Capítulo X

In document Mientras no tengamos rostro de C. S. Lewis r1.0.pdf (página 108-131)

A la mañana siguiente, nada más levantarme, lo primero que hice fue ir a la Alcoba Real a echarle un vistazo al rey: lo cierto es que ningún médico ni ningún amante ha seguido tan de cerca como yo las evoluciones del pulso y la respiración de un enfermo. M ientras aguardaba silenciosamente junto al lecho (sin poder apreciar el menor cambio) entró Redival, con cara toda llorosa y presa de la mayor agitación, diciendo:

—Oh, Orual, ¿se muere el rey? ¿Qué pasó anoche? ¿Quién es ese joven extranjero? Dicen que es un hombre apuesto, maravilloso, y, al parecer, tan fiero como un león. ¿Es un príncipe? Oh, hermana, ¿qué sera de nosotras si el rey muere?

—Yo seré la reina, Redival. Y el trato que tú recibas dependerá de cómo te portes.

Apenas había empezado a articular palabra y ya se había puesto a hacerme zalamerías, a besarme la mano, a desearme prosperidad, y a decir que siempre me había querido, más que a nadie en el mundo. M e puso enferma. Ni un esclavo habría caído tan bajo. Hasta cuando me enfadaba y tenía miedo de mí un esclavo sabía hacer algo más que ponerse a gimotear como un mendigo; nada hay que mueva menos mi compasión.

—No seas idiota, Redival —le dije, apartándola de un empujón—. No voy a matarte. Pero como asomes la nariz fuera de esta casa sin mi permiso, te haré flagelar. Y ahora largo.

Al llegar a la puerta se dio la vuelta y dijo:

—Pero me conseguirás un marido, reina, ¿verdad que lo harás?

—Sí, y probablemente dos —contesté—. Tengo un saco lleno de príncipes escondido en mi armario. Vamos, vete.

En ese momento llegó el Zorro, quien, mirando al rey, musitó:

—Quizá aún viva días —y enseguida añadió—: Hija, anoche me porté muy mal. Creo que este ofrecimiento tuyo de enfrentarte al príncipe es ridículo y, lo que es peor, inverosímil. Pero me equivoqué al llorar y suplicar y tratar de obligarte aprovechándome de tu amor. El amor no es algo que deba emplearse de esta manera.

Lo interrumpió la llegada de Bardia, que en aquel momento entraba por la puerta:

—Reina, ha llegado un heraldo con la respuesta de Argan —comunicó—. Nuestro hombre se encontrará con el príncipe (maldita sea su insolencia) a menos de diez millas de aquí.

Pasamos a la Sala de las Columnas (mi padre seguía con la vista fija en mí, y era espantoso) e hicimos entrar al heraldo. Era un hombre alto, corpulento, refinado en su atuendo como un pavo real. Su mensaje, quitada la expresión altisonante, era que su señor aceptaba el combate. Sin embargo, precisaba que no quería ver su espada manchada con sangre de mujer, por lo que llevaría consigo una soga para ahorcarme una vez desarmada.

—Ésta es arma sobre la que confieso mi ignorancia —dije—. Y por esta sola razón resulta poco justo que tu señor vaya a esgrimirla. Pero dado que es hombre de edad más avanzada (libró su primera batalla, según creo, hace mucho tiempo), concederemos esta ventaja a sus años.

—No puedo decir tal cosa al príncipe, reina —dijo el heraldo.

Pensé entonces que ya había dicho suficiente (sabía que, aunque mi pulla no iba a llegar a oídos de Argan, sí llegaría a los de los demás), y empezamos a discutir ordenadamente las condiciones del combate y el centenar de pequeños detalles sobre los que debíamos ponernos de acuerdo. Pasó casi

una hora entera antes de que el heraldo pudiera irse. El Zorro —yo lo notaba— estaba apesadumbrado con todos esos preparativos: todo cobraba cada vez mayor realidad, y se hacía más y más irreversible, con cada palabra. En esos momentos yo era, en mi mayor parte, la reina, pero de vez en cuando Orual susurraba a mi oído alguna nota de contención.

Luego llegó Arnom, e incluso antes de que dijera nada nos dimos cuenta de que el viejo sacerdote había muerto ya y de que él había ocupado su lugar. Llevaba puestas las pieles y vejigas, y la máscara de pájaro colgada sobre el pecho. Sentí un repentino escalofrío a la vista de todo aquello, como un mal sueño que se olvida al despertar y se recuerda súbitamente a mediodía. Pero un segundo vistazo me devolvió el sosiego. Arnom no iba a ser jamás tan terrible como el viejo sacerdote. Arnom era sólo Arnom, el hombre con quien yo había concertado un negocio muy ventajoso el día anterior; no daba la sensación de que Ungit hubiera entrado con él en la habitación. Y esto desató en mi pensamiento ideas extrañas.

No tenía, sin embargo, tiempo para detenerme en ellas. Arnom y el Zorro se metieron en la Alcoba y empezaron a comentar el estado del rey (esos dos parecían entenderse muy bien), mientras Bardia me hacía señas para que saliéramos de allí. Salimos fuera por la puerecita de oriente, adonde el Zorro y yo habíamos ido la mañana en que nació Psique, y allí anduvimos sin rumbo fijo sobre el lecho de hierba mientras conversábamos.

—Y bien, reina —dijo—, os espera vuestro primer combate. —¿Dudas quizá de mi valor?

—No es vuestro valor lo que corre peligro de muerte, reina. Pero nunca habéis matado a nadie; y ésta va a ser cuestión de vida o muerte.

—Entonces, ¿qué te preocupa?

—Bueno, sólo una cosa. Las mujeres y los muchachos hablan con mucha alegría de lo que es matar a un hombre. Y se trata, creedme, de algo muy difícil, la primera vez, quiero decir. Hay algo en el hombre que se rebela contra ello.

—¿Crees que me apiadaré?

—No sé si es piedad. Pero la primera vez que lo hice yo… fue la cosa más difícil del mundo obligar a mi mano a hundir la espada en aquella carne palpitante.

—Sin embargo lo hiciste.

—Sí. M i contrincante era un aficionado. Pero ¿y si hubiera sido rápido? Aquí está el peligro, ya veis. Hay un momento en que una pausa (la quinta parte del tiempo que se tarda en parpadear) puede hacer que perdáis vuestra oportunidad. Y puede que sea la única que tengáis, y entonces habréis perdido la batalla.

—No creo que se me atasque la mano, Bardia —repliqué. Hice un esfuerzo mental. M e imaginé a mi padre, repuesto de salud, y acometiéndome en uno de sus conocidos arranques de cólera; tuve claro que mi mano no vacilaría en matarlo. No había vacilado cuando yo misma me herí.

—Esperemos que no —dijo Bardia—. Pero debéis pasar la prueba. Todos mis reclutas están obligados a pasarla.

—¿La prueba? ¿Qué prueba?

—Ésta. Ya sabéis que esta mañana van a matar a un cerdo. Vos seréis el matarife.

De repente tuve una inspiración y comprendí que si me apocaba ante esta prueba sería, a un tiempo, menos reina y más Orual.

—Estoy dispuesta —dije. Entendí sin dificultad lo que había que hacer, ya que, desde niñas, habíamos asistido regularmente a las matanzas. Redival siempre les había prestado atención y siempre gritaba; yo se la prestaba menos, pero con la boca cerrada. Heme aquí, pues, matando al cerdo. (Los matábamos sin rito de sacrificio, pues estos animales son una afrenta para Ungit; una historia sagrada explica el motivo). Y jurando que, si salía con vida del combate, Bardia, el Zorro, Trunia y yo íbamos a comernos los cortes más exquisitos para cenar. Luego, en cuanto me hube lavado y quitado el delantal de matarife, regresé a la Sala de las Columnas; pues había pensado en algo que había que hacer ahora que mi vida podía no prolongarse más de dos días. El Zorro ya estaba allí; llamé a Bardia y a Arnom, y, poniéndolos por testigos, declaré al Zorro hombre libre.

Un momento después me hallaba sumida en la desesperación. Ahora no me explico cómo pude estar tan ciega para no haberlo previsto. Yo sólo pretendía que Redival, en caso de que yo muriera, no pudiera mofarse de él, abandonarlo y quizá ponerlo en venta. Pero ahora, apenas aquellos dos terminaron de felicitarle y besarle en las mejillas, todo se me vino abajo. «Serás una pérdida para nuestras juntas»… «M uchos lamentarán tu marcha en Gloma»… «No hagas el viaje en invierno»… ¿Pero qué estaban diciendo?

—¡Abuelo! —grité; ahora no era la reina: toda yo era Orual; era más, toda niña—. ¿Es cierto lo que oigo? ¿Que me dejas? ¿Que te vas?

El Zorro elevó hacia mí su rostro con una expresión crispada, de infinita agitación.

—¿Soy libre? —murmuró—. Significa esto que podría… que puedo… poco importaría si muriera en el camino. Nada, con tal de que consiguiera llegar al mar. Vería los atunes… los olivos. No, aún es temprano para los olivos. Pero el olor de los puertos… Y pasear y charlar por el mercado: charlando de verdad. Pero no lo conocéis, vaya disparate, ninguno de vosotros sabe de qué hablo. Hija, mi deber sería darte ahora las gracias. Pero, por poco que me quieras, ahora no me digas nada. M añana. Permite que me retire.

Echándose la capa sobre la cabeza, salió a tientas de la habitación.

En aquel momento, el juego aquel de ser la reina, que me había mantenido a flote tanto como entretenido desde que me levanté por la mañana, me falló completamente. Habíamos concluido ya todos los preparativos para el combate. Tenía lo que quedaba de día por delante, y todo el siguiente, para esperar; y sobre él, suspendida, esta nueva desolación: que, si vivía, quizá habría de hacerlo sin el Zorro.

Salí a los jardines. No quería subir hasta la parcela de detrás de los perales, allí donde él, y Psique, y yo habíamos pasado nuestras horas más felices. Deambulé, miserablemente, en dirección opuesta, a occidente del pomar, hasta que el frío me hizo volver; el día estaba desapacible, no había sol, y la escarcha era negra. M e da vergüenza y miedo a la vez revivir, al escribirlas, las ideas que acudían a mi pensamiento. En mi ignorancia no era capaz de comprender la intensidad del deseo, la atracción que empujaba a mi viejo maestro a su tierra natal. Yo había vivido en el mismo sitio toda la vida; y ya estaba cansada de Gloma, donde todo era igual cada día, donde todo lo daba por sentado, incluso mis recuerdos de espanto, pena y humillación. No alcanzaba a representarme con qué forma, a los ojos del exiliado, se aparece el hogar añorado. M e envenenaba que el Zorro deseara siquiera partir. Él había sido el pilar y la base de toda mi vida, algo (creía) tan seguro y tan establecido, y a lo que debía por cierto tan poca gratitud como al sol que sale o a la tierra misma. En mi absurda exaltación había pretendido que yo era para él lo mismo que él para mí. «¡Tonta!», me dije. «¿Todavía no has

aprendido que no eres eso para nadie? ¿Qué eres tú para Bardia? Quizá lo mismo que era el viejo rey. Su corazón está en su casa, con su mujer y sus críos. Si significases algo para él, nunca habría permitido que combatieras. ¿Qué eres tú para el Zorro? Su corazón nunca salió de sus tierras de Grecia. Eras, acaso, el solaz de su cautiverio. Dicen que un preso es capaz de llegar a domar una rata. Que llega a quererla, de algún modo. Pero echad la puerta abajo, arrancadle los grillos, ¿quién se acordará de la rata entonces?». Y, pese a todo, ¿cómo podía dejarnos, después de habernos querido tanto? Volví a recordarlo con Psique sobre las rodillas. «M ás bonita que Afrodita», había dicho. «Sí, pero se trataba de Psique», me habló el corazón. «Si aún estuviera aquí con nosotros, no se iría. Era a Psique a quien quería. No a mí». M e daba cuenta mientras lo decía de que no era verdad, aunque no iba a quitármelo, o no podía, de la cabeza.

Pero el Zorro vino a mi encuentro antes de que me fuera a dormir; el rostro mortecino, muy templado el porte. Pero, si no fuera porque el paso no le fallaba, se hubiera dicho que salía de la cámara de tortura.

—Felicítame, hija —dijo—. Porque he ganado una batalla. Lo que es mejor para sus amigos debe ser lo mejor para un hombre. Yo no soy más que una parte del todo y mi ruta debe seguir en la órbita señalada. M e quedaré, y…

—¡Oh, abuelo! —le dije, llorando.

—Calma, calma —me dijo, abrazándome—. ¿Qué iba a hacer yo en Grecia? M i padre está muerto. M is hijos sin duda no se acuerdan de mí. M i hija… ¿no iba a ser sólo un estorbo para ella, «un sueño extraviado en la luz del día», como reza el verso? Además, el viaje es largo y lleno de peligros. Es posible que jamás llegara a ver el mar.

Y así continuó, empequeñeciendo su hazaña, como si temiera que yo fuese a disuadirlo de emprenderla. Yo, sin embargo, mi cara contra su pecho, sólo sentía alegría.

Fui a ver a mi padre muchas veces aquel día, pero no pude apreciar en él cambio alguno. Por la noche dormí mal. No por miedo al combate, sino por un desasosiego producido por las muchas peripecias que los dioses me mandaban. La sola muerte del sacerdote me habría dado en qué pensar toda una semana. La había estado esperando muchas veces (si hubiera muerto entonces, quizá Psique se habría salvado), pero en realidad entre mis expectativas nunca se había contado la de verlo irse más que la de despertar una mañana y ver que había desaparecido la M ontaña Gris. La liberación del Zorro, aunque de ella era yo misma responsable, también se me antojaba una peripecia increíble. Era como si la dolencia de mi padre hubiese movido un puntal de su sitio y el mundo entero —todo el que yo conocía— se hubiera desmoronado. Viajaba por una tierra extraña, desconocida. Tan extraña y tan nueva para mí que aquella noche no era capaz de sentir siquiera mi gran pesadumbre. Y esto me sumía en la perplejidad. Una parte de mí me impulsaba a agarrarme de nuevo a ella; decía: «Orual muere si deja de amar a Psique». Pero otra le respondía: «Que muera. Orual nunca hubiera sido una buena reina».

El último día, la víspera de la batalla, se me aparece como un sueño. Cada hora que transcurría lo hacía más irreal. El eco y la fama del combate habían rebasado nuestro alcance (no había episodio de nuestra política que pudiera guardarse en secreto), y el pueblo llano se había agolpado a nuestras puertas. Aunque estimé su gesto en grado no mayor al que se merecía —recordaba de qué modo se habían vuelto contra Psique—, no obstante, quisiera o no, su aplauso me aceleró el pulso y lanzó mi cabeza a una suerte de frenética exaltación. Representantes de la gente principal, nobles y ancianos,

vinieron a presentarme sus respetos. Todos me aceptaron como reina, y yo hablé poco pero, a mi juicio, bien —Bardia y el Zorro elogiaron mi comportamiento—, observando sus ojos fijos en mi velo, manifiestamente ávidos de saber lo que escondía. Luego fui a ver al príncipe Trunia en la sala de la torre, y le conté que habíamos encontrado un campeón (no dije quién) dispuesto a combatir en su nombre, y que él mismo, con una custodia honrosa que iría a buscarlo, podía asistir al combate. Aunque, en su caso, no debieron ser éstas noticias muy llevaderas, era demasiado hombre para no ver que estábamos conduciendo el asunto del mejor modo que, en nuestra penuria, podíamos afrontar. Seguidamente ordené traer vino para poder beber juntos. Pero cuando la puerta se abrió —esto me enfureció por un momento—, en vez del mayordomo de mi padre, fue Redival quien apareció con la jarra y la copa en las manos. Había sido muy estúpida por no haberlo previsto. La conocía lo suficiente para adivinar que, con un hombre extraño por la casa, iba a remover cielo y tierra con tal de hacerse ver. Y aún hube de sorprenderme al ver qué hermana menor tan tímida, dócil, modesta y hacendosa (quizá hasta una hermana oprimida y con el alma destrozada por alguna razón) era capaz de representar con aquel vino entre las manos; con los ojos mirando al suelo (pero sin perderse un solo detalle de Trunia, de su pie vendado al último pelo de su cabeza) y su infantil solemnidad.

—¿Quién es esta belleza? —preguntó Trunia en cuanto se hubo marchado. —Es mi hermana, la princesa Redival —respondí.

—Gloma es un jardín de rosas: hasta en invierno —dijo—. Y tú, reina cruel, ¿por qué ocultas tu rostro?

—Si llegaras a conocerla mejor, sin duda mi hermana te lo diría —dije, con mayor aspereza de la que hubiese querido.

—Bueno, quizá pudiera darse la ocasión —dijo el príncipe—. Siempre y cuando tu campeón salga mañana victorioso; de otro modo, mi esposa será la muerte. Pero si vivo, reina, no voy a permitir que se enfríe la amistad que ha nacido entre nuestras casas. ¿Por qué no habría de casarme y unirme a vuestra estirpe? ¿Quizá contigo misma, reina?

En mi trono no hay sitio para dos, príncipe. —¿Con tu hermana, pues?

Desde luego era una oferta a considerar. Por un solo instante, sin embargo, tener que decir que sí me fastidió; para mi estimación, el príncipe valía probablemente veinte veces más que ella.

—En lo que a mí respecta —dije—, el matrimonio puede llevarse a cabo. Aunque primero debo consultarlo con mis consejeros. Por mi parte, no tengo objeción.

El día terminó de manera más extraña de lo que había empezado. Bardia me había llevado a los cuarteles para mis últimas prácticas.

—Cuidado con vuestro viejo defecto, reina —me dijo—, con la finta inversa. Creo que lo hemos conseguido; pero quiero que lo hagáis a la perfección.

Estuvimos ejercitándonos media hora; cuando nos detuvimos a tomar aliento, me dijo: —Hemos llegado al punto de perfección que la técnica puede alcanzar. Estoy convencido de que si tuviéramos que luchar frente a frente con armas de filo, me mataríais. Pero aún quedan dos cosas que debéis saber. Primera: si sucediera, reina, y lo más probable es que no os suceda gracias a vuestra sangre divina, pero si sucediera que, una vez os hayáis quitado la capa, la multitud en silencio, y os encaminéis al descampado donde vuestro hombre os aguarda… si entonces empezáis a tener miedo, no lo toméis en cuenta. Todos lo hemos tenido la primera vez. Yo lo tengo antes de cada combate. Y

la segunda es ésta: ese jubón de mallas que habéis estado llevando es excelente por su peso y medida. Pero constituye un pobre espectáculo. Vayamos a la Alcoba Real a ver qué se puede encontrar.

He dicho ya que el rey guardaba allí armas y armaduras de toda condición. Así que allí fuimos. El Zorro estaba sentado junto al lecho: por qué, o con qué idea, no lo sé. No era concebible que sintiese aprecio por su antiguo señor «Sigue igual», dijo. Bardia y yo nos lanzamos a revolver entre las cotas y no tardamos en empezar a discutir; porque yo creía que estaría más segura y libre de movimientos con el jubón de mallas al que estaba acostumbrada que con ninguna otra prenda, y él no paraba de decir: «Pero tened paciencia… paciencia… aquí hay algo mejor». Y cuando más entretenidos estábamos, oímos, a nuestras espaldas, la voz del Zorro diciendo:

—Se acabó.

Nos dimos la vuelta y miramos. Lo que durante tanto tiempo había estado medio vivo en el lecho estaba ahora muerto; había muerto (si había sido capaz de apercibirlo) viendo a una muchacha poniendo sus armaduras patas arriba.

—La paz sea con él —dijo Bardia—. Nuestro trabajo aquí pronto habrá terminado. Después

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