Cuando Joe Alsop llegó aquella cena etílica en Georgetown, la noche del sábado 12 de agosto de 1961, e informó al joven periodista berlinés Lothar Löwe de los dramáticos acontecimientos que ocurrían en su ciudad natal, la información le había llegado al veterano comunicador de Washington a través de los medios de radiodifusión estadounidenses. Las noticias sobre el nuevo desafío comunista en Berlín no paraban de filtrarse, aunque por la forma dispersa en que se recogía la información, pocas eran las personas, incluso las que estaban en el lugar de los hechos, que supieran con exactitud en qué consistía semejante desafío.
La misma noche del sábado, un poco más tarde, a John C. Ausland, oficial de servicio del Destacamento Especial sobre Berlín, le despertó en Washington el teléfono que tenía junto a la cama. Al otro lado estaba el funcionario de guardia del recién creado centro de operaciones del departamento. El funcionario informó a Ausland que por la red de teletipos de las emisoras de radio empezaban a llegar noticias acerca de algún tipo de maniobra comunista en Berlín. Había rumores de que se «bloqueaban» los pasos fronterizos entre sectores, pero no quedaba claro qué podía implicar esto. Con anterioridad, el Este había aplicado ya restricciones temporales al tráfico entre sectores del Gran Berlín; esto no era nada nuevo. Ausland le indicó a su informante que le mantuviera al corriente y volvió a dormirse. En torno a las cuatro de la madrugada del domingo, hora de Washington —hacia las diez de la mañana en Berlín Occidental—, el funcionario de guardia volvió a telefonear a Ausland. Los canales militares habían confirmado que había un bloqueo total entre Berlín Oriental y Berlín Occidental. Por asombroso que parezca, Washington no empezó a captar el mensaje hasta diez horas después de que diera comienzo la Operación Rosa. Ausland telefoneó a diversas personas, entre las cuales estaba Frank Cash, un antiguo alto funcionario de la embajada en Bonn, que dirigía el Destacamento Especial sobre Berlín mientras el experto alemán Martín Hillebrand estaba de vacaciones. Cash le dijo que en un par de horas tenía que acompañar a su familia al aeropuerto, pero prometió que luego acudiría al despacho.
Ausland no tardó en reunirse con el coronel Showalter, el oficial de enlace del Pentágono en el Ministerio de Asuntos Exteriores, y efectuaron más llamadas telefónicas a Europa. Sin embargo, no pudieron hacer lo único que les interesaba: ponerse en contacto con la Misión Americana en Berlín. Esto se debió a que la línea
telefónica en cuestión pasaba por el territorio de Alemania Oriental; es decir, que toda conversación tenía que ser absolutamente «pública», y sin duda sería grabada por el servicio de inteligencia del Este. A las seis, cuando amanecía sobre Washington, Ausland descolgó el teléfono y al otro lado de la línea encontró al oficial de servicio de la Casa Blanca: por fin habían llegado noticias sobre los acontecimientos de Berlín, pero se mostraba reacio a despertar al presidente, que pasaba el fin de semana en cabo Cod. El oficial de la Casa Blanca le aseguró a Ausland que daría los pasos necesarios para alertar a Kennedy a una hora más civilizada, a las ocho de la mañana horario de la costa este[1].
En aquellos momentos era ya mediodía en Berlín. Hacía doce horas que la Operación Rosa estaba en marcha, y el presidente de Estados Unidos aún no sabía nada al respecto.
Es posible que esta vacilación en molestar a Kennedy no se debiera a la tradicional renuencia de los sirvientes a inquietar a su amo. El presidente no estaba en muy buena forma. Como se sabría después de su muerte, la imagen pública de Kennedy como joven modelo de potencia masculina, rebosante de salud, era en gran medida una farsa. Desde joven padecía la enfermedad de Addison, una dolencia que debilita el sistema inmunológico y que entre otros síntomas desagradables provoca problemas de estómago, agotamiento y depresión, así como fuertes dolores en la espalda y en las articulaciones. Durante más de un cuarto de siglo, Kennedy se había sometido a medicación constante. En el verano de 1961, sus problemas de salud eran especialmente serios. Para aliviarle el dolor, en esa época su médico personal le inyectaba tres veces al día procaína, un narcótico muy potente. Además, un tratamiento rutinario para la enfermedad de Addison eran las inyecciones de cortisona, y el presidente tenía que tomar con regularidad medicamentos contra la colitis, la pérdida de peso (testosterona) y el insomnio (Ritalin). El 9 de agosto de 1961, Kennedy se había quejado de «dolores intestinales», «calambres» y «diarrea». El viernes 11 de agosto se despertó a las cinco de la mañana con fuertes dolores abdominales. Según comentó un médico que más adelante revisaría los informes médicos, JFK estaba «agotado porque le estaban sedando[2]».
Aquel infausto domingo, mientras las ondas vibraban con las noticias de Berlín, el político electo más poderoso de América estaba sumido en un sueño profundo. Se alojaba en la residencia familiar de los Kennedy en Hyannis Port, donde él y un pequeño séquito de ayudantes se habían unido a la numerosa primera familia para pasar el fin de semana, tal como le gustaba hacer al presidente durante los calurosos días de verano. Hacía un tiempo maravilloso. Para más tarde, aquella misma mañana, estaba planeado un crucero familiar en el Marlin, el yate de los Kennedy.
En esa época del año, el presidente solía salir para cabo Cod los viernes por la tarde. Realizaba el trayecto con helicóptero hasta la base aérea Andrews, y de allí tomaba un avión hasta cabo Cod. Como de costumbre, aquella misma mañana su asesor militar, el general de división Chester Clifton, le había presentado en
Washington una carpeta con los informes de la CIA sobre la evolución de los acontecimientos en diversas partes del mundo. A esa carpeta la conocían como la «lista de control» del presidente, y repasarla formaba parte de su labor cotidiana. Cada sábado y domingo le enviaban a Hyannis Port, por avión, los informes puestos al día, junto con cualquier otro asunto que consideraran importante, para que el presidente pudiera estar al tanto de los acontecimientos. Los mensajes urgentes, la Casa Blanca los enviaba por télex al sótano del motel Yachtsman de Hyannis Port, donde se había instalado durante el verano una unidad del Servicio de Transmisiones[3].
El domingo 13 de agosto, el presidente despertó al fin en una espléndida mañana de cabo Cod, bajo un cielo azul y un sol radiante. A pesar de la promesa del oficial de la Casa Blanca, parece que no le había llegado ningún mensaje claro sobre la situación de Berlín. Y seguía sin recibirlo cuando Kennedy salió hacia la iglesia de San Francisco Javier en Hyannis Port, para asistir a misa con el resto de la familia. Los Kennedy regresaron cuando aún no había transcurrido una hora, y casi en seguida embarcaron en el Marlin. Se dirigían a Great Island, donde el director de la National Gallery de Washington y su esposa les habían invitado a almorzar.
Un rato después llegó un mensaje del general Clifton, que se había quedado en la residencia de los Kennedy. Desde Washington le habían enviado un telegrama. En Berlín estaban cerrando la frontera, y la recomendación de Clifton era que el presidente debía regresar a Hyannis Port.
El Marlin dio media vuelta y dejaron a Kennedy en el embarcadero de la finca, donde Clifton salió a buscarlo con un carrito de golf. Ante la insistencia del presidente, la familia prosiguió con su crucero y su almuerzo. Clifton le enseñó inmediatamente el cable; luego le llevó de regreso por las dunas a la residencia veraniega de la familia. Allí el presidente se puso en contacto con el Ministerio de Asuntos Exteriores y a los pocos minutos discutía la situación de Berlín con el ministro Dean Rusk.
El ministro de Asuntos Exteriores, con el tono tranquilo e inescrutable que le había valido el apodo de Buda, le explicó que creía importante negociar, «quitar hierro al asunto». El presidente quería saber cuál era el objetivo de los rusos. Rusk le dijo que, en efecto, parecían adoptar medidas militares, pero sólo defensivas. Nada indicaba que Jruschov fuera a engullir Berlín Occidental.
Esto era lo más importante. ¿Una guerra mundial por entrar o salir de esa parte de la ciudad? Ni pensarlo.
El impulso instintivo de Rusk y de sus asesores, así como el de todos los que rodeaban al presidente, era restar importancia a las noticias, al menos de cara al público. Las llamadas telefónicas de Kennedy a McNamara, a Bundy y al fiscal general Robert Kennedy le confirmaron que ese enfoque de contención tenía el consenso general. Nadie quería parecer débil o insensible, pero, por otro lado, no querían dar la impresión de que las medidas soviéticas y de Alemania Oriental eran
motivo de guerra, o algo por el estilo.
Sin embargo, tenía que haber alguna reacción oficial. Walt Rostow, que estaba en Washington y había ayudado a instalar una «sala de situación[*]», se unió a Ausland a fin de bosquejar una nota para la prensa. Mandaron un telegrama al secretario de prensa del presidente, Pierre Salinger, a Hyannis Port, para que Kennedy pudiera soslayar las preguntas de los periodistas y hacer las declaraciones que considerase necesarias.
En la nota no se hacía mención alguna a un «muro» ni a nada por el estilo, sólo a las «medidas diseñadas para contener el flujo de refugiados en Berlín Occidental». Las maniobras de Alemania Oriental se veían como una continuación de las acciones intimidatorias llevadas a cabo a comienzos del fin de semana contra los viajeros procedentes de Potsdam y de Berlín Oriental, aunque dirigidas a los cruzafronteras. El primer paso sería negar que Occidente hubiese hecho algo para «incitar» el flujo de refugiados, que éste se debía a las «condiciones económicas en Alemania Oriental y a la campaña soviética contra Berlín Occidental». A partir de ahí, Salinger pasó a la ofensiva, señalando que las restricciones suponían un «quebrantamiento directo» del acuerdo de las cuatro potencias y una «admisión irrecusable de los soviéticos en cuanto a que la sociedad comunista no está capacitada para competir con una sociedad libre[4]».
La respuesta oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores —discutida y aprobada por el presidente— decidió esquivar incluso semejante retórica anodina. Se limitó a declarar que la acción no afectaba la «posición de los aliados en Berlín Occidental ni su acceso a la ciudad», si bien violaba los acuerdos existentes y sería objeto de «contundentes protestas a través de los canales adecuados[5]».
Los tanques soviéticos podían patrullar por las afueras de Berlín, las turbas comunistas podían desafiar con sus metralletas a todo el mundo, las masas occidentales podían estar a punto de amotinarse en el sector de la frontera, los malévolos agentes de la Stasi podían estar muy ocupados aplastando la resistencia entre los berlineses orientales recalcitrantes, pero en Washington el Ministerio de Asuntos Exteriores reaccionaba con corteses frases estereotipadas.
Kennedy no era el único en enfrentarse con extrema cautela a la indudable gravedad de la Operación Rosa. Los principales dirigentes de Occidente se mostraron todavía menos dispuestos a enfrentarse a las maquinaciones comunistas que se llevaban a cabo en Berlín.
La crisis sorprendió a Harold Macmillan, primer ministro de Gran Bretaña desde 1957, a cientos de kilómetros de Londres: en Bolton Abbey, Yorkshire. Allí se estaba celebrando, como cada verano, el inicio de la temporada de caza del urogallo. Macmillan había pasado el sábado 12 de agosto junto a su sobrino, el duque de Devonshire —propietario de Bolton Abbey y de gran parte de los alrededores—,