-Tú tienes ia obligación de compartir la cama con tu Marido... Es la ley y la iglesia quienes lo mandan.
- Pues a mí me gustaría ver a la ley y a la iglesia con todos sus sacerdotes en los apuros en que me mete el salvaje de mi marido cada que se le pone, para que pudieran opinar con justa razón; así de lejos cualquiera lo hace.
- Al ver que la platica iba a estar larga y sin solución del caso, el juez de Navolato pidió a la quejosa que al día siguiente volviera pero en compañía de su marido, pues quería comprobar con sus ojos los atributos físicos que según la señora poseía aquel afortunado, pero que para la señora, más que atributos, eran defectos.
Puntuales llegaron al día siguiente marido y mujer y la reunión inició contándose con la presencia de un médico, en quien se confió el dictamen de decir si aquel individuo tenía sus medidas dentro de los rangos normales o si por el contrario, era como su esposa decía, un fenómeno..
- ¿ Para que soy bueno?
- Preguntó aquel hombre cuya presencia física no era como para asustar a nadie.
- Mi mujer dice que usted me quiere ver, estoy a sus órdenes.
- Don Belem le informó rápidamente que su esposa lo quería dejar por no aguantarlo durante el acto sex;n», al que era tan aficionado.
- Para saber a ciencia cierta si tu señora dice la verdad o sólo es un pretexto para dejarte, debes permitir que el médico te vea lo que tu ya sabes y tome una decisión final.
- Pues si dudan de mí -intervino la señora- yo quiero estar presente no vaya a ser la de malas.
- Para no hacérselas muy cansada -continúo el abogado- les diré que el médico procedió muy profesional, - examinando escrupulosamente a aquel amigo que se dejó hacer, quitándose por completo la ropa modesta que llevaba, sentándose en un pequeño taburete. Con sus
JUSTICIA CON SENTIDO COMÚN
manos correctamente enguantadas procedió a medir aquel órgano sexual masculino ante la irritada mirada de la señora quien a duras penas se contuvo pero no pudo más, cuando el médico le dijo a don Belem, ignorándola por completo.
- No hay nada anormal don Belem.
- Dijo el doctor, quitándose ceremoniosamente los guantes.
- Son sólo siete pulgadas que en una erección puede llegar a ocho, pero nada anormal.
-Ya ve señora.
-Trata de medirla en el problema que ya vislumbraba. - Es más el escándalo que usted hace...
- ¡Que escándalo ni que nada!.
- Explota aquella pobre dama navolatense, así cualquiera se lo mide a éste C. Mídanselo como yo, noche tras noche y verán si es normal el C...
- Los dejó hablando solos. Ni se despidió al día siguiente que se largó a su pueblo natal Escuinapa de donde se la trajo el bárbaro éste...
LA DE LA PISTOLA
Entre las anécdotas debemos consignar “la de la pistola”, que escuchamos así de uno de los historiadores del Juez Menos y Síndico de Navolato:
Resulta que un amigo querido de don Belem, compadre por añadidura, era de esos típicos personajes campiranos que gustan de las armas y traerlas fajadas a la cintura y, como tenía con urgencia que viajar a la capital del país, insistió ante el Síndico para que lo otorgara un permiso para portar armas de fuego.
El apuro subió de volumen en las vísperas de su salida a la ciudad de México, pues en la capital, llena de peligros, cómo iba andar desarmado. Además pues que caray, había que echar estilo y hacerle honor a la fama de “machos empistolados” que por aquel entonces gozaban los de Sinaloa.
El compadre, que por cierto se llamaba Pedro, enfadó tanto que con sus insistencia en el permiso para portar armas en la capital, que Belem terminó por complacerlo, dictando a su secretario, un señor llamado Roberto Rubio, en papel membretado de la Sindicatura, un memorándum que a la letra decía así:
“Yo J. Belem Torres, Síndico de Navolato, autorizo a mi compadre para que porte arma en toda la República y fuera de ella”.
Al recibir el documento, Pedro salió muy contento de La Sindicatura y días después partió rumbo a México llevando en su cartera lo que consideraba un valioso documento: el permiso extendido por su compadre.
Ya en la capital Pedro asombrado recorría las amplias avenidas, sus calles llenas de transeúntes y admiraba con verdadero entusiasmo los grandes edificios. Precisamente cuando veía con encanto el famoso edificio de la
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Latinoamericana, por aquel entonces el más grande de la gigantesca metrópoli, ubicado en San Juan de Letrán y avenida Juárez, el provinciano sintió una pesada mano que lo tomó por los hombros.
Eran dos tipos malencachados, cara de malos y tejana de lado, quienes al momento que le esculcaban la cintura, por encima de la chamarra de Pedro, con voz que denotaba su estado etílico le preguntaron:
¿Trai permiso pa’ portar arma?.
Pedro, visiblemente nervioso por el temor que imponían los dos tipos, típicos policías de la secreta capitalina, de inmediato echo la mano al bolsillo de su chamarra y sacó el memorándum expedido por el Síndico de Navolato y lo entregó a los “polis”.
“El guardián del orden público” dio rápida ojeada al documento y luego de repasarla espetó a Pedro:
“Aquí este permiso vale madre, amigo, acompáñeme a la delegación":
Ya más dueño de la situación, el provinciano pidió una tregua a los policías: ¡Espérenme un momento, y a la vez que se alisaba la chamarra y dejaba ver que sólo llevaba la funda, sin el arma, porque nomás vengo a tantear, ya conozco lo mentiroso que es mi compadre Belem!.