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Sólo se ve a Bossuet en su majestad soberana tal como aparece en el lienzo de Rigaud. Si es una trivialidad recordar este retrato sun­ tuoso, se disculpa porque es, por decirlo así, necesaria: su estilo, su pompa, su esplendor han llenado para siempre nuestros ojos. O bien imaginamos al orador pronunciando algún discurso fúnebre: desde los primeros acordes, nos sentimos arrebatados a las regiones de lo sublime; el crecendo, cargado de sollozos y de lamentos, despierta en nuestra alma resonancias tan profundas que resultan dolorosas; y cuando esta música sacra termina con un himno al más allá, creemos haber oído a algún profeta de Dios, que nunca vivió más que en lo sobrehumano.

Ese Bossuet no es falso; pero supone una iluminación especial; el tiempo ha filtrado lo que no era nobleza, majestad, triunfo. Ha ha­ bido otro Bossuet: humillado, dolorido.

No es que queramos cambiar nada en la fuerte, en la admirable sencillez de su convicción profunda. Una vez para todas, apostó por lo eterno, por lo universal: quod ubique, quod semper... «La verdad venida de Dios tiene desde luego su perfección»: en esta máxima se encierra su inflexible creencia; existe una verdad, que Dios ha reve­ lado a los hombres, que está inscrita en el Evangelio, que está garan­ tizada por los milagros y que, siendo perfecta, puesto que es divina,

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es inmutable; si variara, es que no sería la verdad. El papel de la Igle­ sia es ser su custodia: «La Iglesia de Jesucristo, celosa guardiana de los dogmas que le han sido dados en depósito, no cambia nada en ellos nunca; nada disminuye; no añade nada; no suprime las cosas ne­ cesarias; no añade las superfluas. Todo su trabajo es pulimentar las cosas que se le han dado antiguamente, confirmar las que han sido explicadas de un mundo suficiente, guardar las que han sido confir­ madas y definidas...» '. A esta verdad única e inmutable tiene que conformarse el individuo: pues si a cada uno se le ocurriera tener su verdad particular, se llegaría al caos, al ilogismo, pues es evidente que sobre una misma cuestión no puede haber millones de verdades, o mil, o ciento, o diez, o dos verdades, sino una sola. «Así se entiende claramente el verdadero origen de católico y de herético. El herético es el que tiene una opinión: y esto es lo que la palabra misma signi­ fica. ¿Qué quiere decir tener una opinión? Seguir su propio pensa­ miento y su particular parecer. Pero el católico es católico: es decir, es universal; y sin tener opinión particular, sigue sin vacilar la de la Iglesia...» 2.

¡Oh Biblia, oh auerida Biblia que, en una forma un perfectamen­ te bella, tan animada, tan conmovedora, presenta a los nombres a la vez la historia de su raza y el código de sus deberes! Contiene los principios que fundan el catolicismo; ¡nterpreuda por la tradición, es la autoridad que impide ponerlos en cuestión sin cesar. Bossuet no abandona su Biblia: desde su primera juventud la amó tiernamen­ te, tiernamente la amará hasta sus últimos días. N o puede pasarse sin ella; es su alimento, es su pan. Y así como el más humilde de los cu­ ras rurales relee aún un libro de oraciones que se sabe de memoria, del mismo modo Bossuet conoce la Biblia de memoria y relee. Como los Padres de la Iglesia han explicado, confirmado, desarrollado la verdad inicial, no hay que extrañarse de verlo recurrir con tanta fre­ cuencia a ellos. Tiene la pasión de lo impreso; en cuanto se anuncia un debate, se procura todas sus piezas; la solidez de su fe no le im-

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ide informarse, por gusto y por deber. Pero entre todos los libros, >s que gusta más de consultar son los de los Padres, servidores de la Iglesia; y entre todos los Padres, san Agustín. Le Dieu, el atento secretario que ha anotado sus acciones y sus gestos lo ha observado: «Estaba de tal modo nutrido de la doctrina de san Agustín y apega­ do a sus principios, que no establecía ningún dogma, no hacía nin- * 1

1 Premier avertissements aux Protestante, 1689. Ed. Lachat, i. XV, página 184. (Cita de Vincent de Lérins.)

1 Premien instruction pastorale sur les promesses de PÉglise (1700). Ed. Lachat,

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Paul Hazarii

guna instrucción, no respondía a ninguna dificultad sino por san Agustín; encontraba en él todo... Cuando tenía que hacer un sermón a su pueblo, con su Biblia me pedía a san Agustín; cuanto tenía que combatir un error, que establecer un punto de fe, leía a san Agustín.»

Seguro de su creencia, iluminado por el recurso a los libros, Bos- suet se integra en un orden que justifica su propia existencia y el es­ fuerzo de su personalidad consiste en adherir a esa concepción del mundo, en afirmarla, en hacerla visible al espíritu de los demás hom­ bres. Sus límites no le molestan; los acepta; en el interior de su pro­ pio pensamiento, tiene perfecta holgura para organizar su vida: pues el esfuerzo de la vida no debe ser criticar siempre una regla delibe­ radamente aceptada, sino aprovechar la seguridad que da para con­ sagrarse a la caridad, a la acción. Tiene una frase admirable, que toma del libro de los Reyes: «La obediencia vale más que el sacrificio.» Se obedece; se obedece a Dios; se obedece al rey, que es el represen­ tante de Dios en la tierra: y se tiene la dulzura de obrar en el sentido mismo de Aquel que ha establecido el orden al que se adhiere y que es la Verdad y la Vida. Se está libre de la especulación, de las inquie­ tudes: del mismo modo que un escritor clásico, sometido una vez para todas a la regla de las tres unidades, que le ha parecido justa y razonable, en el interior de esta regla, al abrigo de esa regla, cons­ truye una obra maestra.

No es ascético por temperamento. Quiere y estima a Raneé: cuan­ do va a visitarlo, a la Trapa, los monjes ven a su prior y al obispo de Meaux pasearse largo tiempo juntos, consagrando a afectuosas con­ versaciones el tiempo que no dedican a la oración. Pero no se queda en el convento. Como los clásicos una vez más, en todas las cosas huye del exceso; hasta los excesos de piedad le parecen peligrosos. Intratable con los «obstinados», es compasivo con los débiles y ca­ ritativo con los pobres. Su mesa, de donde no están excluidos ni el Volnay ni el Saint-Laurent, está bien provista sin ser lujosa. Es sen­ sible a la naturaleza, a la comodidad de los jardines de Germiny, los más hermosos del mundo; al agrado de una avenida de árboles don­ de se puede leer el breviario meditando; y hasta a las corresponden­ cias que se establecen entre el aspecto de un paisaje y un corazón que se conmueve. A veces fue muy duro; y, sin embargo, muy capaz de ternura: tuvo la virtud de la amistad. En él, san Agustín hace buenas migas con san Vicente de Paúl, su maestro. N o es sólo robusto; es equilibrado.

La duda no entra ya en un alma hecha así, que no ha experimen­ tado nada que no haya justificado ante su propio tribunal y que po­ see la más clara conciencia de sus ideas, de su querer: pues Bossuet, tanto como el más exigente de los escépticos, se da cuenta exacta de la marcha de su pensamiento y de su resultado. Conversando con su

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sobrino el abate, le cuenta la pregunta que le hizo un día un mori­ bundo y de qué modo le respondió:

Un incrédulo en el lecho de muerte me mandó llamar. «Señor, me dijo, siempre os he creído hombre honrado, estoy próximo a expirar, habladme con franqueza, tengo confianza en vos, ¿qué creéis de la re­ ligiónf»

—Que es cierta y que no he tenido nunca duda alguna de ello... 3.

Sobre esta fe indestructible, no hay nada que decir. Pero en lugar de representarlo magnífico y solitario, mezclemos a Bossuet con la muchedumbre de sus contemporáneos; intentemos verlo en medio de las disputas, de los afanes y de los trabajos; tomémoslo, no en su ju­ ventud y en su gloriosa ascensión, sino en sus años de envejecimien­ to; tratemos de distinguir lo que resulta, fuera de su cuadro dorado, en plena vida, representante de una tradición atacada por todas par­ tes y, por decirlo así, abandonado por su tiempo.

* * *

El Tractatus theologico-politicus, que le ha enviado Antoine Ar- nauld y del que posee un ejemplar en su biblioteca, no es sólo un li­ bro impío, sino un libro irritante. ¡Pues qué, ese Spinoza, ese mise­ rable judío de Holanda, se da aires de superioridad porque sabe he­ breo! Decreta que no basta el latín, ni siquiera el griego: o no habla­ réis de la Biblia o conoceréis el hebreo.

Bossuet se había contentado con la Vulgata, pues ignoraba el he­ breo: esto era grave, bien se daba cuenta de ello; si quería reponder con conocimiento de causa, no parecer anticuado, retrasado y hasta un poco ridículo; si, más aún, quería obedecer a la conciencia escru­ pulosa que llevaba en sí mismo y que le dictaba su deber, tenía que volver a la escuela. Esto no es tan fácil... Trabajó. Es grato ver con el pensamiento el pequeño Concilio, bella y piadosa imagen; algunos sabios laicos, algunos sacerdotes, se reúnen regularmente; cada uno de ellos tiene en sus manos un ejemplar de la Biblia: éste Ice el texto hebreo, y éste otro el texto griego, y se consulta también a san Jeró­ nimo y a los doctores; y se comenta y se discute y Bossuet decide, y el señor abate Fleury consigna las observaciones por escrito. Con­ cilio de hombres de buena voluntad, que forman el círculo, que au­ mentan su saber y se confortan, porque presienten que la época de 1

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las grandes pruebas ha llegado. Pero el hebreo, ¿lo sabrá Bossuet al­ guna vez?

Pues bien, el Jueves Santo del año 1678, el abate Eusebe Renau- dot, que formaba parte del Concilio, somete al prelado el índice de materias de un libro que va a publicarse, la Histoire critique du Vieux

Testament, por Richard Simón. Este libro había obtenido el privile-

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'io, la aprobación de los censores, el permiso del superior general de

a Orden del Oratorio; por poco hubiera aceptado el rey su dedica­ toria, pues el padre La Chaise había prometido influir para ello. Bos­ suet da un salto: esa pretendida historia crítica es un cúmulo de im-

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úedades, un baluarte del libertinaje, hay que detenerla. A pesar de a majestad del día, consagrado a las ceremonias de la Iglesia y a la penitencia, corre a ver al canciller Michel Le Tellier; lo persuade, lo apremia, obtiene que el libro sea suspendido en su publicación.

Pero ¡qué dolor! ¡Un sacerdote, un sacerdote del Oratorio que se atreve a tratar así a la Biblia! Richard Simón, mientras viva, será para Bossuet un motivo de inquietud y de pena. Richard Simón dará vuel­ tas a su alrededor, tratará de mostrarle que no es obstinado; pero no podrá ocultar a unos ojos vigilantes la fuerza irreductible que lo im­ pulsa. Aquel hombre quería sustituir la teología con la gramática; era un malhechor.

Si se lee la segunda parte del Discours sur l'Histoire Universelle recordando que Spinoza y Richard Simón atosigan el espíritu de Bos­ suet, se comprenderá mejor, no sólo el lenguaje apasionado que ha­ bla el defensor de la ortodoxia católica, sino el verdadero carácter del libro. Expone menos que refuta; responde a argumentos que difie­ ren, por su naturaleza y por su esencia, del pensamiento específico del autor: dura tarea la de adaptar a una profesión de fe, a un prin­ cipio a priori, una justificación histórica que le imponen sus adver­ sarios y que resulta necesaria si quiere contestarles verdaderamente. Su afirmación es muy clara: como la Escritura es de origen divino, no se tiene derecho a tratarla como un texto puramente humano. Y dicho esto, para responder a los nuevos exégetas, hay que entrar en su plano, hay que considerar las perspectivas humanas. Tal es la di­ ficultad de Bossuet; tiene que explicar el modo como Moisés ha re­ cogido la historia de los siglos pasados, tiene que refutar la hipótesis según la cual Esdras es el autor del Pentateuco, tiene que abordar el texto en tanto que texto, que justificar las oscuridades, las dificulta­ des, las alteraciones que contiene. Impaciente por salir de estas «va­ nas disputas», avanza decidido: dejemos los detalles, vamos a lo esen­ cial: en todas las versiones de la Biblia se encuentran las mismas le­ yes, los mismos milagros, las mismas predicciones, la misma conti­ nuidad histórica, el mismo cuerpo de doctrina, en fin, la misma sus­ tancia: ¿qué más se quiere?; ¿qué importan algunas divergencias de

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detalle, junto a este conjunto inmutable? Según su estilo, claro y fran­ co siempre, no da vueltas a la objeción: la pone delante, y luego trata de eliminarla, con un movimiento impetuoso: «Pero en fin, y esto es lo fuerte de la objeción, ¿no hay cosas añadidas en el libro de Moi­ sés, y de dónde viene que se encuentre su muerte al final del libro que se le atribuye? ¿Qué maravilla es que los que han continuado su Historia hayan añadido su fin bienaventurado al resto de sus accio­ nes, para hacer de la totalidad un mismo cuerpo? Respecto a las otras adiciones, veamos de qué se trata. ¿Es alguna ley nueva, o alguna nue­ va ceremonia, algún dogma, algún milagro, alguna predicción? Ni se

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íense siquiera; no hay la menor sospecha ni el menor indicio de ello;

ubiera sido añadir algo a la obra de Dios: la ley lo había prohibido, y el escándalo que se hubiera intentado hubiera sido horrible. ¿De qué se trata, pues? Se habrá continuado tal vez una genealogía co­ menzada; se habrá explicado acaso un nombre de ciudad cambiado por el tiempo; con ocasión del maná de que se alimentó el pueblo durante cuarenta años, se habrá indicado el tiempo en que cesó este alimento celestial, y este hecho, escrito después en otro libro, habrá quedado anotado en el de Moisés, como un hecho consabido y pú­ blico de que era testigo todo el pueblo; cuatro o cinco observaciones de esta índole hechas por Josué o por Samuel o por algún otro pro­ feta de una antigüedad semejante, porque sólo se referían a hechos notorios y en que no había ninguna dificultad, habrán pasado natu­ ralmente al texto; y la misma tradición nos la habrá transmitido con todo el resto: ¿estará todo perdido por ello?...»

Al llegar aquí, Richard Simón sonríe y se burla. La confesión es preciosa: el señor obispo de Meaux reconoce que se han hecho adi­ ciones al libro de Moisés, reconoce que el Pentateuco ha sido altera­ do. Y, por tanto, el señor obispo de Meaux (igual que el señor Huet, obispo de Avranches), a los ojos de los teólogos resulta un spinozis- ta, que destruye enteramente la Sagrada Escritura...

A Bossuet no le gusta la ironía: «Las burlas no son del gusto de las personas decentes.» Esto no sería nada, si no sintiera que no está dicna la última palabra, que Richard Simón se envalentona de trata­ do en tratado y que «el asunto resulta muy importante para la Igle­ sia». En su vida recargada no queda ya lugar: la educación del Del­ fín, el cuidado de su diócesis, la dirección de la Iglesia de Francia, cuyo jefe moral ha llegado a ser; las herejías que nacen por todas par­ tes, la predicación, la presencia en la Corte, ¡ah, qué trabajo!; trabajo que no sólo ocupa sus días, sino también sus noches: cuando todo el Obispado duerme, se despierta, enciende su lámpara, consulta sus pa­ peles, escribe. Vamos, se trata de comprimir más aún estas múltiples tareas y defender la tradición y los Santos Padres contra Richard Si­ món: pues no hay deber más urgente. Cuando se publica la traduc­

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ción del Nuevo Testamento, le acomete un nuevo acceso de indigna­ ción: pronto, hay que detener ese libro, como había detenido la His-

toire critique du Vieux Testament. Pero han pasado veinticuatro años

desde entonces; estamos en 1702; el mismo ha pronunciado la ora­ ción fúnebre de Michel Le Tellier, que obedecía complacientemente sus órdenes en otro tiempo; hoy el canciller Pontchartrain no lo es­ cuchaba ya, le es hostil, ¡más aún!, quiere obligarlo a hacer pasar por la censura las Instrucciones que prepara contra monsieur Simón. Sin el rey, que le permaneció fiel, hubiera perdido la partida. ¡El, Bos- suet, sometido a la censura! ¡El, Bossuet, embromado por el magis­ trado! ¡El, Bossuet, hacer el papel de importuno y casi de vencido! La autoridad se le escapa, los tiempos han cambiado, los libertinos triunfan: nada podría ser más sensible a su corazón.

Con frecuencia se hace traer su gran obra, la Défense de la tra~

dition et des Saints Peres; la relee, la vuelve a coger, se pone de nue­

vo a ella: nunca la acabará. Es que tiene que añadir a su libro capí­ tulo tras capítulo, y que lucha menos contra un solo hombre que con­ tra un espíritu difuso que aprovecha toda ocasión para manifestarse. No estaba terminado el asunto de Richard Simón, cuando había sur­ gido el caso de Ellies Du Pin. Era también un sacerdote, que se mos­ traba menos obstinado, es cierto, pero cuya tranquila inconsciencia tenía un carácter muy significativo. Al publicar una voluminosa se­ lección de los autores eclesiásticos, escribía que los heréticos habían sido a veces más perspicaces y más verdaderos, en el estudio de los textos sagrados, que los católicos; y, cosa monstruosa, que puntos ca­ pitales, referentes a los sacramentos e incluso al dogma, no estaban todavía fijados en el espíritu de los Padres de la Iglesia, en el siglo III

después de Jesucristo. San Cipriano era el primero que había hablado claramente del pecado original; por primera vez había hablado el mis­ mo autor con toda amplitud de la penitencia y del poder de los sa­ cerdotes para atar y desatar; y así sucesivamente... Bossuet vela. No quiere tratar con demasiada dureza a Ellies Du Pin, que es pariente del señor Racine el poeta, y que por otra parte está dispuesto a reconocer sus errores; pero hay varias cosas que no podría sufrir: que se favorezca a los heréticos; que se debilite la tradición, primero acerca del pecado original y luego sobre otros muchos artículos; que se decida acerca ae los Santos Padres con una temeridad que los católicos no acostumbraban permitirse en otro tiempo. Las peores libertades se ponen de moda, en un siglo «tan crítico como éste...»

i'cnelon le escribe, el 23 de marzo de 1692: «Me ha entusiasmado

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