1. INDIVIDUO Y COMPORTAMIENTO
1.1. C ARACTERÍSTICAS PSICO BIOLÓGICAS
1.2.2. Bases químicas de la generación de confianza
Hay mecanismos que activan la confianza en situaciones sociales, como la reputación y la reciprocidad en interacciones pasadas (Ostrom, 2007: 200). Sin embargo, a nivel cerebral hay sólo una explicación para confiar en los otros, la oxitocina. Este neuropéptido es conocido por promover el comportamiento social, en especial generando acoplamiento con respecto a las normas sociales (Kosfeld, 2007: s44; Schreiber, 2007: 61).
La acción de esta sustancia es conocida por promover comportamientos sociales, lazos afectivos, comportamiento maternal y conducta sexual. Experimentos en animales han demostrado que la oxitocina promueve la aparición de apego social. En humanos, Kosfeld (2005, 2007) ha administrado pequeñas dosis de oxitocina intranasal a individuos que se encuentran jugando el juego de la confianza (Anexo 1). Los hallazgos de estos experimentos comprueban que hay un vínculo entre la confianza que depositan los individuos en el juego y la dosis de oxitocina que era administrada. El experimento contempló la comparación de individuos con suministro de oxitocina y otros sin él. En conclusión, este experimento demuestra que mayores niveles de oxitocina contribuyen a aumentar la confianza y el riesgo en situaciones sociales, en interacción con desconocidos.
Es probable, que esta sustancia haya estado presente en la formación de grupos humanos más grandes y complejos, producto del proceso evolutivo. Ello pudo contribuir a que se lograra cooperación a nivel de estos grupos, en el sentido en que algunos individuos cooperaban de forma unánime con los otros –first movers-, mediante vínculos de confianza, y los receptores pudieron haber respondido a estas acciones mediante reciprocidad (Falk y Fischbacher, 2006). Este proceso pudo haberse mantenido durante buena parte del desarrollo social humano, estableciéndose como un repertorio conductual fijo ante situaciones de orden similar. Sin embargo, cuando se llega a convivir con poblaciones tan grandes como las del Estado actual, es la autoridad y el poder del Estado los que brindan la confianza a los ciudadanos para interactuar con desconocidos en diferentes situaciones, ya que los riesgos y costos se ven minimizados con castigos y premios que imparte el monopolio de la fuerza estatal.
1.2.3. Genética de la cooperación
Mediante la aplicación de un experimento de Teoría de Juegos en el que también se tomaron muestras de ADN, Knafo, et al. (2007) establecieron la relación que existe entre el comportamiento cooperativo y un gen concreto llamado AVPR1a. Se comprobó que cuando hay variación de este gen, los comportamientos tienden a ser más cooperativos. El AVPR1a codifica un receptor que libera arginina vasopresina en el cerebro; la vasopresina es conocida por su influjo en la creación de vínculos sociales.
1.3. Características antropológicas
En este apartado se pretenden relacionar las variables biológicas anteriormente descritas, con la evolución antropológica y social del hombre, para posteriormente explicar cómo se pudo dar la cooperación en grupos humanos y la creación del Estado. Para este propósito, se clasificará el desarrollo antropológico humano, según la tipología provista por Weber, A. (1991).
1.3.1. Primer hombre: Hombre Neandertal
El hombre neandertal, a pesar de no pertenecer a la línea evolutiva del homo sapiens, comparte muchas de sus características. Este hombre, ya provisto de lenguaje, emociones y aprendizaje, comienza a establecer complejos sistemas sociales que involucran creencias y rituales (Weber, 1991: 18). El neandertal ya tiene conciencia de sí y es capaz de pensar que hay algo similar a él, inmaterial y superior que controla las cosas del mundo. En este sentido, su organización social era jerárquica -macho alfa-34, pero incorporaba elementos místicos acerca de la proveniencia del poder. En este punto, todavía las comunidades neandertales son reducidas poblacionalmente, de modo que mediante las creencias religiosas y el control social, era fácil alcanzar metas comunes.
Estos conglomerados homínidos se dedicaban a la recolección y la caza, variando de localización de acuerdo a la situación climática. De este modo, al cambiar de localización y de ecosistema, las herramientas que se utilizaban variaban, así como la forma de recolectar los recursos (Weber, A. 1991: 20). Esto es relevante ya que, las difíciles condiciones medioambientales pudieron contribuir a que la cooperación entre los miembros de las comunidades se diera frecuentemente, debido a que permanecer solo, reducía las posibilidades de supervivencia.
1.3.2. Segundo hombre: Homo Sapiens
El Homo sapiens es un individuo social capaz de vivir en grandes conglomerados. Para explicar este fenómeno, es preciso remitirse al periodo comprendido entre finales del Pleistoceno y principios del Holoceno, que abarca la aparición de la agricultura y con ello, el sedentarismo y los sentimientos pro-sociales fuertes.
Para Cosmides, et al. (1992: 49-50), la estructura de la mente humana fue adaptada acorde al modo de vida en el Pleistoceno, ya que con la agricultura, cambiaron las costumbres de las comunidades humanas que habitaban África. Con el aseguramiento de recursos alimenticios estables, las poblaciones de homo sapiens se volvieron sedentarias, desembocando procesos complejos de organización social. Al principio, estos grupos no superaban 100 individuos (Masters, 1989: 153), y estaban constituidos por familias, es decir, que los miembros de estas poblaciones se encontraban emparentados entre sí. De este modo, las interacciones sociales se limitaban a miembros del mismo clan familiar, lo que facilitó la acogida de ciertas costumbres, que con el tiempo, serían importantes en términos de coordinación35 y cooperación del accionar colectivo de estas comunidades.
Los cambios más importantes que implicó la nueva organización social en los clanes humanos se muestran a continuación. Estos eventos son tomados en cuenta por Masters (1989) en su obra The Nature of Politics, para explicar las condiciones que se debieron cumplir para la cooperación en grupos grandes y el surgimiento del Estado como forma de organización social (Ver capítulo 2).
División del trabajo
Un cambio significativo en la forma de vida de las comunidades humanas prehistóricas fue la división del trabajo (Masters, 1989: 191-194). Dentro de los clanes que se establecieron gracias a la agricultura, las mujeres ejercieron labores de siembra y crianza de los niños; mientras que los hombres se encargaron de la caza, proveyendo contenidos proteicos para el desarrollo cerebral de los miembros de la comunidad. La ayuda de todos los individuos fue importante para lograr mayores beneficios colectivos, aunque la no cooperación era una estrategia llamativa individualmente. Así, tanto la recolección de alimentos y la crianza, como la caza, implicaban procedimientos tendientes a estimular la cooperación entre individuos.
Al tiempo que hacían labores de recolección de alimentos, las mujeres cuidaban de los niños, labor que se extendía aproximadamente hasta los 10 años. En este sentido, apareció la crianza cooperativa como consecuencia de sentimientos pro-sociales,36 en especial porque existía
intencionalidad compartida en la enseñanza de la nueva generación de individuos (Burkart y Van Schaik, 2010) -los clanes guardaban parentesco-. No obstante, este tipo de comportamiento no era del todo desinteresado ya que, cada una de las hembras, podrían estar esperando reciprocidad por parte de las otras madres para la crianza de sus crías.
Debido a que las crías pasaban mucho tiempo con las madres, se reafirmó el aprendizaje por imitación, haciendo que mucho del comportamiento adulto tuviera relación con este procedimiento. Los jóvenes del clan eran partícipes del ambiente cooperativo que se manejaba en el trabajo de recolección; en términos de crianza cooperativa, al ser pocos individuos trabajando juntos, era más fácil el control y castigo de los sujetos que no cooperaban. Por esta razón, los genes ligados al aprendizaje por imitación37 persisten a través del paso del tiempo como genes dominantes para la supervivencia de la especie (Rosenberg y Linquist, 2005: 22-23). Estos genes, también se encuentran ligados con la Teoría de La mente, en el sentido en que son las madres, las que retroalimentan las tendencias naturales de los niños en lo que se refiere a la gesticulación y a las emociones. Al interactuar los infantes con sus progenitoras, éstas ajustan los signos o señales comportamentales de sus hijos de acuerdo al contexto en el cual se desenvuelven los individuos (Masters, 1989: 35). En síntesis, las madres enseñan a las crías a través de sus
gestos y emociones, el despliegue y significado de comportamientos socialmente cognoscibles o aceptables, de modo que estos comportamientos sean comunicables y entendibles dentro de la especie (Llinás, 2002: 275).
Por otro lado, los gestos y la expresión no verbal son innatos y universales, son respuestas neuronales a estados internos o a estímulos emocionales38 que sirven como signos sociales dentro del grupo. La misión de la madre aquí, es reafirmar a través de sus reacciones, la función social que tienen determinados gestos. Desde el punto de vista evolutivo, las expresiones pudieron evolucionar como una forma de lograr coordinación para el comportamiento social (Darwin, (1872) 1965, citado por Masters, 1989: 41).
En adición, la caza colectiva, actividad realizada por los hombres, además de proporcionar proteína necesaria para el rendimiento cerebral de los individuos, constituía un ritual social en el que estaba en juego la reproducción de los machos. Estudios similares en chimpancés y tribus de cazadores- recolectores actuales soportan esta aseveración (Rosenberg y Linquist, 2005). En primer lugar, la función nutritiva de la caza se incrementaba en épocas de escases o desastre ecológico (mega extinciones), estableciendo a la presa como un recurso común. El periodo aquí estudiado, contempla la era glaciar, por lo que las labores de siembra y recolección fueron imposibles debido a la inestabilidad climática. Así, al estar los hombres confinados en un clima con pocos recursos, éstos debieron organizarse para la caza colectiva de animales grandes, asegurando alimento y abrigo. Las presiones ecológicas extremas modifican la biodiversidad, ya que si una especie no se adapta, se extingue (Musacchio, 2004: 5). En consecuencia, el hombre tuvo que adaptarse a trabajar en grupo durante dicho periodo, porque de otra manera no habría sobrevivido.
Sin embargo, ¿porqué los cazadores exitosos compartirían su alimento con otros miembros del grupo, que no contribuyeron a la caza? Por un lado, el fomentar la reputación39 como altruistas, genera mayor atracción por parte las hembras, dada la generosidad en especial con las crías (Morris, 1967: capítulo 1). Esto significa, que los machos con mejor reputación incrementarían las posibilidades de reproducción (Gilby, 2006). Asimismo, la reputación hace más fácil el establecimiento de coaliciones con otros machos para trabajos como la defensa. Por otro lado, este comportamiento altruista, explicado desde una dinámica de selección de grupo, también podría
significar que los machos se sacrifican –en tiempo y esfuerzo- con el fin de incrementar las posibilidades de supervivencia de la especie, basándose en un equilibrio pro-social.40
En este punto, recordemos que las comunidades de cazadores recolectores estaban asentadas en un vínculo familiar, situación que pudo incentivar las tendencias cooperativas de los individuos, al tiempo que aminoraba las motivaciones egoístas.41 Complementariamente, las sociedades de humanos primitivos, tuvieron contacto frente a frente con cada uno de los individuos de la tribu, razón por la cual los demás miembros de la comunidad controlaban el comportamiento no cooperativo de los otros, identificando a los desertores. Gintis (2002: 20) observa que en las sociedades de cazadores-recolectores, los grupos eran lo suficientemente pequeños para que los miembros se pudieran vigilar entre ellos, sin embargo, se presentaban episodios de oportunismo, donde el ostracismo era la forma más recurrente de castigo. Así, diversos estudios han profundizado en el castigo y castigo altruista, como otra forma de ganar reputación y confianza por parte de los machos que lo ejercen, o como mecanismo que permite la extinción de los individuos egoístas al interior del grupo.
Con respecto al castigo altruista, condiciones biológicas y culturales sustentan su aparición. Por un lado, diversos estudios comprueban que al ejercer una acción considerada justa (en este caso, el castigo a los que no colaboran con las metas del grupo) provee al agente de satisfacción a nivel emocional, liberando endorfinas. Esta estructura biológica, se va reforzado mediante la retroalimentación de dichas acciones en la vida social de los hombres, al generar cooperación (Boyd, et al. 2003; Gintis, 2000, 2003; Frank, 1988). El castigo a los egoístas, a nivel social forja reputación, lo que significa una ventaja para el individuo en términos de poder, capacidad de intercambio (ya que hay más confianza) y eficacia biológica.
Adicionalmente, la construcción de asentamientos semi-permanentes configuró un sistema social complejo bajo la organización jerárquica de macho alfa. Esto, aseguró que los individuos tuvieran responsabilidades con los otros (en términos grupales), además de establecer algunos cánones de comportamiento, que variaban entre la sumisión y la agresión, dependiendo de la posición social de los individuos. El control de este tipo de
conductas, que aseguraba la coordinación de las acciones, era sencillo debido a que los conglomerados eran pequeños (Weber, A. 1991:21).
Intercambio de favores entre individuos de la comunidad
La reputación y la confianza, también eran tenidas en cuenta a la hora de elegir con quien hacer intercambios cooperativos (Ostrom, 2007: 200). De este modo, un agente que poseyera reputación confiable podría establecer intercambio de favores con otros individuos de manera más simple. Este aspecto es importante en el sentido en que, si existe la capacidad de elegir solamente miembros cooperadores para los intercambios, esto aseguraría el mantenimiento de comportamientos cooperativos, ya que se aislarían a los individuos desertores (McNamara, J., 2008: 191). En las sociedades humanas prehistóricas, dicha fórmula fue de gran utilidad para asegurar la reciprocidad en los intercambios que no fueran inmediatos. Por ejemplo, cuando un grupo de cazadores conseguía una buena presa, mientras que otro no, debido a las posibilidades nulas de almacenamiento, era más beneficioso entregar la comida a otro miembro del grupo, que perderla (Rosenberg y Liquist, 2005: 6, 9). Este intercambio generaba un juego de reciprocidad no inmediato, en el que sí, el beneficiario estuviese en la situación contraria en el futuro, daría al cooperador parte del botín de caza también.
Defensa contra los enemigos
Los animales luchan por dos razones, por jerarquía social o por defender sus derechos territoriales. En el momento en el que se presenta la agresión, se emplean señales particulares como, respiración más fuerte y profunda; erizamiento de los vellos de la piel; dilatación de las glándulas sudoríparas; flujo sanguíneo más intenso con miras a una mayor provisión de sangre al cerebro; proceso de coagulación más rápido de lo normal; retención de las excreciones; y, actividades de dispersión42 (Kandel, et al. 1997: 637; Morris, 2000: 91). Estas son algunas señales de agresión que compartimos con los animales, frente a una amenaza en la seguridad (Anexo 2).
Dentro de los impulsos de agresividad humana se encuentra la defensa del territorio y de la unidad familiar dentro del grupo-unidad mayor. Tal como en otras especies de animales, el territorio familiar es defendido y respetado por los diferentes miembros del grupo.43 Durante el periodo de estudio seleccionado, los grupos se constituían primordialmente de individuos emparentados. Debido a esto, las comunidades humanas de entonces eran semi-cerradas44, lo que generaba cohesión entre los miembros del grupo, que al enfrentar un enemigo común, daba como resultado mayor cooperación en las acciones. La cooperación en este escenario, fue crucial para el mantenimiento de los recursos, de las hembras y la supervivencia de las crías, ya que trabajar juntos por una causa común, significaba el éxito del grupo y de los genes compartidos
(eficacia biológica). Para Bowles (2008) la cooperación y la identificación grupal son procesos conjuntos que aseguran el éxito de un grupo sobre el otro.
Para probar esto, Bowles (2008) generó simulaciones computarizadas de enfrentamientos entre grupos tolerantes y “con espíritu de pertenencia”, así como de grupos egoístas y altruistas, en condiciones muy parecidas a las que se presentaron en el Pleistoceno. Sus modulaciones dieron como resultado que los grupos más altruistas y con mayor espíritu de pertenencia, ganaron la mayoría de las luchas.
Asimismo, evidencia arqueológica ha comprobado que la competencia entre grupos se incrementó debido a la inestabilidad climática, durante el Pleistoceno tardío, forzando a la competencia por recursos y a la migración45 (Bowles, 2008: 37). Por tanto, este tipo de sucesos pudo haber contribuido a una mayor cooperación a nivel grupal, debido a que ésta representaba los mayores beneficios a nivel individual y colectivo en términos de supervivencia.
Expansión de los nichos ecológicos
Entre las teorías que han surgido para explicar el fenómeno de expansión territorial humano, se encuentran la Teoría Multiregional46
y la Teoría del Origen Africano47, siendo esta última la más
aceptada y la que se presume como verdadera. Ahora bien, la conquista de nuevos territorios por parte del homo sapiens, implicó que éste se encontrara con comunidades de otras especies homínidas mientras migraba. De manera tal que, muchas veces la extinción de otras especies
homínidas es explicada mediante la teoría que el homo sapiens expropió a las demás especies de su nicho ecológico y de sus recursos, llevándolas a la extinción (Rosenberg y Linquist, 2005: 16-17). Para lograr este cometido, los grupos migrantes humanos debieron establecer lazos de cooperación fuerte para defenderse durante la lucha territorial, así como para compartir la información de armas y técnicas de lucha. Estas aseveraciones implican que los comportamientos de tipo cooperativo surgieron desde la aparición de la especie, lo que significa que son en parte innatos y han sido reforzados con el aprendizaje acumulado de las experiencias que han tenido que enfrentar los grupos humanos desde entonces.
Todas estas presiones ambientales jugaron un papel decisivo en la selección de individuos, afectando la selección sexual por parte de las hembras. En consecuencia, estos procesos influyeron a nivel grupal en términos de dominancia genotípica, ya que los individuos con mejores aptitudes fueron seleccionados con el tiempo, y con ello, características hereditarias específicas colmaron la especie.
1.3.3. Tercer hombre: Homo sapiens sapiens.
El tercer hombre es el hombre dominador. Con él surge la agricultura y los animales domésticos, así como el sedentarismo. Cuando se cambiaron los hábitos de primate y se adaptó una vida similar a la de los carnívoros (Morris, 2000: 11-25), se obtuvo la variedad omnívora de la dieta de los simios y el valor nutricional del consumo de carne. Es así, como las primeras formas de agricultura se desarrollaron de manera mixta, dando lugar a la siembra de alimentos y a la crianza de animales (Weber, A. 1991: 21). En este punto, las poblaciones humanas comienzan a crecer de forma acelerada, debido a que los recursos alimenticios están asegurados y se establecen asentamientos permanentes.
El crecimiento de los grupos humanos trae consigo problemas de cooperación entre los individuos, ya que no hay mecanismos suficientemente fuertes para controlar las conductas intercomunitarias. Sin contacto personal con todos los miembros, ni relaciones
de parentesco, se hace mucho más difícil vigilar que todos los integrantes del grupo estén actuando colectivamente para lograr los beneficios que el conglomerado necesita.
En este punto la religión, se establece como la solución más efectiva de control social y de identidad grupal. Esta serie de ritos y costumbres para honrar algo superior a los hombres, logra apaciguar a la sociedad y regularizar la agresión. Culturalmente, la religión pudo haber surgido como figura que sustituye al antiguo macho alfa (Morris, 2000: 102-103). En las sociedades, se han dado diferentes “dioses” cuya misión es mantener la calma y el orden social, a través de premios y castigos. De ahí que las primeras organizaciones políticas eran de carácter teocrático y hereditario.
En este orden de ideas, la institución cultural de la religión parcialmente controló los impulsos naturales egoístas de los individuos, haciéndolos contribuir con los beneficios del grupo. Sin embargo, a medida que la complejidad de las relaciones sociales fue incrementando, se hizo necesaria la creación de una institución de control social capaz de coaccionar a los individuos hacia la cooperación grupal. Esta institución es el Estado.