Haya cultivaba la pasión radical de sus bases estimulando permanentemente una atmósfera de preparativos insurreccionales que reforzaban entre los trabajadores la convicción de que el partido tenía como norte asaltar el poder por la vía revo- lucionaria. Pero al mismo tiempo, desde los primeros momentos, jugó a llegar al poder por la vía electoral. Como esta opción chocaba con la tradición radical de las bases populares36, al mismo tiempo que jugaba a las maniobras electorales
alentaba simultáneamente la organización de intentonas insurreccionales. Esta línea dual de acción —sus adversarios la denominaron «la escopeta de dos caño- nes»— estuvo presente en el Apra desde los inicios37.
En 1928 Haya de la Torre decidió lanzar su candidatura a la presidencia de la República. Lo hizo a través de una carta firmada por una supuesta célula de militantes del Partido Nacionalista Liberador, desde Abancay. Ni había ninguna campaña electoral en el horizonte, ni Haya tenía los 35 años que la Constitución estipulaba para candidatear a la presidencia, ni existía el partido, ni la célula, ni la carta había sido enviada desde Abancay. Fue redactada y enviada desde México —donde Haya residía en ese momento, luego de haber viajado desde Inglaterra a Estados Unidos formando parte de una delegación estudiantil para
36 Recuérdese que para los anarquistas la política era un quehacer sucio y corruptor. Los que se
incorporaron al Apra —una minoría se dirigió al Partido socialista— lo hicieron porque se con- vencieron de que era imposible hacer la revolución sin una organización política; pero esta solo podía justificar su existencia si luchaba por tomar el poder por la vía revolucionaria.
37 Afirma Hugo Neira: «si hay una constante es ésta: la oposición democrática del aprismo a todas
las dictaduras» (Neira 1996: 397). Esta afirmación no guarda correspondencia con lo que fue la práctica política del Apra, ni en lo que a la «oposición democrática» se refiere, ni a que el Apra solo insurgiera contra regímenes dictatoriales, como lo muestran los intentos insurreccionales contra José Luis Bustamante y Rivero, un presidente que el Apra había puesto en el poder con sus votos, pero contra el que estuvo conspirando virtualmente desde el inicio. solo es válida para el periodo posterior al viraje que en los cincuenta convirtió al Apra en el partido del orden, aliado con la oligarquía y el imperialismo y profundamente hostil a cualquier intento de cuestionamiento del orden oligárquico.
participar en una polémica universitaria— en el periodo en el que afirma elabo- ró el manuscrito de El antimperialismo y el Apra. Esta carta dio lugar al debate con José Carlos Mariátegui que culminó con la ruptura definitiva entre ambos. Mariátegui dio inicialmente su adhesión al Apra como un movimiento que pretendía coordinar organizaciones revolucionarias latinoamericanas y le abrió las puertas de Amauta, la revista socialista que había fundado. Una «alian- za popular revolucionaria americana» —eso significaba originalmente la sigla Apra— era coherente con la intención de promover la revolución socialista en el continente. Pero Mariátegui consideraba prematura la fundación de un partido, pues creía que todavía quedaba un amplio trabajo de frente por hacer en el Perú por revolucionarios que no tenían por qué estar de acuerdo en todo, para po- der trabajar conjuntamente organizando y educando políticamente a las masas, antes de encuadrarlas en el formato de un partido38. La decisión unilateral de
Haya de lanzar su candidatura desde México a través de un Partido Nacionalista Libertador, que solo llegó a existir en la correspondencia destinada a conseguir que se aceptara su postulación presidencial, rompía la posibilidad de trabajar en un frente amplio y fragmentaba prematuramente a las fuerzas que se proponían hacer la revolución.
El 16 de abril de 1928 Mariátegui envió una carta a la célula aprista de Méxi- co, sentando su posición sobre el carácter del Apra al que había adherido:
La cuestión: el “Apra: alianza o partido”, que Uds. declaran sumariamente re- suelta, y que en verdad no debiera existir siquiera, puesto que el Apra se titula alianza y se subtitula frente único, pasa a segundo término, desde el instante en que aparece en escena el Partido Nacionalista Peruano, que ustedes han decidido fundar en México, sin el consenso de los elementos de vanguardia que trabajan en Lima y provincias. Recibo correspondencia constante de pro- vincias, de intelectuales, profesionales, estudiantes, maestros, etc.; y jamás en ninguna carta he encontrado hasta ahora mención del propósito que Uds. dan por evidente e incontrastable (Mariátegui 1984: 371, Martínez de la Torre s/f: tomo 2, 296-298).
Deploraba, a continuación, la publicación del «segundo manifiesto del comité central del partido nacionalista peruano, residente en Abancay», que inventaba un organismo de dirección que solo existía en la imaginación de los autores del manifiesto:
38 «El movimiento clasista, entre nosotros, es aún muy incipiente, muy limitado, para que pense-
mos en fraccionarle y escindirle. Antes de que llegue la hora, inevitable acaso, de una división, nos corresponde realizar mucha obra común, mucha labor solidaria» (Mariátegui 1984: 108).
su lectura [afirmaba] me ha contristado profundamente; 1º porque, como pieza política, pertenece a la más detestable literatura eleccionaria del viejo régimen; y 2° porque acusa la tendencia a cimentar un movimiento [cuya mayor fuerza era hasta ahora su verdad] en el bluff y la mentira […] ¿Y es en esos términos de grosera y ramplona demagogia criolla, como debemos dirigirnos al país? […]
Me opongo a todo equívoco. Me opongo a que un movimiento ideológico, que, por su justificación histórica, por la inteligencia y abnegación de sus militantes, por la altura y nobleza de su doctrina ganará si nosotros mismos no lo malogramos, la conciencia de la mejor parte del país, aborte miserable- mente en una vulgarísima agitación electoral (Mariátegui 1984: 371).
Finalizaba haciendo una invocación en la que se adivina los ecos del mal que lo estaba consumiendo:
En estos años de enfermedad, de sufrimiento, de lucha, he sacado fuerzas invariablemente de mi esperanza optimista en esa juventud que repudiaba la vieja política, entre otras cosas porque repudiaba los “métodos criollos”, la declamación caudillesca, la retórica hueca y fanfarrona. Defiendo todas mis razones vitales al defender mis razones intelectuales. No me avengo a una decepción. La que he sufrido, me está enfermando y angustiando terrible- mente. No quiero ser patético, pero no puedo callarles que les escribo con fiebre, con ansiedad, con desesperación (Mariátegui 1984, Martínez de la Torre s/f: tomo 2, 296-298).
La respuesta de Haya de la Torre fue violenta y, más que desarrollar una polémica política, inició una amarga espiral de invectivas contra Mariátegui. Haya escribió a Mariátegui desde México, el 20 de mayo de 1928. Decía no haber contestado su carta «porque la noté ya infectada de demagogia tropical, de absurdo sentimentalismo lamentable. Dejé que se enfriara Ud. Preferí hacerla pedazos y echarla al canasto». Acusaba a Mariátegui de europeísmo e insinuaba motivaciones personales en su reacción: «Yo sé que en el fondo —subconcien- temente, diría Freud— Ud. reacciona contra mí. Haya es el blanco de la sus- picacia escondida. Pero Haya es más revolucionario que nunca, vale decir, más realista que nunca». Por contraposición, para él Mariátegui estaba penetrado ideológicamente por la reacción: «¡Qué poderosa es la mentalidad reaccionaria infiltrándose hasta en elementos nuestros! Lo digo por la semejanza de sus afir- maciones con las de “La Prensa”».
Acerca de su candidatura presidencial, que había sido el desencadenante de la crisis, afirmaba «no es nuestra. La aprovechamos y la aprovecharemos», acusan- do a Mariátegui de dañar al Apra: «Está Ud. haciendo mucho daño por su falta
de calma. Por su afán de aparecer siempre europeo dentro de la terminología europea. Con eso rompe el Apra. Yo sé que está Ud. contra nosotros. No me sorprende. Pero la revolución la haremos nosotros sin mencionar el socialismo pero repartiendo las tierras y luchando contra el imperialismo».
Terminaba con una ironía de dudoso gusto: «Nos dice Ud. que escribió la carta afiebrado. No sabe cuánto lo siento pero desde las primeras líneas lo supu- se» (Mariátegui 1984: 378-379).
La decisión de Haya de lanzar su candidatura a nombre de un supuesto partido nacionalista peruano obligó a Mariátegui a fundar el Partido socialis- ta, violentando los plazos que había fijado a su proyecto revolucionario. Con justicia, Alberto Flores Galindo llama la atención sobre el carácter peculiar del importantísimo debate político que entonces de desarrollaba, «cuyo desarrollo no se vincula tanto con la imprenta como con la máquina de escribir».
Las cartas terminarán siendo el instrumento más directo para que los ar- gumentos vayan de Lima, donde están Mariátegui, Pesce y Portocarrero, a Buenos Aires, donde se encuentran seoane, Merel, Cornejo, Herrera o a La Paz, a manos de Mendoza, Nerval, Zerpa. Todavía más lejos, hasta México, donde residen Pavletich, Portal, Terreros, Hurwitz, Cox, serafín del Mar. El escenario se dilata hasta Europa. En París se encuentra una de las colonias de exiliados más numerosas: Ravines, Enríquez, Bazán, Paiva, Vallejo, Tello, Heysen. El otro punto de referencia imprescindible es Berlín, donde reside temporalmente Haya, luego de su estadía en Londres y su paso por Was- hington. sin omitir en esta relación a esos grupos que todavía conspiran en las ciudades provincianas del Perú, como Cusco, Arequipa, Jauja, Trujillo o Chiclayo (Flores Galindo 1988: 58-59).
El frente generacional que se había articulado durante la década anterior se rompió. Ambos contendientes tenían una enorme capacidad de trabajo y pusieron manos a la obra, buscando ganar a los adherentes del socialismo para sus respectivas posiciones, dentro y fuera del país. La decisión de Haya de lanzar el Partido Nacionalista Libertador obligó a Mariátegui a precipitar la fundación del Partido socialista. Fue creado el 8 de octubre de 1928, con Mariátegui como su primer secretario general. Poco después salió publicada su obra mayor, 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. En una carta a Ravines, Mariátegui hablaba sobre su concepción del tiempo político:
En mi trabajo, en mis proyectos, los plazos, el tiempo, han contado siempre poco. Es, probablemente, por eso, que no comparto esa absoluta impaciencia de algunos de nuestros amigos. sé que el temperamento criollo es así y me parece que hay que lamentarlo. Nos falta, como pocas cosas, el tesón austero, infatigable
de los europeos. Nuestro temperamento ardoroso, vehemente, repentista, es el más propenso a los desfallecimientos desesperados (Mariátegui 1984: 490).
Haya proseguía mientras tanto intentando legitimar su candidatura presi- dencial. Esta, finalmente, murió por falta de respaldo, inclusive al interior del mismo Apra. Con ella sucumbió el efímero Partido Nacionalista Libertador. sus propulsores decidieron darlo por liquidado en diciembre de 1928, aunque Esteban Pavletich —uno de sus fundadores— sostendría, en una carta enviada a Mariátegui un semestre después, que Haya siguió utilizando la etiqueta partidaria a espaldas de sus compañeros para intentar seguir impulsando su candidatura.
Haya sostuvo ante otros apristas que, al mismo tiempo que luchaba por ser reconocido como candidato presidencial en campaña, había impulsado la organi- zación de un levantamiento armado de los trabajadores petroleros de Talara, bajo el comando de un agente bajo sus órdenes, el capitán Felipe Iparraguirre. En una carta enviada el 22 de setiembre de 1929 desde Berlín a César Mendoza, uno de los apristas en Europa, Haya afirmaba haber preparado un año antes, con los exi- liados peruanos en México, «un vasto proyecto de acción inmediata» que contem- plaba la organización de una insurrección en el Perú contra el gobierno de Leguía. Para realizar el plan —siempre según el relato de Haya— viajó a Centro América y recurrió a Iparraguirre, un antiguo compañero de escuela, con el que coordinaron la acción, redactaron un programa inmediato y pusieron manos a la obra:
Iparraguirre salió para México y yo expulsado a Costa Rica. Nuestras comu- nicaciones se mantuvieron y en México Iparraguirre consiguió el dinero para trasladarse al Norte del Perú donde, según habíamos acordado, debía realizar la propaganda entre los obreros y licenciados del Ejército para formar el primer ejército revolucionario. Yo salí a Panamá para encontrarme con Iparraguirre en México pero en Panamá fui expulsado a Europa. Iparraguirre vino a Cuba y recibió nueva ayuda económica de los compañeros apristas. Fue al Perú y trabajó seis meses con una cautela maravillosa. se comunicó constantemente conmigo y su última carta me avisaba de la formación de un ejército sobre la base de 2.500 obreros de Talara. Yo debería recibir el telegrama acordado para trasladarme al Perú inmediatamente. Hasta allí nuestra labor (Mac-Lean 1953: 36-37).
Resulta inverosímil que Iparraguirre, recién llegado a Talara desde el extran- jero, sin un trabajo político previo, formara en un semestre un ejército de 2.500 obreros decididos a hacer una guerra contra el gobierno, siguiendo a Haya de la Torre, un personaje que hasta la movilización contra la entronización del Perú al sagrado Corazón en 1923, apenas había llegado a ser un dirigente estudiantil destacado, pero que luego pasó a ser un exiliado más, conocido entre los peruanos
radicados en el extranjero, pero desconocido para el grueso de la población, y que hasta 1931 no pudo retornar al Perú. Más aún, este supuesto ejército de 2.500 trabajadores se habría formado en Talara, la plaza más firme del Partido socialista de Luciano Castillo, para que —cuando Iparraguirre fue detenido por la policía—, después los milicianos desaparecieran definitivamente de la historia y de las preocupaciones de Haya de la Torre, que, como se verá, no vol- vió a mencionarlos más39. Para Víctor Villanueva, tal ejército solo existió en la
imaginación de Haya de la Torre y los hechos conocidos le dan la razón. En las cartas que Haya envió después, buscando que se lanzara su próxima candidatura presidencial, se referiría una y otra vez a su frustrada candidatura de 1928, pero no volvió a hablar ni de Iparraguirre ni de su ejército revolucionario40.
Haya explicaba en la carta ya citada que su supuesto proyecto revolucionario había fracasado y culpaba a los activistas de Lima, y en particular a José Carlos Mariátegui, del fiasco:
[...] los compañeros de Lima debían hacer otra campaña según el plan. Una campaña neutralizadora de agitación electoral y aparentemente democrático-li- beral para impedir que la opinión se moviera en contra nuestra dándole al movimiento un carácter comunista que el gobierno pretendería darle —tal lo manifesté a los compañeros y todos estuvimos de acuerdo—, desde el primer momento. Mariátegui tomó el rábano por las hojas y no colaboró. Antes bien, inició la división. El fracaso de Iparraguirre que es por ahora el fracaso de la Revolución aprista en el Perú se debe en gran parte a esta falta de cooperación (el énfasis es mío).
39 Esteban Pavletich —uno de los peruanos que participaron en el lanzamiento de la candidatura
de Haya desde México— escribió una carta a Mariátegui, el 30 de julio de 1929, informándole que había renunciado definitivamente al Apra y solicitando su incorporación al Partido socialista. En su respuesta del 25 de setiembre, Mariátegui le contaba las dificultades que tenían para desarrollar el trabajo político entre los petroleros de Talara: «Nos han suprimido en estos días Labor, que había llegado al Nº 10. Este número precisamente tuvo gran éxito en las masas. Pero, por esto mismo, atrajo demasiado la atención de la policía, que espiaba su desarrollo. Parece que un artículo sobre Talara, feudo de la International petroleum Co., dio lugar a una gestión de esta empresa todopoderosa contra nosotros. Hemos reclamado al Ministerio de Gobierno; y las organizaciones obreras, según sé, presentarán memoriales sosteniendo nuestra demanda; pero parece imposible que de inmediato obtengamos éxito. Dado el golpe contra Labor, no se querrá volver atrás fácilmente» (Mariátegui 1984: 634-635). Y en estas condiciones de cerrada represión, supuestamente un oficial desconoci- do, recién llegado del extranjero, habría levantado un ejército de 2.500 trabajadores petroleros en Piura, para seguir a un dirigente que alguna vez fue un destacado líder estudiantil, sin que nadie, además, se percatara de sus afanes.
40 Para tener una idea de la magnitud de lo que Haya sostenía es conveniente tener en cuenta que
Haya especulaba en torno a la supuesta tortura y muerte de Iparraguirre atri- buyéndola a la falta de apoyo de los activistas de Lima: «Nos faltó colaboración del Perú, porque mientras nosotros preparábamos la revolución, la verdadera revolución, en Lima se discutía sobre mi persona, se tomaba como fundamentales las formas de propaganda neutralizante que aconsejábamos y se extendía el descon- tento a todos los compañeros del país. La sangre de Iparraguirre, si es que ya ha corrido como se dice, ha pagado estos juegos metafísicos de los intelectuales» (MacLean 1953: 37-38; el énfasis es original del autor)41. La realidad era menos dramática: Iparraguirre fue detenido por la policía y poco tiempo después fue dejado en libertad.
¿Existe información documental sobre el misterioso capitán Iparraguirre? Víctor Villanueva revisó los escalafones de la época y comprobó que no era tal capitán: a Felipe Iparraguirre Palacios se le otorgó en 1918 el despacho de oficial de Reserva. Fue maestro de esgrima en la guarnición de Lima, emigró luego a México, donde se casó con la hija de un hacendado, se divorció, viajó a El salvador y allí se casó nuevamente, esta vez con la hija del ministro de Gue- rra, quien lo nombró instructor del Ejército salvadoreño. Fracasada la intentona de 1929, viajó a Chile; «más tarde regresó al Perú como Maestro de armas del general Pedro Pablo Martínez que venía con la intención de retar a duelo a sánchez Cerro [...] En fin, una vida casi novelesca, de un hombre amante de la aventura» (Villanueva 1975: 19). Martínez de la Torre señala que su aventura en Piura terminó «entre las cuatro paredes de una comisaría» (Martínez de la Torre s/f: tomo 2, 295).
Guillermo Rouillón recogió un testimonio de Esteban Pavletich sobre esta aventura. según Pavletich, Iparraguirre viajó a Piura esperando tomar contac- to con un hipotético núcleo aprista y los miembros de la guarnición militar acantonada en Piura:
Pero, en realidad, solo pudo comprobar que no existía ni siquiera la posi- bilidad de crear un frente de oposición civil, organizado y fuerte contra el régimen, debido a la ausencia total de la expansión ideológica del APRA en uno u otros grupos y capas sociales de esa región. Estando entregado a estos
41 Cuando Haya responsabiliza del fracaso a los «intelectuales», se refiere a Mariátegui, de quien dice
en la misma carta, «Mariátegui piensa como un intelectual europeo del tiempo en que él estuvo en Europa [...] Pero yo creo que no puede exigírsele más. Mariátegui está inmovilizado y su labor es meramente intelectual. A nosotros los que estamos en la acción nos corresponde la tarea de ver la realidad frente a frente y acometerla» (VRHT 1976-1977: vol. 5, 252-253, MacLean 1953: 35). Haya subrayaba el carácter revolucionario, en la acepción marxista del término, del movimiento de Iparraguirre «Él firmó un compromiso sometiéndose al Apra y sometiéndose al carácter aprista
decepcionantes trajines el “famoso” capitán Iparraquirre, cuando de pronto y sorpresivamente, se vio descubierto por los agentes del gobierno y, de inme- diato, se procedió a llevarlo a una modesta comisaría local para esclarecer sus actividades sediciosas (Rouillón 1984: tomo 2, 422).
Cuando Haya alude en la carta citada a «las formas de propaganda neutrali-