Capital corporal, economías sexuales y estilos de vida sexual
II. Breve apunte sobre el conocimiento recíproco como condición del reconocimiento mutuo
Las dinámicas de interacción que rodean estos procesos de emparejamiento de las díadas sexuales, a menudo iniciadas como alguna forma de “ligue” pero formalizadas posteriormente a través de vínculos socialmente reconocibles, como “pareja”, “novio”, “compañero”, o más eufemísticamente “amigo”, se configuran de una forma enteramente congruente con este universo de prácticas y representaciones que estructura los intercambios en las economías de los dones sexuales. A diferencia de la ritualización característica de las interacciones en las economías de trueques, que anteponen las valoraciones del capital corporal y priman el lenguaje propiamente gestual acortando el lapso entre el encuentro y la práctica sexual –e incluso fusionándolo como parte de la misma práctica-, las interacciones que articulan estas economías de los dones adquieren el carácter ceremonial de un intercambio total de reconocimientos simbólicos y tienden, a diferencias de otras economías, a posponer la práctica sexual o a remitirla a espacios y condiciones de intimidad –por ejemplo, la “casa”. Sobre todo las interacciones preliminares adquieren los rasgos de un auténtico intercambio ceremonial de reconocimientos simbólicos donde la “seducción”, por la mediación de la “palabra”, configura un espacio relacional en torno a la “conversación” que se perfila no sólo como una estrategia para conocer al otro, sino más precisa y fundamentalmente para generar ese tipo de reconocimiento mutuo que caracteriza la circulación, en cierta medida solemne, de los dones sexuales al interior de la díada.
En este sentido, la posposición de la práctica sexual, que aparece en esta economía supeditada a esa relación de conocimiento y reconocimiento mutuo aun por mínima que sea, resulta particularmente estratégica para comprender la secuencia protocolaria de intercambios preliminares que habilita esa sociabilidad ceremonial altamente tipificada en códigos de interacción que configuran el
compás de espera relacional previo a la práctica sexual –desde una conversación
hasta la reiteración de citas-, y que tan determinante resulta para la formación de la pareja. La práctica sexual, en la medida en que es el resultado esperable de esta
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sociabilidad previa, aparece revestida de una significación de la que carece en otras economías sexuales, cifrando en clave de “entrega” ese primer don vinculante que, a modo de vaga polinesio, posee a los sujetos con una fuerza que los une duraderamente en un intercambio ceremonial de donaciones, entre las que se incluyen las prestaciones sexuales. Esta relación continuada de comunicación se presenta como el elemento nuclear del proceso de selección, formación y reproducción de la pareja, como el fulcro de la producción de un núcleo de obligaciones recíprocas que articula la circularidad de los dones al interior de la díada. En la medida en que se articula a partir de la comunicación verbal (“hablar”, “conversación”), la misma “palabra” se inscribe como un don más en la circulación ampliada de prestaciones dentro de la pareja.
Las interacciones que rodean estos intercambios preliminares de dones sexuales se comprenden como parte de ese proceso de personalización del compañero sexual, a menudo referido por su nombre propio (“Miguel”, “Luis”, “Alberto”), que supone desde otro punto de vista la independencia de la díada sexual respecto a la comunidad de pares que interactúa anónimamente en los mercados de trueques. Este proceso se singulariza por el carácter ceremonial que acompaña el intercambio inicial de dones (“cortejo”), es decir, por esa relación de reconocimiento mutuo que media las transacciones en el marco de este emparejamiento: “al fin y al cabo entre los hombres y
las mujeres no hay diferencia ninguna a la hora de ligar… o una mirada lo dice todo… cuando ligaba yo con chicas una mirada lo decía todo, ahora con chicos pues pasa exactamente lo mismo… te acercas, te da conversación, bueno pues entonces es que algo hay… que no te da conversación, entonces es que te has equivocado, ya está”
(Julián, 24). Como se observa en el relato que Julián elabora sobre las situaciones de “ligue”, la formidable importancia que cobra la interacción mediada por esa operación de conocimiento y reconocimiento mutuo se inscribe en un tempo particularmente punteado por la reiteración de miradas, de aproximaciones cadenciosas, de gestos de agasajo more heterosexual (“entre los hombres y las mujeres no hay diferencia”), y por tanto de una forma socialmente aceptada que contrasta con la inmediatez del sexo en el “ambiente”, difícilmente asumible para quien antepone el “amor” al “sexo”. Lo fundamental de estas interacciones, y más en sus momentos iniciales, reside justamente en ese juego de insinuaciones que, dando a entender sin desvelar (“algo hay”), se inscribe característicamente en un repertorio de prácticas que no están orientadas al rendimiento sexual inmediato, como “mirarse, bailar, seducir” en una “pista” (Jaume, 23).
A diferencia de lo que ocurre en las economías de trueques sexuales, estas interacciones se caracterizan por el papel vehicular de la comunicación verbal (“conversación”) que opera no sólo como la base a partir de la cual se obtiene cierto conocimiento de la otra persona, sino más fundamentalmente como la condición de posibilidad de cierto grado de reconocimiento mutuo ("inteligente") que aparece como requisito para el intercambio de dones, lo que Cristóbal expresa resumidamente cuando afirma que “siempre he conocido a la persona antes de acostarme con ella” o “con alguien que sea
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importante es “convencer por la palabra” (Cristóbal, 49). Como en el caso de Julián o Jaume, también para Cristóbal esta forma de relacionarse en las situaciones de “ligue” se presenta, al menos discursivamente, como una forma de sociabilidad sexual que, por la semejanza implícita con la heteronormatividad social, funciona como una potente analogía legitimadora de su homoerotismo frente a otros modos de encuentro sexual que, como en los “váteres de Atocha” o en los “cuartos oscuros”, resultan inasumibles desde la perspectiva de quien orienta su inversiones sexuales hacia las economías de dones. De una forma muy notable en los relatos de estos sujetos, las expectativas de duración depositadas en la pareja, frecuentemente relatadas en términos de “proyecto de vida en común”, son el correlato de esas devoluciones diferidas de los dones recibidos en una secuencia de entregas alternativas: “[la pareja] necesita más tiempo,
más pasos en la relación” (Maurice, 32). Por ejemplo, para Fabián ésta temporalidad a
largo plazo en la que proyecta sus relaciones de “pareja” constituye una matriz de sentidos determinantes en la definición de la díada sexual como unidad legítima de intercambio de dones: “para mí el tiempo a la hora de estar con una persona es
importante” (Fabián, 25).
Pero más que en espacios netamente de “ligue”, estas interacciones aparecen característicamente imbricadas en actividades no necesariamente sexuales (“excursión”, “cine”) o bien confinadas en espacios asociados a la intimidad de los sujetos (“casa”), forzando la separación de la díada respecto a la comunidad de pares que interactúa en zonas de cruising o en locales del “ambiente”, y reforzando así ese carácter ceremonial que tiene, como el vaga en el kula polinesio, la entrega del primer don sexual (“pasó… y ahí empezamos”): “pues yo en aquella excursión tuve más oportunidad de hablar con él,
de conocernos un poco más […] yo acababa de romper con un tío en aquel momento, y él conocía al tío ese con el que yo había roto, y me preguntaba cómo estaba… y llegó un momento en que empezamos a quedar, un día quedamos en su casa y no pasó nada, otro día quedamos en otro sitio y no pasó nada, otro día quedamos en casa de mis padres y pasó… y bueno, ahí empezamos” (Martín, 34). En otras situaciones, como en el
siguiente relato de Ismael, la pareja que surge con motivo de un encuentro “ocasional” en los lugares de ligue acaba desplazándose hacia espacios más privados, donde lo decisivo es la posibilidad de reproducir un vínculo que no está concebido para rendir exclusivamente gratificaciones sexuales inmediatas (“ir al cine”, “quedar en su casa”): “con este chico que fue pareja mía y que le conocí ahí [zona de cruising]… pues nada,
estuvimos hablando así un poco, luego nos separamos, luego nos volvimos a encontrar y estuvimos hablando… y quedamos para ir al cine, y ya a partir de ahí seguimos quedando-quedando-quedando, nos dimos el teléfono… quedamos en su casa… y seguimos quedando-quedando-quedando, y fuimos pareja durante un año” (Ismael, 33).
Es justamente en el marco de este intercambio ceremonial de dones a largo plazo donde se vuelve posible concebir una relación duradera de intercambios ampliados que se expresa como un reconocimiento del otro como totalidad, no reduciéndolo a un homo
sexualis, confiriendo así a la economía de los dones el carácter de un hecho social total
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Este marco ceremonial de interacciones constituye propiamente el escenario donde se vuelve posible el conocimiento recíproco de los actores que es la condición de posibilidad de ese reconocimiento mutuo que subyace a la circulación ampliada de dones dentro de la díada sexual. Siendo un elemento nuclear de la relación sexual, estas prácticas sostenidas de interacción operan solidariamente en el sentido de la particularización de la alteridad sexual, del compañero sexual propiamente dicho (“novio”, “pareja”, “marido”), personificándolo y diferenciándolo dentro de la comunidad anónima de pares que interactúa en los espacios de sociabilidad sexual. Ello es coherente en el marco de una economía total donde el intercambio de prestaciones sexuales es indivisible respecto al conocimiento y reconocimiento del otro como totalidad. Y en tanto el conocimiento del otro es la condición para su reconocimiento, los estilos de interlocución dentro de la “pareja”, la circulación de informaciones y en general las prácticas de comunicación se inscriben como parte integrante del conjunto de dones que circulan entre los miembros de la díada y, por ello, quedan imbricadas en sus mismas lógicas de intercambio como parte de las cosas intercambiadas. Concebidas al menos idealmente como un espacio de relaciones diádicas transparente o diáfano (“sinceridad”) que se define por oposición al “engaño” o a la “mentira”, a veces como consecuencia de “infidelidades” o “cuernos”, las prácticas comunicativas al interior de la pareja tienden a acumular a largo plazo un conjunto de informaciones no reveladas o no compartidas que generan opacidades que restringen potencialmente ese conocimiento mutuo –por ejemplo, las “dobles vidas” o las “mentiras”. Estas opacidades ponen un límite a la solidaridad y a la reciprocidad generalizada dentro de la díada, y a la vez establecen limitaciones veladas a la implicación total de la persona en la circulación de los dones, es decir, expresan las tensiones y asimetrías que se dan entre la obligada implicación de los actores en la circulación de los dones y sus aspiraciones de autodeterminación.
En una economía que funda su interés principal en la circulación ampliada de dones y en la implicación total de las personas, las estrategias de comunicación y la circulación de informaciones se inscriben en estos sistemas de intercambios totales como parte de los dones intercambiados. El ámbito relacional de la pareja aparece consistentemente descrito en los relatos de los sujetos como un espacio de interacciones que se ubica en la encrucijada entre la “sinceridad”, es decir, la transparencia total de las informaciones, y la “mentira” que, en tanto opacidad comunicativa, neutraliza potencialmente la circulación de esos dones. Tanto estas opacidades como la transparencia dentro de la pareja representan los extremos de un continuum donde se ubican los procesos comunicativos que articulan la reproducción de los dones de una forma problemática, como se aprecia en el relato de Arturo a propósito de las “infidelidades” y los “cuernos”. Si por una parte esta transparencia de las informaciones (“sinceridad”) se presenta como una demanda exigible en virtud del carácter totalizador de estos intercambios, por ejemplo cuando afirma que “yo creo que lo mejor es que siempre sea sincera desde el
primer momento”, en el plano de la práctica la díada se presenta como un espacio de
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hay una opacidad, porque estás haciendo una actividad al margen de la pareja” (Arturo,
46). Ambigüedades que no pueden más que producir difíciles tensiones a resolver en el seno de la vida en pareja.
Al inscribirse como parte de los dones intercambiados, pero también de los dispositivos de regulación de la sexualidad en su interior, la “sinceridad”, es decir, la circulación estratégica de las informaciones relevantes dentro de la pareja, aparece unida estrechamente a esa lógica ceremonial del reconocimiento mutuo: “con una persona
con la que tengo una relación estable no le voy a estar mintiendo” (Claudio, 32) o “nos contábamos las cosas normalmente” (Cristóbal, 49). Esta “sinceridad” se inscribe en el
seno de los dispositivos de regulación de las inversiones sexuales de los sujetos, donde la obtención de informaciones relevantes constituye una forma sustancial de control sobre la actividad sexual de sus miembros: “creo que me lo hubiese dicho porque había
mucha confianza, incluso si alguien le gustaba me lo decía, así como en plan ‘Este chico… [me gusta]’” (Simón, 28). Siendo esta “confianza” una condición de la confidencia en el
seno de la pareja, esta transparencia misma se interpreta en clave de las relaciones de reciprocidad generalizada a las que aspiran las economías de los dones sexuales, que cobra todo su sentido vinculante cuando se la enfrenta a las incertidumbres derivadas de las opacidades irreductibles que caracterizan este tipo de relaciones: “nunca se
puede saber a ciencia cierta porque al fin y al cabo es otra persona y yo no sé qué es lo que pudo haber hecho” (Simón, 28). En la medida en que estas economías de los dones
sexuales se anclan fuertemente en representaciones contractualistas de la práctica sexual, muchas veces el mismo contrato de la pareja es objeto prioritario de estos procesos reflexivos al interior de la díada, en dos direcciones bien diferenciadas. Por ejemplo, si para Jaume es exigible una transparencia total en la relación de pareja “cerrada”, donde lo fundamental es “que se sepa todo” (Jaume, 23), para Eduardo la relación de pareja es el proceso, dentro de un marco más experimental de relación, de un acuerdo que se va negociando sobre la marcha y que por tanto se ve sujeto a “reglas
no escritas” (Eduardo, 38).
A menudo vividos como implícitos no verbalizados aunque actuados, tanto los acuerdos dentro de la pareja como sus transgresiones entran en la esfera de estas economías sexuales de una forma no exenta de ambivalencias, como en el relato de Álvaro cuando es preguntado por una posible “infidelidad” de su novio, a lo que responde: “él en
principio dice que no… y él a mí me dice ‘Yo a ti no te pido nada, ¿eh?, tú haz lo que quieras, yo no te pido nada’… yo no tengo por qué no creerle… yo no le digo nada y hago lo que quiero, él dice que no va a hacer nada pues espero que lo cumpla… yo no voy a tener palabra, joder(risa)” (Álvaro, 37). Las inversiones sexuales de los sujetos fuera de
la pareja aparecen como el objeto central de un control o vigilancia que problematiza justamente la circulación de las informaciones dentro de la díada. Así, el ámbito de la pareja se presenta como un campo de información asimétrica donde ese conocimiento parcial que se ofrece al otro y que se obtiene parcialmente de él responde a menudo a estrategias individuales frente a la regulación totalizadora de la pareja (“celos”), en la medida en que la revelación de ciertas informaciones, como las que atañen a una “relación fuera de la pareja”, comprometerían la reproducción ampliada de los dones en
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su interior: “yo soy de los que creo que la fidelidad es una cuestión que entre dos
hombres es muy difícil de prometer o de llevar, pero yo creo que cuando hay una relación de amistad o una relación de, digamos, de pareja, si tú haces algo fuera de esa pareja mejor no contarlo ni decirlo, creo… es a lo mejor hipócrita pero es así, porque lo que tú no sabes daña menos, o corroe menos una amistad, entonces si uno tiene una relación fuera de la amistad, o fuera de la pareja, mejor callarse y si llega alguna vez a descubrirse pues...” (Emilio, 53). En definitiva, estas ambigüedades en las relaciones de
comunicación dentro de la pareja no hacen más que mostrar de otra forma las contradicciones y asimetrías a las que tienden tan característicamente estas economías de los dones sexuales.
Hasta aquí la descripción y el análisis de estas economías de los dones sexuales. A lo largo de este capítulo se han considerado estas economías como sistemas de intercambios totales y más o menos duraderos entre personas que se conocen y reconocen mutuamente como totalidades. En la medida en que los intercambios se centralizan en torno a una díada sexual en la que circula sexo por amor, es decir, por conocimiento y reconocimiento mutuo, las economías de los dones sexuales configuran circuitos de prestaciones y contraprestaciones que trascienden la naturaleza puramente sexual de las cosas dadas y recibidas. En consecuencia, las prestaciones sexuales no pueden desligarse del dispositivo de regulación de la díada sexual (amor/celos) que, al generar la obligación de rivalizar en las muestras de generosidad con el otro, y al centralizar la circulación de dones en su interior, tiende a reproducir más o menos duraderamente un vínculo totalizante alrededor de esa díada. De este modo, la centralidad de la díada sexual no puede comprenderse al margen de ese principio de individuación y singularidad que subyace al reconocimiento de las alteridades sexuales que la conforman pues, distinguiéndose sexualmente de la comunidad de pares, configuran en su imbricación recíproca un núcleo de relaciones duraderas de intercambio total entre actores totales.
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6. Los mercados sexuales con moneda: los intercambios
agonales y el antagonismo sexual
Singularizados en el campo de estas economías sexuales por el antagonismo sexual que caracteriza las posiciones de los actores que participan en ellos, los mercados sexuales con moneda constituyen en el ámbito de estas economías sistemas de