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2.2. Desarrollo de un proceso de bossing

2.2.2. Protagonistas

2.2.2.2. La víctima

2.2.2.2.2. Las bases negativas de la

Uno de los factores que –señala Hirigoyen (1999: 105)– determi- nan la gravedad del acoso moral es la vulnerabilidad de la víctima (la duración e intensidad del proceso serían los otros dos).

La vulnerabilidad de una persona al dominio y a la manipulación por parte de otra puede tener, como hemos visto, diferentes raíces en clave «positiva». Pero existen también cualidades «negativas» que merece la pena resaltar. Analizamos algunas de ellas a conti- nuación.

2.2.2.2.2.1. ¿Masoquismo?

No sólo a niv el popular, sino también entre algunas escuelas y corrientes de estudio, está extendida la idea de que el comporta- miento de los acosados es propio de individuos masoquistas. Se duda, así, de su inocencia, y se les reprocha ser acomodaticios e irresponsables.

La acusación encuentra elementos de apoyo en la tradicional aproxi- mación psicoanalítica a la víctima. Sigmund Fr eud –recuerda así mismo Hirigoyen (1999: 123)– denominó «masoquismo moral» a la «tendencia hacia el sufrimiento psíquico, no físico». El concepto supone una búsqueda activ a del f racaso y el padecimiento par a satisfacer una necesidad de castigo . Una persona con carácter masoquista disfrutaría con las penas, tensiones y problemas de la vida, aunque, por otr a parte, se queje o muestre pesimista. Es como si estuviera incapacitada para disfrutar de lo posi tivo de la existencia y aprovechar sus oportunidades.

Para el psicoanálisis, existe una conexión entre el exceso de tole- rancia de un agredido hacia su verdugo y la obtención de «bene- ficios inconscientes, esencialmente masoquistas» (ibíd.: 167) por parte del primero en su relación con el segundo (el placer de verse en el papel de víctima y cierta comodidad derivada de ese rol). El acosado tendría su responsabilidad, o sería cómplice –consciente o inconsciente– en su propio maltrato.

La psiquiatra y psicoanalista francesa discrepa completamente de este planteamiento. En síntesis, éstas son sus r azones (ibíd.: 15, 50 y 123 a 125):

- El comportamiento del hostigado no puede explicarse exclu- sivamente en términos psicológicos, sino que hay que tener en cuenta, una vez más, su círculo de relaciones; de lo con- trario, se está ignorando la especificidad de su problema. - «Decir que la víctima es cómpl ice de su agr esor no tiene

sentido, en la medida en que ésta, por el efecto del dominio, no dispone de los medios psíquicos para actuar de otro modo. Está paralizada».

- Reconociendo que en todo ser humano hay una parte maso- quista, el acosado no es depresivo o masoquista en sí mis- mo, aunque los manipuladores usen para su provecho dicha parte. Algunos maltr atados no habían «manif estado nunca tendencias autopunitivas con anterioridad ni las manifiestan más adelante».

- Un hecho resulta concluyente: la gran liberación que experi- mentan las víctimas cuando logr an desembarazarse de sus hostigadores.

- La personalidad masoquista descrita por el psicoanálisis cua- dra más con los acosadores que con los acosados, quienes se suelen mostrar optimistas y vitales.

«Es más, las agresiones se ponen en marcha cuando aflora su fortaleza, cuando se rebelan y no se dejan intimidar por el autoritarismo de una persona que ocupa un r ango supe- rior en la empresa. Es precisamente su capacidad de r esis- tencia la que les hace ser objetivo del hostigador».

2.2.2.2.2.2. Baja autoestima

«Fuertes y dotadas» por regla gener al, como hemos apuntado , pero obstinadas en «demostr arse a sí mismas que lo son», mu- chas víctimas evidenciarían con el lo su fragilidad (ibíd.: 125). Su nula o baja autoestima sería una de las debilidades más explota- das por los acosadores ( ibíd.: 128; Gr eene, 2001: 340; Nazare- Aga, 2002: 237).

Decíamos en el capítulo 1 que «la necesidad que tiene la gente de que se la valore y se la reconozca (...) es casi universal» (Greene, ibíd.); que en un mundo en el que las exigencias de apariencia son progresivamente mayores, el fenómeno estaría acentuándose de forma exponencial; y que en sociedades narcisistas como las ac - tuales, los individuos serían cada vez más frágiles y precisarían consolidarse en la mirada del otro (Hirigoyen, 2001: 200).

Pues bien, muchos de los acosados morales encajarían de lleno en este diagnóstico. Sin plena confianza en sí mismos; con dudas sobre su capacidad, v alía, pensamientos y sentimientos; «espe- cialmente sensibles a los desafíos» (B ernstein, 2001: 73), y con necesidad de sentirse importantes, estarían allanando el camino a su agresor:

- Inseguros e insuficientemente afirmados, se verían obliga- dos a exager ar y a hacer cualquier cosa par a ofrecer una mejor imagen y que se tenga de ellos una percepción lo más positiva posible (Hirigoy en, 1999: 128; Nazare -Aga, 2002: 237), por lo que se mostrarían mucho más receptivos con el bienestar y las necesidades de los demás que con los suyos propios.

- Poco asertivos, pendientes en todo momento de la opinión de los otros, y «con necesidad exacerbada de aprobación» (Forward, 2000: 143), intentarían no sobr esalir o destacar por no molestar, y tendrían dificultades para decir «no» por no parecer insensibles o antipáticos (Nazare-Aga, ibíd.). - Tímidos y frustrados por falta de fuerza interior para alcan-

zar sus metas personales, anidaría con frecuencia en ellos el deseo de encontrar a alguien que les ayudar a a ser lo con- trario –«ser Napoleón»– (Greene, 2001: 341).

- Encantados con los retos, sobre todo los intelectuales, cons- tituiría todo un acicate para ellos la posibilidad de ser acep- tados por alguien difícil o muy exigente. Por un lado, la rela- ción les exc itaría y, por otr o, les a yudaría a recuper ar su autoestima (Hirigoyen, 1999: 127).

- Emotivos y sensibles, y con «profundo miedo a la cólera y a los conflictos» (F orward, 2000: 156), pondrían en marcha una serie de cualidades –gran satisfacción al prestar ayuda o dar placer, «instinto protector» (Hirigoyen, 1999: 80), nece- sidad de ser generosos y repar adores (ibíd.: 25), compa- sión…– que mermarían sensiblemente sus posibilidades de defensa frente al agresor.

2.2.2.2.2.3. Inadecuación de los límites personales189

Una víctima de acoso adolecería, asimismo, de una seria dificultad para establecer lími tes en las relaciones interpersonales, o , al menos, con el hostigador en cuestión.

Pia Mellody define los límites personales –físicos y psicológicos– como «val las in visibles y simbólicas» que impiden a los demás penetrar en el espacio pr opio y abusar de uno , que nos impiden invadir el espacio de otro y abusar de él, y que nos permiten «ma- terializar lo que somos y lo que queremos».

En tanto que la ausencia de límites físicos provoca ofensas y mo- lestias, como tocar a alguien a quien no le gusta que lo hagamos o insistir en tener relaciones sexuales a pesar de la negativa de la otra parte, la falta de límites psicológicos nos llevaría a herir, me- nospreciar o culpar a otros por lo que sentimos, pensamos y hace- mos, y a responsabilizarnos de lograr que los demás piensen, sien- tan o realicen algo.

El acosado padecería de distintos grados de deterioro en los lími- tes: ausencia parcial o total, daño , muros en lugar de límites u oscilaciones entre muros.

- La carencia –absoluta o relativa– le impediría darse cuenta de estar siendo abusado o manipulado.

- Tener los límites dañados le llev aría a ser capaz de decir «no» a algunas personas, per o a no poder hacer lo mismo con el agresor.

- Poseer límites tipo mur o le daría sensación de protección, pero en realidad quedaría aislado, pues ... mientras que los otros lo evitan para no provocarle (muro de la cólera), o es él 189La inf ormación de este epígr afe está extr aída básicamente del texto de I ván

Mayor recogido en la bibl iografía «Como z orros y eriz os», concretamente de sus páginas 47 a 50.

el que elude el contacto al sentirse inseguro (muro del mie- do), o el que no habla o participa (muro del si lencio), o el que no deja que sea el interlocutor quien participe o diga algo (muro de las palabras)…, muy distinto sería el compor- tamiento del hostigador, que apreciaría en ello la posibilidad de dominar más fácilmente.

- Pasar frecuentemente de un tipo de mur o a otr o o decidir dejar a un lado los muros –no utilizarlos–, le haría sentirse especialmente vulnerable e indefenso, al poner ante sus ojos nítidamente su incapacidad para establecer los límites ade- cuados.

2.2.2.2.2.4. Culpabilización

Muy vulnerables a críticas y opiniones externas, apegadas al or - den, sacrificadas por los demás y con un gran deseo de hacer bien las cosas (López Cabarcos y Vázquez R odríguez, 2003: 134), las víctimas de bossing se atribuirían habitualmente los errores y ten- drían una «tendencia natur al a culpabilizarse» (Hirigoy en, 1999: 125-127).

Como Atlas –uno de los titanes que prov ocó la guerra contra los dioses y f ue condenado por ello a sostener el mundo sobre sus hombros–, llevarían el peso de reparar los sentimientos y los actos de todos con la esper anza de expiar tr ansgresiones pasadas o futuras (Forward, 2000: 154).

Esta naturaleza del acosado encaja plenamente en la especifici- dad de la relación con el agresor, pues la tendencia de éste, como hemos visto, es precisamente la contraria: echar la culpa de todo lo que sucede a los demás.

En este sentido, estarían hechos el uno para el otro: un hostigado dispuesto a adoptar la culpabilidad del maltr atador, asumiéndola como propia, y un acosador deseoso de liber arse de ella proyec- tándola sobre la víctima.

2.2.2.2.2.5. Ambición y codicia

Quizás sea éste el rasgo personal de signo más nítidamente nega- tivo encontr ado en algunas víctimas de bossing. En ef ecto, las personas codiciosas o muy ambiciosas se prestarían a ser manipu- ladas mucho más fácilmente que las que no lo son.

Cuando un deseo intenso, una pasión o una emoción de este tipo, está muy arraigada en un individuo, éste deviene más vulnerable. Presionando a la gente ávida de dinero, por ejemplo, el acosador conseguiría prácticamente lo que quiere.

La literatura especializada, y hasta el cine, están llenos de sujetos tan «creyentes en la verdad económica» (Jones, 1987: 245-246) que sacrifican cualquier cosa con tal de lograr su objetivo.

[Por ejemplo,] la película estadounidense Swimming with Sharks (1995), de George Huang, ejemplifica el brutal acoso de un patrón sádico a uno de sus trabajadores, cuya ambición le lleva a aceptar lo que sea: ofender, mentir, dar ór denes incoherentes, humillar y mantener en vi lo a otr os empleados... Y mientr as, el superior le sigue tortur ando mentalmente con el cebo de una pr omoción: «Dame este placer. Cállate, escucha y graba. No tienes cerebro. Tus opiniones personales no cuentan. Lo que pienses no tiene inter és. Lo que sientas no tiene inter és. Estás a mi servicio. Estás aquí para proteger mis intereses y para responder a mis necesidades... No quiero martirizarte. Quiero ayudarte porque, si haces bien tu trabajo, si escuchas y grabas, entonces tendrás la posibilidad de tener todo lo que tú quieras» (Hirigoyen, 1999: 64).

Como insaciable que es, la codicia «nunca puede alcanzar una satisfacción real» (Fromm, s.f.b: 128), por lo que resultaría objeto idóneo de manipulación por parte de un superior.

2.2.2.3. El entorno

No es posible el bossing sin la acción u omisión del entorno al que pertenecen el agresor y la víctima. Un acosador no opera de forma aislada, sino en el seno de una organización, que es a su vez parte de un grupo social más amplio.

¿Qué personas, colectiv os y f actores constituyen el entorno? S e puede hablar del medio laboral, por un lado, del ámbito familiar- amistoso, por otro , y de la relación con la sociedad en gener al finalmente. En el primer o se ubicarían, además del hostigador , otros superiores, los compañeros de la víctima, el departamento de recursos humanos, el comité de empresa, el ambiente y el estilo de la organización. En el segundo estarían la pareja o cón- yuge, padres, hermanos y otros familiares, y los amigos de la per- sona acosada. Y en el tercer o se sitúan prof esionales y organis- mos de salud, justicia, etc., externos a la entidad en cuestión.

2.2.2.3.1. Medio laboral

«El factor catalítico clave en el inicio y desarrol lo del acoso es el resto de la organización» (González de Riv era, 2002: 86 y 116). Hablar de la reacción del entorno sería hacerlo, sobre todo, de los factores relacionados con esta última, tanto a niv el corporativo como de los individuos que la integran.

Una organización puede favorecer o no la existencia del acosador, facilitando sus actuaciones o tomando las medidas oportunas para que no se produzcan; y lo mismo sucede con sus miembros, que pueden comportarse de f orma más o menos colabor adora o permisiva, o enfrentar el fenómeno de raíz.

2.2.2.3.1.1. Incomprensión hacia la víctima

Por regla gener al, como señalamos en el apartado 2.2.1.2. , los compañeros –incluso los testigos directos del bossing– tenderían a desconfiar del acosado , a sospechar de él y a no cr eer en su inocencia; y pensarían «que la víctima consiente tácitamente o que es cómplice, conscientemente o no , de la agresión que reci- be» (Hirigoyen, 1999: 121).

Raros serían aquellos que no aceptan el hostigamiento en modo alguno, que se enfrentan o denuncian al acosador, la organización

o el entorno190 y, en suma, que se solidarizan y ‘dan la cara’ por el

agredido. Su intervención r esultaría, no obstante, imprescindible para frustrar o fr enar el pr oceso, especialmente en los primeros momentos, en que la peculiar personalidad del agresor lo llevaría a detener sus ataques si se percatar a de que la víctima presenta apoyos internos (Piñuel, 2001: 136, y 2003: 128).

Dificultad de captar la personalidad del agresor

Habría un primer hecho evidente para explicar este comporta- miento: la imposibilidad o dificultad de los observadores externos y los testigos –al igual que, como se ha visto, de las propias vícti- mas– de dar crédito a los niveles de insensibilidad del acosador. A la inmensa mayoría de la gente le cuesta creer que existan per- sonas situadas al margen del sufrimiento de los demás o incapa- ces de sentir compasión por las desgracias ajenas (Hirigoyen, 1999: 114). Un ataque perverso resultaría tan eficaz para el que lo per- petra porque no cabe en la mente del común de los mortales. Como ya sabemos, el agresor tiene habitualmente en su haber –cual si de un sofista de la antigua Grecia se tratase– una extraor- dinaria capacidad de encanto , un gr an poder de seducción, una sólida oratoria y dotes para embaucar y tergiversar la verdad. No es de extrañar, por tanto, la ‘ceguera’ de quienes lo observan, si, por ende, se tiene en cuenta que las maniobr as manipuladoras que pone en marcha acostumbran a tener tal sutileza que dificul- tan seriamente el descubrimiento de sus verdaderas intenciones. Consecuencia lógica de todo el lo es que, cuando una víctima de bossing, incapaz de comprender algunos detalles del comporta- miento del hostigador, los comenta con personas de su confianza, lo más probable es que éstas minimicen los hechos y no vean ninguna señal de alarma, sino falsas interpretaciones, exageracio- nes, exceso de imaginación, o senci llamente una manifiesta ani- madversión hacia aquél (Mediavilla, 2003: 191).

190José Luis Dolz: «El binomio hostigador-acosado…», en Martínez, M. et al., 2002:

Comportamiento patológico del acosado

La incomprensión hacia el agredido por parte del entorno tendría que ver también con el comportamiento patológico de aquél a que aludíamos también en 2.2.1.2., producto del desequilibrio y el miedo provocados por el agresor. Causas y efectos se invierten así, de tal modo que las reacciones del acosado pasan a ser, ante los ojos de los demás, el motivo del maltrato, y el hostigador –necesitado de que sea el otro quien apar ezca como responsable del conflicto– justifica de manera retroactiva su agresión (Hirigoyen, 1999: 49 y 105).

La Psicología Social ha estudiado desde hace años este mecanis- mo –denominado error atribucional o error en la atribución–, en virtud del cual la gente del entorno de una víctima tiende a atribuir a ésta la responsabilidad de lo que le ocurre (Piñuel, 2001: 257 y 258). En su personalidad radicaría –para los testigos– la causa de sus males.

El acosador se serviría de las descalificaciones y acusaciones repe- tidas para lograr ese resultado: que una persona acabe asumien- do las cualidades/defectos que se le adjudican y convirtiéndose en aquello de lo que se le acusa.

- Consiguiendo de ella una simple justi ficación ante los de- más, estaría tr abajando ya en pro de sus pr opósitos, pues «la sociedad tiende a pensar que no ha y culpabilidad sin falta» (Hirigoyen, 1999: 135).

- Cargando las tintas en la provocación y el desprecio, obten- dría a menudo una reacción que, producida en presencia de testigos, conduce a la desacreditación pública del acosado: «Un observador externo considerará como patológica cual- quier acción impulsiva, sobre todo si es violenta» (ibíd.: 104 y 106).

- Favoreciendo la confusión, depresión y excitabilidad del agre- dido, impulsaría un comportamiento laboral inadecuado por su parte (falta de concentración, disminución del rendimien-

to, inseguridad, desasosiego, mutismo y alejamiento de los compañeros, reclusión en su despacho, mala salud, absen- tismo, bajas…), que incr ementa su mala imagen pública y generaliza la idea de que él es el responsable del conflicto. - Difundiendo la especie –cierta o no– de que la víctima recibe

o va a recibir ayuda psicológica o psiquiátrica, estaría consi- guiendo que su segregación y estigmatización se vean refor- zadas (Piñuel, 2001: 69 y 86).

- Incluso en los casos en los que la decisión de ésta es la de no enfrentarse al acoso –r enunciar a la batal la abierta–, la evitación del problema la sumiría en un estado de postración física o moral y de queja constante, generalmente mal visto y criticado por todos, y que l leva también a su rechazo: «A las personas no les gusta el abatimiento , el lamento o la tristeza, prefieren la alegría de vivir, la certeza del éxito , el buen humor» (Benesch y Schmandt, 1982: 52).

La percepción del acosado se vería muy afectada, en suma, por el error atribucional, que conduce –sea cual sea su reacción– a una «segunda victimización» (Piñuel, 2003: 35) o «victimización se- cundaria»191, por la que es considerado débil o difícil de carácter,

hipócrita, incapaz de llegar a acuerdos o de manejar los conflictos, depresivo, trastornado emocionalmente…, y, en definitiva, mere- cedor de lo que le sucede.

2.2.2.3.1.2. Aislamiento del acosado

Para lograr su objetivo, el acoso moral debe involucrar a todas las personas posibles del entorno. Y para que el proceso se desarrolle de forma rápida y efectiva, lo que procede es separar a la víctima de los demás.

191Elisa Múgica: «El maltrato psicológico en el trabajo», en Martínez, M. et al., 2002:

El acosador sabría que «un cierto aislamiento f acilita la situación al limitar las opciones de escape» (González de Rivera, 2002: 85), deviniendo en desprotección, indefensión y vulnerabilidad; y que el ostracismo arroja en la desesper ación y cr ea un fuerte senti- miento de culpabilidad (Fromm, 1993: 136).

La persecución se orientaría, pues, hacia el deterioro de la imagen pública y hacia la fragmentación y ruptura de las relaciones socia- les del trabajador en cuestión en su medio laboral (Piñuel, 2003: 30-31).

La suma de adeptos a la causa

Con insinuaciones o mensajes v elados sobr e la víctima a otros trabajadores y superiores; la propalación –de forma directa o por persona interpuesta– de bulos y mentiras, o la realización de críti- cas, ofensas y humillaciones a aquélla en presencia de sus compa- ñeros, el acosador procuraría –como apuntamos en 2.2.1.2.– que el entorno reaccione en la dirección por él pretendida.

Miedo, bajeza, egoísmo, espíritu de obediencia o sumisión, o «efecto contagio» (González de Rivera, 2002: 178), serían factores por los que los miembros del grupo tienden a aceptar la desv alorización efectuada, a a valarla con sus acti tudes y acciones, y a alejarse finalmente del empleado acosado.

- El miedo, en particular, subyacería en muchos testigos y ob- servadores. Con la mejor «intención de salvaguardar sus em- pleos, su modus vivendi, su carrera profesional, etc.» (Piñuel, 2001: 135-136), y evitar sufrir represalias (González de Ri- vera, 2000, y 2002: 111-112) o convertirse en los objetivos de ataque siguientes (Hirigoyen, 1999: 66), estos individuos temerosos seguirían al acosador sin r echistar, en contra de la persona agredida. Les faltaría el valor para pensar por sí mismos y desmarcarse de los demás, en especial cuando el grupo es fuerte, está consolidado y f unciona muy