Bardia, una sombra gris en el crepúsculo, se dirigía hacia mí.

In document Mientras no tengamos rostro de C. S. Lewis r1.0.pdf (página 72-108)

—¿Habéis dejado a la Bendita? —preguntó.

—Sí —respondí. M e dije que no podía contarle nada.

—Pues ahora habrá que ver cómo pasamos la noche. A estas horas, collado arriba, nunca encontraríamos un buen camino para el caballo, y si lo encontráramos, tendríamos que descender de nuevo hasta pasar el Árbol Sagrado y encaminarnos hacia el otro valle. En el mismo collado no podríamos dormir; hace demasiado viento. Y aquí, donde estamos a resguardo, hará bastante frío en una hora o dos. Pero me temo que es aquí donde debemos quedarnos. No es el sitio que un hombre elegiría: andan los dioses demasiado cerca.

—¿Qué más da? —dije yo—. Servirá igual que cualquier otro sitio. —Entonces acompañadme, señora. He juntado un poco de leña.

Le seguí; y en aquel silencio (nada había más que el murmullo de la corriente, y parecía más fuerte que nunca) pudimos oír, antes de alcanzar el caballo, el ruido de sus pezuñas al arrancar la hierba.

Hombre y soldado a la vez forman una conjunción maravillosa. Bardia había elegido una loma muy empinada donde dos rocas, una al lado de la otra, configuraban algo que se parecía mucho a una cueva. La leña estaba apilada y el fuego encendido, aún chisporroteando bajo las últimas gotas de lluvia. Y de las alforjas extrajo cosas mejores que pan y cebollas; había hasta un frasco de vino. Yo era todavía una muchacha (lo que en muchos sentidos es lo mismo que decir que era una tonta) y me pareció vergonzoso que, entre tantas fatigas y pesares, no pudiera contenerme al ver la comida. Nunca me ha sabido mejor. Aquellos manjares a la luz de la hoguera (que, una vez avivada, sumió al resto del mundo en una pura oscuridad) me parecieron sabrosos y como hechos en casa: comida y calor mortales para miembros y barrigas mortales, sin necesidad de pensar (por unos momentos) en dioses, enigmas y prodigios.

Cuando hubimos terminado, Bardia, un poco ruborizado, me dijo:

—Señora, no estáis acostumbrada a dormir a la intemperie y quizá os heléis de frío antes de que amanezca. Por tanto me tomaré la libertad, porque para vos, señora, yo no soy más que un gran ejemplar de la perrera de vuestro padre, de deciros que sería conveniente yacer uno junto al otro, espalda contra espalda, como hacen los hombres en la guerra. Y tapándonos con las capas de ambos.

M e avine a ello, y ciertamente ninguna mujer en el mundo tiene tan pocos motivos como yo para ser mirada en estos asuntos. Con todo, me sorprendió que lo dijera; porque aún no sabía que, si eres lo bastante fea, todos los hombres (excepto aquellos que te odian con toda el alma) renuncian enseguida a ver en ti a una mujer.

El reposo de Bardia fue como el reposo del soldado: un sueño profundo conciliado en dos suspiros y presto a espabilarse en uno en caso de necesidad (lo he visto sometido a tales pruebas varias veces desde entonces). Yo creo que ni siquiera dormí. Primero por lo duro y rugoso del terreno, después por el frío. Y además, por los pensamientos acelerados, vertiginosos, vigilantes como los de un demente: pensamientos sobre Psique y sobre mi difícil dilema, y también sobre algo más.

Finalmente, el frío se hizo tan insoportable que me salí sin hacer ruido de debajo de la capa —que por entonces estaba bañada en rocío por su parte externa— y empecé a caminar arriba y abajo. Y

ahora, que el griego juicioso a quien tengo por lector y juez de mi causa tome buena nota de lo que sucedió a continuación.

Estaba próximo el amanecer y había mucha niebla en el valle. Los remansos del río, adonde había ido yo a beber (mi sed era tanta como el frío), parecían formar negras cavidades en la penumbra. Bebí mi agua, fría como un témpano, y pensé que se me aclaraban las ideas. No obstante, las aguas de un río que fluye por el valle secreto de los dioses, ¿debían aclararme las ideas, o todo lo contrario? He aquí otra cosa que hay que descifrar. Pues, al alzar la cabeza y mirar una vez más niebla adentro hacia la otra orilla del río, vi aquello que había puesto mi corazón en un puño. Allí estaba el palacio; gris, como todo a aquellas horas en aquel lugar, pero sólido y estático, muro dentro de muro, pilar, arco y arquitrabe, acres y acres de todo ello en una belleza de laberinto. Como Psique había dicho, no se parecía a ninguna otra casa de nuestra región o de nuestra época. Pináculos y contrafuertes se erguían —y que no se crea que algún recuerdo mío pudiera ayudarme a imaginármelos— increíblemente altos y esbeltos, llenos de puntas y espinas, como si de la piedra brotasen ramas y flores. Ni una luz se veía tras las ventanas. Toda la casa dormía. Y en alguna parte también dormida de su interior, alguien o algo —¿cuán sagrado era, o cuán horrible, o cuán hermoso, o cuán extraño?— tenía a Psique en sus brazos. Y yo, ¿qué había hecho, qué había dicho? ¿Qué me esperaba en pago a mi descreimiento, a mis blasfemias? No dudé entonces ni por un momento que mi deber era cruzar el río, o intentar cruzarlo, so pena de ahogarme. Debía postrarme en la escalinata de entrada de aquella casa y rendir mi súplica. Debía pedir perdón a Psique y también al dios. Había osado reprenderla —o, aun peor, tratado de consolarla como si fuera una niña— cuando todo el tiempo había estado muy por encima de mí; si lo que veía era cierto, ella apenas era mortal. Tenía un miedo enorme. Quizá no fuera cierto. M iré y volví a mirar para comprobar que no se desvaneciera o sufriera alguna mudanza. Pero al incorporarme (durante todo este tiempo me había quedado de rodillas en el sitio adonde fui a beber), apenas me erguí sobre mis pies y todo se esfumó. Por un breve instante creí ver en algunos remolinos de la niebla una fugaz semejanza con torres y murallas. Pero la semejanza se disipó inmediatamente. No veía más que tinieblas, y los ojos me escocían.

Y ahora tú, lector, emite tu juicio. Aquel momento en que o bien vi o bien creí ver la M orada… ¿a quién acusa, a los dioses o a mí? Si contestaran, ¿incluirían tal argumento en su defensa? ¿Dirían que era un indicio, una señal, una pista para resolver el enigma en un sentido y no en otro? Pero yo no lo aseguraría. ¿Qué utilidad tiene una señal que es en sí misma un enigma más? Quizá —me atreveré a decirlo—, quizá fuera una visión auténtica; mis ojos de mortal obnubilado podrían haber tenido un momento de iluminación. O quizá no: ¿hay algo más fácil, para una persona aturdida y turbada, y no, acaso, atenta y despierta como creía hallarme yo, la vista fija en una niebla medio iluminada, que dar vida en su fantasía a lo que durante tantas horas había estado colmando sus pensamientos? ¿Hay algo más fácil, incluso, para los propios dioses que mandar como escarnio toda aquella alucinación? Sea lo uno o lo otro, hay divino escarnio en cualquier caso. Ellos formulan el enigma y luego condescienden a mostrar una apariencia que es indemostrable y no puede sino acelerar y enmarañar aún más la tortuosa vorágine de la labor de descifrarla. Si fuera la suya una intención honesta de ofrecernos una pauta, ¿por qué esta pauta no es llana y sencilla? Psique sabía hablar llanamente a los tres años: ¿querréis hacerme creer que los dioses no han llegado aún a este punto?

Cuando volví junto a Bardia, él se acababa de despertar. Nada le conté de lo que había visto; nunca se lo he contado a nadie hasta que lo he escrito en este libro.

El trayecto de descenso fue ingrato, porque no tuvimos sol y el viento nos venía siempre de cara, acompañado de algún que otro aguacero. En mi silla, detrás de Bardia, yo me mojaba menos que él.

Cerca del mediodía hicimos alto en algún sitio, al socaire de un pequeño bosque, para comer nuestras últimas provisiones. Es obvio que el dilema no había dejado de rondarme en toda la mañana, y seguía presente allí, a cobijo del viento durante un rato en un lugar un poco más abrigado (¿estaría Psique bajo resguardo?, y el tiempo, que no tardaría en empeorar), de tal modo que cambié de parecer y me decidí a contarle toda la historia; aunque siempre sin mentar aquel episodio de mi visión niebla adentro. Sabía que era un hombre honrado y discreto, y (a su manera) sabio.

M e escuchó con gran diligencia, pero no dijo nada cuando terminé. Tuve que sonsacarle su opinión.

—¿Cómo interpretas todo esto, Bardia?

—Señora —dijo—, no es mi costumbre decir más de lo imprescindible acerca de los dioses y los asuntos divinos. No soy un hombre impío. Nunca comería con la mano izquierda, ni yacería con mi mujer en luna llena, ni abriría un pichón para limpiarlo con un cuchillo de hierro, ni haría nada que fuese profano o de mal agüero, ni siquiera con la autorización del rey. Y en cuanto a sacrificios, siempre he hecho todos los que pueden esperarse de un hombre con mi paga. Pero por lo demás… creo que cuanto menos se meta Bardia con los dioses, menos se meterán ellos con Bardia.

Yo estaba, sin embargo, decidida a obtener su consejo. —Bardia —dije—, ¿crees que mi hermana está loca?

—M irad, señora —respondió—, empezáis diciendo lo que es mejor no decir. ¿Loca? ¿La Bendita, loca? Es más: nosotros la hemos visto y nadie podría asegurar que no estuviera en su sano juicio.

—Entonces, ¿crees que en el valle había realmente un palacio, aunque yo no pudiera verlo? —No sé muy bien lo que es realmente cuando se habla de casas de dioses.

—¿Y qué me dices de este amante que la visita en la oscuridad? —De él no digo nada.

—Oh, Bardia… ¡y tú eres el que en batalla llaman los hombres el más valiente! ¿Tienes miedo hasta de confesarme tus pensamientos? Necesito consejo desesperadamente.

—¿Consejo sobre qué, señora? ¿Qué ocurre?

—¿Cómo interpretas este misterio? ¿Va alguien a visitarla realmente? —Ella lo dice, señora. ¿Quién soy yo para contradecir las palabras de la Bendita? —¿Quién es él?

—Ella lo sabrá mejor.

—Ella no sabe nada. Confiesa no haberlo visto nunca. Bardia, ¿qué clase de amante debe ser ese que prohíbe a su esposa verle la cara?

Bardia permaneció en silencio. Tenía una pequeña piedra entre el dedo índice y el pulgar y dibujaba pequeños surcos en la tierra.

—¿Y bien? —dije.

—No parece que sea un gran misterio —respondió, por fin. —Entonces, ¿cuál es tu conclusión?

—Diría (hablando como simple mortal, y seguramente los dioses lo sabrán mejor que yo), diría que se trata de alguien con tal rostro y tal figura que verlos no causaría en ella mucho placer.

—La llaman la Novia de la Bestia, señora. Pero es hora ya de volver a montar. No llevamos recorrido mucho más de medio camino —y al decir esto se puso en pie.

Su idea no me era desconocida; era sólo la clave más horrible para desentrañar el enigma de las que oprimían y atormentaban mi corazón. Sin embargo, si oírla con sus propias palabras causaba en mí tan tremenda agitación, era porque no albergaba la menor duda al respecto. A esas alturas había llegado a conocer muy bien a Bardia, y pude ver claramente que todas mis dificultades en arrancarle su conclusión se debían al miedo que le daba decir lo que había dicho sin sombra de incertidumbre. Como había afirmado, mi misterio no era tal misterio para él. Y era como si por su boca hubiese hablado todo el pueblo de Gloma. Pues estaba convencido, también, como de la mayor de las certezas, de que todo hombre prudente, temeroso de los dioses, de nuestra nación habría de pensar lo mismo. M is otras tentativas de resolver el enigma ni siquiera se le habían pasado por la cabeza; ahí tenía la respuesta, pura y simple como la luz del día. ¿Para qué buscar más? El dios y la Sombra de la Bestia eran uno solo. A él había sido entregada. Nosotros habíamos conseguido la lluvia, el agua y (según era probable) la paz con Fars. Los dioses, por su parte, se habían llevado a Psique a sus dominios secretos, donde algo tan repugnante que no podía mostrarse, algo sagrado y morboso, fantasmal o demoníaco o bestial —o las tres cosas juntas (nunca se sabe, con los dioses)—, gozaba de ella a voluntad.

M e sentía tan frustrada que, en el curso del viaje, nada luchó siquiera en mi interior contra la interpretación de Bardia. M e sentía, supongo, como cuando se le echa agua en la cara a un prisionero torturado y exánime, cuando la realidad, que es peor que cualquiera de sus fantasías, se le hace presente otra vez, clara, dura y sin confusión posible. Ahora me parecía que todos mis esfuerzos para dar con la clave del enigma hubieran sido tan sólo sueños autocomplacientes, una prolongación de mis deseos; no obstante, había ya despertado. Nunca había habido misterio; lo más horrible era la verdad, una verdad tan elemental como una nariz en la cara de un hombre. Solamente el terror había podido dejarme ciega tanto tiempo.

M i mano se deslizó silenciosamente por debajo de la capa hasta tocar la empuñadura de la espada. Antes de caer enferma, había jurado que si no quedaba otro remedio daría muerte a Psique antes que librarla a la voracidad o a la lujuria de un monstruo. Ahora volvía a tomar una decisión tremenda. M e asusté un poco al ver las dimensiones que estaba alcanzando. «Conque hasta a una cosa así se puede llegar», decía mi corazón: sí, hasta a matarla (Bardia ya me había enseñado la estocada perfecta, y cómo darla). De pronto los buenos sentimientos volvieron a mí, y me puse a llorar, más amargamente que nunca, hasta que no supe distinguir si lo que empapaba más mi velo eran las lágrimas o la lluvia. (A medida que el día había ido avanzando, la lluvia se había hecho más firme y regular). Y los tiernos pensamientos me llevaron a preguntarme por qué habría de salvarla yo de la Bestia, o prevenirla contra ella, o entremeterme siquiera en el asunto. «Es feliz», me decía el corazón. «Sea locura, sea un dios o un monstruo, sea lo que sea, es feliz. Lo has visto con tus propios ojos. Es diez veces más feliz ahí en la M ontaña de lo que lo sería junto a ti. Déjala en paz. No lo estropees. No eches a perder lo que ya has visto que no se puede hacer».

Estábamos ya a los pies de la colina, casi veíamos (si es que algo podía verse con aquella lluvia) la morada de Ungit. No me dejé conquistar el corazón. Descubrí que existe un amor más profundo que el de aquellos que persiguen únicamente la felicidad del ser amado. ¿Acaso un padre iba a ver feliz a su hija siendo una prostituta? ¿Acaso una mujer iba a ver feliz a su amante siendo un cobarde? M i

mano volvió a tocar la espada. «No», pensé. Pase lo que pase, no. Ocurra lo que ocurra, cueste lo que cueste, su muerte o la mía, un millar de muertes, o un duelo con los dioses «barba contra barba», como dicen los soldados. Psique no iba —y mucho menos de buen grado— a convertirse en el juguete de un demonio.

—Todavía somos hijas de rey —exclamé.

No había acabado de decirlo y ya tenía una buena razón para recordar, desde otra perspectiva, lo hija de rey que era, y de qué rey. Estábamos de nuevo vadeando el Shennit y Bardia (cuyo pensamiento se adelantaba siempre a los acontecimientos) me estaba diciendo que cuando dejáramos la ciudad atrás sería conveniente, antes de llegar a palacio, que yo desmontara del caballo y subiera por la pequeña vereda —allí donde por primera vez Redival vio adorar a Psique—, y siguiese por los jardines a fin de entrar por la puerta trasera a los aposentos de las mujeres. Porque era fácil intuir cómo le sentaría a mi padre descubrir que yo (en teoría demasiado enferma para trabajar con él en la Sala de las Columnas) había hecho una excursión al Árbol Sagrado.

Capítulo XIII

El palacio estaba casi a oscuras; a la puerta de mi alcoba, una voz dijo en griego:

—¿Y bien? —era el Zorro, que allí, como si fuera su derecho, se había apostado, según dijeron mis mujeres, como un gato frente a la madriguera de un ratón.

—Está viva, abuelo —le dije, dándole un beso. Y seguidamente—: Vuelve en cuanto puedas. Estoy más mojada que un pez y tengo que lavarme y cambiarme y comer un poco. Te lo contaré todo cuando vuelvas.

En cuanto me hube cambiado de ropa y acabado la cena, le oí llamar a la puerta. Le hice pasar y sentarse en torno a una mesa, donde le ofrecí de beber. Con nosotros no había nadie más que la pequeña Pubi, mi doncella de tez oscura, que era devota y de confianza y no sabía griego.

—Has dicho viva —empezó el Zorro, alzando su copa—. M ira. Ofrezco una libación a Zeus el Salvador.

Lo hizo a la manera de los griegos, con un hábil movimiento de copa que derramó apenas una gota.

—Sí, abuelo, está viva y se encuentra bien, y dice que es feliz.

—M e parece que el corazón me va a estallar de alegría, pequeña —dijo—. M e dices cosas que están más allá de toda fe.

—Te he dado las buenas noticias, abuelo. Pero ahora vienen las malas. —Cuéntamelas. Podré resistirlo todo.

Le conté, pues, toda la historia, siempre con la salvedad de aquella visión sin par entre las tinieblas. Experimenté una sensación horrible al ver cómo la luz iba borrándose de su rostro a medida que avanzaba mi relato, y al comprobar que era yo quien lo estaba oscureciendo. Y me preguntaba: «Si apenas eres capaz de hacer esto, ¿cómo crees que vas a soportar destrozar la dicha de Psique?».

—¡Ay, ay! ¡Pobre Psique! —decía el Zorro—. ¡Pobre criatura! ¡Lo que debe haber sufrido! Un poco de eléboro es la medicina indicada en estos casos; con paz y reposo y tiernos cuidados… oh, no dudo de que haríamos que volviera a ella la razón si pudiéramos cuidarla como es debido. Pero ¿cómo vamos a darle todo lo que necesita, o un poco siquiera? Se me han agotado las ideas, hija. Y aun así tenemos que inventar algo, pensar algo. Ojalá fuera Odiseo, oh sí, o Hermes.

—Entonces, ¿das por seguro que está loca? M e clavó una mirada como un dardo.

—¡Pero qué dices, hija! ¿En qué otra cosa has estado pensando?

—Supongo que para ti será un desvarío. Pero tú no estuviste con ella, abuelo. Hablaba con tanta serenidad… Ninguna de sus palabras estaba fuera de su sitio. Reía de puro contento. No había extravío en su memoria. Si hubiese tenido los ojos cerrados, habría creído que su palacio era tan real como éste.

—Sin embargo, tenías los ojos abiertos y no viste nada.

—¿Y no crees… no como una posibilidad… ni como un mero azar entre cien… que tal vez haya cosas que pueden existir aunque no podamos verlas?

—Claro que sí. Cosas como la Justicia, la Igualdad, el Alma, o las notas musicales. —Oh, abuelo, no me refiero a eso. Si existe el alma, ¿no podrían existir moradas del alma? Se pasó la mano por la cabellera en un gesto antiguo y familiar de consternación profesoral.

—Pequeña —dijo—, me harás creer, después de tantos años, que ni siquiera has empezado a calibrar el significado de la palabra «alma».

—Sé perfectamente el significado que tiene para ti, abuelo. Pero ¿es que acaso tú, por mucho que seas tú, lo sabes todo? ¿No hay otras cosas, y estoy diciendo cosas, además de las que podemos ver?

In document Mientras no tengamos rostro de C. S. Lewis r1.0.pdf (página 72-108)