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LA CAMPAÑA FINAL

CAPITULO II: EL INCREMENTO DEL CIEGO ESPÍRITU DE FACCIÓN EN LOS

IV. LA CAMPAÑA FINAL

"Todo amenaza ruina en este país", escribió Bolívar en Cajamarca el 14 de diciembre de 1823 al Ministro de Guerra Berindoaga mucho antes de los tremendos sucesos que los distanciaron. "El Perú se ha convertido en un campo de Agramante en el cual nadie se entiende"... Las cosas empeoraron a comienzos de 1824, y Bolívar pudo decir en una proclama a los peruanos: "Las circunstancias son horribles para nuestra patria: vosotros lo sabéis; pero no desesperéis de la República. Ella está expirando, pero no ha muerto aún". Iniciada bajo las condiciones más adversas, la campaña final de la libertad del Perú (que no va a ser reseñada en este libro) terminó con una victoria que es el más alto título que América ostenta ante la historia y ante el porvenir, y un monumento construido con inenarrables sacrificios sobre el que se yergue la gloria imperecedera de Libertador.

SÁNCHEZ CARRIÓN.

Uno de los autores de la Constitución de 1823 y el autor de su exposición de motivos participó en la campaña final como Secretario o Ministro General de Bolívar: José Faustino Sánchez Carrión (26 de marzo-28 de octubre de 1824). Tocóle entonces la tarea de viajar, frecuentemente enfermo, por Trujillo, Huamachuco, Caraz, Huaraz, Huánuco, Cerro de Pasco, Huancayo, Jauja, Huamanga, Huancavelica, para colaborar con el Libertador e improvisar elementos y recursos sacando hasta la plata de las Iglesias y los clavos de los portones de las Casas de Trujillo y de la sierra del Norte. Corresponde a la acción administrativa de Sánchez Carrión, además de la ayuda en la tarea ímproba de la preparación militar, la instalación de la Corte de Justicia de Trujillo, la creación de la Universidad de esa ciudad, el decreto declarando a los indios propietarios de las tierras que poseían y la fundación de varias escuelas. Una muestra de lo que habría podido ser su acción de gobernante si hubiera continuado, está dada en el oficio que enviara desde el cuartel general de Cerro de Pasco, el 2 de agosto de 1824, a la Municipalidad de Trujillo ordenando, en nombre del Libertador, que se reunieran en la casa consistorial cuarenta vecinos, cabezas de familia, "de probidad, consejo y decidido amor al país y que de común acuerdo propongan tres individuos para el empleo de prefecto de ese departamento". "Los propuestos -agregaba- deben reunir como cualidades indispensables, probidad incorruptible, aptitud conocida y servicios positivos, además de las que requiere la Constitución para estos destinos. Hizo, asimismo, intensa obra de propaganda escrita en volantes y en periódicos editados en la imprenta ambulante que los patriotas tenían, como El Centinela, publicado en varias ciudades. Esa guerra de papel pudo haber influido en el desánimo que mostraron, en las jornadas finales de la guerra, los soldados y oficiales indígenas y mestizos del ejército español.

El 28 de octubre de 1824, más de dos meses de la batalla de Junín, Bolívar, desde Jauja, organizó nuevamente su gobierno, designando como ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores a Sánchez Carrión, y como ministros de Guerra y Hacienda al coronel Tomás Heres y a Hipólito Unanue.

En la fase final de la guerra, llegó Sánchez Carrión a sugerir al Almirante Guisse, de acuerdo con Bolívar, la iniciación de la campaña marítima por la cual las últimas naves españolas se retiraron de las aguas del Perú (octubre de 1824).

Sin que hubiesen concluido las operaciones militares, en la convocatoria al Congreso de Panamá, que firmó el 7 de diciembre de 1824, dos días antes de la batalla de Ayacucho, Sánchez Carrión expresó solidaridad con la gran Confederación hispanoamericana ideada por el Libertador. El 8 de febrero de 1825 instaló en Lima, solemnemente, la Corte Suprema del Perú. A él débese, además, entre otras medidas, el nombramiento de la comisión que debía trabajar sobre los proyectos del Código Civil y Criminal.

En relación con la provisión de los empleos ostenta interés curioso el establecimiento de una `junta de calificación" para examinar probidad, aptitudes y servicios de los que deben ser empleados por el Estado (Decreto de Bolívar y Sánchez Carrión, el 11 de enero de 1825). Debía llevarse un libro de las personas que fueren calificadas.

Quien había clamado en 1822: "La presencia de uno solo en el mando me trae la imagen odiada del rey", fue ministro ambulante y luego ministro sedentario de un dictador. No hay elementos de juicio suficientes para determinar si las primeras convicciones ultra democráticas se habían atemperado en su espíritu, o si tan sólo las pospuso transitoriamente frente a las tremendas necesidades de la hora. De todos modos, si hubo o no variación ideológica en Sánchez Carrión es discutible; pero no lo es el hecho de que al oponerse a la monarquía en su primera "Carta del Solitario de Sayán", al coadyuvar a la implantación de la República desde su curul en el primer Congreso Constituyente y al realizar la tarea civil en la organización de la victoria al lado de Bolívar (que resumió brillantemente en la memoria leída ante el Congreso el 12 de febrero de 1825) Sánchez Carrión fue siempre el "Tribuno de la República peruana", título que precisamente ostentó un periódico por él redactado en 1822.

Pesa, sin duda con injusticia, sobre la memoria de Sánchez Carrión la acusación, avalada por la afirmación de don Ricardo Palma, de haber mandado asesinar a Monteagudo, hecho que tuvo lugar en Lima en la noche del 28 de enero de 1825, en la plazuela de San Juan de Dios. De esto se tratará más adelante.

Cuando fue nombrado el Consejo de Gobierno que debía ejercer las funciones ejecutivas en Lima, al marchar Bolívar al Cuzco en 1825, correspondió a Sánchez Carrión la Vicepresidencia de este cuerpo. No pudo casi ejercer el cargo. Enfermo, se retiró a Lurín, a la hacienda de los sacerdotes de la congregación de San Felipe de Neri. Falleció el 2 de junio de 1825. Tenía sólo treinta y ocho años. En una carta dándole cuenta de este hecho, Heres escribió a Bolívar: "Sánchez Carrión, después de hallarse aparentemente bueno y en estado de venirse de un día a otro a desempeñar su destino, ha muerto repentinamente en Lurín, el 2 del corriente por la tarde. Había estado aquel mismo día a caballo y con muy buen humor; concluido su paseo, se puso en cama a reposar y habiendo en estas circunstancias entrado su cuñada a verlo, lo encontró expirando. Inquieto yo con esta muerte, y con muchos deseos de saber la causa de su mal, que había podido ocultarse hasta el grado de engañar a los facultativos aún al mismo paciente, convine con el señor Unanue en mandar un cirujano que abriese el cadáver y lo observase. Fue efectivamente y del reconocimiento ha resultado que tenía en el hígado un aneurisma reventada; y de aquí se ha creído que sus paseos a caballo fueron dilatando los vasos hasta reventarlos. Así Sánchez Carrión se dio la muerte por los mismos medios que buscaba su salud".

Se ha pretendido decir que Bolívar lo mandó envenenar. Las frecuentes muestras de falta de salud de Sánchez Carrión, desde los días en que escribió sus cartas como "El Solitario de Sayán" y durante la penosa campaña de 1824, así como su condición de paciente en Lurín, parecen invalidar la tesis de una muerte súbita. La autopsia hecha por Cayetano Heredia descarta el envenenamiento. En su elogio necrológico, José Joaquín de Larriva escribió: "Ojalá que él no fuera tan infatigable en el trabajo, para que no bajara al sepulcro en edad tan temprana. Nos hubiera sido menos útil en el corto tiempo que administró nuestros negocios, pero ese tiempo duraría; y la utilidad perdida se desquitaría con ventajas. Verdad es que cuando marchó para la sierra ya llevaba consigo el germen de la muerte. Pero ese germen ominoso se hubiera desenvuelto más tarde si, además de las fatigas de la marcha, no le hubieran fecundado las tareas del bufete".

La ley que el Congreso aprobó en sesión de 12 de febrero de 1826, para otorgar recompensas a Bolívar y al ejército libertador, dispuso que se entregara a los jefes, oficiales y tropa la cantidad de un millón de soles, reputándose como perteneciente a estas fuerzas en la clase que el Libertador juzgara conveniente, al Ministro General (Sánchez Carrión), por su parte tan activa y laboriosa en la campaña. ¡Justo reconocimiento!

LAS IDEAS DE SÁNCHEZ CARRIÓN: DEL "TRIBUNO DE LA REPÚBLICA PERUANA" AL MINISTRO GENERAL DE LOS NEGOCIOS DEL PERÚ.

Las dos cumbres a las que se remontó la pluma de Sánchez Carrión estuvieron marcadas por la edición de su periódico "El Tribuno de la República Peruana" en 1822 y la preparación de las circulares y oficios que suscribió como Ministro General de los Negocios del Perú en 1824 y 1825. El Tribuno de la República Peruana (anunciado en su prospecto como El Tribuno del Pueblo Peruano) apareció desde el 28 de noviembre hasta el 26 de diciembre de 1822 con nueve números y 146 páginas. Su lema fue el siguiente: "Los derechos del pueblo no son más que el ejercicio de las leyes del pueblo, su felicidad, el cumplimiento de esas leyes; precipítate sobre ellas y serás esclavo". ¿Qué debían ser las leyes, según Sánchez Carrión? Vínculos entre la libertad y la indispensable necesidad de disfrutarla. La emancipación civil de un país debe tener como base el amor de las propias instituciones; si no es así, hállase en verdadera esclavitud. El Perú necesita para su felicidad sólo sabiduría en las leyes, energía en su aplicación y docilidad en el cumplimiento de ellas. Decisiva es la importancia de que los diputados se inspiren como legisladores en la verdad, la justicia y el pro comunal y no en pasiones viles o en menudos intereses.

Sánchez Carrión no es, por otra parte, un optimista ingenuo. Hay una herencia de bajeza y de adulación en el Perú ("Consideraciones sobre la dignidad Republicana", en el N° 3 de 5 de diciembre de 1822). Particularmente le interesa el problema de los empleos en el Estado. Para resolverlo presenta cinco puntos: "1° Los empleos han de graduarse por la necesidad de ellos y por los verdaderos merecimientos del que llega a obtenerlos. 2° El gobierno está en obligación de solicitar a los ciudadanos para que los sirvan, dando una rectitud y justicia tan calificada que el más leve descuido en esta parte es un delito de lesa ciudadanía. 3° Debe tenerse a la vista en toda provisión un censo calificativo de los servicios y aptitudes respectivas. 4° Jamás mantenga la República en su lista otros individuos que los necesarios al servicio de ella. 5° Debe haber un veto eterno a toda petición, empeño o manifestación agonizante de querer ser y figurar; siendo, por la inversa, motivo decisivo sobre las demás cualidades, para destinar a un ciudadano, su moderación y probada prescindencia de este linaje de solicitudes". (N° 4, de 8 de diciembre de 1822).

Con palabras enérgicas, combate el desprecio ante el industrial, el comerciante, el menestral y el agricultor. "Sólo el trabajo y la ocupación personal multiplicada en razón de las aptitudes y de las necesidades comunes producen las ventajas nacionales"... "Finquemos nuestra grandeza en traer un vestido llano y sin más insignia que la de la honradez, la de la delicadeza republicana, la de la austeridad civil; y he allí a los peruanos árbitros del continente". (N° 4,. cit.).

Por su parte, se revela enérgico y hasta implacable. La guerra es necesaria para la libertad de la patria. "Que corra la sangre", exclama. Elogia con júbilo la llamada "excomunión civil" de Monteagudo decretada por el Congreso. Es decir, es tremenda su saña contra quienes él considera que son enemigos de la República. Por otra parte, prueba que no es sólo un fanático. "Los cuerpos deliberantes (escribe en el N° 9 sin saber acaso que estaba condenando al Congreso) deben tener siempre en consideración que nada es más opuesto a la estabilidad, y crédito de las nuevas formas, que el prurito de despreciar lo viejo por abrir campo a proyectos flamantes. Así hemos visto venirse abajo magníficos edificios, levantados sobre el cimiento de la novedad y lo que es más, se ha visto adorar otra vez ídolos que se cayeron destruidos sólo por caminar a impulsos de la novelería. El espíritu público se forma tolerando las debilidades de unos, condescendientes con las flaquezas de otros y agradando a todos en cuanto sea compatible con el nuevo orden de cosas".

Especial interés reviste en El Tribuno su constante preocupación por el Perú. Inserta artículos sobre la despoblación, la topografía, el clima, la evolución histórica del país. En algunos de ellos cita a Garcilaso y a Cieza. Incluye también, al lado de algunas poesías cívicas, una canción indígena. Las circulares y oficios de Sánchez Carrión en 1824 y 1825 (reunidos en un tomo por Luis Antonio Eguiguren) forman el más inesperado colofón de su obra como literato y pensador. Abundan allí los detalles que evidencian las angustias y necesidades de la guerra. Hay alusiones a cupos y contribuciones; aparecen órdenes para que los curas realistas sean removidos, y los prohombres rivagüerinos, desterrados; otra nota dispone que a los prisioneros les guisen las comidas las mujeres godas para que sean bien asistidos; no faltan las referencias al periódico El Centinela que debe divulgar su propaganda entre el pueblo y el ejército y ser introducido en Lima y Jauja por las guerrillas, por la escuadra o por cualquier otro conducto. Una comunicación dirigida a Buenos Aires el 9 de julio de 1824 parece tener como destinatario a la posteridad cuando afirma que las fuerzas de la libertad no son otras sino las que el Perú ha levantado en su propio seno a expensas de sacrificios inauditos y con los auxilios de Colombia".

Pero también preocupan al Ministro General muchos otros asuntos, aparte de los de carácter bélico. Da minuciosas instrucciones a los visitadores de provincia para el reparto y venta de tierras: la finalidad de estas medidas es (conviene tomar nota de ello) no sólo aumentar los intereses fiscales sino también promover la agricultura y ha de efectuarse con el estudio de las necesidades locales, manteniendo a los indios en el goce de sus propiedades y otorgando títulos a las otras castas sólo cuando no hubiere fraudes y con un precio a justa tasación. Los prefectos e intendentes han de hacer un estudio geográfico, estadístico y económico de sus circunscripciones. Quienes expolien al pueblo deben ser ejemplarmente castigados. El juicio de residencia ha de continuar sustanciándose. Los funcionarios ladrones merecen especial sanción. Hasta los que, quitan gallinas a los vecinos necesitan ser investigados (Instrucciones para el pueblo de Huarmey, de 30 de noviembre de 1824). Los requisitos exigidos para conferir empleos no se diferencian en lo sustancial de los sugeridos por El Tribuno. Exquisito cuidado ha de ponerse en escoger a quienes desempeñan cargos municipales. No faltan tampoco las disposiciones sobre ordenamiento de hospitales, organización del servicio de correos y desarrollo de la educación con el fin de, multiplicar las escuelas gratuitas de primeras letras y dar rentas a establecimientos de educación superior. Casi inmediatamente después de la victoria de Junín, desde Huancayo el 2 de agosto de 1824, propugna que se establezca la tranquilidad y se auspicie la unión entre los vecinos para impedir que

dominen el rencor, la venganza, la codicia que son consecuencia de una educación innoble y servil.

Y así, en un periódico del que no existe una colección completa en ninguna biblioteca de Lima y en unas circulares y oficios sólo reunidos en 1954 y leídos por muy pocas personas, están dispersas las límpidas ideas del hombre más eminente de la Emancipación peruana.

Sánchez Carrión llegó a recibir de Bolívar la huerta conocida por La Menacho, en el valle de Ate, que había pertenecido a un español, así como una casa en Lima en la calle Núñez y una barraca, en el Callao.

EL ASESINATO DE MONTEAGUDO.

Pocos meses antes de la muerte de Sánchez Carrión, cayó asesinado en Lima Bernardo Monteagudo (28 de enero de 1825). Mucho se dijo y se ha seguido diciendo que esa muerte tuvo carácter político. Tal versión ha sido auspiciada por el relato de Ricardo Palma, quien vinculó el asesinato de Monteagudo a una "logia republicana" a la que inevitablemente vendría a estar asociado el Ministro Sánchez Carrión;.y también por el testimonio del General colombiano Tomás C. de Mosquera, muchos años después. El asesino pudo ser habido porque, como usó un cuchillo nuevo, dio lugar a que se llamara a todos los barberos de la ciudad. Uno de ellos declaró haber afilado el de un negro que parecía cargador o aguador; presentes los de estos oficios fue identificado Candelario Espinosa, quien llegó a confesar el delito tratando luego de mezclar en él a personas de la sociedad de Lima.

Otros posibles gestores del crimen pudieron haber sido algunos partidarios de los españoles, envalentonados con la noticia de la próxima llegada de una escuadra realista al Callao para auxiliar a Rodil y obsesionados por su odio al ministro de San Martín que tanto daño hiciera. En ese sentido declaró, por un momento, el mismo asesino. Bolívar escribió a Santander pocos días después (9 de febrero) acogiendo, en cierta forma, la misma versión: "Este suceso, debe tener un origen muy profundo o muy alto. Los asesinos están presos y ellos confiesan dos personas que pertenecen a la facción gótica de este país. Yo creo que esto debe tener origen en los intrigantes de la Santa Alianza que nos rodean; porque el objetivo no debía sólo ser matar a Monteagudo sino a mí y a otros jefes".

También pudo tratarse de una venganza por razones privadas o domésticas. O de un caso de asesinato para robar, como creyeron Heres, O'Leary y el Coronel Belford Wilson, edecán del Libertador.

Manuel Lorenzo Vidaurre y tres vocales escogidos especialmente tomaron a su cargo el asunto y formaron un tribunal especial con amplias facultades. En el proceso hay documentos en el sentido de que Espinoza fue torturado y que insistió, bajo esa presión, en que el móvil del asesinato fue un robo. Acaso no dijo entonces la verdad. Bolívar le perdonó la vida después de recibir su declaración secreta y lo envió al presidio de Chagres según unos y, según otros, con el grado de Sargento en las tropas que regresaron a Colombia.

Vidaurre, en una comunicación a Bolívar, que aparece en Suplemento a las cartas

americanas, escribió: "Señor: una mano poderosa movió el puñal de ese asesino, yo lo

hubiera descubierto si obrara por mí solo. El negro conducirá el secreto a la eternidad". Según San Martín, en una carta a Mariano Alejo Alvarez, escrita en 1833 (y publicada en el Boletín del Museo Bolivariano de Lima en 1930) él se esforzó en preguntar a cuantas personas pudo acerca de este asesinato y recibió versiones contradictorias: los sindicados fueron Sánchez Carrión, los españoles, un coronel celoso de su mujer y hasta Bolívar, sin que faltaran los que dijeran que el hecho se hallaba cubierto por un velo impenetrable.

Monteagudo, antiguo ministro de San Martín y de Torre Tagle, enemigo de Riva- Agüero que fue el autor de su caída, proscrito por el Congreso Constituyente con severidad insólita en aquella asamblea liberal, se había puesto en contacto con el Libertador desde 1823 en Guayaquil. "Monteagudo tiene un gran tono diplomático y sabe en esto más que otros", escribió Bolívar a Santander el 4 de agosto de 1823 desde ese puerto fluvial. "Tiene mucho carácter, es muy firme, constante y fiel a sus