3.1.- Orígenes. La fuente de los Caños del Peral.
“Desde tiempo inmemorial había en la bajada de la calle de los Caños unas fuentes públicas abundantes, en la parte que es hoy plaza de Isabel II, pero más cercanas a la casa, actualmente en derribo, en que tantos años estuvo la imprenta de Dubrull. Consta por documentos del Archivo Municipal que en 1541 se hicieron reparos en dichas fuentes, que ya se llamaban entonces de los Caños del Peral, quizá por haber allí algún árbol de esta clase, y porque el agua salía por varios caños, que en 1656 eran cinco” [Cotarelo, 1917: 34].
De nuevo fue Cotarelo quien indicó con precisión los datos fundamentales de la historia del nuevo teatro de los Trufaldines, pero lo hizo con algunas imprecisiones y errores, como tendremos ocasión de ver14.
Es posible que las fuentes estuvieran en aquel lugar desde mucho tiempo atrás, pero su utilización como fuente pública comienza a estar documentada en el año 1263, en que el rey Alfonso X otorga a la Villa de Madrid un privilegio por el que se le concede un solar que había sido baños [AVM, Secretaría, 2-305-7].
El origen de los Caños del Peral, por tanto parece estar en los antiguos baños árabes. Esto explicaría el que hubiera no sólo unos caños, sino unas canalizaciones y un edificio que recibía a través de ellas el agua de la fuente. Los baños siguieron funcionando durante
siglos, alimentados por el abundante caudal, y en 1830 Pascual Madoz los reseñaba como los más importantes de Madrid.
La fuente, separada ya del edificio de los baños, fue una de las principales de Madrid durante siglos. Estaba situada en una plazuela cercana al Monasterio de la Encarnación, en una zona de barrancos y cuestas que bajaban hacia el Manzanares al este del Alcázar que se conocía como “Puerta de Balnadú”,. debido a la puerta de la muralla árabe que se encontraba en aquel lugar. Toda la zona “fue durante el medievo un barranco crado principalmente por el arroyo del arenal, actual calle del mismo nombre, formado junto a pendientes que confluían en él una vaguada que continuaba hacia la actual Plaza de Oriente. [...] Hasta la instalación de la Corte en la Villa, la situación de la fuente no está muy clara, la documentación es escasa y siempre aparece la fuente en un segundo plano y con diferentes denominaciones. Se sabe que toda la zona norte cercana al Segundo Recinto de la ciudad contenía un gran número de manantiales y fuentes naturales junto con el caude del arroyo del Arenal. Todo este potencial acuífero fue aprovechado por industrias que precisaban de este elemento para su actividad: tenerías, lavaderos, etc. [López Marcos y otros, 1992: 17].
Escribe Mª Isabel Gea que la plazuela de los Caños del Peral “estaba entre las desaparecidas calles de San Bartolomé, Tintes, Subida de los Caños y Juego de la Pelota. Según el profesor Montero Vallejo, en el siglo XIV este lugar era conocido como “a las fuentes” o “afueras de la puerta de Balnadú”, y consistía –según Fernando Terán- en “una honda y quebrada extensión aprovechada al principio para cereal [...], y con algún huerto; las múltiples corrientes que la surcaban –“hontanillas”- concedieron denominación al lugar. Así, en el siglo XV se conoció la zona como el Barranco de Hontanillas”. Cuando se formó la plaza tomó el nombre Caños del Peral por la fuente así denominada y sus diecisiete pilas de lavar que se encontraba situada a la derecha de la plaza, según se baja por la calle del Arenal” [Gea Ortigas, 2003: 59].
Las referencias a la imprenta de Dubrull que hace Cotarelo son hoy día tan arcanas como la Puerta de Balnadú y los propios caños, pero, efectivamente, la fuente y su entorno debieron de estar situadas en la confluencia de la calle que hoy se llama de los Caños del Peral con la calle del Arenal, en la zona norte de la Plaza de Isabel II, extendiéndose hacia
el Monasterio de la Encarnación por lo que hoy en día es el lateral del Teatro Real y la calle de Arriaza.
El plano de Texeira, publicado en 1656, reproduce esta plazuela y la fuente con sus cinco caños.
5. Los alrededores del Alcázar según el plano de Pedro Texeira (1656)
Después de tantos años de surtir de agua a los madrileños, la fuente de los Caños del Peral desapareció cuando se allanaron los terrenos de los alrededores de Palacio para abrir las plazas de Oriente y de Isabel II, que flanquean por el este y el oeste el Teatro Real, heredero de aquel lavadero que se convirtió en Teatro de los Caños. Pero, por alguna razón, al hacer la obra no se destruyó la fuente. Quedó bajo el nivel de la plaza de Isabel II. Al
hacer las obras del ferrocarril metropolitano se la volvió a descubrir y, al parecer, sigue intacta, bajo tierra, y desconocida para casi todos los madrileños. “Durante las obras de remodelación de la estación de Ópera del Metropolitano de Madrid, se hallaron en el subsuelo de la Plaza de Isabel II unas estructuras que en un primer momento se identificaron como parte de un lienzo del Segundo Recinto de Madrid y una de sus torres, la denominada Gaona o Alzapierna. Las excavaciones llevadas a cabo durante 1990, y un intensivo estudio histórico-arqueológico dieron como resultado la constatación de que los restos hallados formaban parte de una de las fuentes más monumentales que tuvo el antiguo Madrid, la fuente de los Caños del Peral” [López Marcos y otros, 1992: 17].
Las excavaciones descubrieron, en efecto, todo un complejo de captación y distribución de aguas que terminaba en una pared de sillería de granito de aspecto monumental: “Se descubrió el arranque de un arco construido con ladrillo macizo, que resultó ser el revestimiento de una pileta de decantación y captación de agua [...] Tenía forma rectangular y esta delimitada por ladrillo macizo. Al fondo quedaba una pared de granito de la que se veían parte de cuatro grandes sillares. Tras la limpieza del interior de la arqueta y las llagas de la pared de granito del fondo apareció una oquedad practicada en la misma. Se perfilaba de esta manera la salida del agua contenida en la arqueta al exterior a través de un canal tronco-cónico abierto en uno de los sillares” [López Marcos y otros, 1992: 19].
Nuevas exploraciones descubrieron otra arqueta situada a cinco metros y medio de la anterior y de una atarjea formada por “grandes lajas de piedra de diferente tamaño” que daba al canal de distribución. Todo ello conformaba “un cuerpo arquitectónico para la captación, canalización y distribución de agua, [...] una fuente de grandes dimensiones que por el cuidado puesto en su fachada tenía un aspecto monumental” [López Marcos y otros, 1992: 19]. Los arqueólogos ofrecen una reconstrucción de esta fuente, de acuerdo con sus investigaciones, que coincide en gran manera con el dibujo del plano de Texeira:
6. Reconstrucción de la fuente de los Caños del Peral.
La fuente dejó de utilizarse en el siglo XVIII, al agotarse su caudal a causa de la acumulación de basuras y vertidos en la zona. “La desaparición total ocurrió entrado el siglo XIX, posiblemente relacionada con las obras de la Plaza de Oriente y posterior nivelación de la nueva Plaza de Isabel II, quedando oculta a 8,00 m. por debajo de la actual plaza” [López Marcos y otros, 1992: 19]. El plano levantado por los arqueólogos muestra el lugar en donde se encuentra esta fuente, a ocho metros de profundidad bajo el nivel del la Plaza de Isabel II, y muy cercana a la línea 2 del Metro de Madrid.
7. Situación actual de la fuente de los Caños del Peral en el subsuelo de la Plaza de Isabel II.
3.2.- Localización y avatares del lavadero hasta 1708.
Muy probablemente hubo siempre junto a la fuente de los Caños del Peral algún tipo de lavadero, como ocurría con muchas de las fuentes públicas de ciudades y pueblos de España. Sin embargo, parece que hasta mediados o finales del siglo XVI el Ayuntamiento de Madrid no se decidió a construir un lavadero público de grandes dimensiones para uso de los vecinos de la villa.
“En 1542, queriendo el Ayuntamiento aprovechar el agua sobrante de estas fuentes y construir unos lavaderos, cuyo arrendamiento se proponía utilizar, comenzó por adquirir los terrenos próximos, comprando en dicho año a Juan de Carcasona y Juana Sánchez, su mujer, la propiedad de “una casa tenería, debajo del convento de Santo Domingo, cerca de la torre de Alzapiernas, en precio de 150.000 maravedíes, y sobre la cual tenía ya Madrid un censo al quitar”. En el mismo año de 1542 hizo otras tres compras. La primera, “una casa tenería junto a las fuentes del Peral” a Antonio de Madrid y su mujer María Montero; sobre la finca tenía un censo de 20 reales el convento de Santo Domingo. La segunda, otras dos tenerías “junto a los Caños del Peral”, que le vendieron Pedro de Guadarrama y María
Díaz, su mujer; la una, teniendo ya Madrid 17.000 maravedises de censo, y la otra tenería a Antonio Luzón; ambas en el mismo lugar que las anterior. Y todavía en 1544 compró la villa a Pedro del Do y Catalina Álvarez, su mujer, otra tenería, sobre la que gozaba Madrid 1.700 maravedises de censo” [Cotarelo, 1917: 35].
No aclara Cotarelo qué se hizo de todas estas tenerías. Eran éstas los locales “donde se curten y trabajan todo género de cueros” [Aut]. El hecho de que en los alrededores de los Caños del Peral la Villa comprase en poco más de dos años seis tenerías indica que ésta era la zona donde se concentraba esta industria, que suele ser maloliente y molesta para los vecinos, por lo que no hay que descartar el que, más que construir un lavadero en los solares de las tenerías adquiridas, el Ayuntamiento hubiese decidido sanear la zona (en 1541 se repararon las fuentes) y quitar de la cercanía del Alcázar esa engorrosa manufactura.
Sea como sea, “hasta 1590 parece que no se construyeron las pilas, que llegaron a ser 57, y en 1612 aparecen ya los primeros arrendamientos de los lavaderos” [Cotarelo, 1917: 35]. Aunque las cosas en Madrid van siempre despacio, y más en materia de obras públicas, cincuenta parecen muchos años desde la compra de las tenerías hasta la conversión en lavadero, si es que la intención del Ayuntamiento era ésa. Da la impresión, por tanto, de que sólo en parte se utilizaron esas casas-tenerías. Lo más probable es que se tiraran todas ellas y en el solar se levantase un edificio de nueva planta destinado a convertirse en lavadero público. Por otra parte, el número de cincuenta y siete pilas parece exorbitante para un lavadero urbano que, según todas las fuentes, no era un espacio inmenso. Más prudente, Gea Ortigas habla de “diecisiete pilas”, cantidad que puede acercarse más a la realidad [Gea Ortigas, 2003: 59]. Volveremos más tarde sobre ello.
Cotarelo, al comentar el dibujo de la fuente que aparece en el plano de Texeira creía que también están dibujadas las pilas: “Se ven perfectamente diseñados los caños de las fuentes, que eran cinco, y los grupos de las pilas, que parece eran otros cinco, aunque éstas fuesen muchas más” [1917: 35]. Se equivocaba don Emilio: lo que se ve perfectamente en el plano son los cinco caños y las pilas que recogen el agua en la misma fuente, pero no se ven por ningún lado las pilas para lavar. Y es que el lavadero no estaba en la misma fuente, sino en algún lugar cercano a ella que no está señalado por Texeira.
Los documentos que se refieren al lavadero hablan constantemente de la casa en que éste está integrado. El mismo Cotarelo cita una tasación realizada en 1665 en donde se valoran “las losas, edificio, pilas, albardillas, portada, escaleras, etc.” [Cotarelo, 1917: 36]. La posibilidad de que este edificio fuese aquel sobre el que se apoya la fuente en el plano de Texeira es absurda: nunca una fuente se puede surtir de las aguas que salen de un lavadero, sino al contrario. Por otra parte, la evidencia de que los caños estaban situados en una cuesta (lo que se puede apreciar en el plano) nos lleva a la inmediata conclusión de que el lavadero tenía que estar más abajo y no más arriba de la fuente.
El lavadero tiene que ser, por tanto, alguno de los edificios que se levantan alrededor de la plazuela donde se encontraban los caños. De hecho, el plano conocido como “Plano de De Witt” [Molina Campuzano, 1960], anterior al de Texeira, ya que se editó hacia 1635, marca el lugar del lavadero en la plaza que está al sur de los caños.
Sin embargo, es una localización imprecisa, lo mismo que la propia fuente, cuyo lugar está marcado, pero sin la precisión con que lo hace Texeira. En el plano de éste último, en fin, la plaza está rodeada por varias edificaciones. Una de ellas, frente a los caños, es un cercado con una huerta dentro, sin ninguna otra construcción aparente. Se trata, seguramente, de la huerta perteneciente al convento de Santo Domingo, vecino de la zona. Algo más al sur, en frente de la fuente, está una manzana de casas que se extiende a lo largo de una plazuela llamada en el plano “Juego de pelota”. Más abajo se levanta otra manzana que da a la calle Tintoreros y, cerrando la plaza por el sur, la manzana limitada por Tintoreros y por la calle de las Fuentes.
En cualquiera de esas tres manzanas pudo estar el lavadero. El plano no lo marca, y ninguna de las casas que dan a la plazuela tiene una forma especial que recuerde a los lavaderos. No se distingue un patio, ni ninguna de las otras características que veremos definen al edificio. Pero eso no es extraño en el plano de Texeira: edificios más representativos de la ciudad, como los corrales de la Cruz y del Príncipe, no están señalados, y en el dibujo de las manzanas correspondientes a ellos no se resalta de ninguna forma cada uno de los teatros.
La posterior localización del Coliseo de los Caños, justamente al oeste de las fuentes parece indicar que el lavadero estaba situado en la manzana que daba al Juego de pelota.
9. Los alrededores del Palacio Real según el plano de G.B. Sacchetti. El Coliseo de los Caños del Peral está marcado con el número 411.
Viene a reforzar esta suposición el documento por el que los cómicos italianos tomaron posesión del lavadero:
Señores: La compañía de los farsantes italianos en esta Corte al Real servicio de S. M. (que Dios guarde) se pone a los pies de VV.SS. y dice que, a efecto de fabricar un theatro de representar para el bien público, suplica a VV.SS. se sirvan de mandar se les alquile el
lavadero con sus pertenencias que está mas debajo de la Encarnación, junto al Juego de la Pelota, ... [AVM, Secretaría, 3-134-28] (La cursiva es mía)
Efectivamente, el monasterio de la Encarnación se puede ver en el plano de Texeira algo más arriba, al noroeste de la plaza del Juego de la Pelota. Entre el monasterio y la plaza solamente se encentran las tapias del jardín de Palacio y la Casa del Tesoro, dependencias del Alcázar. Así pues, las primeras casas que se encontraría una persona que bajara de la Encarnación serían precisamente las de la manzana del Juego de Pelota. Y en ellas, el lavadero. Lo lógico es que, dentro de la manzana, éste estuviera en el lugar más cercano a las fuentes, para recibir mejor el agua de ellas.
10. Hipótesis de localización del lavadero y posterior teatro de los Caños del Peral (Detalle del plano de Texeira).
El agua debía de atravesar la plaza de los Caños por una acequia, bien subterránea, bien a cielo abierto, recogerse en la casa del lavadero para ser distribuida luego por las distintas pilas de lavar de que estaba éste dotado.
¿Cómo era este lavadero? Podemos imaginar que se parecía a los lavaderos del Manzanares, que sí aparecen dibujados con algún detalle en el plano de 1635 que estamos manejando: un edificio rectangular, con una casa de dos alturas, y un patio bastante amplio en donde debían de localizarse las pilas. Algunos de ellos tienen en el patio un tejadillo.
En lo que se refiere al lavadero de los Caños no tenemos ningún dibujo semejante, ni un plano completo del edificio en su estado original, pero fue éste un local que necesitó constantes obras de mantenimiento, dando lugar a una abundante documentación que se conserva en el Archivo de la Villa. Algunas de estas obras tienen un gran interés para reconstruir cómo era el lavadero antes de convertirse en teatro.
Cotarelo [1917: 35] habla de las obras de 1634, en que se ultimaron “la traza, posturas y remate de la obra del paredón de las pilas de los Caños del Peral y la alcantarilla que también se hizo en este año”.
En 1642 se decide levantar un “colgadizo” para cubrir las pilas. La obra se realiza en relativamente poco tiempo, ya que en 1643 estaba terminada [AVM, Secretaría, 3-134-45]. Gracias a los documentos referidos a la obra sabemos, pues, que las pilas estaban en principio a cielo abierto, en el patio del lavadero, y que a partir de entonces quedan bajo cubierto. Pero lo más importante es que los documentos se acompañan de lo que Cotarelo llama “un plano curioso de su estado en 1642” y que es, en realidad, un diseño del proyecto de construcción del colgadizo. Ahora bien, teniendo en cuenta que la obra se realizó en poco tiempo, hay que suponer que las pilas quedaron cubiertas tal como se dibuja en el proyecto.
12. Plano de las obras del colgadizo del lavadero de los Caños del Peral.
Junto con el plano hay una serie de indicaciones manuscritas que identifican los elementos dibujados en él:
A.- Piedras-poyales de piedra berroqueña de un pie en cuadrado y de alto lo mismo. Han de estar embebidas en las losas una pulgada para que estén firmes.
B.- Pilas adonde se lava la ropa.
C.- Estanque donde está el agua de las pilas.
d.- Forma del enmaderamiento encima del enlosado.
e.- Carreras de viguetas y pies y zapatas de madera de a seis.
f.- Enmaderado de madera de a diez doblado y entablado de tabla de carretas al tramo y tejados con teja de la ribera.
g.- Sitio del agua.
h.- Paredes del estanque sobre que ha de cargar el respaldo del enmaderamiento.
i.- ¿Reparo? de cerramentos de yeso para que no se tuerza el colgadizo [AVM, Secretaría, 3-134-45].
El documento incluye tres diseños: el primero, que está en la parte superior izquierda, es un alzado del perfil de una edificación de dos pisos. Las letras “g, h, i”, que corresponden a los apuntes reseñados más arriba, lo identifican como el alzado de la construcción que contiene el estanque del lavadero. El hecho de que no aparezcan en ningún lugar el colgadizo ni las pilas nos revela que se trata del edificio sobre el que se