El cuento “Ptosis” se narra en primera persona, desde la perspectiva de un fotó- grafo oftalmológico que trabaja en un hospital en París donde se ejerce sobre todo la cirugía de párpados. En el ámbito medicinal, “Ptosis” denomina la alienación defectuosa del párpado superior de uno o de los dos ojos, debido −muchas veces− a un defecto de músculos o nervios en el ojo afectado. La tarea del protagonista sin nombre consiste en tomarles fotografías a los pacientes antes y después de la operación que es prevista de mejorar el supuesto defecto físico. En el primer tercio del cuento prevalece un tono neutral y hasta frío en la voz del fotógrafo. Así, informa de manera objetiva y casi analítica sobre las diferentes razones de la intervención quirúrgica:
A pesar de lo que pueda pensarse, las cirugías de los párpados son muy frecuentes y sus razones innumerables, comenzando por los estragos de la edad, la vanidad de la gente que no soporta las marcas de vejez en el rostro; pero también los accidentes de coche, que a menudo desfiguran a los pasajeros, las explosiones, los incendios y otra serie de imprevistos: la piel de un párpado es de una delicadeza insospechada. (Nettel 2008: 14)
A pesar del distanciamiento que subyace en el tono analítico, aquí, ya se revela cierta fascinación por esta parte del cuerpo a la cual se suele aportar poca impor- tancia. Y es a partir de esta fascinación sutil que el protagonista comienza a desa- rrollar tendencias obsesivas hasta con los párpados en su alrededor cotidiano:
Cuando paseo, generalmente lo hago sin la cámara, ya sea porque se me olvida o por miedo a perderla. Confieso sin embargo que a menudo, mientras camino por la calle o los pasillos de algún edificio, siento deseos repentinos de tomar una foto, no de paisajes o puentes […] sino de párpados insólitos que de cuando en cuando detecto entre la multitud. (ibíd.: 15)
Aprendemos que aquí se conforma una percepción guiada y selectiva que orga- niza no solamente los objetos percibidos sino también el espacio en que estos aparecen.
Además, al parecer, la necesidad profesional en lo privado se convierte en deseo y ansia emocional. Así, el fotógrafo emprende la búsqueda voluntaria de lo extraño y extraordinario y es durante esta búsqueda misma que lleva a cabo procesos de idealización y proyección. En su perspectiva, el párpado, y más espe- cíficamente el párpado defectuoso, se convierte en un fetiche cuya fijación con la cámara requiere una habilidad especial:
Esta parte del cuerpo […] me resulta fascinante. Exhibida y oculta de manera intermi- tente, obliga a permanecer alerta para descubrir algo que de verdad valga la pena. El fotógrafo debe evitar parpadear al mismo tiempo que el sujeto de estudio y capturar el momento en que el ojo se cierra como una ostra juguetona. He llegado a creer que para eso se necesita una intuición especial, como la de un cazador de insectos, no creo que haya mucha diferencia entre un aleteo y un batir de pestañas. (ibíd.: 15-16)
En el proyecto de capturar y fijar lo extraordinario, la profesión se insinúa como vocación y desafío. En ello, lo deformado e incomún de la apariencia de los pacientes se produce como un hallazgo. En este sentido, no puede sorprender que frente a las operaciones que se llevan a cabo en la clínica, previstas a hacer desaparecer el presunto defecto, el protagonista adopta una actitud reservada, si no la podemos calificar de crítica:
Esa mejoría pocas veces alcanza el cien por ciento pero cambia por completo un rostro, su expresión, su gesto permanente. En apariencia los ojos quedan más equilibrados, sin embargo, cuando uno mira bien −y sobre todo cuando ha visto ya miles de rostros modificados por la misma mano−, descubre algo abominable: de algún modo, todos ellos se parecen. Es como si el doctor Ruellan imprimiera una marca distintiva en sus pacientes, un sello tenue pero inconfundible. (ibíd.: 17)
Es evidente que a partir de la mirada del fotógrafo, son las operaciones de belleza las que igualizan cualquier detalle individual formando toda una “tribu de mutantes” (ibíd.: 20) como revela paradójicamente en otro momento. Aquí las categorías de lo normal y lo incomún comienzan a difuminarse.4
4 A partir de la disolución de las categorías mencionadas el texto propone, no por último, una crítica a los procedimientos del así llamado “human enhancement” y de las ope- raciones de belleza que llevan a cabo intervenciones biotécnicas a fin de “mejorar” las condiciones y apariencias del cuerpo humano no necesariamente deformado o enfermo (véase Stammberger 2012: 194). De esta manera, parece subyacer en el cuento
La crítica hacia las prácticas de la operación finalmente adquiere un alcance privado y un carácter emocional cuando el protagonista se enamora de una de las pacientes en la clínica, es decir de su belleza extraordinaria. Confiesa: “Hubiera dado cualquier cosa por seguir mirando durante la tarde entera ese párpado pesado y al mismo tiempo frágil y habría dado el doble por que esos ojos se fijaran en mí” (ibíd.: 19). Por consiguiente, quiere convencer a la mujer, con la cual comienza una relación amorosa, de no operarse, cosa para la cual al final le faltan fuerza y coraje. Así, termina sintiéndose “[…] como si de alguna forma su escapelo [del doctor Ruellan] también me hubiera mutilado” (ibíd.: 24).
Lo que está en juego en este cuento parece ser tanto una fijación como una dinamización de la mirada. La dinamización se da en el sentido de la capacidad de ver más allá de lo común y corriente y de llegar a repensar, a través de esta mirada dinamizada, los términos de lo normal y lo deforme. Al mismo tiempo, es evidente que el fotógrafo lleva a cabo procesos de construcción y proyec- ción: en su mirada fascinada el cuerpo deforme se erige como objeto de una belleza extraordinaria y al final el cuerpo entero del enamorado se identifica con el ojo de la amada, de manera que se siente igualmente mutilado. Esta mirada tanto deformadora como renovadora, si la queremos llamar así, se multiplica a través de la cámara fotográfica y las proyecciones idealizantes se congelan de esta manera. Por consiguiente, es solo una perspectiva, la del cuerpo masculino, apa- rentemente no deformado o mutilado, la que se transporta en el texto. Ello revela un desencuentro de miradas y un doble punto ciego. Este doble punto ciego consiste en la de-presentación de la percepción corporal de la paciente, así como en su perspectiva no existente hacia el otro. Es sobre todo a partir de esta doble omisión visual que la mirada del protagonista puede llenar el espacio y concebir una apariencia propia de lo incomún. Y es a partir de este doble punto ciego que la cita de Mario Bellatin que Nettel antepone a su colección de cuentos cobra su fuerza significativa: “¿En qué consiste la belleza del monstruo?” pregunta Bella- tin y deja abierto el origen de esta belleza ambivalente al autorresponder: “En su no darse cuenta”. ¿Qué le hace bello al monstruo, entonces, el no darse cuenta de su monstruosidad o la ignorancia de su belleza? Aquí se abre un ambiguo espa- cio paratextual de proyección e imaginación que puede funcionar como mise en
abyme de la dinámica proyectiva que se desarrolla a lo largo del cuento. Es jus-
tamente la construcción visual y mental extrema, la percepción tanto proyectiva como reduccionista, que llega a poner en entredicho las categorías de lo común y lo incomún, de lo bello y lo deforme en este cuento y que ayuda a conformar un sucesivo posicionamiento exclusivo del protagonista. Así, su mirada única marca una toma de posición que desde un afuera se aplica al otro queriendo acercarse y hasta adentrarse en él.
Por lo tanto, en “Ptosis” el juego entre fijación y dinamización de la mirada (masculina) deviene la base de procesos de construcción de lo extraordinario. En estas construcciones se lleva a cabo la negociación y apropiación de diferencias aparentes y de desviaciones percibidas en la medida en que estas se idealizan. El motivo de la pertenencia como núcleo de la idea de la inclusión se moviliza a través de esta apropiación de diferencias y desviaciones que, en ello, devienen objetos de la proyección del protagonista. En este sentido, cabe subrayar que el móvil de la inclusión emerge aquí de la perspectiva del narrador – otra inversión que lleva a cabo el cuento. Lo extraordinario es lo que se quiere, se anhela y lo que, por ello, ha de conservarse. Y es lo deforme lo que el protagonista, al final, cree experimentar para sí mismo. Imaginándose como parte del cuerpo defec- tuoso y premutilado la figura principal crea una idea de pertenencia que radica, fundamentalmente, en la identificación idealizada con el otro. Aquí se evidencia también un proceso de proyección y posicionamiento que abarca ambos polos del continuo inclusivo-exclusivo.