En el Berlín de los años cincuenta, dos alemanes que tenían más o menos la misma edad, ambos de extracción humilde, ambos hombres de la izquierda y en su juventud luchadores en la resistencia contra los nazis, se enfrentarían a través de la división política de la Guerra Fría. Ninguno de los dos eran berlineses. De hecho, ambos procedían de los confines más lejanos de Alemania. Erich Honecker, alto funcionario del SED y más adelante jefe del Estado alemán, había nacido el 25 de agosto de 1912 en Wiebelskirchen, una ciudad minera del Sarre, en la parte más occidental de Alemania. Willy Brandt, futuro alcalde de Berlín Occidental, vino al mundo dieciséis meses después, en diciembre de 1913, en el extremo norte del país. Era natural de Lübeck, el puerto del Báltico cuya tierra por vía marítima más cercana es Dinamarca.
El primero sería el creador del muro de Berlín, el segundo aseguraría la supervivencia de la ciudad aislada que el muro iba a crear. Ambos pasarían mucho tiempo como líderes en espera, sólo para conseguir el poder con un año de diferencia entre uno y otro. Y uno de ellos destruiría al otro, aunque al final sería una victoria hueca. Erich Honecker llevaba el comunismo en la sangre. Su padre, un minero del carbón, había sido miembro del KPD desde 1919, y su hijo participaría en la política desde los diez años.
A los dieciocho, mientras recibía su aprendizaje como constructor de tejados, el joven Erich se graduó también como miembro de la paramilitar Liga de Combatientes del Frente Rojo. Le seleccionaron para unirse a la élite juvenil admitida en la Escuela Internacional Lenin de Moscú. A su regreso a la región del Sarre (que por el Tratado de Versalles estaba bajo la administración de la Liga de Naciones y el control económico francés), se convirtió en un joven oficial del movimiento comunista juvenil, por lo que abandonó el aprendizaje del oficio. En 1933 sería elegido para entrar en el Comité Central.
Después de la llegada de Hitler al poder, Honecker entraría y saldría de la clandestinidad, antes de regresar con una falsa identidad a Berlín. La Gestapo le arrestaría en diciembre de 1935, después de tres meses de actividades clandestinas.
En junio de 1937, a la edad de veinticuatro años, Erich Honecker fue condenado por el tribunal popular nazi por «conspirar para cometer alta traición». La sentencia fue de diez años de trabajos forzados en la famosa cárcel de Brandemburgo-Görden, al oeste de la capital. Durante la Segunda Guerra Mundial, Görden se convirtió en un campo de tránsito en la red de los campos de concentración, y también en la sede judicial de una casa de la muerte, donde, entre 1939 y 1945, fueron ejecutados casi 2000 reclusos, entre los cuales había gitanos, judíos y prisioneros políticos. Entre 1940 y 1943, Honecker pasó su tiempo trabajando en una fábrica de soldaditos de juguete. Después de esta etapa, y debido a su aprendizaje como constructor de tejados, fue asignado a las brigadas externas de trabajadores de la construcción, dedicándose a reparar los edificios bombardeados en Berlín.
El 27 de abril de 1945, el Ejército Rojo llegó a Brandemburgo-Görden. Liberado de inmediato por sus credenciales políticas, Honecker se presentó en el cuartel general de la comandancia soviética en Berlín-Friedrichsfelde. Entregó a los rusos su currículum y le remitieron al grupo de Ulbricht por si les interesaba reclutarlo[1].
A Honecker le asignaron la tarea de reclutar gente joven para el resurgente Partido Comunista. Al cabo de un año fue nombrado presidente de la organización juvenil del SED, la Frei Deutsche Jugend (FDJ). Trabajador obediente e incansable, además de conspirador, retuvo este puesto clave durante nueve años. Ingresó en el Comité Central del SED y en el Parlamento de la RDA. Hacia la mitad de la treintena, Honecker ascendió en la dirección del partido junto a hombres y mujeres quince, veinte o incluso treinta años mayores que él (como en el caso de Pieck).
En 1958, ya miembro de pleno derecho en el núcleo del SED —el Politburó—, Honecker fue elegido secretario del Consejo de Defensa Nacional. Era un puesto muy importante —supervisor de la policía y del ejército—, que le acercaba todavía más a la posición de segundo de Ulbricht. Honecker era un hombre eficiente y totalmente comprometido. El partido era su vida. Uno de los atractivos infravalorados en los estados comunistas residía en la pronunciada trayectoria profesional que ofrecían a la enérgica e implacable prole de unos sencillos obreros. Honecker era un ejemplo excelente de semejante principio.
¿Un largo trayecto desde la región del Sarre? Sin lugar a dudas por lo que respecta a su vertiente geográfica. Por ese entonces, Honecker vivía sólo de manera hipotética en la región donde había nacido. Sin embargo, lo más curioso de ese hombre —que se presentaba como el más perfecto, casi autómata, burócrata del partido, capaz de subordinarlo todo a la ideología— era el cariño que sentía por el remoto distrito industrial donde había pasado sus primeros años.
Un compañero de celda de Honecker en Brandemburgo-Görden solía afirmar, muchos años después, que era capaz de ofrecer al oyente una verosímil excursión por Wiebelskirchen basándose tan sólo en lo que Honecker le había contado innumerables veces durante los largos años de encarcelamiento en poder de la
Gestapo. A decir de todos, Honecker experimentaba a menudo nostalgia de su tierra[2]. Y la siguió experimentando incluso después de llegar a los primeros puestos del partido, aunque para entonces su perspectiva estaba confinada a la zona entre el Elba y el Oder, a cientos de kilómetros de donde había nacido.
También Willy Brandt se había criado con un acento característico, el de Lübeck. El hijo más famoso de ese antiguo puerto del Báltico era el escritor Thomas Mann. A diferencia de Mann, que procedía de un linaje de gente adinerada, Brandt —que de nacimiento no era ni Willy ni Brandt, sino Herbert Karl Frahm— había nacido en el seno de una familia de condición humilde, en el suburbio de St. Lorenz. Su madre, Martha Frahm, era una joven soltera que trabajaba en una tienda de comestibles.
La figura más importante en la infancia del chico fue su abuelo, Ludwig Frahm, un peón, y luego camionero, originario de la pobre y rural de Mecklemburgo, a quien llamaba «papá». El muchacho a menudo pasaba días seguidos sin ver a su madre trabajadora, y nunca estaba muy seguro de dónde estaba su hogar.
Más tarde, tanto Brandt como sus biógrafos especularían sobre los efectos que esa infancia tuvo en su carácter: un cierto distanciamiento que sobrellevaba bajo la máscara de la camaradería; una tendencia a la seguridad en sí mismo y a la independencia; y, por paradójico que resulte, una búsqueda constante de compañía, sobre todo femenina, que se tradujo en numerosas aventuras amorosas[3].
Sólo en la adolescencia penetró Herbert en un mundo que iba más allá de la subcultura de la clase trabajadora de Lübeck. Era un muchacho muy brillante, y a los catorce años fue premiado con una beca municipal que le permitió asistir al Johanneum, un Gymnasium (instituto de pago). Allí estudió los clásicos, historia, idiomas y ciencias superiores en compañía de los hijos de la próspera clase media de Lübeck.
No obstante, el joven Herbert Frahm no perdió su lealtad a la gente con la que había crecido. Ni el orgullo de asistir al nuevo colegio, ni sus ansias por aprender le impidieron enfrascarse en la política. A los quince años fue elegido presidente del grupo de las juventudes socialistas de la ciudad, y pronto empezó a escribir artículos para el periódico local del SPD.
El problema residía en que, a medida que la democracia se veía cada vez más amenazada, Frahm se había convertido en un agitador izquierdista. Los dirigentes del SPD toleraban la línea semiautoritaria del canciller católico conservador Brüning, que gracias a un decreto presidencial gobernaba desde la depresión económica que asoló Alemania en 1930. Pero el ala más izquierdista del SPD, sobre todo sus juventudes, predicaba la revolución y la militancia como respuesta a la crisis económica y a la ascensión del nazismo, y se inclinaba cada vez más hacia el KPD que hacia su propio partido.
disidente más idealista, el SAP (Partido Socialista de los Trabajadores). Los fundadores de este partido confiaban en atraer el apoyo tanto del SPD como del KPD y formar un frente común contra los nazis. Para el joven Herbert, su deserción supuso un considerable sacrificio personal, ya que cuando era una joven promesa en la organización del SPD, podía esperar que el partido se hiciera cargo de sus estudios universitarios. Ahora esto era impensable. Cuando dejó el instituto, en febrero de 1932, entró a trabajar como auxiliar administrativo en una agencia naviera. Mientras tanto, dedicaba a la política cada hora de su tiempo libre.
Sin embargo, no hace falta decir que el SAP no obtuvo el apoyo de las masas. Los afiliados no superaron los 12 000. En el año de crisis de 1932 se celebraron dos elecciones al Reichstag, en las cuales el partido obtuvo el 0,2% y el 0,1% de los votos. A pesar de la inagotable inquietud del joven Frahm, que demostraba ser un excelente orador público, en Lübeck no obtuvo resultados mucho mejores. Cuando la marea nazi se extendió por toda Alemania, el joven, que aún no había cumplido los veinte años, era en extremo conocido, y esto no era un buen presagio para su seguridad en el futuro.
Después de que Hitler accediera al poder, la Gestapo detuvo de inmediato a varios miembros del Comité Central del SAP. A uno lo detuvieron cuando viajaba a Oslo, la capital de Noruega, para crear una base del SAP en el exilio. La dirección le pidió a Frahm que ocupase su lugar, ya fuera porque confiaba de antemano en sus habilidades, o por simple desesperación. En abril de 1933 salió clandestinamente por el Báltico, en un barco de pesca que le llevó hasta Oslo.
De esta manera abandonó Alemania Herbert Frahm, al tiempo que dejaba de utilizar esa identidad. Después de que Hitler llegara al poder, el Comité Central del SAP disolvió de manera oficial el partido, pero muchos de sus miembros se negaron a aceptar la derrota. Convocaron una reunión secreta en una localidad próxima a Dresde, y el representante de los camaradas radicales de Lübeck fue Frahm, que en el transcurso de dicha reunión iba a utilizar por vez primera el nombre de guerra que le haría famoso: Willy Brandt.
Desde el instante en que puso un pie en Noruega, y para el resto de su vida, Herbert Frahm sería Willy Brandt. Encantador, inteligente y elocuente, poseía un don especial para los idiomas, y aprendió noruego con tanta rapidez que en un año era capaz de dar conferencias en su lengua de adopción.
En 1936, Willy Brandt visitaría Berlín en una misión de espionaje para el SAP. Con el nombre de Gunnar Gaasland —de profesión estudiante— utilizó un pasaporte noruego prestado y, ayudado por el hecho de que los Juegos Olímpicos habían contribuido a que la ciudad se llenase de turistas extranjeros, sobrevivió para poder contarlo. En Berlín (cuyo nombre en clave entre los exiliados del SAP era «Metro») hizo un descubrimiento estremecedor. El nazismo no era, tal como insistían los marxistas-leninistas, un convulso fenómeno temporal impuesto al país por una élite. La realidad era que Hitler tenía a Alemania —y a la mayoría de sus seguidores—
firmemente sujetos entre sus manos[4].
Durante esos años empezaron a florecer las dotes de Brandt como escritor. Publicó artículos en periódicos y revistas de Noruega, Holanda, Suiza y Suecia, así como un libro de éxito: ¿Por qué Hitler ganó en Alemania?
Mientras tanto, el joven revolucionario se fue alejando poco a poco, pero sin pausa, de cualquier extremismo. El caos sanguinario de la Guerra Civil española, que Brandt experimentó durante una visita al país en 1937, las purgas sangrientas en la Unión Soviética, y por último el pacto Hitler-Stalin, le convencieron de que la colaboración con los comunistas estaba cargada de problemas. Aunque seguía siendo marxista, emprendió el rumbo hacia una postura socialista moderada, democrática, de la que se convertiría en uno de los principales exponentes después de la guerra.
En septiembre de 1938, Brandt fue uno de los múltiples exiliados que perdieron su nacionalidad mediante el decreto de la Gestapo. Se casó con una ciudadana noruega, Anna Carlota Thorkildsen, y solicitó para sí esa nacionalidad. Noruega se había convertido en «su» país.
Por desgracia, fue un país al que tuvo que renunciar al cabo de poco tiempo. En abril de 1940, cuando los alemanes invadieron Noruega, a Brandt podrían haberle identificado y apresado por traidor de no ser porque un amigo le prestó un uniforme militar noruego. Durante un breve tiempo, sus involuntarios paisanos trataron a Brandt como prisionero de guerra, pero luego lo dejaron en libertad. Sin embargo, en la Noruega ocupada no podía confiar en su seguridad personal; así que al cabo de unas semanas cruzó la frontera y escapó hacia una Suecia neutral.
El gobierno del país en el que Brandt se había exiliado le garantizó la nacionalidad noruega y luego un permiso para ejercer como periodista. Junto con dos colegas autóctonos abrió una agencia de noticias sueca-noruega, a través de la cual informaban de la situación en Suecia y en la Noruega ocupada, además de actuar como corresponsales locales para agencias de Estados Unidos y de Gran Bretaña. Brandt estaba sin duda relacionado también con el espionaje aliado.
El final de la guerra trajo un breve momento de euforia, seguido por algunas decisiones difíciles. Brandt regresó a Oslo con su esposa y su familia. Pero ahora, derrotada la Alemania de Hitler, surgía como es lógico una nueva decisión que se debía tomar: ¿en qué país vivir?
Muchos políticos alemanes exiliados —algunos técnicamente sin país— tendrían que esperar años para obtener un permiso que les permitiera regresar a su patria. Pero Brandt era ahora un ciudadano de Noruega. En noviembre de 1945, el periódico del Partido Obrero noruego le envió a Nuremberg para informar de los procesos por crímenes de guerra.
Después de asistir a los juicios, Brandt escribió un libro titulado Verbrecher und
andere Deutsche, en el que protestaba contra la idea de una culpabilidad nacional
colectiva. Brandt reconocía como legítimos y necesarios los juicios, pero opinaba con ardor que entre los jueces deberían haber incluido a un alemán: para que hablara y
condenara en nombre de aquellos que se habían opuesto al régimen nazi, y que sin embargo sufrían también represalias por lo crímenes de los nazis.
El punto de vista de Brandt no fue compartido por los países aliados, incluida Noruega, donde había quienes aseguraban que hacía apología de Alemania. Comprendió que sus ideas estaban en extremo relacionadas con el futuro de su país natal. Y el fracaso de su matrimonio sería también un factor importante para su marcha.
Brandt regresó a Alemania en 1947, en calidad de jefe de prensa de la misión militar noruega en Berlín. Llevaba uniforme del ejército noruego y recibía la paga de sargento mayor (necesaria bajo las leyes ligadas a la presencia de la misión militar). En el futuro, sus oponentes le acusarían de sacar provecho de sus privilegios como «oficial noruego» mientras sus compatriotas morían de hambre. Rut, su compañera noruega en Berlín y futura esposa, escribiría:
Vivíamos en casas requisadas, con muebles requisados, y dormíamos en camas requisadas. Debían importar la comida del exterior: comíamos en restaurantes de los aliados, comprábamos en tiendas de los aliados, pagábamos con dinero militar de los aliados —libras británicas de la BASF o dólares de la SCRIPT estadounidense— e íbamos a cines y clubes aliados. Era una vida colonial antinatura, y, desde el punto de vista humano, tan degradante para los que vivíamos en una relativa abundancia como para los que estaban obligados a hacer cola y a sufrir[5]…
El olor a muerte que todavía planeaba sobre Berlín, el legado de los bombardeos y las batallas durante la guerra, afectaron en lo más hondo a Brandt, como también el sufrimiento de los alemanes. Al final, después de casi un año, decidió que tenía que elegir, y eligió el cargo de diputado del SPD en Berlín. Esto significaba renunciar a su nacionalidad noruega y convertirse de nuevo en alemán, en ciudadano de un país que, en ese momento, ni siquiera existía en la práctica. Había quemado sus naves.
Esto supuso un nuevo comienzo, que haría que el antiguo revolucionario pasara de simpatizante comunista a decidido enemigo del SED, de periodista instigador a estadista internacional. El viaje de Willy Brandt había sido una aventura tanto de la mente como del corazón. Sus experiencias le habían cambiado profundamente. Todo lo contrario de lo sucedido con Erich Honecker.
Honecker había mostrado coraje y entrega en combatir el nacionalsocialismo, pero, como resultado de sus vivencias, nada había cambiado en sus puntos de vista ni en sus sentimientos. A pesar de las duras experiencias en manos de la Gestapo, no parece que la persecución del SED a sus oponentes durante la posguerra le provocara el menor cargo de conciencia. El fin justificaba los medios.
Honecker colaboró en la creación del SED con lealtad y sin cuestionar nada, contribuyendo a instaurar el minucioso control sobre la sociedad en la zona soviética de la RDA. Y ascendió en la escala social mediante el duro trabajo, la habilidad organizativa y, por encima de todo, la paciencia.
A Brandt no siempre le resultó fácil encontrar la paciencia necesaria. En 1949 se unió a un grupo de jóvenes ambiciosos de la socialdemocracia que pululaban en torno
a Ernst Reuter, recién nombrado alcalde de Berlín Occidental. Era la generación del relevo.
Muchos líderes demócratas de la posguerra eran antiguos políticos de la época de Weimar, cumplidos ya los cincuenta, los sesenta e incluso los setenta. Algunos habían sido encarcelados bajo el mandato nazi. Para los jóvenes como Brandt, a los antiguos políticos de Weimar —«barrigudos con barba», como los había descrito de forma irreverente en una ocasión— había que respetarlos por su valor, pero también merecían un ligero desprecio por su fracaso a la hora de pararle los pies a Hitler.
Sin duda Brandt era poco corriente en otros aspectos. La mayoría de sus contemporáneos habían sido nazis convencidos o habían desaparecido en la movilización masiva durante la guerra, y muchos aún seguían prisioneros en 1947-1948. Todos aquellos que habían vivido en el Tercer Reich durante el periodo que iba de la adolescencia a la edad adulta seguían siendo una generación en fase de recuperación, empeñados en salir adelante día a día. Brandt, que había regresado con éxito del exilio, pertenecía a un pequeño grupo de jóvenes no contaminados por la colaboración con los nazis y sin los daños inherentes a la experiencia de tener que luchar al lado de Hitler.
Tan pronto el «matrimonio» del SPD/KPD creó el SED, Brandt comprendió que aquella era una boda forzada. Sin embargo, había confiado en que un tratado de paz