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RICHARD SIMON Y LA EXÉGESIS BÍBLICA

¿Cómo iba a perdonarse a la Sagrada Escritura? Era lógico que se llegara a examinarla, a criticarla; representaba la autoridad supre­ ma. Cuando podían ponerla en contradicción consigo mismo, los li­ bertinos eran felices. Por ejemplo: el Génesis nos enseña que Adán y Eva fueron las primeras criaturas humanas; que tuvieron dos hijos, Cain y Abel; que Caín mató a Abel; que Caín dijo a Dios: «Mi cri­ men es demasiado grande para que me sea perdonado... Por esto quienquiera que me encuentre, me matará.» Quienquiera que me en­ cuentre: luego había ya hombres, antes de Adán. Hacía mucho tiem­ po que Isaac de la Peyrére había hecho este hallazgo, y los preada- mitas se habían hecho grandes amigos de los espíritus tuertes.

Leamos el ensayo en forma de carta que dirige un maestro en ar­ tes de la Universidad de Oxford a un noble de Londres, en 169S: otro género de ataque. Todos los pueblos orientales, todos, sin ex­ ceptuar los hebreos, han tenido imaginación mítica. Así como la his­ toria de los persas, de los medos, de los asirios, no es más que un cúmulo de leyendas, de igual modo la Biblia. El Talmud contiene mi­ llones de fábulas. Los árabes han superado a los hebreos en cuestión de metáforas, comparaciones, ficciones; su Alcorán es la prueba de ello, así como sus numerosas tropas de poetas, que luego infestaron España y Provenza, con sus historias de caballeros andantes, gigan­

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tes, dragones, castillos encantados y toda la caballería... En resumen, la Sagrada Escritura is altogether mysterious, allegorical, and enigma-

tical; pertenece a esas fábulas del Oriente, que no son más que ro- mantick hypotheses... '.

Los protestantes se dedican a estudiar el texto de la palabra divi­ na, a desembarazarlo de las interpretaciones acumuladas por el tiem­ po, y encuentran que no era tan sencillo. Reprochaban a los católi­ cos su pasividad respecto a la Biblia; los católicos les reprochaban su audacia. De hecho, toda una labor de exégesis se había realizado de aquella parte, como probaban las obras de Samuel Bochart, ministro y profesor en Caen, y de Louis Capelle, ministro y profesor en Sau- mur.

Por parte de los judíos se manifestaba Spinoza, que proponía in­ terpretar la Biblia por un método semejante al que sirve para estu­ diar la naturaleza, ésta era su expresión; se ve adonde conducía. Como este método consistía en establecer primero una historia fiel de los fenómenos para llegar, partiendo de estos datos ciertos, a definicio­ nes exactas, había que empezar por conocer el hebreo; tarea excep­ cionalmente ardua, puesto que «los antiguos gramáticos hebreos no nos han dejado nada acerca de los fundamentos de esta lengua y su teoría», y que «no tenemos ni diccionario, ni gramática, ni retórica hebraicos». En segundo lugar, decía Spinoza, debemos sometemos al sentido y al espíritu de la Biblia y adaptarnos a ella, en lugar de amol­ darla a nuestros prejuicios. «La tercera condición que debe cumplir la historia de la Escritura es hacemos conocer las diversas fortunas que han podido correr los libros de los Profetas, cuyo recuerdo se Ha conservado hasta nosotros; la vida, los estudios del autor de cada libro; el papel que ha desempeñado; en qué tiempo, con qué ocasión,

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ara quién, en qué lengua ha compuesto sus escritos. Esto no basta, ay que contarnos la suerte de cada libro en particular, decirnos de qué modo ha sido recogido por vez primera, en qué manos ha caído sucesivamente, las diversas variantes que se han visto en él, quién lo ha hecho incluir entre los libros sagrados, cómo, en fin, todas estas obras... han sido reunidas en un solo cuerpo...» J.

Los mismos católicos, ¿no tenían en sus filas a Louis de Launay, el desnichador de los santos?, ¿al sabio Mabillon, hábil en criticar los textos? Incluso el abate Fleury, el autor ortodoxísimo de la Historia

eclesiástica, despoja a la vida de la Virgen y a la de los apóstoles de 1 2

1 Two Essays sent in a letter from Oxford to a Nobleman in London. The fírst con- ceming ¡orne erran about the Creation, General Flood, and the Peopling o f toe World, in two parís. The second conceming the Rite, Progress, and Destruction o f Fables and Romances. By L. P. Máster of Arts. Londres, 1695.

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las leyendas con que se las había adornado a placer: tal era el espíritu de la época.

Pero todas estas tendencias sólo se polarizaron cuando llegó un hombre que se atrevió a pronunciar palabras muy sencillas y, sin em­ bargo, decisivas, como éstas:

Los que hacen profesión de críticos no deben detenerse más que en el sentido literal de sus autores y evitar todo lo que es inútil para su propósito 3.

* »• 3-

Con Richard Simón y la publicación de su Histoire critique du

Vieux Testament, el año 1678, la crítica adquiere conciencia de su

poder.

Era un término técnico, como señalaba Richard Simón en el Pre­ facio de su obra: «Como aún no se ha publicado nada en francés so­ bre este tema, no debe extrañar que me haya servido a veces de cier­ tas expresiones que no son enteramente de uso literario. Cada arte tiene sus términos particulares y que le están consagrados, en cierto modo. Este es el sentido en que se encontrará a menudo en esta obra la palabra Crítica y otras semejantes, de las que he tenido que ser­ virme para expresarme en los términos del arte de que trataba. Ade­ más, las personas cultas están ya acostumbradas al uso de estos tér­ minos en nuestra lengua. Cuando se habla, por ejemplo, del libro que ha publicado Capelle con el título de Crítica Sacra, y de los Comen­ tarios sobre la Escritura impresos en Inglaterra con el nombre de Cri-

tici Sacri, se dice en francés la Critique de Cappelle, les Critiques d’Angleterre.»

Este arte particular, que pretende desde este momento salir del uso erudito para manifestar ante todos su poder, posee su fin en sí: establece el grado de seguridad, de autenticidad, de los textos que es­ tudia; y excluye todo lo que no es él mismo, como, por ejemplo, las consideraciones de belleza que se deba mantener, de moralidad que se deba dejar a salvo; si se aplica a algún libro sagrado, tiene que ig­ norar la teología, que no es en ningún grado asunto suyo. No debe ni atacarla ni defenderla; desde su punto de vista, no es ella quien im­ pera en el texto; ninguna autoridad puede hacer que un texto no sea exactamente lo que es. Si algún pasaje resulta contrario a un dogma y es auténtico, no es el dogma quien vale, sino el escrito. Si algún pa­ saje es necesario a un dogma y es apócrifo, ¡que caiga! Trátese de la 1

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¡liada, de la Eneida o del Pentateuco, los principios de la crítica son

los mismos; rechaza el apriorismo; desde el momento en que está en presencia de caracteres grabados en piedra o inscritos en un perga­ mino o trazados en papel, es dueña soberana, señora única de sus pro­ pias operaciones.

Se apoya en la filología, la cual, de humilde servidora, se convier­ te en reina. Lo que ha escrito Renán sobre la eminente dignidad de la filología, ha debido de aprobarlo Richard Simón, en el reino de las sombras, pues tal era su opinión. Crítico y filólogo, esto es lo que quería ser. Críticos, los cronologistas habían querido serlo antes que él; pretendían, también ellos, no conocer más que la materia de su arte, el cómputo de los tiempos; pero se habían asustado de sus pro­ pios descubrimientos. Lo que más les faltaba era la conciencia de la revolución que pretendían realizar; y de todos modos, no se habían situado en el interior mismo del texto sagrado. Crítico, lo había sido Grocio, al anotar el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero sin sufi­ ciente rigor, puesto que había infringido dos veces la ley que se ha­ bía prescrito; por una parte, había apelado a la antigüedad profana, que no tenía nada que ver aquí; y por otra parte, se había dejado guiar por sus opiniones personales: arminiano, sociniano, había es­ cogido de ordinario la mejor explicación del texto, pero a veces tam­ bién la versión que favorecía a los arminianos, a los socinianos. Crí­ tico, había sido Spinoza; y sería difícil no ver en él el predecesor di­ recto de Richard Simón, que ciertamente lo discute y lo rechaza en sus conclusiones, pero con ese matiz de respeto que se tiene por un gran maestro. «No me arguyáis que este lenguaje es del impío Spi­ noza, que niega absolutamente los milagros que se mencionan en la Escritura. Desechad es prejuicio de que algunos abusan hoy. Hay que condenar las consecuencias impías que saca Spinoza de ciertas máxi­ mas que supone; pero esas máximas no son siempre falsas en sí mis­ mas, ni deben rechazarse» \ Spinoza, inventor genial, no había sido suficientemente filólogo, y la parte constructiva de su exégesis se re­ sentía de este defecto; Spinoza había dejado que su metafísica domi­ nara su ciencia. Por vez primera, la crítica llegaba a su pureza, a su rigor autónomo, con Richard Simón. Ni la filosofía ni el dogma pe­ saban en sus decisiones; sólo importaban el manuscrito, la tinta, la escritura, los caracteres, las letras, las comas, los puntos, los acentos. La ciencia profana se negaba a reconocer la autoridad sagrada.

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Era un hombrecillo con voz de falsete, feo y que no parecía in­ teligente: «N o se puede decir de él lo que sé ha dicho de algunos otros, que la naturaleza le había escrito en la cara cartas de recomen­ dación.» La naturaleza tampoco lo había favorecido por el lado del nacimiento o de la riqueza: era hijo de un pobre herrero de Oieppe. Pero le había dado la pasión del estudio, una razón fuerte y lúcida, una voluntad indomable; y al mismo tiempo mucha flexibilidad y te­ nacidad. Estudió humanidades y filosofía en los Oratorianos de Diep- pe, siguió la inclinación natural, resolvió entrar en la Orden y fue en­ viado como becario al noviciado de París. Estuvo a punto de aban­ donar la congregación «por algunos disgustos que no pudo superar», y hubiera caído así desue sus primeros pasos si no lo hubiera vuelto a poner en camino un rico protector, el abate de La Roque, dándole los medios para volver a París y estudiar allí teología. Allí se decidió su vocación. No era apenas humanista; y absolutamente nada esco­ lástico. Al contrario, la erudición lo atraía, la menos trivial, la más difícil: se puso a estudiar hebreo.

Cuando en 1662 volvió a ¡n|resar en el Oratorio, se le permitió continuar ese estudio. Aquí se sitúa una de las anécdotas que no de­ jan nunca de ilustrar tales vidas, y que simbolizan su sentido. Sus ca­ maradas se indignaron de encontrar en su cuarto libros heréticos, como la Biblia políglota de Londres y diversas críticas de los textos sagrados: lo denunciaron. Pero ocurrió que M. Simón tenía un cóm­ plice: el director mismo de la casa, el padre Bcrtad, que todos los días leía con él los originales de la Sagrada Escritura y que, a los se­ senta años, se había hecho discípulo de aquel joven maestro. Enton­ ces M. Simón triunfó.

La época más feliz de su vida, tal vez, fue la que pasó en la bi­ blioteca de la casa de la calle de Saint-Honoré, haciendo el catálogo de los libros orientales que poseía la Congregación. Extender y pro­ fundizar sus conocimientos filológicos; ir directamente a las fuentes; tener a su alrededor, al alcance de la mano, los mejores profesores y, a decir verdad, ios únicos: ¡qué alegría de todos los instantes! Ade­ más, no se limitó a la frecuencia cotidina de los impresos, de los ma­ nuscritos: conoció personalmente a judíos rabinistas, especialmente a un Joña Salvador, con el que leyó la Biblia. En 1670 —el año que fue ordenado sacerdote— compuso, a ruego suyo, un escrito en «jue defendió la causa de los judíos de Metz, acusados de haber cometido un crimen ritual.

Si queréis navegar por el gran mar rabínico, decía, elegid un pi­ loto habituado a esta larga y difícil travesía. Duró años la travesía de ese vasto mar; no descuidó nada de lo que puede hacerla directa y segura; consultó todos los mapas y miró todas las constelaciones. Puso en tensión su voluntad; echó mano de todas sus cualidades: su

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claridad, puesto que encuentra medio de ser claro hasta en las mate­ rias más espinosas de la gramática; su buen sentido, su discernimien­ to, su canaor, su penetración, su justeza 5; recurrió a su erudición acumulada, «sobre todo a la judía»; al fin se sintió dispuesto a dar al público su Historia critica del Antiguo Testamento.

«En primer lugar, es imposible entender perfectamente los libros sacros, a menos que se sepan antes los diferentes estados en que se ha encontrado el texto de esos libros según los diferentes tiempos y lugares, y si no se está informado exactamente de todos los cambios que les han acontecido...» Inmediatamente se establecen el principio y la regla esencial de su método, los repite, insiste todo lo que pue­ de. Dice: «Estoy persuadido de que no se puede leer la Biblia con fruto si no se está previamente instruido acerca de lo que concierne a la crítica del texto.» Sobre la importancia de la filología, véase un ejemplo sorprendente: suprimid una palabra, una sola palabra, una simple conjunción, como pero, que parece no tener en sí ninguna im­ portancia, y favorecéis una herejía. El capítulo tercero del Evangelio de san Lucas empieza así: Pero el año quince del Imperio de Tibe­

rio... Lo cual presupone un relato anterior, puesto que la partícula pero, que los gramáticos llaman adversativa, señala una conexión ne­

cesaria con algo que antecede. Decid al contrario: *E l año quince del

Imperio de Tiberio...*, y dais la razón a los antiguos heréticos mar-

cionistas, que pretendieron que los dos primeros capítulos de san Lu­ cas habían sido agregados a su Evangelio. Con mayor razón el An­ tiguo Testamento, erizado de dificultades cuya existencia ni siquiera sospecha el profano, no puede abordarse más que si se poseen estas regias, si se está animado de este espíritu.

Cojamos la Biblia y tratémosla sin ninguna idea preconcebida: ¿cómo nos aparecerá? ¿Es posible considerarla como la palabra de Dios, directamente inspirada, consignada por escrito y transmitida hasta nosotros en su estado original?

Ante el examen, responde Richard Simón, es innegable que los textos sagrados presentan huellas de alteraciones, de cambios; que plantean dificultades cronológicas; que muestran, en ciertos relatos, extrañas transposiciones, que pueden afectar a capítulos enteros. Por tanto, situémonos en la época en que fueron redactados; intentemos conocer y comprender la civilización hebraica. ¿Qué eran los profe­ tas? Escribas; escribanos públicos, que tenían como función recoger fielmente las actas del Estado y conservarlas en archivos destinados a este uso. «Si estos escribanos públicos existían en la República de

s Expresiones todas de F. Spanhcim, en su Lettre a un ami, oü l’on rend compte d'un livre qui a pour titee, Historie critique du Vieux Testament, publiée a Paris en 1678 (1679).

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los hebreos desde el tiempo de Moisés, como es muy verosímil, será fácil satisfacer a todas las dificulatades que se proponen para mostrar que el Pentateuco no es de Moisés; lo cual se prueba de ordinario por el modo como está escrito, lo cual parece insinuar que alguien distinto de Moisés recogió las actas y las puso por escrito. Suponien­ do esos escribanos públicos, se les atribuirá todo lo que se refiere a la historia de esos libros, y a Moisés todo lo que pertenece a las leyes y ordenanzas: y esto es lo que la Escritura llama la ley de Moisés.» Y como estos profetas o escribanos públicos no estaban sólo encar­ gados de recoger las actas de lo que ocurría en su tiempo y ponerlas en los archivos, sino que daban a veces una forma nueva a las actas que habían sido recogidas por sus predecesores, así se explican las adi­ ciones y los cambios que se encuentran en los otros libros sagrados. Igualmente, como estos libros no son más que los resúmenes de me­ morias mucho más extensas, no hay nada extraño en que no se pue­ da establecer para la Escritura una cronología exacta y cierta. Sería ridículo, por ejemplo, no querer reconocer otros reyes de Persia que los que están indicados en la Biblia, calcular el tiempo según su su­ cesión, puesto <jue los escribanos públicos sólo hablaban de lo que concierne a los judíos, mientras que en autores profanos se encuen­ tra la indicación de otros diversos reyes y, por consiguiente, una cro­ nología mucho más extensa. Pensemos, por último, en las injurias del tiempo, en la negligencia de los copistas, y representémonos las con­ diciones materiales en que éstos escribían. «Como los ejemplares he­ breos estaban escritos en otro tiempo en pequeños rollos u nojas que se ponían unas encima de otras, y cada una de las cuales formaban un volumen, ha ocurrido que, habiéndose cambiado por azar el or­ den de esos rollos, se ha traspuesto también el orden de las cosas.»

En una palabra, Richard Simón expone sus ideas con tanta sen­ cillez aparente, con tanta energía, que los profanos, asustados prime­ ro de penetrar detrás de él en un mundo misterioso y sagrado, escu­ chan a su guía con un oído cada vez más atento: posee el arte de po­ ner en la explicación de lo concreto un aire de evidencia lógica. Por otra parte, se ha negado a hablar la lengua de los teólogos, y ha que­ rido escribir su Histoire critique en hermoso y buen francés. El latín será suficiente para algunas disputas entre exégetas: la evolución ge­ neral de los textos sagrados deben aparecer ante todas las miradas.

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Los caracteres de los grandes actores que hemos estudiado hasta aquí son relativamente sencillos: son rebeldes natos; no respiran a gusto más que en la oposición. La psicología de Richard Simón es más complicada. Sacerdote católico, no sólo se declara fiel al rigor de

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la doctrina, sino también al espíritu de la Iglesia; hasta si la Iglesia lo condena, se esfuerza por probar que se engaña y que no se tiene razón.

Pues se pretende ortodoxo. En efecto, lejos de negar la inspira­

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