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Cómo se manifiesta en las aulas

In document La Inteligencia Que Aprende (página 57-60)

La activación de la energía

1.2. Cómo se manifiesta en las aulas

¿Cómo se manifiesta un buen nivel ejecutivo de activación? ¿Qué debe- mos esperar? ¿Qué debemos fomentar? La activación es una función básica biológicamente enraizada que produce distintas experiencias conscientes y distintos tipos de comportamientos observables. Como hemos indicado,

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se manifiesta en un sentimiento de vitalidad, es decir, de disfrute de una energía tranquila que se distingue bien de la excitación. El estado de alerta, de estar despierto, de responder con rapidez es otro componente. A un nivel superior podemos señalar la facilidad para el entusiasmo, para comprome- terse con la tarea. Son alumnos que dosifican bien su energía, lo que les permite trabajar con un buen ritmo. Desde hace muchos años sabemos que cada persona alcanza su mejor desempeño en un estado de activación de- terminado. Unos responden mejor cuando están tranquilos, y otros cuando están sometidos a presión (ley de Yerkes-Dobson). Cada uno debe conocer mejor cuál es su situación óptima y buscarla.

Un estudiante con buen control de su actividad mental aprende más eficazmente, porque puede establecer de tres a cinco relaciones entre un nuevo dato y lo que ya conoce. Así, logra que las nuevas entradas sean más significativas, conexas e interesantes. La mente pasiva no puede evitar aburrirse. Para ella la enseñanza es algo sin sentido en relación a su vida: todo es inconexo, la información le roza superficialmente sin RESONAR con nada. Hay que ayudarle a que sus procesos de pensamiento suban de revo- luciones en clase, enseñarle a preguntarse: ¿Cómo se relaciona esto con lo otro? ¿Cómo cambia mi manera de pensar? ¿Qué otras cosas me recuerda? Los padres y profesores deben fomentar esta actividad mental.

En un nivel aún más complejo, hay alumnos que muestran una perso- nalidad proactiva, es decir, que se enfrentan a los problemas, que toman iniciativas, que no son dependientes, que no necesitan ser continuamente estimulados. Y otros, en cambio, necesitan depender de otro, de motivacio- nes ajenas, de instrucciones continuas. Es evidente que una actitud activa es más conveniente para el alumno.

Para definir cuál es el estado óptimo de activación, Robert Thayer utiliza dos factores: energía/cansancio y calma/tensión, lo que da origen a cuatro posibilidades:

C

APÍTULO

PRIMER

O

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StateS of energy and levelS of StreSS

energía Cansancio Calma Energía tranquila Cansancio en calma Energía tensa Cansancio tenso tensión

Considera que el estado ideal es el de «energía tranquila». Y los docentes debemos fomentarlo.

¿Cómo se manifiesta un déficit en la función activadora? Vamos a seña-

lar solo dos problemas. El primero tiene que ver con el control del estado de alerta. Un muchacho decía: «El cerebro se me queda sin combustible y

no puedo terminar ningún trabajo; por ejemplo, cuando intento hacer esos malditos ejercicios de matemáticas, enseguida me quedo seco. Es como si a la mente se le acabaran las pilas o algo así». Los niños que tienen dificul- tades para mantenerse alerta no llegan a casa y anuncian a sus padres «Me cuesta muchísimo mantener el nivel necesario de atención en clase». Lo que suelen decir es «La escuela es un rollo». Hay niños a los que resulta agotador concentrarse. Muchos de ellos reaccionan a la fatiga mental cayendo en la hiperactividad. Mel Levine cuenta la historia de Ginny, una niña de once años. En clase tenía que moverse continuamente. Cuando los investigadores le preguntaron por qué lo hacía, dio una respuesta muy curiosa: «Es que necesito moverme, porque si no se me duerme el cerebro». Muchos niños suelen luchar contra esta caída, sustituyendo energía mental por energía física. Niños que parecen perezosos, en realidad tienen dificultades para generar y mantener el esfuerzo mental necesario. La escasez de sueño es un gran obstáculo para la activación correcta.

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La segunda dificultad tiene que ver con el control del esfuerzo mental.

Muchos niños tienen dificultad para iniciar las tareas o para mantener el esfuerzo. Se distraen con facilidad. Controlan muy mal su estado de vigilia. Un niño dice: «Tengo un cerebro muy bueno, lo que pasa es que veces tiene apagones. Me siento en clase y todo va muy bien; pienso y trabajo como debo. Pero entonces, ¡zas!, otro apagón; y puede durar segundos, minutos, horas o días. ¡Vete a saber cuándo volverá la luz!».

Hay también problemas por una excesiva activación. Carlos tiene más energía que los otros niños (es unos meses mayor), quiere participar siempre, le gusta todo; pero no entrega los trabajos a tiempo, olvida cosas importantes, no com- prende lo que es prioritario, comienza tantas cosas que no puede terminarlas.

Subiremos un nivel. De los actos aislados pasamos a la personalidad. Las personalidades pasivas son reactivas, esperan que los demás tomen las deci- siones y resuelvan los problemas. Una de las causas de la pasividad –y también de la depresión– puede ser la impotencia aprendida. Es un sentimiento crónico de no sentirse capaz de enfrentarse a una situación, y el convencimiento de que haga lo que haga los efectos serán negativos. Eso provoca una situación de pasividad o retirada. Puede desaprenderse, pero no hay que pensar que el niño puede controlar la situación a voluntad. El problema es que ha perdido el control. Se aprende por modelos parentales negligentes o negativos. Si sus cuidadores padecen indefensión aprendida es más probable que el niño la apren- da. También pueden influir experiencias traumáticas, siempre que se vivan como pérdida de control. La sobreprotección puede igualmente provocarla. Cuando el niño es protegido del fracaso excesivamente, puede desarrollar un intenso miedo hacia él. La impotencia aprendida es más probable en aquellos individuos que atribuyen sus fracasos a un defecto de carácter que a un fallo por falta de esfuerzo. Esta creencia puede funcionar como una autoprofecía que se cumple. Sin embargo, hay otro sesgo posible también distorsionado. La de aquellos que culpan de todo a los demás. En ambos casos, lo común es la falta de control. Los métodos educativos más eficaces consisten en recuperar la experiencia de eficacia y control, y en cambiar las creencias básicas que están fomentando la impotencia aprendida.

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