“Sí, por supuesto, mañana podré comer contigo”.
Ella lo contempló con esa mirada transparente y añadió:
“No traigas los sándwiches, que los haré yo. Es lo mínimo que puedo hacer para devolverte el favor que me haces con estas clases de repaso”. El joven, que sólo por estar con ella ya se sentía totalmente recom- pensado, le comentó que él llevaría los refrescos.
“Sepan ustedes que los truenos que estamos escuchando signifi can mucho para un acústico, puesto que pueden ser el presagio de una tor- menta con lluvia o granizo, o bien de una tormenta eléctrica”.
Todos los alumnos miraban hacia el exterior. El cielo estaba tan obs- curo que tuvieron que encender todas las luces de la Universidad.
En el aula, las luces se vieron interrumpidas en varias ocasiones, y el profesor estaba atento por si la dirección accionaba la sirena.
Esta vez no fue necesario desplazarse hacia los refugios que tenía la Universidad en previsión de tornados, vientos huracanados y otras in- clemencias meteorológicas. El profesor pensó en la última vez que los utilizaron, y desde entonces, esos silbidos del aire, los golpes de objetos y demás sonidos le recordaban cómo quedaron algunas viviendas tras el paso de un huracán con nombre de mujer.
La alumna de la tercera fi la llevaba los sándwiches que había prepa- rado esta mañana, y su mirada hacia el exterior indicaba tristeza por este brusco cambio meteorológico. En cierto momento el profesor preguntó a un compañero de su fi la, y ella observó cómo su joven Maestro de la fi la anterior se giraba disimuladamente y la miraba a ella.
‘¿Porqué me sonríes?’, le preguntó con la mirada al verlo risueño ante este negro día. Él hizo un gesto de <tranquila>.
Al terminar la clase, se encontraron en el pasillo.
“Debemos dejarlo para otro día”, dijo ella señalando con la cabeza al exterior donde llovía abundantemente. Intentó repartirle los bocadillos, pero lejos de desanimarse, el joven le dijo:
“¿Confías en mí?”
Ella se cogió de su brazo para indicarle que sí.
El joven la condujo por los pasillos de servicios que el profesor de Acústica le enseñó al aceptar él la beca, y tras un recorrido que estaba seguro no recordaría, le abrió una puerta que los dejó en medio de la sala de lecturas de Harvard. Justo la sala que Sabine había corregido y que fue la cumbre de la acústica aplicada a la arquitectura.
“¿Podemos estar aquí?”, le dijo ella.
“Estamos aquí”, contestó él. “Escucha cómo suena”, y dejó los libros y la bolsa con los refrescos en el suelo, se acercó al estrado y desde el atril de oradores dio una palmada.
Ambos escucharon la respiración de Wallace Clement Sabine. Estuvieron unos momentos atentos a las respuestas de la sala dando palmadas y voces desde diferentes lugares. Mientras, la tormenta apaci- guaba en el exterior.
Se sentaron en la mesa de los profesores, y él le explicó cómo había sido el encargo que recibió Sabine, y el método que utilizó en 1900 para corregir la disfunción acústica que presentaba esta sala. Ella sacó los sándwiches y él los refrescos, y continuaron la charla, esta vez referente a la beca del profesor de Acústica.
“La he aceptado”, dijo él. “El profesor tiene una secretaria con una voz tan dulce que sólo escucharla ya vale la pena ser becario”.
“Pues tú mismo”, dijo ella con algo de celos reflejados en su rostro. “Y si tanto te gusta su voz, invítala a cantar contigo”.
Él se la quedó mirando, sacó unos papeles en blanco y le contestó: “Es cierto, no lo había pensado. La próxima vez que la encuentre le preguntaré en este sentido”.
Él vio que ella se estaba enfadando.
“Perdona, no quiero que pienses que soy un fresco, pero como ya sabes me apasionan los sonidos, y esa voz…”.
“Ya basta, ¿no? Hemos venido a repasar el tema del campo reverbe- rante y no a hablar de tus amores”, le cortó ella.
M a e s t r o R o n c a d o r
El joven pensó que debía cambiar de táctica. Forzar celos no era lo que le convenía en este momento, en que el punto importante era que ella se enamorara de él. Su padre le había comentado en el último encuentro, que utilizó una táctica parecida con su madre, pero que lo que la hizo de- cidirse fue su sabiduría y entereza en una situación delicada.
‘Claro, nosotros no tenemos ninguna situación delicada a resolver’, pensó para sí.
“Bueno”, continuó. “Ya que estamos en este recinto, debemos conti- nuar con la discusión sobre el campo reverberante. ¿Te acuerdas de qué depende el valor de la intensidad en este campo?”
Ella le contestó:
“Es constante, y su valor es igual a cuatro veces la potencia acústica dividida por la constante del local R. Lo dijiste en clase recientemente”.
El joven hizo un gesto de interrogación con los hombros invitándola a ampliar su respuesta.
“Que es igual al cociente entre el área absorbente y el coeficiente de reflexión”.
“En efecto “, dijo él. “La constante de local R es igual a Sα/1-α, de forma que si el local es muy reverberante, o sea que α es próximo a cero, ¿R es igual a…?”
Aquí ella tenía que pensarlo un momento. Sabía que en el límite seria igual a cero. Él le dio un papel en blanco.
“Si alfa es casi cero, pongamos que sea 0,1, resulta que uno me- nos 0,1 es casi la unidad, mientras que en el numerador queda 0,1S. El cociente de 0,1/0,9 es igual a 0,11, o sea que queda 0,11S. Estamos hablando de una constante R igual al diez por ciento de las superficies, en cambio, si el local es muy absorbente, como por ejemplo con α = 0,9, resultará que 1 – 0,9 es 0,1, y si dividimos 0,9 por 0,1 tenemos 9S”.
“Vaya, pues entre que R sea igual al 10% de las superficies del local o se acerque a nueve veces el valor de esas superficies hay un abismo”.
“Así es”, dijo él añadiendo:
“Y como ves, si α es próxima a cero, R es casi igual a cero. Es decir, que si no hay absorción R es mínimo, y en cambio, si la sala es muy absor- bente, R es muy alto. ¿Lo captas?”.
“Sí”, dijo ella. “Claro, si R es bajo, como la intensidad del campo re- verberante es inversamente proporcional al mismo, resulta que el nivel de campo reverberante es alto, en cuyo caso el campo directo queda muy reducido”.
“Exacto”, le contestó él asombrado de su reflexión. “Y en este caso, el campo reverberante casi domina sobre el campo directo, por lo que será muy difícil entender la conversación de otra persona”.
Una hoja de papel se había dirigido hacia el contraluz, y claramente aparecía la misma marca de agua que la de los versos de su secreto ad- mirador.
Ella le insinuó su autoría casi a bocajarro. “¿Eres tú el autor de los versos que recibo?”
Él no lo negó, no quería mentir, pero tampoco decirle la verdad. Ante su silencio, ella tomo las pruebas y las comparó. La marca era idéntica.
Pero él le hizo observar el distinto sonido de una hoja respecto la otra debido a que el gramaje no era idéntico.
“Mira, ésta es un hoja de 75 gr/m2 y esta otra es de 80 gr/m2. ¿Ob-
servas las diferencias acústicas?” Ella asintió rendida.
De todas formas, ella lo estaba observando con una mirada cristalina producida por sus ojos verdes. Una nube se alejó de la trayectoria solar, y un rayo incidió en sus cabellos pelirrojos. El joven estaba abrumado, y no tenía en estos instantes ninguna inspiración sonora, solamente la presencial, pero ella intuyó la situación con ese sexto sentido, y le realizó otra pregunta: