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Los boicots chinos

Fue sin embargo en otro lugar de Asia, China, donde se hicieron antes de la guerra varias campañas de boicot con fines nacionalistas, que culminaron con las grandes movilizaciones de 1919.6 China estaba en esos momentos su­

mida en una gran crisis económica y política a consecuencia de la Guerra de los Taiping, conflicto civil con participación de las potencias coloniales que generó en la segunda mitad del siglo XIX más bajas que la Primera Guerra Mundial. Además, China acababa de ser derrotada en la Primera Guerra Chi­ no­Japonesa y, a consecuencia de ello, tuvo que reconocer la independencia de Corea, que pasaría a estar bajo influencia de Japón, así como ceder a esta potencia algunos territorios (el más destacado fue Taiwán) y pagar onerosas reparaciones de guerra. Además, se había visto obligada a firmar acuerdos

6 Los boicots chinos fueron analizados por Case; ver Clarence Marsh Case, ob. cit.,pp. 330 y ss.

11. Experiencias de resistencia noviolenta antes de la I Guerra Mundial

Jesús Castañar Pérez · Teoría e historia de la revolución noviolenta conocidos como «Tratados desiguales», donde Francia e Inglaterra imponían sus condiciones a una debilitada China. Esto se tradujo en una fuerte crisis en todo el país, crisis que se vio acompañada por un nacionalismo antiocci­ dental y una deslegitimación del Gobierno imperial, que se plasmó en 1900 en la fallida insurrección de los boxer que, a su vez, se saldó con la invasión por una alianza de las principales potencias europeas y un agravamiento de la crisis china.

En este contexto de debilidad política y militar tuvieron lugar varias cam­ pañas de boicot nacionalista. La primera de ellas en 1906 se utilizó contra los Estados Unidos en protesta por las restrictivas leyes migratorias aplicadas a los estudiantes chinos en ese país. Se paralizó por completo el comercio entre los dos países hasta que se derogaron. En 1908 se realizó otro boicot, esta vez contra Japón, a consecuencia de un incidente relacionado con la captura del barco japonés Tatsu Maru por China. Ante las exigencias japonesas, se res­ pondió con un nuevo boicot que causó grandes pérdidas económicas a Japón antes de que fuera interrumpido a petición del emperador, presionado por los nipones. El boicot se extendió por toda China, gracias a la labor de emisarios de las llamadas «Sociedades de la vergüenza nacional», por la asunción del mismo por asambleas de mujeres, e incluso se siguió por parte de emigrantes en otras partes del mundo, principalmente en Australia. En 1911, año en que se inició la rebelión contra el emperador que acabó con la instauración de la República China, se realizó otro boicot contra los bienes británicos en protes­ ta por las actividades del Imperio Británico en el Tibet. En 1915 se volvió a organizar una campaña de boicot de los productos japoneses, aunque esta vez sólo lo siguieron comerciantes en puertos comerciales. En las grandes movili­ zaciones de mayo de 1919, que veremos más adelante, el boicot volvió a ser el instrumento más efectivo para doblegar el dominio japonés sobre el país.

El movimiento contra la guerra en España

No queremos acabar este apartado sin mencionar que en España hubo desde principios de siglo (y antes) una gran oposición a la aventura imperialista en Marruecos. Esta oposición tuvo su manifestación más virulenta en 1909,

durante los hechos conocidos como Semana Trágica en Barcelona, en los que hubo un conato de revolución armada y muchas muestras de resistencia civil violenta. Sin embargo esa oposición a la guerra tuvo también su manifesta­ ción en forma estrictamente noviolenta, con campañas de insumisión puestas en marcha desde movimientos cristianos y anarquistas. Destaca, asimismo, el ejemplo de interposición noviolenta de las madres de los soldados arrojándose a las vías del tren para evitar su partida y más casos similares de obstrucción noviolenta. El gran éxito de este movimiento antimilitarista fue que el am­ biente contrario a la Guerra de Marruecos influiría decisivamente para que España no entrara en la Primera Guerra Mundial, especialmente tras la firma de un manifiesto de no participación en la guerra efectuado por un millón de trabajadores.7

7 Bar de Ligt: The Conquest of Violence - An Essay on War and Revolution, Pluto Press, Londres, 1989, p. 141.

12. La Primera Guerra Mundial y

los objetores de conciencia

La Primera Guerra Mundial supuso el momento crucial en el que todos los actores políticos de Europa y buena parte del mundo, tanto activistas de dife­ rentes movimientos sociales (hemos visto el caso del sufragismo) como gente de otros ámbitos, tuvieron que posicionarse respecto a la participación en la misma, dando lugar a diferentes respuestas y actitudes. Quienes militaban en movimientos obreros tuvieron que elegir entre el ideal revolucionario interna­ cionalista o el nacionalismo patriótico, muy extendido también por influencia del movimiento romántico del siglo XIX y de las campañas de militarización previas a la guerra. Huelga decir que venció este último; no obstante, a pesar del triunfo de la propaganda patriótica, la crueldad de la guerra también des­ pertó el rechazo a los horrores de la misma, y fue la primera vez en la historia en la que la objeción de conciencia al servicio militar se practicó de forma ma­ siva en muchos países. Poco antes, en los años de escalada militarista previos a la Gran Guerra conocidos como años de «Paz Armada», marcados por la división de Europa en bloques militares antagónicos, ya se habían elaborado propuestas, como la del ya citado anarquista holandés Domela Nieuwenhuis, para transformar la guerra que se avecinaba en una situación revolucionaria

12. La I Guerra Mundial y los objetores de conciencia

Jesús Castañar Pérez · Teoría e historia de la revolución noviolenta mediante el empleo de la huelga general y la objeción de conciencia gene­ ralizada en los países implicados.1 Entre los socialistas, fueron el laborista

escocés Keith Hardie y los franceses Eduart Vaillant y Jean Jaurès los que con más ahínco lucharon por extender una huelga general contra la guerra. El asesinato de éste último, tres días antes de empezar la guerra, precisamente a raíz de la intensa campaña de difamación pública contra su persona por sus ideas pacifistas, posibilitó el apoyo de los sindicalistas franceses a la guerra. A la hora de la verdad, en la última reunión de la dirección de la Segunda Internacional, en 1914, tan sólo Keith Hardie se refirió, y brevemente, a la posibilidad de una huelga general; pero tuvo que ser desestimada ante la poca confianza en una movilización de masas capaz de evitar la guerra. Fue este desencuentro lo que acabó llevando al ocaso a la Segunda Internacional, or­ ganización de corte socialdemócrata surgida con la idea de seguir los fines de la Primera Internacional, disuelta, como es sabido, por diferencias entre co­ munistas y anarquistas. El caso es que la mayoría de los sindicatos y partidos obreros europeos se fueron posicionando a favor de sus respectivos gobiernos y fueron incapaces de llevar a cabo acciones concretas contra la guerra, a la que apoyaron muchos de ellos.

Así lo explicaba George Lichtheim en su clásico estudio del socialismo: Los dirigentes socialistas debían de haberse opuesto a la avalancha de lo- cura que se desencadenaba, pero debemos reconocer que sólo habrían podido hacerlo a costa de aislarse, al menos temporalmente, de sus masas de seguido- res. Como eran en su mayoría demócratas y patriotas, estaban incapacitados para cumplir con ese papel. En este sentido es absurdo hablar de «traición», el fracaso fue existencial y no moral. Y fue decisivo. Cuando el socialismo demo- crático volvió a surgir entre sus cenizas, ya no se apropiaba la misión de trans- formar el mundo, al haber sucumbido a las pretensiones del patriotismo y de la Nación-Estado.2

1 Herman Noordegraaf: «The Anarchopacifism of Bart de Ligt», en Peter Brock y Thomas P. Socknat (eds.): Challenge to Mars. Essays on Pacifism from 1918 to 1945, University of Toronto Press inc., Toronto/Buffalo/Londres, 1999, p. 93.

2 George Lichtheim: Breve historia del socialismo, Alianza Editorial, Madrid, 1975, p. 312.

No obstante, algunos socialistas europeos mantuvieron su oposición a la guerra y pagaron con su vida por ello. El socialista alemán Karl Liebknecht, que ya había sido encarcelado en 1907 por su oposición al militarismo alemán en la obra Militarismo y antimilitarismo, fue en 1916 expulsado de su partido, el SPD (Partido Socialdemócrata Alemán), precisamente por su oposición a la guerra. Sin embargo, junto con Rosa Luxemburg y Klara Zetking, fundó a principios de la guerra el grupo Internacional que, en 1916, se transformaría en la Liga Espartaquista y que, a su vez, sería el germen del futuro Partido Comunista Alemán (KPD). Desde esta organización trataron de convocar una huelga general contra la guerra, y por ello Karl Liebknecht y Rosa Luxem­ burg fueron condenados a dos años y medio de cárcel. En 1918, al poco de ser puestos en libertad, se produjo la Revolución de Noviembre, que acabó con el Reich, instauró una república democrática y logró que se firmara el armisticio que puso fin a la guerra. En esta revolución las propuestas espartaquistas fue­ ron el referente político, pero básicamente se logró gracias a las insubordina­ ciones de soldados, que, considerando que la guerra estaba perdida, se nega­ ron a combatir y a reprimir las manifestaciones contra el kaiser. Poco después de la guerra, milicias nacionalistas, con el apoyo del Gobierno del presidente socialdemócrata Ebert, dieron muerte tanto a Liebknecht como a Luxemburg en la cruenta represión de la Revolución de Enero de 1919, que era una conti­ nuación de la de noviembre.

En el Estado español, las asociaciones obreras mantuvieron mayoritaria­ mente su postura internacionalista contra la guerra, criticando duramente a la socialdemocracia alemana, a la CGT francesa y a las Trade Unions ingle­ sas. Por su oposición a la guerra, se acusó absurdamente a la CNT española de estar financiada por Alemania; pero debido a la huelga general que con­ vocó en 1911, ya estaba ilegalizada en el momento de empezar la guerra. En mayo de 1914, las sociedades obreras de Barcelona impulsaron un ma­ nifiesto contra el militarismo, y en noviembre sindicatos, grupos anarquis­ tas y sociedades obreras de todo el país otro contra la guerra que consiguió nada menos que un millón de firmas. Además, el Ateneo Sindicalista de El Ferrol trató de celebrar un congreso internacional contra la guerra, boico­ teado por el Gobierno, pero que contó también con una feroz oposición del PSOE. Los pocos delegados reunidos volvieron a proponer la huelga gene­

12. La I Guerra Mundial y los objetores de conciencia

Jesús Castañar Pérez · Teoría e historia de la revolución noviolenta ral como medida de acción, pero la poca representatividad de los asistentes hizo inviable el plan.

A pesar de su poco éxito a nivel general, este tipo de apelaciones contra la guerra influyó para que por primera vez en la historia muchos de los llamados a filas en todos los países implicados se negaran a participar en ella. Unos lo hicieron por motivos religiosos o éticos, siguiendo una corriente religiosa de carácter holista con varios siglos de historia. Sin embargo, otros muchos re­ chazaron la incorporación al ejército por motivos estrictamente políticos, por oposición a la guerra, ya fuera en el marco de ideales pacifistas contra todas las guerras o simplemente por estar contra esta guerra en particular. Es im­ portante señalar, por tanto, que, a pesar del triunfo del patriotismo en los movimientos obreros, miles de activistas se mantuvieron fieles a sus ideas inter nacionalistas y no se incorporaron a filas, o lo hicieron de mala gana y pro vo caron amotinamientos en cuanto pudieron. El caso es que hubo tam­ bién re vueltas y rebeliones de los propios soldados en momentos puntuales, principalmente al final de la guerra, pudiendo acabarse ésta precisamente merced a una de ellas, como hemos mencionado más arriba.

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