A lo largo de estos 50 años, el conflicto entre los dos países se exacerbó y quedó estancado en un callejón sin salida, mientras tanto, en los tres polos entre los que se desarrolla este se fueron produciendo cambios, de los que quizás los más relevantes sean los que se han ido produciendo en la sociedad cubana, su economía, las ideas y el entorno internacional en que se inserta.
Estas transformaciones se vinculan a dos momentos diferentes, prime- ro, la reacción de supervivencia desencadenada a inicios de la década de los 90 tras el colapso del campo socialista, y el segundo tras la elección de Raúl Castro como presidente, en que se plantea una etapa de cambios con un nuevo carácter, en respuesta a la acumulación de fallas y tensiones internas.
La implosión del campo socialista representó un catalizador externo que dejó al descubierto distorsiones institucionales y trabas burocrá- ticas que sumadas a la crisis de inserción internacional colocaron el
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país al borde del colapso económico. Las reacciones desencadenadas por este shock incluyen entre las transformaciones más importantes a mencionar: que por primera vez en la historia cubana el azúcar dejo de ser el motor económico del país, siendo desplazada por el turismo y las exportaciones de servicios médicos ; la apertura a los bancos y la inversión extranjeros, redistribución de la propiedad estatal en favor del sector cooperativo y privado; la segmentación de la economía en dos monedas, generándose una tensión permanente en cuanto a la eficiencia, los salarios y los precios, reforzada a su vez por las remesas enviadas desde el exterior que se convirtieron en un flujo significativo de ingresos.
Como consecuencia de estos y otros cambios, no tardaron en producir- se impactos sociales: aparecieron problemas de pobreza, desigualdad creciente y re-estratificación territorial, junto al reforzamiento de la emigración del campo a las ciudades. Surgieron problemas que re- querían respuestas en una escala sin precedentes, como la expansión de la corrupción y del desvío de recursos estatales. No es de extrañar entonces que todos estos fenómenos tuviesen también un reflejo en las ideas y los valores. Casi veinte años después, los efectos negativos principales del shock en el plano macroeconómico fueron revertidos, otros subsisten y se suman a nuevos desafíos. Hoy se ha transitado hacia otra etapa sin la presión ni el sentido de emergencia de entonces, ya no se trata como en los años 90 de una crisis de reinserción inter- nacional y de recomposición del sistema económico empujada por el shock externo, sino de una transformación político-institucional ante las nuevas realidades internas, un proceso que va más allá del relevo generacional al que muchas veces se quiere reducir.
Como apuntara un intelectual cubano, el reto principal ahora está en
cómo renovar el sistema sin crear problemas mayores2(Alonso, 2008),
no para “remendar un modelo agotado y disfuncional, que arrastra re- sabios del socialismo real euroriental, sino de articular progresivamente otro, en la lógica de los problemas y necesidades de la sociedad cubana
actual”3(Hernández, 2008). La percepción de que el consenso social
está a favor de cambios dentro y no como ruptura del sistema socio-
político fue confirmada por dos vías totalmente diferentes4(Ravsverg,
2008), una fue el llamamiento hecho por Raúl Castro a la población para que planteara las quejas y las propuestas concretas para solucionar
El conflicto Cuba/Estados Unidos: Nuevas realidades vs viejas recetas. Los límites del cambio
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los problemas, lo que generó una lista de 1,2 millones de planteamien- tos que constituyen la base inmediata de legitimación de las propuestas de cambio para el país en asuntos que van desde las excesivas prohibi- ciones y las trabas burocráticas que limitan (el acceso a los hoteles de los nacionales, o para poder viajar al extranjero), hasta otras más de fondo que sin duda requieren más tiempo, como la transformación de la agricultura, la apertura a la inversión extranjera hacia otros sectores, la reorganización de la producción, el sistema de propiedad, los bajos salarios y la doble moneda. La convocatoria a establecer un diálogo crítico abierto en lo interno sacó de las manos de la tecnocracia el pro- ceso de articulación de las soluciones para ponerle un sello diferente de transparencia e interacción.
De manera inmediata ya se han dado los primeros pasos, a nivel polí- tico y práctico. Se reconoció la insuficiencia de los salarios para cubrir las necesidades y que las prácticas igualitaristas en estos habían sido contraproducentes, se ha señalado la necesidad de eliminar el hábito de promover la falsa unanimidad y se ha apelado explícitamente a flexibilizar el diálogo y la participación democrática respetando las diferencias; se eliminaron las prohibiciones para el consumo en moneda convertible para los bienes electrodomésticos, teléfonos celulares y servicios turísticos; comenzó la entrega de tierra a título individual para estimular la respuesta productiva ante las escaseces y la acrecentada importación de alimentos, y se flexibilizó la concesión de licencias para los transportistas privados.
Por un lado el proceso en sí mismo genera expectativas que inevitable- mente se tendrán que adecuar a la disponibilidad efectiva de recursos, y de otro ha servido para rearticular el consenso interno en los temas y definir el carácter y velocidad de las transformaciones. La segunda fuente que confirmó la actitud de cambio dentro del sistema dando prioridad a temas económicos y regulatorios fue una encuesta realizada
en el país por el Instituto Republicano de EE.UU.5(IRI, 2008). Una
parte considerable de los problemas identificados son comunes a los que afrontan muchos países subdesarrollados (crecimiento económico, competitividad internacional, pobreza, desigualdad, empleo, vivienda etc.), las diferencias se derivan del entorno político-institucional y sobre todo de los valores y las formas de participación política de los ciudadanos. Sin embargo, la advertencia pública de Fidel Castro en
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noviembre del 2005 de que la corrupción interna podía acabar con el
sistema político6 fue un reconocimiento claro de la envergadura que
las distorsiones internas estaban tomando.
Quizás quien mejor ha expresado el deseo latente en la población fue Eusebio Leal, el historiador de la ciudad quien en ocasión del Congreso de los artistas y escritores expresara: “todos estamos esperanzados, ¿por qué?, porque el país, efectivamente, asume que lo que hasta ayer
no fue conveniente o prudente, hoy es necesario7(Leal, 2008). En re-
sumen hay en marcha un proceso de transformaciones que responde a las realidades internas, cuya dinámica se puede acelerar o frenar en dependencia de los resultados que se obtengan y de la percepción de estabilidad o riesgo que se derivan del contexto externo, incluyendo en ese sentido el clima de las relaciones con los Estados Unidos. Por ello, lo que suceda en el futuro de las relaciones bilaterales depende en gran medida de la capacidad de Cuba de transformarse a sí misma y del modo en que EE.UU. asuma esos cambios.
Como muestra de voluntad constructiva, Raúl Castro ha ofrecido en varias oportunidades al gobierno de B. Obama establecer conversacio- nes en condiciones de igualdad, insistiendo en que no habría gestos unilaterales sino pasos de reciprocidad.
Desde esa perspectiva, ante la movilidad de las circunstancias domésti- cas e internacionales, el bloqueo se consolida como una estrategia cada vez más rígida, sin contacto con la realidad cambiante del país, como señalara Julia Sweig, “la política hacia Cuba, dirigida esencialmente hacia el cambio de régimen ha sido por largo tiempo dominada por los deseos (“wishful thinking”), cada vez más desconectada de la realidad de la isla, reforzada por un ambiente político que premia alimentar a la
Casa Blanca con lo que ellos quieren escuchar”8 (Sweig, 2007). Como
consecuencia de la creciente pérdida de capacidad para influir en los acontecimientos que suceden en Cuba, y de la renovada inserción in- ternacional de la isla mediante importantes acuerdos establecidos con China y Venezuela que le ha permitido contar con otras alternativas de crecimiento económico hacia el futuro, algunos analistas han llegado a considerar que ello sólo demuestra que “el fin del bloqueo puede no ser una prioridad urgente para la próxima generación de líderes políticos
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