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La formación y formalización de los mercados del trueque sexual

Capital corporal, economías sexuales y estilos de vida sexual

I. La formación y formalización de los mercados del trueque sexual

describir en detalle los sistemas de intercambio característicos de estas economías de trueques sexuales de cara a un análisis del vínculo sexual al que dan lugar (III). Por último, dedicamos algunas páginas a las formas de “ligue” y, en general, a las prácticas de interacción sexual que articulan estos intercambios (IV).

I. La formación y formalización de los mercados del trueque

sexual

Las economías de trueques sexuales configuran un campo de intercambios sexuales relativamente autónomo, organizado a partir de un sistema de preferencias e inversiones sexuales que se articula según el principio de equivalencia entre capitales corporales: poniendo en relación a agentes movidos por un interés preferentemente sexual se impone como regla hacer valer el propio capital corporal por su valor de cambio, tanto como cambiarlo por su valor equivalente. La forma actual de esta economía sexual, con sus prácticas y representaciones propias, con sus regulaciones y regularidades, se entiende mejor como el producto histórico de un proceso de autonomización gradual de un campo de socialización y sociabilidad sexual que se ha ido erigiendo en el contexto local como un referente cultural conocido y reconocible del homoerotismo. No pudiendo

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ser desligada de un proceso social más amplio de reconocimiento público de la diversidad sexual que es parcialmente el resultado más plausible del activismo LGTB, la conformación histórica de los mercados del trueque sexual ha tenido y tiene un efecto determinante en la subjetivación de los deseos homoeróticos de estos sujetos41. Aquí nos interesa particularmente en la medida en que este proceso de autonomización de un campo de intercambios sexuales es revelador del grado en el que las trayectorias sexuales de los actores experimentan variaciones biográficas significativas en relación con la emergencia histórica de una economía institucionalizada de trueques sexuales –en el contexto madrileño, desde la sociedad represiva del franquismo hasta la consolidación del “ambiente” a mediados de los años noventa en torno a una red de locales comerciales en el barrio de Chueca.

Sobre todo en los hombres de más edad el relato biográfico de sus experiencias sexuales aparece determinado por la confrontación temprana con una sociedad fuertemente homófoba, en un ambiente cultural que puede calificarse de represivo, donde la

discreción en materia de sexualidad delimitaba el escenario más perentorio de las

experiencias homoeróticas; este escenario contrasta fuertemente con el contexto actual en el que la generación más joven socializa su experiencia sexual. La memoria colectiva de la generación mayor remite a un pasado relativamente reciente marcado por trayectorias sexuales de marginalidad y clandestinidad ligadas a la estigmatización social de su homoerotismo. De una forma consistente, esta generación comparte una narrativa común sobre el contexto sociohistórico de su iniciación sexual en clave de “época de represión, de prohibiciones… buscándote muchísimo la vida y completamente

diferente a lo que existe hoy en día” (Cristóbal, 49), o “sobre todo en esa época, cuando estaba Franco… existía la Ley de Vagos y Maleantes42, y era peligroso… nada comparable a lo de ahora” (Pascual, 51).

Al recordar en la situación de entrevista etnográfica su entrada en los lugares de ligue del Madrid de finales de los años setenta, José María es elocuente respecto a los tópicos generacionales que articulan la descripción de la sociedad de la época: “la represión era

tremenda… los acomodadores [del cine Carretas] venían así enchufándote con la linterna, y yo he visto sacar a gente de allí a hostias, plas-plas… porque iban enchufando así y aquel que se había descuidado y le encontraban con la bragueta abierta o que

41 Véase Villaamil (2004).

42 La Ley de Vagos y Maleantes, conocida popularmente como La Gandula, fue aprobada en 1933

bajo el gobierno de la CEDA con el consenso de todos los partidos parlamentarios de la II República (Gaceta de Madrid nº 217, de 5/8/1933), y modificada posteriormente por el franquismo en julio de 1954 para incluir y reprimir severamente a los homosexuales (BOE nº 198, de 17/7/1954). Pero fue la Ley sobre peligrosidad y rehabilitación social la que convirtió finalmente a “los que realicen actos de homosexualidad” en “elementos antisociales”, estableciendo penas de cinco años de internamiento en cárceles o centros psiquiátricos para la "rehabilitación" de los individuos (BOE nº 187, de 6/8/1970). Aunque sin aplicación desde 1979 para los homosexuales (BOE nº 10, de 11/1/1979), esta ley no sería derogada completamente hasta el 23 de noviembre de 1995 (BOE nº 281, de 24/11/1995).

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estaba empalmado o así puesto algo… o sea, que había que tener mucho cuidado” (José

María, 64). Puede decirse que es una descripción compartida por la generación mayor de hombres, que tematiza una violencia homofóbica que en mayor o menor grado permeaba el conjunto de las relaciones cotidianas, desde el insulto (“maricón”) hasta la representación, como en las “redadas”, de un orden legal que persigue cualquier disidencia respecto a la heteronormatividad vernácula, haciendo justamente del homoerotismo un auténtico casus belli con efectos determinantes en la experiencia sexual de estos sujetos: “te insultaban, ‘maricón’ […] había unas palizas y unas redadas y

unas cosas monstruosas […] [el bar] la Bubú ya existía antes de la muerte de Franco, que venía la policía a cargar… con furgonetas, entraban y los cogían a todos… entonces cogían a muchos, y a muchos los metían detrás del mostrador, allí para protegerlos, para que no los cogiera la policía… pero claro, entraban y se los llevaban a todos” (José María,

64).

Aun cuando en estos relatos se imbrican a menudo experiencias vicarias, en tercera persona, su mera circulación de boca en boca ya es expresiva de todo un imaginario característicamente señalado por esta subordinación sexual: “y luego otro me contó que

él había estado en una especie de campo de concentración que había en Huelva… me dijo que había otro en Burgos… y que les ponían electrodos y que era espantoso… los trataban como locos, como degenerados… les ponían electrodos y les daban… les ponían un tratamiento, yo no sé de qué sería” (José María, 64). Instituciones de reclusión,

psiquiatrización, internamiento, persecución policial son los extremos de un control social que cotidianamente se reproduce a través de medios diferidos y por tanto más sutiles (por ejemplo, a través de la acción deíctica del insulto), configurando el escenario hostil frente al cual los sujetos producen espacios de habitabilidad de su homoerotismo, como el “armario”43. Y como prolongación de ese “armario” los encuentros sexuales se dispersan por una red de espacios que, aún en este momento histórico, más que propios son apropiados provisionalmente en los pliegues de las ambigüedades de las prácticas públicas: “ligando por la calle, en el campo y corriendo mucho peligro, era muy

consciente de lo que yo me jugaba” (José María, 64), o “antes parques, jardines y cines era lo único que tenías… los famosos cines que había en la época […] las whiskerías […] y clubs muy raros y muy extraños, eran muy mixtos… una bar regentado por una puta”

(Cristóbal, 49), o “iba a un local de homosexuales, muy discreto, se llamaba el Rey

Fernando, que ni siquiera era exclusivo de homosexuales… pero era frecuentado por muchos homosexuales” (Alfonso, 52).

En un escenario sexual definido en clave de dominación heteronormativa, esta estigmatización del homoerotismo obliga al repliegue del deseo sexual en el mundo interior de la persona y, al inscribir esa práctica sexual en una liminalidad estratégica entre las dimensiones públicas y privadas de la acción social (la “discreción”, “buscarse la vida”, “tener mucho cuidado”, “dobles vidas”), la sociabilidad homoerótica constituye en el orden de la ocupación del espacio una

43 Para un análisis más detallado sobre las implicaciones del “armario”, consúltese la obra de

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sociedad de intercambios sexuales sin mercados formalizados –“eran muy mixtos” o “no era exclusivo de homosexuales”. La atomización de la experiencia sexual, característica bajo condiciones de fuerte estigmatización, se expresa en el mapa homoerótico de la ciudad singularizándolo por esa dispersión de las zonas de ligue que contrasta tanto con la posterior concentración geográfica de una red comercial de locales de sexo en torno al barrio de Chueca. Habiendo iniciado sus experiencias homoeróticas en una época anterior a la institucionalización de la sociabilidad gay en el espacio simbólico y material de la ciudad, es decir, en un momento histórico previo a la constitución de un campo sexual relativamente autónomo de intercambios homoeróticos, en los relatos de la generación mayor encontramos narraciones en primera persona de los efectos que esta transformación histórica del campo sexual del homoerotismo tuvo en las trayectorias sexuales de estos sujetos. De este modo, la emergencia de “Chueca” en el contexto local es la manifestación más evidente de esta diferenciación y especialización gradual de los mercados sexuales que, en el orden de las cohortes generacionales, delimitan un hiato temporal nítido que diferencia las condiciones sociales que subyacen a las trayectorias y a las disposiciones sexuales de la generación de más edad respecto a la más joven.

De cara a esta descripción de los mercados del trueque sexual nos interesa resaltar justamente esa transformación desde una economía sexual sin mercados formalizados, donde los espacios de intercambio se inscriben en una continuidad respecto al conjunto del tejido urbano (parques, baños, polígonos, locales mixtos), hasta la constitución de una red articulada e integrada de espacios que define un escenario de sociabilidad homoerótica conocido y reconocido, y por tanto diferenciado en el contexto de la ciudad: el “barrio de Chueca”. En los relatos de la generación mayor este proceso de diferenciación e institucionalización de la economía del trueque sexual encuentra su punto de inflexión en el período histórico de la “Transición”, con el telón de fondo de la “Movida” como su expresión social y cultural más auténtica, inscribiéndose positivamente como un verdadero leit motiv del imaginario que envuelve las referencias de los actores a las transformaciones de la economía política de las sexualidades en el contexto madrileño de la época. Asociado normalmente a los valores hasta cierto punto idealizados de la sociedad democrática y del desarrollo capitalista, empieza a acuñarse un nuevo vocabulario y un nuevo horizonte de aspiraciones colectivas para los sujetos que coincide, no arbitrariamente, con la emergencia de un nuevo espacio de sociabilidad en torno al barrio de Chueca, lo que Villaamil ha calificado como una “primera oleada de cambio”44 ligada a la aparición de un incipiente activismo LGTB en el clima de movilización política y social que caracterizó la época.

44 Véase Villaamil (2004).

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Con todo, lo que podríamos denominar como un proto-ambiente se presenta todavía como una red débil, poco articulada de espacios que, entre la informalidad y la clandestinidad comparten en ese momento aún la estigmatización del homoerotismo: “los cuartos oscuros en Madrid existen desde hace mucho tiempo, pues prácticamente

desde que empezó la democracia, empezó a haber bares con cuartos oscuros… por aquel entonces eran bares ocultos, desconocidos por la población en general, siempre entrando con un timbre, siempre muy cerrados, muy vigilados… era cuando la Transición… había pues como cinco o seis bares, todos de tocar el timbre, todos con cuarto oscuro, y todos de entrar con gafas de sol, de uno en uno… sabes cómo te digo… ahora hay muchos más” (Eduardo, 38). En el momento actual podemos apreciar una

situación semejante en los relatos de aquellos sujetos que, a propósito de este proceso de diferenciación de los mercados sexuales, relatan situaciones estructuralmente análogas de indiferenciación de los mercados homoeróticos en sus sociedades de origen, como Samir (Túnez), Ovidio y Edgar (Perú), Christian y Norberto (Colombia) o Manuel, que se manifiesta en estos términos: “en Argentina no hay sitios gays

específicamente, pero los gays pueden ir a cualquier sitio” (Manuel, 36).

La configuración del campo sexual guarda allí una relación de homología estructural con la situación que estamos describiendo para el Madrid de la “Transición”, en vías de una diferenciación de los mercados sexuales que discurre paralelamente a la emergencia de una “comunidad gay” donde se vuelve posible la socialización de los deseos sexuales en clave homoerótica. Es el caso por ejemplo de Samir cuando describe los lugares de ligue de su ciudad natal en Túnez, que correspondería en nuestro análisis a un momento anterior a la diferenciación de los mercados sexuales del homoerotismo. Las prácticas homoeróticas se inscriben allí en códigos de interacción basados en el ambigüedad y la discreción (“sólo con la mirada tú puedes saber”) que se despliegan en lugares de encuentro sexual al margen del orden regular de las prácticas comunes (zonas turísticas en las villes nouvelles), espacios física y simbólicamente extraordinarios donde se deja en suspenso la norma sexual que rige para la generalidad al estar poblados de categorías excepcionales de sujetos (turistas extranjeros), y en cuyos intersticios afloran interacciones donde se vuelve posible, aunque precariamente, una sociabilidad gay igualmente marcada por su carácter de excepcionalidad respecto al contexto general: “en Túnez no hay locales como aquí en España, por ejemplo como Chueca, como Sitges,

como Barcelona, como en Valencia… aquí hay muchísimas discotecas de ambiente de gays… allí no, allí tienes hamman pero... […] si, hay hamman, hay también zona de cócteles donde se anda mucho con extranjeros y también hay caferías gays, hay dos o tres cafeterías gays nada más” (Samir, 37).

En los términos de nuestro análisis la constitución histórica de unos mercados sexuales relativamente autónomos y diferenciados tiene repercusiones claras en las trayectorias sexuales de los sujetos, y particularmente en la determinación de sus experiencias homoeróticas. Desde esta perspectiva histórica la calificada como “segunda ola de activismo”45, señalada por la aparición del sida con rasgos

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epidémicos en el colectivo, acabará consolidando a lo largo de los años noventa un espacio de normalización sexual del homoerotismo (el “ambiente”, “Chueca”) que se va definiendo por la centralización de los referentes culturales y sexuales de una comunidad gay local en vías de su pleno reconocimiento público. Se trata por tanto de la institucionalización de un espacio de habitabilidad colectiva del homoerotismo en el que se imbrican las dinámicas propias de una producción socializada de estilos de vida sexual y masculinidades diversificadas que se inserta positivamente en las dinámicas mundiales del activismo LGTB –algo que cabría encuadrar, por otra parte, en el marco del difusionismo cultural anglosajón.

Esta diferenciación e institucionalización gradual de las economías del trueque sexual en el seno de las relaciones homoeróticas, partiendo de un contexto de fuerte homofobia, acaba consolidándose en torno a una red comercial de “locales de ambiente” que podemos interpretar como una estrategia socializada de habitabilidad de la estigmatización homoerótica, como la producción de contextos “más seguros” que se van definiendo paulatinamente por oposición a los espacios públicos, como parques y calles, que siendo el escenario de la heteronormatividad social exponen más directamente las relaciones homoeróticas al escrutinio público y a la represión policial: “pues como en aquella época todavía estaba la Ley de Peligrosidad Social y toda una

serie de cosas, pues te exponías en cualquier sitio a ser detenido… entonces, claro, que hubiera saunas, y hubiera bares y espacios más seguros y tal, pues estuvo muy bien, claro” (Alfonso, 52). Se aprecia en el relato de Alfonso, compartido por los hombres de

esa generación, la oportunidad que este “ambiente” supuso para inscribir las prácticas homoeróticas en un espacio de normalización sexual y, por ende, de visibilidad social (“liberación”, “descubrimiento”, “hombres normales”), que empieza a contrastar cada vez más con una situación que va definiéndose ya como pasado: “hombre, fue una

liberación porque… porque era algo que yo pensaba que no existía… a mí al principio me pareció, claro, te estoy hablando de aquel momento… a mí me pareció algo… claro, un gran descubrimiento… ves que había un espacio, y mucha gente como yo… cuando yo un poco pensaba que era casi… casi… el único, en el sentido de cómo yo me sentía… porque claro, yo quizá en ese momento el concepto que yo tenía de homosexuales era pues los homosexuales que conocemos todos de la calle… o sea, el típico travesti… o el típico degenerado y tal… entonces yo con eso no me sentía identificado para nada… o sea, absolutamente para nada… era algo que estaba ahí, pero que yo no me identificaba… entonces yo lo que no sabía era que podía haber hombres… con aspecto de hombres normales y corrientes… y que le gustaran los hombres… entonces eso fue un gran descubrimiento” (Alfonso, 52). Sobre todo en los hombres de esta generación se aprecia,

retrospectivamente, el parte-aguas que esta eclosión de espacios centralizados en torno al barrio de Chueca supuso en el desarrollo de sus trayectorias sexuales: “ahora ya lo ves

mucho más normal, entiéndeme, porque hoy en día tú vas por la calle y no te dicen nada, en los 94, 95, 96 y 97 tú ibas con alguien por la calle y te llamaban maricón de mierda, y eso hace tres días que nos hemos puesto la etiqueta de demócratas […] yo es que me hubiese encantado en mi época poder haber encontrado gente de mi edad, que tardé mucho en encontrarla […] ahora es que no tienen que hacerlo a escondidas” (Cristóbal,

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La institucionalización de estos mercados sexuales da carta de naturaleza a una forma de sociabilidad homoerótica constituida hasta entonces en los pliegues y ambigüedades del espacio público. Esta formalización de las economías del trueque sexual sitúa a los sujetos ante un escenario novedoso que viene a superar una etapa previa sin mercados formalizados, y es en este sentido deudora de las diversas estrategias acumuladas por las generaciones pasadas para reproducir históricamente este comercio de prestaciones sexuales entre hombres –por ejemplo, el ligue en parques o en “locales mixtos”, espacios de una liminalidad social donde era posible la habitabilidad del estigma. Al ofrecer una nueva organización del campo sexual del homoerotismo, la visibilidad social de estos lugares de encuentro en torno a una red comercial de locales permite actualmente, sobre todo en la generación más joven, inscribir las experiencias sexuales de los sujetos en contextos de sociabilidad que ofrecen una posibilidad de superar situaciones previas de aislamiento en el marco de la heteronormatividad vernácula, ocupando un espacio central como instituciones de socialización y sociabilidad homoerótica. El proceso histórico de institucionalización de estos mercados, al ser una causa y a la vez un efecto de cambios más profundos en el campo sexual, y particularmente en las relaciones sociales de parentesco, se presenta como la condición social de posibilidad de una economía de prácticas y representaciones sexuales que, sin establecer una relación de completa continuidad con los valores heteronormativos, tampoco llega a provocar una discontinuidad con ellos.

Sobre todo en la generación más joven se aprecia nítidamente el efecto de ruptura con la doxa sexual que produce la inmersión de los sujetos en estos espacios de sociabilidad homoerótica, a menudo expresado en unos términos que remiten a una experiencia de auténtico choque cultural: “había oído hablar de homosexualidad pero para mí era

algo… o sea, como muy lejano… lo típico que te llaman maricón, o lo que sea… cuando ves a los niños, o a la gente que te dice… o sea, no que me lo dijeran a mí, pero… como un insulto… pero no me imaginaba que había el mundo que veo hoy en día… o sea, no sabía que había gays, no sabía nada… entonces para mí era algo nuevo… no sabía ni que eran cuartos oscuros… ni que era una sauna… ni que era… pues no sé, discotecas solamente para chicos… para mí eso era algo… como una novedad” (Jorge, 31). Al