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la urbanización informal invasiones y barriadas

El crecimiento de Lima debido a la migración se hizo inicialmente a costa de la tugurización de los barrios tradicionales, pero desde la década del cuarenta pobladores de los barrios populares comenzaron a asentarse en los alrededores de Lima. El proceso se inició en el Callao, como consecuencia de los destrozos ocasionados por el terremoto de 1940, y prosiguió por el lecho del río Rímac.

Un factor que jugó un importante papel para la expansión de las barriadas en esta zona fue la instalación de fábricas en los alrededores del trazo del ferrocarril central en su extensión entre Lima y el Callao. Los trabajadores buscaban lugares donde vivir cerca de sus centros de trabajo y la concentración de fábricas en la zona abarataba las tierras agrícolas que se urbanizaban.

La formación de las barriadas alrededor de la capital tuvo otro importante hito con la inauguración del mercado mayorista, al este de la ciudad de Lima, en 1945. En 1946 se produjo la invasión de las laderas del cerro san Cosme, primero, la de san Pedro, meses después, y en 1947 la de El Agustino. «Estas invasiones violentas y masivas fueron duramente reprimidas en un primer momento, pero tal fue la reacción popular que el general odría, entonces ministro, ordenó finalmente la retirada de las tropas de san Cosme, en enero de 1947» (Driant 1991).

La formación de san Cosme y El Agustino consolidó la urbanización de los cerros al este de Lima. Poco a poco se agregaron Mendocita —formada inicial- mente en 1931, pero que se desarrolló verdaderamente con el establecimiento de La Parada—, Doña Isabel y El Independiente. Al mismo tiempo se mul- tiplicaron las invasiones en el distrito del Rímac, en las laderas del cerro san Cristóbal —san Cristóbal, Tarma Chico3, Mariscal Castilla, Villa de Fátima, El

Altillo—.

Las barriadas en Lima eran 56 en 1957 y albergaban aproximadamente a 120 mil habitantes, aproximadamente el 10% de la población limeña. sin embargo, para fines de la década del sesenta superaban las 200, con 761.755 pobladores, el 25,6% del total de la población capitalina (Matos Mar y Mejía 1980: 56). Los migrantes rurales contribuyeron a la formación de un proletariado urba- no-industrial, pero este excedía la demanda laboral fabril, lo que alimentaba el crecimiento de población marginal, que amenazaba la estabilidad del sistema.

El proceso de la urbanización informal es común a América Latina y a buena parte de los países del denominado Tercer Mundo. su lógica no es la misma que la de la urbanización de las sociedades industrializadas, en las cuales se estable- ció una neta división del trabajo entre las sociedades rurales y las urbanas. En nuestro caso, la migración puso en contacto realidades sociales profundamente contrastadas, propiciando formas de coexistencia entre grupos étnicos diversos que portaban diversos valores y distinto capital cultural, propiciando la emer- gencia de múltiples estrategias de supervivencia, que confluirían en lo que el antropólogo José Matos Mar denominó el «desborde popular».

3 Parece evidente el deseo de congraciarse con el presidente odría, que era natural del pueblo de

La migración no solo traía campesinos a la ciudad; estos eran, adicional- mente, serranos e indios, condiciones que movilizaban los prejuicios étnicos y raciales profundamente interiorizados por las poblaciones criollas del litoral desde la época colonial. El censo de 1940 es el último en el cual figuró la «raza» como criterio censal y los resultados arrojaron un 52,89% de blancos y mesti- zos4; 45,86% eran indios; 0,47% negros; 0,68% «amarillos» y un 0,10 de raza

no declarada (Perú. Ministerio de Hacienda y Comercio 1940: vol. I, 267). Lo llamativo es que una década antes los intelectuales peruanos consideraban que los indios constituían las cuatro quintas partes de la población y a comienzos del siglo XX se creía que constituían las nueve décimas partes. Para 1940 se conside- raba constituían menos de la mitad de la población peruana, lo cual constituye toda una revolución en las mentalidades.

La variación se produjo sustancialmente como un resultado de cambios en los criterios de clasificación racial: frente al discurso de los indigenistas de fines de la década del veinte —la época cuando se fundaron los partidos aprista y socialista—, que tendían a exaltar el peso del elemento autóctono en la pobla- ción del país, en la década del cuarenta el énfasis se puso en su carácter mestizo. Es emblemático el cambio de Luis E. Valcárcel, el apóstol de la indianidad de Tempestad en los Andes en los años veinte, convertido en los cuarenta en el mi- sionero del mestizaje, en la línea del Congreso de Patzcuaró, México, desde la Escuela de Etnología de san Marcos. El otro elemento que ayuda a entender este resultado es el peso progresivamente decreciente de la población rural y serrana. En el Perú la condición de indio ha estado históricamente asociada a la de cam- pesino: si no todos los campesinos son considerados indios, casi todos los indios son considerados campesinos. La migración a las ciudades es al mismo tiempo un proceso de desindigenización. Los indígenas que migran a las urbes dejan de ser considerados indios para convertirse en cholos. Y los problemas planteados por su integración a las ciudades cambiarían en pocas décadas a toda la cultura peruana.

Este proceso tuvo consecuencias negativas para el Apra. Haya de la Torre se preciaba de que su partido tenía su base social fundamentalmente en la costa norte del país, la región de mayor desarrollo capitalista relativo. Pero el partido no tenía asentamiento en las zonas indígenas y campesinas del sur, de donde provenía gran parte de la migración hacia Lima. Los migrantes en su mayoría no se sentirían expresados por el Apra, y Lima le sería esquiva a Haya en adelan- te. A su vez, la política clientelista desarrollada por el general odría durante su

4 se puede sospechar que se decidió juntar las dos categorías para no mostrar al grupo «blanco» como

gobierno le ganaría una base social importante, que en la década del sesenta le permitió mantenerse como un protagonista importante de la política peruana y casi llegar a ejercer la presidencia por tercera vez en 1962 —a pesar de haber ocupado el tercer lugar en la votación— gracias al respaldo de Haya de la Torre, quien le ofreció sus votos para que pudiera asumir el poder.