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Biblioteca Escolar, eje promotor de la lectura y

La biblioteca escolar constituye uno de los espacios en los cuales es posible acceder a la cultura escrita sin olvidar el papel que desempeñan las aulas escolares. Sin embargo, en estas últimas han imperado prácticas tradicionales que impiden la creación literaria auténtica o la significación del mundo. Contrario a esto, en los últimos tiempos se ha reconocido que el aula de clase ya no es el único espacio con el que se puede acceder a dicha cultura, hoy en día la biblioteca escolar ofrece espacios de socialización que pueden aumentar el capital cultural de las personas ya que según la UNESCO (2015), es “un elemento esencial de cualquier estrategia a largo plazo para alfabetizar, educar, informar y contribuir al desarrollo económico, social y cultural.” (párr. 7)

Al reconocerla de esta manera es vital identificar la transformación que ha tenido recientemente dado que ya no es posible concebirla como el tradicional espacio estático en el que residen los libros y en el que reina la lectura por encima de otros procesos del lenguaje tal como lo es la producción escrita. Hoy la biblioteca escolar es un espacio para promover las distintas modalidades del lenguaje y sus procesos de realización; es decir, ya no es espacio en el que se realizan actividades de lectura sino el espacio de socialización en que el usuario se convierte en prosumidor Cassany (2013) dado que ya no solo consume información por medio de la lectura (en sus distintos formatos) porque ahora puede producirla en distintos medios.

Bajo este enfoque, la biblioteca escolar es concebida como otro espacio de socialización en el que es posible construir ciudadanía desde un espacio diferenciador a las aulas escolares potenciando diferentes actitudes y acercamientos hacia la cultura escrita. Del mismo modo, es el espacio en el

que el estudiantado puede aumentar su pensamiento crítico gracias a las distintas situaciones de aprendizaje que se proponen desde este espacio de aprendizaje.

Así las cosas, este término entra en diálogo con el lenguaje y sus modalidades, concretamente con la escrita tanto en su proceso lector como en el proceso escritor, en el marco de la biblioteca escolar dado que este sitio se convierte, primero que todo, en un “ambiente lúdico donde no hay tensión ni hostilidad” (Miret, 2014, p. 33). En este sentido, este espacio favorece el desarrollo de habilidades lectoras y escritoras basadas en relaciones democráticas y equitativas entre los asistentes y el docente-bibliotecario permitiendo a los novatos usuarios la construcción de identidad gracias al reconocimiento y respeto que se tiene hacia ellos por parte del bibliotecario dado que este sitio.

Es un lugar en donde casi todo conocimiento, toda experiencia, puede, en cierta forma, transmitirse, comunicarse, con la mediación posible de los adultos disponibles, quienes están allí para eso y que, escuchando al niño, lo hacen capaz de escuchar y, valorizando su petición, lo ayudan a desarrollarla y a enriquecerla. (Patte, 1983. p.29)

Así pues, es posible sintetizar las funciones de la biblioteca escolar en los siguientes verbos, tal como lo enuncia Miret (2014 p.32), “buscar, descubrir, leer y compartir”. Todo esto gracias a la mediación del lenguaje, sus modalidades y, al mismo tiempo, la interacción entre los asistentes de las distintas edades con los docentes-bibliotecarios en pro de la construcción de sentido, de la visión de mundo, de la re-significación del mismo a través de la modalidad oral y escrita, especialmente en relación con el último verbo señalado, compartir.

En consecuencia, con lo anterior, el desarrollo de la escritura es una de las posibilidades de acción que tiene la biblioteca escolar a partir de la lectura y la formación de lectores ya que, desde allí, tal como lo señala Petit (1999) en la medida que la apropiación de los diversos textos que circulan allí permiten la libre interpretación de manera que cada nueva lectura que se realiza generarán múltiples interpretaciones.

Gracias a esa apropiación y a ese deseo de los lectores por transformar estas historias, la biblioteca escolar se convierte en esa generadora de nuevas posibilidades de significación y de creación. Entablando de este modo un diálogo constante entre lectura y escritura desde las creaciones auténticas de los participantes del club de lectura favoreciendo, al mismo tiempo, la promoción de funciones del lenguaje tales como la expresiva y la poética de una manera diferente a como se hace en el aula de clase. En términos de Montes (1999), la biblioteca escolar se convierte en ese escenario desde el cual es posible ensanchar aquella frontera indómita; es decir, aquella en la cual vive la literatura y, junto con las palabras, cumple con las distintas funciones del lenguaje. Así, al ponerlas en juego, se convierten en insumos para el florecimiento de esa tercera zona de la cual habla la escritora argentina. Es decir, aquella en la que el juego y la creatividad entran en constante interacción y se fortalece o se constituye como espacio autónomo fortalecido mediante las distintas prácticas lectoras generadas desde la biblioteca escolar.

Cabe resaltar en este punto el papel de la escritura en favor del fortalecimiento de dicha frontera en el marco de la biblioteca escolar. Así, su papel se caracteriza tal como lo afirma Castrillón (2007) como “procesos continuos de construcción de sentido, de apropiación y proyección del conocimiento y de toma de conciencia sobre el ser humano y su situación en el mundo.” (p. 76). Así, a través de un espacio de libre acceso y en el que su uso es principalmente voluntario o nace de una necesidad del sujeto, este puede dar su visión de mundo a través de la producción de textos escritos; gracias a esto, se puede dar solución a una de las necesidades de la escuela que plantea Lerner (2001) ya que

Lo necesario es hacer de la escuela una comunidad de escritores que producen sus propios textos para dar a conocer sus ideas, para informar sobre hechos que los destinatarios necesitan o deben conocer, para incitar a sus lectores a emprender acciones que consideran valiosas, para convencerlos de la validez de los puntos de vista o las propuestas que intentan promover, para protestar o reclamar, para compartir con los demás una bella frase o un buen escrito, para intrigar o hacer reír... Lo necesario es hacer de la escuela un ámbito donde lectura y escritura sean prácticas vivas y vitales, donde leer y escribir sean instrumentos poderosos que permiten repensar el mundo y reorganizar el propio pensamiento, donde interpretar y producir textos sean derechos que es legítimo ejercer y responsabilidades que es necesario asumir. (p. 26)

Al enfocar todas estas actividades de la escuela y ligarlas concretamente con el papel de la biblioteca escolar no hay que perder de vista su relación con el lenguaje dado que según Petit (1999).

No es un simple vehículo de información, un simple instrumento de ‘comunicación’. Olvidaron que el lenguaje tiene que ver con la construcción de los sujetos hablantes que somos, con la elaboración de nuestra relación con el mundo. Y que los escritores pueden ayudarnos a la hora esa relación con el mundo (p. 8)

En este sentido, la biblioteca escolar se convierte en uno de los espacios para comprender e interactuar con el mundo a través de la lectura y, más aún, en este sitio en el que se tienen diversas tipologías textuales. Asimismo, esta relación con el mundo se puede promover a través del proceso escritor como una manera de representarlo y re-crearlo. De esta manera, la biblioteca escolar se convierte en un espacio para potencializar las modalidades del lenguaje a través de sus distintos procesos (lector y escritor) configurados como puertas de entrada hacia el conocimiento (tanto como consumidor como de creador). En otras palabras, la biblioteca escolar permite crear un espacio para identificar y reconocer diferentes modalidades discursivas y, de modo paralelo, producirlas a través de actividades discursivas y situaciones auténticas de aprendizaje en torno a la literatura, por citar algún ejemplo.

Es decir, en ella se pueden generar nuevas maneras de acercarse tanto a la lectura como a la escritura superando las prácticas tradicionales del aula. Es decir, en cuanto a lectura se lograría trascender la lectura basada únicamente en la codificación del texto y se pasaría a una promoción de la comprensión experimentando el valor estético del texto y que, al mismo tiempo, logre identificar elementos que contribuyan al mejoramiento del proceso escritor; en otras palabras, también en la biblioteca es posible leer como un escritor tal como lo sugiere Cassany (1989) al referenciar a Smith (1983). Es decir, la mejor manera de desarrollar el proceso escritor radica en la importancia que se le da a la lectura y cómo esta funciona como mecanismo para “adquirir el complejo y numeroso conjunto de conocimientos necesarios para escribir” (Cassany, 1989, p. 79). Sin embargo, es necesario, afirma Cassany, tener presente que el modelo textual es simplemente un producto de un largo proceso en el que se tuvo en cuenta la elaboración de distintos borradores a fin de lograr la última versión del texto para ser publicada.