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3 “Bonsái”: formas de inclusión desde el espacio aislado

In document II. Inclusión y expresión personal (página 42-44)

El cuento “Bonsái” se evoca como fábula inclusiva. A lo largo de la narración en primera persona se conforma una paralelización e interacción del mundo botá- nico y mundo humano que lleva a cabo una meditación aparentemente paradó- jica sobre procesos de inclusión: nociones de pertenencia se abordan aquí desde su otro lado –a partir de la soledad, el aislamiento y la exclusión–. “Bonsái” narra la historia del señor Okada quien en el matrimonio con su esposa Midori experi- menta cierta lejanía después de varios años de ser casados. El protagonista tiene la costumbre de ir a pasear los domingos en el jardín botánico de Aoyama, reco- nociendo este espacio como suyo, apto para alejarse de la vida laboral y la rutina del matrimonio. A pesar de que ya persigue esta costumbre desde hace varios años, nunca entró al invernadero que se encuentra en el jardín hasta que un día (y sin mayor razón visible) comienza a interesarse por este edificio. La primera impresión del interior ya se presenta como contraste del mundo exterior: “Miré a mi alrededor. En el invernadero todas las plantas se veían perfectamente aliñadas y brillantes. Todo parecía estar en su sitio: las plantas de luz en los lugares solea- dos. Las de sombra en el fondo del galpón, más oscuro que la parte de enfrente” (ibíd.:  44). Al parecer, aquí se erige un sistema espacial aparte con un orden propio que sabe poner ʻtodo en su lugarʼ.

El narrador se va adentrando a este microcosmos que parece evocar un con- tramundo en tanto espacio de refugio que se opone al mundo exterior en el

un espacio semánticamente paradójico que protege, aísla y excluye al mismo tiempo y que ayuda a crecer bajo condiciones artificiales. Así, ya se puede intuir el alcance simbólico de este edificio que funge como núcleo del cuento. Es más, a lo largo del texto el invernadero se vuelve un laboratorio experimental de cuerpo y mente humanos, así como de relaciones interpersonales y hasta interorgánicas.

Así, el señor Okada, poco a poco comienza a entablar amistad con el jardi- nero que se ocupa del invernadero y que a lo largo del cuento obtiene un rol de instructor. Afirma el jardinero sabiamente y anticipando ciertos desarrollos del protagonista:  “Las plantas son seres vivos, señor Okada y la relación que uno mantiene con ellas es como cualquier relación con un ser vivo” (ibíd.: 43). A partir de este momento, el protagonista comienza a desarrollar una mirada diferente hacia las plantas: “[…] de pronto les fui descubriendo cierta persona- lidad. En pocas palabras, dejaron de ser objetos para convertirse en seres vivos” (ibíd.: 46-47). Y es una planta en especial por la cual comienza a interesarse:

Un día, por ejemplo, noté que el jardinero no se ocupaba nunca de los cactus. Estaban ahí, olvidados en su tierra seca y cobriza. Algunos erguidos como centinelas, otros en forma de ovillo, a ras del suelo, asumiendo la posición circunspecta de un erizo. Me acerqué a su maceta y me quedé observándolos durante algunos minutos. No parecía haber en ellos ningún movimiento, además de esa actitud tiesa y como a la defensiva. La multitud de espinas diminutas sobre esa piel verdosa me hizo recordar mi propio rostro cuando llevo más de dos días sin afeitarme. Pero más allá de la barba, me pareció que los cactus y yo teníamos algo en común […]. (ibíd.: 47)

En el acercamiento a los cactus el protagonista experimenta un proceso continuo de comprehensión, empatía y hasta de identificación interorgánica de la cual la apariencia física solo marca el punto de partida. Aprendemos que la cercanía y familiaridad que siente hacia esta planta emergen, asimismo, de su aparente otredad:

Qué diferentes eran de las otras plantas, como los expansivos helechos o las palmeras. Entre más los miraba, más comprendía a los cactus. Seguramente se sentían solos en ese gran invernadero, sin la posibilidad de comunicarse siquiera entre ellos. Los cactus eran los outsiders del invernadero, outsiders que no compartían entre ellos sino el hecho de serlo y, por lo tanto, de estar a la defensiva. ʻSi yo hubiera nacido plantaʼ, reconocí para mis adentros, ʻno habría podido sino pertenecer a ese géneroʼ. (ibíd.)

Aquí la autoidentificación con los cactus coincide con el autorreconocimiento del estatus del ser excluido. Presenciamos, de esta manera, un proceso de toma de conciencia, de sucesiva autocoherencia y crecimiento individual originado y catalizado por el espacio apartado y exclusivo del invernadero, así como por la presencia olvidada de los cactus. Por consiguiente, señor Okada desarrolla una

perspectiva variada no solamente sobre su propia apariencia e identidad sino también sobre sus costumbres de actuar y relacionarse con su alrededor social:

Fue como una liberación. En ese momento dejé de preocuparme por cosas que antes me pesaban y me causaban angustia, como el hecho de no saber bailar. […] También por esas fechas dejé de propinar sonrisas hipócritas a los colegas que encontraba en el restaurante de la empresa, como había hecho durante tantos años. No era falta de amabilidad, sino simple coherencia con mi naturaleza. Y, al contrario de lo que se podía esperar, la gente no lo tomó a mal. Es más, los compañeros de oficina comentaban que últimamente me veía ʻen buena formaʼ, incluso ʻmás naturalʼ. (ibíd.: 49)

A partir de esta identificación tanto corporal como mental con los cactus, el cuento escenifica procesos de autorreconocimiento y autopertenencia indivi- duales que encuentran su punto de partida y arranque significativamente en el aislamiento, la exclusión y el ensimismamiento.

Es en el invernadero donde el protagonista se autorreconoce en su apariencia y ser diferente. Y es ahí donde comienza, no por último, su desviación expresa de normas de apariencia. Así, cumple con el implícito mensaje ético que subyace en el lema de Norbu que precede este cuento y en el cual se densifica la para- lelización de cuerpo y planta: “Nuestros cuerpos son como árboles bonsái. Ni una hojita inocente puede crecer en libertad, sin ser viciosamente suprimida, tan estrecho es nuestro ideal de apariencia” (ibíd.: 35). De esta manera, los procesos de inclusión −dándose aquí en tanto nociones de una sucesiva autopertenencia− se efectúan desde el espacio exclusivo y se conceptualizan como negociación, aceptación y exposición de lo aparentemente diferente.5 En estas reflexiones

desde el aislamiento elegido, la desviación se insinúa como vía de autoconstitu- ción. Así, el protagonista escenifica un proceso de autoconstrucción productiva de lo extraordinario.

4 “Felina” y “Hongos”: formas de inclusión desde el cuerpo

In document II. Inclusión y expresión personal (página 42-44)

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