I. PRIMERA PARTE: PREMISAS POLÍTICAS Y LITERARIAS DE UNA
I. 3. EL CAMBIO DE RUMBO
Es típica de nuestro tiempo la quiebra de muchos dogmatismos, de verdades absolutas y universales. Parecen triunfar, en cambio, el relativismo metafísico y, desde luego, psicológico. Cada hombre tiene su propia verdad, su verdad personal […] No existe ya la realidad como un bloque compacto, de signo claro y evidente. Lo que existen son miles de pequeñas impresiones. Varían según el sujeto, según el momento, la luz, el ambiente, el talante afectivo.
(Amorós, 1981: 61)
Para Eduardo Mendoza, el experimentalismo que llevó la intencionalidad formal y el prurito de originalidad a los extremos señalados puede explicarse por la situación política que reinaba en España:
Aquí, en este país, los escritores están muy marcados por el contexto político: pienso que las condiciones del franquismo han influido en un anclamiento también literario. La verdad es que la novela actual está muy aburrida. (Tuñón, 1976: 51)
Es verdad que el derrumbe de aquel “totalitarismo estético” coincidió -por mera casualidad -con el desgaste de la dictadura y el aligeramiento de la censura, pero no creemos -y en esto coincidimos con unas magnas autoridades de las Letras- que los factores políticos sean determinantes en el desarrollo de la cultura en general:
-Algunos creyeron […] que el clima de mayor libertad iba a desencadenar la creatividad espontánea, antes aherrojada. Hay que reconocer […] que no ha sido así. (Amorós, 1979: 7)
-La historia política no es determinante de los cambios literarios, y un suceso histórico, por muy
importante que sea, no arrastra necesariamente consigo una renovación cultural. (Alonso, 1988:6)
-En el terreno de la cultura, no es tan claro que haya un antes y un después de Franco por cuanto las condiciones sociales que hacen posible el hecho cultural ya habían cambiado progresivamente antes de la muerte de Franco. (Vázquez Montalbán, 1991: 14)
Valga La saga/fuga de J.B. (1972) de Gonzalo Torrente Ballester -mezcla paródica de la renovación estructural de la época con la fantasía- como ejemplo de que el cambio de rumbo se inició, literariamente, antes de la muerte de Franco. La modernización progresiva de las instituciones estatales había permitido a antiguos colaboradores de Franco como Ruiz Giménez, por ejemplo, iniciar el cambio, editando unos Cuadernos para el diálogo desde cuyas páginas podía, libremente, opinar sobre los problemas nacionales más candentes.
De igual forma, las concesiones -edición sin censura alguna, en 1974, del
Réquiem por un campesino español publicado en México en 1953- que condujeron
a un ciudadano discrepante como Ramón Sender (vivía en el exilio desde 1939) a España donde fue el autor más vendido en la Feria de libro de aquel año, apadrinaron, también, el resurgir de una literatura destinada, desde una perspectiva crítica y no documental, a la recuperación de la memoria colectiva.
Mendoza analiza esta resurrección de esta manera:
Para mí el problema es que en un momento dado la novela española quedó totalmente rota. Antes había una gran tradición literaria, había generaciones que se destruían para dar paso a otras, había una tradición muy dialéctica, pero todo se rompió y desaparecieron unos eslabones de la escalera
absolutamente necesarios para los que retomamos esta tradición. Por otro lado se da el caso de que dicha recuperación se realizó hacia figuras olvidadas, mártires a los que no se los pudo criticar, y a los que la novela moderna no se podía enfrentar. Esta generación puente desapareció: Sender, Poncela, Francisco Ayala, etc. Ahora las cosas se recuperan pero se echa en falta su influencia en las futuras generaciones que nacen un poco sin unos padres claros. (Alzueta, 1979: 53)
Quizás tenga razón Eduardo Mendoza si, pensando en la guerra civil y en el consecuente exilio de miles de intelectuales, se refiere, al hablar de ruptura y olvido, a la incomunicación con la madre patria, la dispersión de la España peregrina por la geografía y el difícil acceso que las obras de los desterrados han tenido a la crítica española y al público nacional en general. El período de que habla es, empero, en cuanto a producción literaria, tan rico como variado en sus estilos e influencias, pese a sus complejidades y a la calidad desigual de sus numerosos representantes.
Baste con recordar, pensando en las mismas características del escritor barcelonés, la innegable influencia que la deformación grotesca de la realidad propuesta en De raptos, violaciones y otras inconveniencias (1960), El as de bastos (1963) o en El jardín de la delicias (1971) por un monumento vivo y escritor fecundo como Francisco Ayala; su propensión a situarse adrede al margen del “cainismo” y de la circunstancia histórica, y a huir de las etiquetas por concebir su obra como una variación permanente, así como su afición a las composiciones narrativas fragmentadas en unidades diferenciadas y el perspectivismo de voces - este “dejar que las palabras traicionen los pensamientos de los personajes y hasta
delaten aquellos fondos de su conciencia que son arcanos para el propio sujeto” (Ayala, 1969: 59)- que propone, tuvieron en las generaciones futuras.
Podríamos decir lo mismo de la obra multiforme (relato histórico, alegórico, sociopolítico, autobiográfico, y también lúdico con la serie de Nancy), de imposible clasificación general y de gran proyección de Ramón Sender. O, desde una perspectiva más general, de la propensión de cierta literatura a expresar, en la posguerra, las inquietudes y anhelos del hombre común, dando cabida al individuo extraído de la masa, al hombre humilde.
Con lo que se nos antoja que mediante aquel parecer Eduardo Mendoza sólo intentaba explicar por qué se había ido a buscar sus raíces literarias en otros ámbitos, o legitimar el salto que había dado en el tiempo para ubicar la acción de su primera novela en el bienio 1917-1919, cuando casi todos se dedicaban a recoger los escombros de cultura y las memorias deslenguadas de los que habían dado su vida o salud a la contienda civil.
La larga enfermedad de Franco mientras unos y otros forcejeaban para participar de aquel combate de la memoria, aquella aventura de la conciencia, y la aparición, cuando ya estaba dando los últimos suspiros, de otra literatura también conectada con la realidad social, pero evocada a través del filtro relativizador de la ironía y la distancia, fueron signos premonitorios de un cambio inminente y de ruptura literaria.
Entre los partidarios de aquel cambio de orientación literaria, para quienes escribir parecía ser un juego ético y estético que procuraba constantemente
desacralizar la realidad contemplada, encontramos a Eduardo Mendoza cuya primera novela -La verdad sobre el caso Savolta- salió a luz el 23 de abril de 1975.
Llàtzer Moix reproduce, para información del estudioso, en Mundo
Mendoza (2006: 76), el informe de la censura, fechado el 14 de septiembre de 1973:
Novelón estúpido y confuso, escrito sin pies ni cabeza. La acción pasa en Barcelona en 1917, y el tema son los enredos de una empresa comercial, todo mezclado con historias internas de los miembros de la sociedad, casamientos, cuernos, asesinatos y todo lo típico de las novelas pésimas escritas por escritores que no saben escribir.
En contraposición con este juicio despectivo, con el que Eduardo Mendoza suele bromear diciendo que es el único que comparte totalmente, la crítica especializada acogió la novela con fervor y entusiasmo:
Una novela de gran complejidad estructural, que, sin embargo, resulta fácil, entra por los ojos sin complicaciones, sin la menor concesión. Que potencia mil niveles de lectura y que todos, hasta los más superficiales, resultan activos y atractivos. (Pereda, 1975: 3)
Asombroso por su técnica, por su estructura, por su manejo de niveles, por su habilidad narrativa, por la maestría con que han sido manejados y combinados los materiales narrativos. (Conte, 1975: 5)
No hace falta subrayar la diferencia con el juicio de la tardía censura franquista. Lo que sí hemos de mencionar es que este fervor y este entusiasmo son muy del año 1975. Año mágico y doliente en el que España y los españoles se encontraban, tanto en lo político como en lo literario, à la croisée des chemins.
Mágico por coincidir, en el dominio de las letras españolas, con la irrupción, en el escenario literario, de unos escritores atípicos como el barcelonés cuya opera
prima maravilló al público lector y deslumbró a los críticos por su forma múltiple y
su estructura laberíntica.
Doliente porque, el mismo año, tras una larga agonía, el 20 de noviembre, murió Francisco Franco Bahamonde, después de 39 años de poder absoluto.
La muerte del Caudillo abría una era de dudas y esperanzas. Dudas de que se intentara prolongar el franquismo más allá de los límites naturales fijados por la muerte de Franco. Y enormes esperanzas de que el pueblo español que había crecido en el dolor, en un ambiente asfixiante de censuras y restricciones, aprovecharía la ocasión para recobrar todas las libertades confiscadas por la dictadura.
Alentó el rey Don Juan Carlos de Borbón, sucesor de Franco, dichas esperanzas, al aludir, en su primer discurso a la nación, a la imperiosa necesidad de reconocer las peculiaridades regionales, expresión de la sagrada realidad de España. Pero las defraudó también al nombrar como jefe de gobierno a Arias Navarro, antiguo colaborador y ministro de Franco.
Dicho nombramiento era, a los ojos de la inmensa mayoría, un intento de institucionalización del franquismo. Consecuentemente, el pueblo español, nada dispuesto a aceptar esta continuidad disfrazada, rechazó en bloque los llamamientos al diálogo y a la concertación de Arias Navarro que acabó recibiendo críticas que llovían de todas partes: del pueblo que deseaba más libertad, del Bunker que consideraba su moderación como una traición y, por fin, de los dirigentes políticos
que vivían todavía en el exilio (París) desde donde elaboraron unas plataformas reivindicativas en las que reclamaban la formación de un gobierno provisional, la amnistía general, la legalización de todos los partidos políticos, la convocación de unas elecciones a Cortes Constituyentes y la elaboración de una nueva Constitución.