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Cadenas equivalentes son aquellas que pueden deformarse una en la otra sin ningún corte.

In document Schejtman-Psicopatologia (página 197-200)

Una introducción a los tres registros

5 Cadenas equivalentes son aquellas que pueden deformarse una en la otra sin ningún corte.

6 "Bueno, bien, la pareja, la pareja por supuesto, que es desanudable cua­ lesquiera que sean las palabras plenas que la han fundado. Lo que el análisis demuestra es que -que demuestra, pero de una manera com­ pletamente sensible- es que a pesar de eso está anudada. ¿Está anudada por qué? Por el agujero, por la interdicción del incesto" (LACAN 1974­ 75, 15-4-75).

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Insistencia de lo sim bólico

Ahora sí, desarrollaremos detenidamente cómo propone Lacan cada uno de sus tres registros en el comienzo de su ense­ ñanza, para luego avanzar, aunque sea mínimamente, sobre las propuestas que encontramos al final de la misma. ¿Qué subra­ yar, entonces, del modo en que Lacan plantea lo simbólico en los años '50? Para seguir en la línea de lo que venimos proponiendo, resaltamos el hincapié que hace en considerar a las formaciones del inconsciente -sueños, lapsus, síntomas, etc - aquellas que el inconsciente produce por su trabajo, del lado de lo simbólico, como hechos de lenguaje.

En esa dirección es necesario decir que el descubrimiento freudiano en relación con el sueño, no consistió, como a veces se cree, en poner en evidencia que los sueños portan un mensaje para el soñante, que poseen un sentido, en fin, que son pasibles de ser interpretados. No hay duda de que ese saber es previo a Freud. Casi podría asegurarse que desde que el hombre es hom­ bre éste le atribuyó al sueño un sentido e intentó develarlo. No hubo que esperar al psicoanálisis para eso. Basta, por ejemplo, con abrir las páginas de la Biblia y se encontrarán por doquier sueños cargados de sentido y profetas diversos que los inter­ pretan. Entre ellos, seguramente, José y su interpretación de los sueños del faraón egipcio -s e recordará el famoso de las vacas y espigas gordas y flacas- no es, por cierto, de los m enos conoci­ dos. Saber que el sueño porta un mensaje y pretender revelárselo al soñante no es entonces una innovación freudiana.

El avance freudiano, la luz que aporta Freud sobre la cues­ tión, rebasa la idea de que el sueño es un mensajero portador de un sentido oculto. El avance freudiano radica más bien en afirmar que puede accederse a ese sentido descifrando el sueño como se descifra un jeroglífico. O para decirlo con Lacan enton­ ces, que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, que la materia de sus formaciones, de los productos de su trabajo -el sueño entre ellos-, es el lenguaje mismo y que puede conocerse su sentido descifrándolos.

Como señalábamos, Lacan insiste en esta época: léase esa tri­ logía freudiana de “La interpretación de los sueños", la "Psico­ patología de la vida cotidiana" y "El chiste y su relación con el

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inconsciente" y se verá que lo que Freud hace allí es un análisis lingüístico; que lo que encuentra en los sueños, los olvidos, los chistes, los síntomas, es decir, lo que encuentra a nivel del retor­ no de lo reprimido, es una "insistencia palabrera", la del incons­ ciente estructurado como un lenguaje.

Las formaciones del inconsciente comportan la insistencia propia de un mensaje que quiere hacerse oír, y ese mensaje, ese saber no sabido, que es lo reprimido, se hace oír de una manera que Lacan no deja de enfatizar en su enseñanza: de manera sim­ bólica.

Lo simbólico, de este modo, se asocia -e n el movimiento de devolverle al descubrimiento freudiano su orientación original, la que había perdido en el posfreudism o-, a la insistencia propia de esa memoria significante que es el inconsciente.

R esistencia de lo im aginario

Ahora bien, es necesario destacar que no hay insistencia más que sobre el fondo de algo que inevitablemente resiste. Y se pue­ de señalar que esa resistencia es conceptualizada por este Lacan de los '5 0 como imaginaria. Lo que nos da pie, entonces, para dar una primera ubicación para lo imaginario en relación con aquello que resiste.

Tendríamos así, insistencia del inconsciente, insistencia del retorno de lo reprimido, del lado de lo simbólico, y resistencia -p o r ahora, es un primer abordaje de lo que resiste- a nivel de lo imaginario. Pero podemos preguntarnos ¿qué es aquello que resiste allí donde lo imaginario se interpone frente a esa palabra que quiere hacerse oír, que intenta pasar? La respuesta de Lacan en esta época es: el yo. Así, por ejemplo, cuando realiza su no­ table lectura del sueño de la inyección de Irma en el Seminario 2 - a la que nos referiremos brevemente enseguida-, afirma: "Lo importante, el sueño lo muestra, es que los síntomas analíticos se producen en la corriente de una palabra que intenta pasar"

(LACAN 1 9 5 4 -5 5 , 242).

Localizamos entonces, en esta corriente, la insistencia que subrayamos para lo simbólico. Los síntomas analíticos, como formaciones del inconsciente, situados del lado de lo simbólico

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de una palabra que insiste, que intenta pasar. Y continúa: "Esta palabra encuentra siempre la doble resistencia de lo que hoy, por ser tarde, llamaremos el ego del sujeto y su imagen. En tanto que esas dos interposiciones ofrecen una resistencia suficiente, se iluminan, por así decir, en el interior de esa corriente, fosforecen, fulguran" (LACAN 1954-55, 242).

Leem os allí como contrapunto de esta insistencia simbólica que se manifiesta en lo sintomático del retorno de lo reprimido, a la pareja del yo (el ego del sujeto) y su imagen, del lado de la resistencia, como aquello que se interpone en el camino de esa palabra que intenta pasar. Se trata, sin duda, de un comentario sostenido en el conocido esquem a L:

En él se distinguen y oponen lo simbólico y lo imaginario - puede notarse, entre tanto, que no hay en este esquem a lugar para lo real-. Y esta oposición se construye a partir de estos dos ejes:

1. " a - a'"\ el eje imaginario, en el que se condensan todas las relaciones del yo con el semejante, del yo con el otro con m inús­ cula (mitre, en francés), del yo con su imagen especular, a partir de la que se constituye como tal y por lo que es designado con la misma letra: a minúscula. Pero, en función de lo que estamos introduciendo, también este eje a - a' es el lugar de la resistencia en tanto que imaginaria: "la doble resistencia del ego del sujeto y su im agen".

2. " A - S " : el eje simbólico, donde puede ubicarse, precisa­ mente, la "insistencia palabrera del inconsciente". Esa palabra que desde el Otro con mayúscula (Autre) -e l inconsciente, afirma Lacan, es el discurso del O tro - se dirige al sujeto (S) -aú n sin tachar en este primer Lacan-, convocándolo desde el lapsus, el sueño o el síntoma. Retorno de lo reprimido, palabra plena que,

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proveniente del Otro -d e esa Otra escena, al decir de Freud-, se hace oír quebrando la cháchara de palabra vacía del eje imagina­ rio, con la irrupción de alguna formación del inconsciente.

En efecto, el sujeto sólo recibe el mensaje que le viene del Otro en el instante en que ese eje imaginario a - a' trastabilla y se le revela, a aquel que supone un dominio sobre su hablar, que, más que hablar, él es hablado. Se hace lugar a esa palabra plena que comporta cualquiera de las formaciones del inconsciente en el momento mismo en que se desbarata la convicción que hace que creamos que somos nosotros quienes comandamos nuestro dis­ curso.

a - a' es entonces el eje en el cual cada quien supone que lo que dice es producto de lo que quiere decir. Ese es el discurso del yo. Corresponde al punto en el que nos reconocemos en lo que decimos y en el que, por otra parte, creemos comprendernos (al semejante y, por cierto, también a nosotros mismos). Pero eso no es más que palabra vacía. Cháchara en la que el ego del sujeto se reconoce y se ensalza, puesto que allí se sitúa el narcisismo.

Relectura del estadio del espejo: el sostén sim bólico del yo y del narcisism o

La constitución del yo en la fase del narcisismo es, como se sabe, un resultado de la elaboración freudiana. Aunque no ini­ cial: es preciso aguardar al caso Schreber7 para que el narcisismo comience a despuntar en la obra freudiana y unos años más, to­ davía, para que se "introduzca" en la misma de manera oficial8.

¿Qué es lo esencial del planteo de Freud sobre el tema? Que el yo no es un dato primario, que se construye -com o el cuerpo y la realidad-. Que lo primario es el autoerotismo en el que reina la satisfacción anárquica de las pulsiones parciales. Que el empu­ je a la unificación de las mismas -unificación nunca consumada de manera plena, es menester señalarlo- comienza en la fase del narcisismo en la que el yo se constituye, entonces, como anhelo de unidad. Y, por fin, que esa constitución yoica no se consuma

7 Cf. FREUD 1911. 8 Cf. FREUD 1914.

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o bien, que el pasaje del autoerotismo al narcisismo no se produ­ ce, sino por la mediación de un "nuevo acto psíquico" del cual Freud no termina de revelar su naturaleza.

En efecto, hay que esperar a Lacan para situar con precisión en qué consiste tal nuevo acto psíquico que da por resultado la constitución del yo. Como sabemos, el montaje del estadio del espejo es lo que le ha permitido forjar una respuesta frente al enigma dejado por Freud, su lectura del narcisismo freudiano: una identificación debe producirse para que el yo se constituya como tal.

¿En qué consiste esa identificación del estadio del espejo? La­ can indica que se trata de una identificación imaginaria. Precisa­ mente, que el yo se constituye sobre la base de una identificación con la imagen del semejante. El yo es, desde el comienzo, otro. No volveremos aquí sobre la experiencia misma en la que el ca­ chorro humano llega a festejar su reconocimiento frente al espe­ jo, más que para señalar que el júbilo que despierta esa captura narcisista por la imagen especular -q u e acompañará al ser ha­ blante hasta el último de sus d ía s- es, en efecto, resultado directo de la ilusión de unidad con la que asoma esa instancia recién constituida: el yo.

Ahora bien, es preciso notar que el texto "El estadio del espe­ jo ..." publicado en los Escritos es una "com unicación presentada ante el XVI Congreso internacional de Psicoanálisis, en Zurich, el 17 de julio de 1 9 4 9 " 9, es decir que se sitúa antes del comienzo de la enseñanza de Lacan en el campo del psicoanálisis, no por nada este artículo se localiza en los Escritos en el apartado que lleva por título: "D e nuestros antecedentes". Esto es, se trata de un texto que Lacan considera como antecedente de su enseñan­ za, pero no parte efectiva de la misma (ya hemos recordado que Lacan ubica el inicio de su enseñanza con el discurso de Roma, en 19 5 3 ). De este modo, si pretendemos incluir las elaboraciones sobre estadio del espejo ya dentro de la enseñanza de Lacan pro­ piamente dicha, nos es preciso dar un paso más y avanzar hacia la relectura que el propio Lacan produce de su temprana inven­ ción ya en los años '5 0 .

Lo que es necesario destacar de esa relectura es que a la pre-

9 Cf. LACAN 1966a, 86, n. 1.

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valencia del registro imaginario en la identificación constitutiva del yo, registrada en la prim era versión del estadio del espejo, el Lacan de estos años 5 0 ' agrega la necesidad de subrayar su sos­ tén simbólico. No podría ser de otra manera, como indicamos, éste no puede considerar ya a lo imaginario como un registro primero o autónomo al que lo simbólico se le sumaría secunda­ riamente. Más bien le es preciso desarrollar de qué modo las re­ laciones del yo con su imagen descansan, se soportan y hasta son reguladas por lo simbólico.

En el Seminario 1, en los capítulos agrupados bajo el título: "L a tópica de lo im aginario", puede seguirse muy bien la cons­ trucción lacaniana de los llamados esquema ópticos -retom ados varias veces en su enseñanza posterior- de los que se servirá, en­ tre otras cosas, justamente, para elaborar el modo en que lo sim­ bólico sostiene y regula las relaciones imaginarias en la construc­ ción de la realidad: "¿Cuál es mi posición en la estructuración imaginaria? Esta posición sólo puede concebirse en la medida en que haya un guía que esté más allá de lo imaginario, a nivel del plano simbólico, del intercambio legal, que sólo puede encarnar­ se a través del intercambio verbal entre los seres humanos. Ese guía que dirige al sujeto es el ideal del yo" (LACAN 1 9 5 3 -5 4 , 215).

En efecto, nos interesa detenernos en la función del ideal del yo que, como instancia simbólica, es sindicada por Lacan como la reguladora de las relaciones del yo con sus objetos. Así, si Lacan reafirma la tesis del estadio del espejo en la que se sostiene que el yo se constituye a partir de la imagen especular del semejante, es decir, si bien es imaginaria la identificación constitutiva del yo, en estos años '5 0 subraya que tal identificación no sería posible sin este soporte simbólico del ideal del yo. En esa línea, la dife­ renciación entre el ideal del yo como simbólico y el yo ideal como imaginario es decisiva: "...F reu d emplea aquí Ich-ldeal [ideal del yo], que es exactamente simétrico y opuesto a ldeal-Ich [yo ideal]. Signo de que Freud designa aquí dos funciones diferentes. ¿Qué quiere decir esto? [...] Uno está en el plano de lo imaginario, el otro en el plano de lo simbólico, ya que la exigencia del Ich-ldeal [ideal del yo] encuentra su lugar en el conjunto de las exigencias de la ley" (LACAN 195 3 -5 4 , 20 3 -2 0 4 ). " ...la relación simbólica de­ fine la posición del sujeto como vidente. La palabra, la función simbólica, define el mayor o menor grado de perfección, de com-

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