjunto como seguro en sus detalles.

Hace casi cuatro meses que están en las minas y ya Don Pedro y Don Vicente han dado, en este espacio, sus asomadas a Yolombó; han invitado a la chica a asomarse con ellos; pero ¿iba ella a someterse a que la dejaran allá? No, en sus días. Razones y encargos a la madre, y de ahí no la sacan.

Las temporadas de Don Pedro en San Bartolomé son más por placer que por necesidad: Layos es un director de toda su confianza, así por lo hábil como por lo honrado. Esta vez ha permanecido más que de costumbre, no sólo por entretener ahí al yerno y tenerlo alejado del pueblo, en donde bota el dinero a chorros, en jaranas y jugarretas, sino también, porque la compañía, el regocijo, las gentilezas y formalidades de la hija hacen de ese monte una fiesta perpetua.

En esta estadía, junto a ella, a toda hora, se le ha ido revelando una mujer 1 V er nota 1 de pág. 24

rara, una dama en quien se aduna lo útil con lo agradable, lo imaginario con lo positivo. Su entusiasmo minero, que tomara al principio por novelería de muchacha, le va pareciendo cosa seria y consciente; algo así como una vocación.

¿Por qué no? Las mujeres, a pesar de estar sometidas al macho, servían en ocasiones mejor que el más bragado. Casos sabía él de mineras, de trabajadoras, de negociantas que podían darle quince y raya al varón más competente.

Don Pedro poseía el sentido de la realidad, sus miajas de apreciativa y de inteligencia, en general. Con el correr y el rodar de España a América, había adquirido ese saber práctico de la vida que vale más que los aprendizajes doctos y académicos. Sin ser ilustrado ni mucho menos, no era hombre tan obscuro, que digamos, en su época y en su medio. Lo que era su puesto, casi vitalicio, de jefe supremo de Yolombó, lo desempeñaba siempre sin inventar leyes de encaje, ni cometer abusos de monterilla, con ser que sus facultades, como Capitán a Guerra, eran bastante más amplias que restringidas, más de criterio personal que de texto escrito.

Así es que sus ideas, acerca de su hija, no han de tomarse a optimismo paterno. El Ilusión tenaz, que a ella inspiraba tan halagüeños pensamientos ¿influyó en él, por ley de simpatía? ¿Por alguna telepática, acaso? ¡Sabrálo el diablo! Es lo cierto que, como en esta vida sin lagunas todo se enlaza, lo mismo que los micos con sus colas, el padre le dijo un día:

— Mira, Chatica: te voy a dar un buen remojo por todos los servicios que nos has prestado. En volviendo al pueblo, hago las cuentas de lo que haya ganado en la temporada, y te doy tus jumos1: uno o dos por ciento, o más, según resulte la cosa.

—Le agradezco a su Merced un regalo tan bonito; pero es a cuenta de gracia: yo no he servido aquí para nada. ¡Ojalá! ¿Qué más se quisiera la pobre de mí? Yo trabajaría en cualquier cosa, con alma, vida y corazón, como cualquier hombre; pero bien sabe, su Merced, que a las blancas no nos enseñan nada de servir; más trabaja un santo en su iglesia que nosotras en la vida. Nos tienen de ociosas, de bonitas. Ni aun en la casa movemos una paja, porque las negras lo hacen todo. Ahí nos ponen a hilar o a coser cualquier trapo, por matar el tiempo, porque eso ¿qué oficio va a ser para una persona grande, que no sea boba ni loca? Nos crían para ser un tronco de carne, un arnaco inútil. Por eso viven las señoras jugando, a toda hora, y conversando lo que no deben conversar. ¿Pero qué otra cosa van a hacer, las pobres? ¡Es una desgracia ser señora! Para más son las negras esclavas, que para algo sirven.

— ¡Barajo con las cosas que saca esta criatura, de esa cabeza de chorlito! — exclama Don Pedro, entre sorprendido y disgustado— . ¿Qué opina, compadre?

— ¿Qué voy a opinar? — repone Don Vicente, sonreído— . Que mi Cuñita tiene más aleluyas que un misal.

— ¡Ojalá fueran aleluyas, Cuña! Eso es la pura verdad; pero a las mujeres no nos creen: ustedes, los hombres, nos tienen como animales.

1 jumos: “partículas casi imperceptibles de oro que se hallan en la batea al tiempo de catear

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