La lectura'
En esta fase del crecimiento espiritual, una lectura espiritual es de fundamental importancia. Por lectura espiritual se entiende la lectura de textos que están impregnados del Espíritu Santo y mueven a la persona hacia Dios, la unen a El, la hacen cristo- forme, refuerzan un razonamiento espiritual y ali- mentan el gusto espiritual. Por eso se aconsejan textos de los grandes padres y
madres espirituales de la rica tradición de la Iglesia. Como esta lectura puede no resultar sencilla para quien no ha sido introducido en ella, se puede iniciar con autores que saben usar bien a los autores espirituales, haciéndolos alimento accesible para el hombre de hoy.
El texto se lee con atención a lo que dice el autor, de modo que nazca un diálogo con él. Com-
I Spidlík, T., Manuale fondamentale di spiritualitá, Casale Monferrato 1993,
421-424- prendiendo lo que dice el autor, se ve lo que yo ya conozco de esto, lo que he
experimentado, y se trata de entrar de manera dialógica en una visión en la que las realidades
se corresponden, se relacionan y crecen orgánicamente. De la misma manera, párrafo tras párrafo, hay que poner de relieve lo que es nuevo o diferente para mí. Conviene leer un texto más veces, hasta que lo absorba y asimile nuestra mentalidad, que cambia a causa de esta asimilación. Se debería llegar también a alguna opción concreta: qué sugiere este texto a mi experiencia, qué podría
comenzar a experimentar, probar, tanto en el pensamiento como en la acción. Es útil
preguntarse: ¿cómo ilumina esta lectura lo que hasta ahora he experimentado?, ¿cómo me ayuda a leer mi historia de modo sapiencial? ¿Cómo obliga a mi pensamiento a abrirse, a considerar otras realidades, otros puntos de vista, a descubrir otros nexos, otras
correspondencias, y cuál de estos
pensamientos podría ser el mío, y yo podría tratar de incluirlo en mi pensamiento?
Otros textos muy importantes son las vidas de los santos. Hoy nos quedamos perplejos ante ciertos relatos que evidentemente no tienen ningún criterio de veracidad histórica. Pero las antiguas historias de los santos estaban escritas según las categorías de su tiempo, también para alimentar una imaginación espiritual. La persona es creativa sólo si tiene imaginación y con los ejemplos de los santos se alimenta la imaginación espiritual y se desarrolla cierta creatividad. Muchas imágenes, muchos episodios, muchas escenas de los santos sirven para dar una inspiración a quien lee.
Sólo dentro de ese principio dialógico, inspi- rador, creativo, se puede entender de modo co- rrecto también la imitación de los santos. San Cirilo, apóstol de los eslavos, se ha inspirado en su deseo de hacer hablar al Evangelio en una nueva cultura en san Gregorio Nacianceno, que había escogido como patrono suyo. A menudo ha sido la amistad con un santo el modo en que alguno se ha inspirado después, ha tratado de caminar con él, de seguir sus huellas, ha estado en un clima de diálogo y de oración con él. Paralelamente, el moralismo moderno ha insistido en la imitación de los santos en sentido directo, formal; ése es un camino que mal entendido corre el riesgo de la despersonalización y de toda una serie de patologías psicológicas y espirituales.
Las anécdotas y las leyendas, la multitud de imágenes de santos en diversas circunstancias con las que los antiguos gustaban de rellenar los relatos espirituales, servía para favorecer la inspiración espiritual. Pero el moralismo de los siglos pasados subrayaba la imitación de los santos. La invitación a imitar todas estas anécdotas y ricas imágenes se convertía en un peligroso juego psicológico y ha suscitado una violenta reacción contra un cristianismo moralista y voluntarista. En época más reciente, racionalista y positivista, por desgracia hemos quitado de las historias de los santos las partes de los episodios, de las leyendas, y se ha reducido todo al seco resultado de la aplicación del método histórico
crítico, resultando que los relatos hagiográficos se han hecho casi ilegibles e inútiles. Pero hoy que nos encontramos sin imaginación espiritual, se siente la fuerte urgencia de tener ante los ojos no sólo teorías y pensamientos abstractos, sino un estilo de vida, episodios, imágenes, inspiraciones con los que nuestra imaginación creativa pueda dialogar y crear. . En nuestros días, generaciones enteras se nutren sólo de una
imaginación televisiva, por tanto
prevalentemente sensorial, sensual y carnal. Más aún, las generaciones más jóvenes están expuestas a la cultura invasora de la imagen virtual, y la cultura digital crea todo un paradigma basado en la imaginación que hace que la sensualidad y la sen- sorialidad sean mucho más intensas y totales que la clásicamente televisiva. Esto corre el riesgo de ahogar una verdadera y saboreada vida espiritual y causa la crisis de las vocaciones, tanto matrimoniales como sacerdotales y religiosas, puesto que los jóvenes difícilmente eligen un camino que no ven que se viva de un modo que les convenza del valor de la elección. Sólo los genios llegan a crear sin una confrontación imaginativa. Pero, algo todavía más grave puede suceder, y está ya suce- diendo: que una potente imaginación sensual -por una especie de «ley del péndulo» por la que a una tendencia unilateral le sigue otra exactamente contraria- promueva una reacción religiosa idealista, abstracta, desencarnada, etérea. Las vidas de los santos, junto a esta modalidad de servir de referencia no en el sentido imitativo formal, sino más bien a la manera «inspirativa», contribuirían a hacer personas capaces de crear de nuevo.
Además es muy peligrosa una espiritualidad alejada de los santos como personas vivientes. Es perjudicial para la vida espiritual un enfoque teórico que da la precedencia a las ciencias humanas en vez de a la vida realizada en la santidad. Las ciencias sólo pueden servir de ayuda para agotar en todas sus dimensiones la repercusión de esas fi guras .
La amistad con un santo es una de las realidades que más favorece el crecimiento en un camino auténticamente radical. El hombre escoge las amistades según el acuerdo que siente con las personas. Por ejemplo, un marido que no es fiel a su mujer, difícilmente elegirá sus amigos entre hombres fieles y entusiastas de la vida familiar; preferirá más bien personas que tengan una actitud pa- recida a la suya, para conseguir de ellos apoyo y aceptación. Se puede intuir entonces la importancia que tiene en la vida espiritual una red de amistades con personas con las que se está de acuerdo en la comunidad eclesial, pero sobre todo en la Iglesia glorificada. Y si los santos son las per sonas que han vivido la caridad, podemos imaginar la ayuda que podrán ofrecer a quien es su amigo y les invoca.
El coloquio36
Para desenmascarar las intrigas del enemigo que se disfraza de ángel de luz y trata de entrar en nuestro mundo espiritual, para desviarnos desde dentro y llevarnos a vivir de nuevo como pecadores, es muy útil tener un coloquio regular con una persona espiritual. Es preferible elegir una persona muy adentrada en la gran tradición espiritual cristiana, que sepa no sólo algunas cosas en el ámbito teórico y pedagógico, sino que posea también los contenidos y sobre todo conozca el verdadero camino de la vida en Cristo y de las trampas que tiende el enemigo.
No se trata de tener una persona con quien confiarse como entre amigos o en la que buscar incluso consuelo. Se trata de buscar una persona que nos ponga radicalmente ante el Señor, que tenga en el corazón un solo deseo, el de servir al Señor y fomentar en las personas que escucha la obra que el Espíritu Santo está ya cumpliendo. El padre espiritual es el que mira cómo se realiza en las personas la salvación y cómo pueden abrirse más esas personas a la redención y servir a Cristo, para que su redención pueda penetrar en el mundo. En estos coloquios no se hacen averiguaciones sobre el pasado, sobre los padres, etc., sino que se trata de desvelar los propios pensamientos, propósitos, proyectos y deseos, de hablar de la oración, de lo que sucede en la oración, de cómo actúa, porque es ahí donde el enemigo tiende sus insidias.
Los verdaderos coloquios espirituales son una medicina preventiva. Al padre espiritual no le in teresa mucho de dónde se viene, porque sabe que todos provenimos del pecado. A él le interesa dónde andamos, cuáles son nuestras aspiraciones, qué ideas seguimos, qué pensamientos consideramos más inspirados, etc. Desvelando a una persona es- piritual nuestros proyectos, nuestras inspiraciones, se pone un auténtico filtro, o sea, una especie de discernimiento, en que los pensamientos movidos por el tentador se descoloran, pierden fuerza. Quizá, antes del coloquio, durante semanas se presentaba un pensamiento con mucha insistencia in- flamando el corazón, encendiendo el celo, y, después de haber hablado con el padre espiritual, no tiene ya ninguna fuerza, ningún poder. A menudo los padres espirituales filtran estos pensamientos con la indiferencia espiritual con la que escuchan. Efectivamente, si un pensamiento es nuestro y nos agarramos mucho a él pero el padre espiritual no se muestra interesado, sino que, al contrario, pasa por encima, fácilmente nos sentimos mal. Eso quiere decir que en nuestra misma reacción se descubre su verdadera naturaleza. Es importante en estos coloquios expresar también las relaciones que se viven, no para
363 Doroteo de Gaza, «Insegnamenti spirituali, 5.66», op. cit., IIO-III; EESS 17, 2,2 y
326; Hauskerr, I., «Direction spirituelle en Orient autrefois», OCA 144 (1955), 2I2ss.; Spidlík, T., «La direzione spiri- tuale nell'Oriente cristiano», en Centro Aletti (ed.), In colloquio, Roma 1995. H-54; Rupnik, M. I., En el fuego de la zarza ardiente,
PPG, Madrid 1998.
hacer inadecuados análisis, sino para poner a la luz del sol los influjos y condicionamientos que se dan a través de ellas, para comprender mejor la acción tanto del espíritu bueno como del tentador.
La memoria de la obra de Dios37
Como ya se ha indicado, diferentes autores espirituales sugieren que se mantenga viva la memoria de lo que Cristo ha operado en nosotros, que se tenga continuamente la memoria en el hecho fundante, en el éxodo de la muerte. Como para el pueblo elegido el éxodo se ha convertido en la piedra miliar de su historia y como para la Iglesia la Pascua es el acontecimiento fundante de la salvación, celebrado en cada acto cristiano, así el cris- tiano crece recordando qué aspecto ha asumido para él el acontecimiento fundante, o sea, cuándo y de qué manera el Espíritu Santo le ha comunicado el misterio pascual como su salvación personal. En la primera parte he indicado una especie de perithos como memoria viviente del perdón. Un ulterior desarrollo connatural de este penthos es la contemplación del Rostro del Salvador. La me- moria de los beneficios realizados por Dios en mí y de las gracias recibidas supone mirar constantemente el Rostro de Aquel que se ha inclinado sobre mí, que me ha llamado de la muerte, que me ha perdonado el pecado y que lo ha asumido. Es la contemplación del santo Rostro como memoria perenne de los beneficios. Los Padres decían que se llega a ser lo que se contempla. Para quien ha vivido conscientemente el acontecimiento fundante, o sea la pascua del Señor, como salvación de su vida, la memoria de Cristo no es difícil, las líneas y los rasgos de su Rostro son cada vez más explícitos. El pensamiento de quien pone su atención en el Rostro del Salvador es un pensamiento siempre vivo, atento, que logra pensar para la vida, porque contempla la vida. Es un pensamiento que atiende a la persona, porque contempla la persona, y por eso no puede crear ni pensar de modo despersonalizador, separado de la vida. Así la persona camina segura, porque el enemigo no la encuentra perezosa, distraída, dispersa. La oración en esta segunda fase del discernimiento es ya un ejercicio de la memoria de Dios, el ejercicio de invocar el nombre del Señor lo más frecuentemente posible, es recorrer de nuevo los fragmentos espirituales leídos, repetir una palabra de la Escritura, consciente de que está llena del Espíritu Santo. La oración se simplifica, se desvincula de los efectos inmediatos, psicológicos y toma las connotaciones de una relación cada vez más madura. En momentos fuertes como los retiros, los ejercicios espirituales o al ritmo de una vez por sema na, por ejemplo, la persona hace una oración más
37 Véase la nota 3 del capítulo I de esta segunda parte. Además, EESS 230-237 y Sieben, H.J., Mnémé Theou, DSX, 1980, col. 1407-1414.
ordenada, recorriendo de nuevo la estructura de
igi oración presentada en la primera parte. Se
trata de un ejercicio extremadamente
importante para llegar a un cuidadoso examen de oración y, por consiguiente, para poder ser capaz de ver el desarrollo y el proceso de los pensamientos y de los sentimientos.
Cuando he hablado de las tentaciones del enemigo, he dicho a menudo que hay que observar si el pensamiento y el sentimiento bajan de calidad espiritual. Entonces, sólo una oración con un examen final me ofrece un instrumento para verifi car el estado de los pensamientos y de los sentimientos. Para esto conviene tener un cuaderno en el que se anoten las cosas esenciales que maduran en la oración y en la relación con Dios.
La Iglesia38
Un escollo duro para el tentador es la integración del cristiano en la Iglesia. En el corazón de la Iglesia está Cristo, reconocido y celebrado por la Iglesia como el Señor que se da, que nos salva y nos lleva al Padre. En la Iglesia, todo acto confluye en la liturgia, en el culto de nuestro Señor, verdadero Dios y verdadero hombre. En este culto, toda la humanidad se abre a lo divino en Cristo. En El, el amor absoluto y tripersonal de Dios se abre a la humanidad. En la Iglesia, por medio de Cristo, la Trinidad desciende entre los hombres y en Cristo la humanidad adquiere la forma filial, y por tanto fraterna, que puede volver al cielo como comunión, como imagen de la misma Trinidad. Este misterio del éxtasis de Dios hacia el hombre en la Iglesia es celebrado en la santa liturgia con la que rendimos culto a nuestro Dios y vivimos al mismo tiempo nuestro éxtasis hacia Él. Por este motivo, la liturgia tiene una dimensión transtemporal que alcanza directamente a Cristo, con el cual ella se comunica. Por eso, la liturgia debe ser capaz de presentar y comunicar en su lenguaje la objetividad de los dogmas cristológicos que conservan la verdad de Cristo. Pero, al mismo tiempo, la liturgia tiene una dimensión temporal, cultural, sellada por la historia humana. Cuando en la liturgia prevalece un cierto subjetivismo, se demuestra la debilidad de la fe, porque el principio subjetivo prevalece sobre el eclesial que tiene por fundamento, objeto y fin la objetividad de Cristo. En esta segunda etapa de la maduración espiritual se comprende que lo que cuenta en la liturgia es el Cristo divino- humano que allí se celebra, que no pue de ser organizada de modo subjetivo, según los gustos y las inclinaciones de los fieles, porque así podría ser minada la realeza objetiva de Cristo que allí se manifiesta y se nos
38 EESS 352; Staniloaé, D., II genio deü'ortodoxia, trad. italiana, Milán 1986, 79- 125; Taft, R. F., Oltre VOriente e ¡'Occidente. Pero una tradizione litúrgica viva,
Roma I999> 259"28l e id., La liturgia delle ore in Oriente e in Occidente, Roma
200I, 435-442.
comunica, que nosotros celebramos y a la cual nos entregamos. El cristiano comienza así a recomponer de modo maduro la siempre difícil relación entre eterno y temporal» entre objetivo y subjetivo. Esta actitud comienza también a caracterizar la relación con la Igle- sia como tal. Se da siempre menos espacio al deseo subjetivo de crear una Iglesia a la propia imagen, según nuestros gustos, pero se empieza a sentir respecto a la Iglesia el mismo gusto que se experimenta en la mayor madurez litúrgica. Como si en cierto modo se superase un enfoque prevalentemente psicológico y sociológico. La verdadera dimensión teológica de la eclesialidad ya no es una cosa teórica, sino experiencial, y entonces uno se siente parte de la Iglesia tal como la encuentra, con determinadas personas, que pueden gustar o no, con tradiciones concretas, etc. Se comienza a sentir con la Iglesia.
Nuestra experiencia de la Iglesia comienza con el bautismo. Se experimenta que se ha sido engendrado por la comunidad eclesial, dado a luz a una vida nueva, y esto determina un nuevo modo de sentir la Iglesia y de sentirse parte de la Iglesia. Las dificultades que las dimensiones cultural, histórica y humana de la Iglesia pueden hacer vivir, son causa de. sufrimiento, de un dolor que cada vez más frecuentemente se abre al misterio pascual. Una mirada realista nos acompaña. Y
en este realismo divino-humano,
transtemporal e histórico, de la santidad y del pecado, de la perfección y de los errores, el cristiano lleva a cumplimiento su misterio pascual, que se convierte así en un filtro infalible de verificación de las eventuales tentaciones del enemigo. Los pensamientos que llevan fuera de este realismo eclesial, que no lo consideran o que lo evitan, son reconocidos inmediatamente como una trampa.
La desolación educativa39
Entre los diversos pasos que atraviesa una persona espiritual al seguir a Cristo, es importante subrayar la desolación educativa. La desolación educativa -así la llama Diadoco- es un momento en que el Señor retira del corazón humano el efecto sensible de la gracia. En realidad la gracia permanece en la persona, pero se esconde su luz, su calor. El Señor permite que una cierta tristeza envuelva al alma y llegue la hora de la tentación. El alma está sin consuelo, sin fervor, desolada y experimenta una gran dificultad para cada paso espiritual: es el momento en que la oración es difícil, la memoria de Dios lejana, los recuerdos no se consiguen reevocar, no se puede leer la Sagrada Escritura, los santos se sienten ausentes. De la Iglesia se ven sobre
39 Diadoco, «Definizioni, 86, 90», op. cit.; Vita e detti deipadri del deserto, op. cit., I, p. 85, n. 5; Máximo el Confesor, «Sulla caritá. II Centuria, 67^, op. cit.; Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos: La vita, la dottrina, gli scritti, trad. italiana, op. cit., 202ss.
todo las cosas que no van y se nos presentan delante todos los obstáculos. Nos parece que el Señor nos ha abandonado, pero no es así. La presencia de la gracia está ahí, la mira da benigna del amor de Dios vela sobre nosotros, nada nos podrá golpear, herir, hacer daño, ofen-
der, si no perdemos la cabeza y
permanecemos en una situación de paciencia invocando el nombre del Señor, sin hacer caso
a las insidias del enemigo y a los
pensamientos que nacen en la aflicción.
Conviene tener firme la regla de que en la tristeza, en la aflicción, en la desolación, el enemigo siembra sus pensamientos, y por eso no hay que darles crédito. Más bien hay que estar sordos a todo lo que surge del alma y