N
o sé cuánto tiempo permanecí dormido o semiinconsciente en aquel asiento de aquel viejo vagón de tren, ni siquiera sé si pasaron horas o días enteros; pero al abrir los ojos vi que algo en el entorno de allí fuera había cambiado, que los marrones y ocres habían dejado paso a un extraño blanco luminoso que lo cubría todo, !era nieve! comprendí entusiasmado, - !Ha nevado!- me volví para gritarles a mis compañeros de viaje in- cluso a sabiendas que ni se inmutarían; aún no les había dirigido la palabra desde que subí al tren. Pero al girarme me di cuenta que allí no había nadie, que estaba yo solo en todo el vagón. ¿Habría parado el tren mientras yo dormía y se habrían bajado todos? o ¿acaso estarían en otra estancia? No lo sabía pero tampoco me importaba mucho, su ausencia me proporcionaba un extraño alivio mientras una brizna de espe- ranza se apoderaba de mi ser. En otro tiempo hubiese hecho una expedición por aquel misterioso tren de idas y venidas, de gente ausente y carente de significado, pero esta vez preferí abandonarme a la nueva contemplación del paisaje.Ahora el tren parecía volar por parajes ne- vados, me ofrecía imágenes que ya no es- taba acostumbrado a contemplar. Seguramente bajo el manto de nieve se-
guían aguardando los marrones y ocres que cubrían la vegetación infértil, pero sólo el hecho de tener otro aspecto le infería be- lleza natural. Debía haber pasado muchas horas desde la nevada, pues el pico de la montaña presentaba ya un extraño deshielo que me asombraba y desconcertaba, pues ante mí seguía habiendo nieve, mucha nieve, tanta que apetecía bajar y juguetear en ella. Jugar... Suspiré, como cuando era niño, como cuando mi vida era mía propia; hacía tanto tiempo que esa simple palabra abandonada no regresaba a mi mente, que casi me sorprendió el hecho de pensar en ella. Sí, me gustaba mucho jugar antaño. Seguía inmerso en esos pensamientos in- fantiles, en los juegos inocentes, en las mi- radas ilusionadas, en las estrellas fugaces de las noches de verano durmiendo al raso de un cielo estrellado, cuando atisbé debajo de los picos de la montaña un verde lumi- noso que me deslumbró por completo. ¿A dónde me llevaría ese tren? ¿Y si al final no me hubiese equivocado?, ¿y si el instinto de supervivencia hubiese obrado acertadamente? De repente una mano he- lada sobre mi hombro me sobresalta, y al girarme le vi a él... R
Historia y Literatura
Pensar mientras caminas...
Ruth Carlino*
L
os hay que, dada su inmadurez, no co- nocen el significado que conlleva ejer- cer una dedicación. Piensan que están por encima de los demás hasta el punto de creerse invencibles. Han conseguido uncargo y se desequilibran. Se estiran. Se co- rrompen. Piensan que más que un servicio es algo que pueden usar a su favor para po- sicionarse, humillar, cerrar, controlar, amor- dazar, eliminar voluntades, dominar, cambiar e innovar a su antojo. Piden expli- caciones sin dar ninguna.
Entre todos la mataron...
Los componentes del grupo no les interesan. Se gustan a sí mismos, se piropean, se besan, presumen. Para algunos, cuando se
le da un cargo, lo celebran como si fuese un regalo de reyes que les trae poder para ges- tionar las vidas ajenas hasta el punto de me- terse en sus conversaciones, su trabajo, su familia, su vivienda, sus cuentas bancarias. O más que una carga, un trabajo, una dispo- sición hacia los demás, los hay que lo disfru- tan como si fuese el premio gordo de la lotería, y no digo que haya que estar amar- gado, no, el Señor da alegría para cumplir su voluntad pero, estos concargos de los que hablo, sacan pecho y se envanecen. Pierden la espiritualidad en favor de lo carnal. No dan su brazo a torcer y hacen daño. No sir- ven con amor sino con egoísmo. Por causa de perder lo que creen que es suyo forman un clan que aísla a los otros, los aparta, los desprecia. Se vuelven sordos y parlanchines. Pierden el respeto. Se quedan ciegos y aún así mandan a manotazos. Con esta actitud demuestran que no han sido elegidos por Dios sino por ellos mismos o por algún ami- guete con vistas a sacar tajada.
Ineptos e inmaduros se han vendido a la carne. Les es grato dominar, pero a los con- cargo no se les debe subir el ministerio a la cabeza ni bajársele a los pies, el cargo debe sostenerse un poco más abajo de las cade- ras, en las rodillas, pues ser mensajeros de Jesús no proporciona ningún privilegio, nin- gún fundamento de honra o poder. Dietrichi Bonhoeffer, El precio de la Gracia, el segui- miento.
¡Ahhh!, una persona "Concargo". R
Historia y Literatura
*Escritora y parte de la Junta de ADECE (Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos). PROTESTANTE DIGITAL
Isabel Pavón*
UN CONCARGO
Pierden la espiritualidad en favor de lo carnal. No dan su brazo a torcer y hacen daño. No sirven con amor sino con egoísmo.
Con un poder absoluto hasta a un burro le resulta fácil gobernar. Lord John Acton
La mirada del Maniquí / Oiluj Samall Zeid (flickr / CC BY-NC-ND 2.0)
L
levo el libreto de la obra en las manos. Estoy pasando mi texto, mientras paseo camino de la sala de teatro, donde esa tarde, representamos por última vez “El loco de los balcones”. Tengo que re- citar las líneas de Vargas Llosa en calles tran- quilas, donde los viandantes no me distraigan de la labor. Dejo atrás la Catedral, por los bulevares que conducen al jardín bo- tánico y me pongo a la tarea de recordar. Hay una luz crepuscular, una temperatura primaveral inesperada, un silencio algo que- brado por la alegría de la poca gente que me encuentro; todo parece calmado y feliz… pienso en la tarea realizada, antes de que mi cerebro me juegue una mala pasada. Queremos vivir aceleradamente y olvidar lo malo, que pase la tarde, la noche, la ma- ñana…, que la luz y la temperatura sean siempre perfectas y que nuestro cuerpo no sufra embestidas ni padecimientos, sin pen- sar que a veces, es inevitable.Comienzo la tarea nemotécnica… es un constructor, en todo el sentido de la pala- bra, le gusta ganar dinero, pero se lo gana trabajando…esa frase que siempre se me resiste…y aquella otra, que requiere de una réplica rápida, ¿cómo era? ah, sí…no te des- moralices Ileana, así no se ganan las gue- rras… no bien salen esas palabras de mi boca, cuando pienso que en ese mismo lugar, hace un año, le mandé un mensaje a
cido. Y ella me contestaba inmediatamente para desearme suerte en la representación.
Chinillevaba entonces sólo dos meses de tratamiento. Le acababan de descubrir un tumor y se enfrentaba a meses de visitas al hospital, controles médicos, analíticas, re- poso, dolor y sentimientos encontrados sobre el futuro.
He seguido caminando, pero con cien kilos de más sobre mis huesos. Hace tres días, me habían dicho que a Chinile había apa- recido líquido en el estómago, y no pintaba bien. He pensado que tenía que mandarle un mensaje, para decirle que estaba con ella, que su fuerza, su capacidad de supera- ción, su coraje, estaban plenamente acredi- tados después de aquel año horrible y que no podía, no debía, no se iba a desmoralizar, porque allí tenía a su familia, nos tenía a todos para recordarle lo maravillosa, lo ne- cesaria, lo especial que era.
Sin saberlo, ese pensamiento mío, en aque- lla avenida donde los edificios administrati-
Historia y Literatura
LA VENTANA
INDISCRETA
De Nightingale
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