“Esta maleta que has traído hoy es preciosa. ¿Me la enseñas?” El ejecutivo estaba encantado. Hacía mucho tiempo que tenía esta maleta antigua de cuero grueso heredada de su padre. No era muy gran- de, porque sus dimensiones eran aproximadamente de 40 x 30 x10 cm. En el frente de las aperturas, repujadas en el cuero viejo se presen- taban las letras APL.
“¿Quieres que te explique su historia?”, le contestó el ejecutivo. Ella se quedó asombrada de sus explicaciones. Le contó que su con- tenido se refería a herramientas o útiles para salvar vidas o supervivencia, y que debía incrementarse en cada cambio de dueño. En este momento forjó que sería la siguiente heredera, pero debería demostrarle que la me- recía de forma manifi esta. Empezó a maquinar el plan para ello.
Acto seguido él la abrió. “¿La puedes volver a abrir?”
A ella le encantó como sonaron los cierres y los goznes, pero lo que vio en su interior era sublime.
“¿Y tú que es lo que has añadido?” “Estoy seguro que lo sabrás adivinar”.
“¿Si lo acierto podré quedármela?”, dijo ella casi en plan insolente. La verdad es que estaba radiante. Menuda, morena y pecosa, con una cara realmente hermosa y unos ojos azules. Él llegó a pensar en que podía ser su hija, pero era una mujer y en este instante en que tan mal lo pasaba en casa debido a su ronquera, la vio de forma distinta.
“No te prometo nada, porque esta maleta solo puede obtenerse si se precisa su ayuda”.
De todas formas estaba llegando a su objetivo, adelantar el futuro, y aunque ahora no lo conseguía, él ya estaba involucrándola.
“Pero no te preocupes, que esperaré a que crezcas”, le dijo él de for- ma cariñosa.
Ella vio el contenido. Las herramientas iniciales eran la brújula marina, la navaja suiza multiusos y el silbato Acme, luego había una caja de ceri- llas y una cantimplora de aluminio para el agua.
“Tú sabes que yo no voy a crecer más”, le respondió enarbolando la mirada y sonrisa más inocente que sabía no dejaba a nadie indiferente.
En efecto, él se estremeció, y ella se dio cuenta.
“Pero estoy creciendo y mucho, en otro aspecto”, continuó. “Estoy segura que los tres elementos que contenía la maleta cuando se la rega- laron a tu padre eran la cantimplora, las cerillas y la brújula. Creo que tu padre añadió la navaja y tú te has encargado de complementarla con el silbato Acme Thunderer.
Él estaba asombrado de las dotes de deducción que ella tenía. Claro que los primeros instrumentos se veían muy antiguos, pero esa seguridad con que lo había adivinado era realmente sorprendente.
“Para que yo te la ceda necesito dos motivos. El primero y más impor- tante es que me des una justificación irrefutable, y el segundo es que me agrade el nuevo instrumento a añadir como contenido”.
“Yo ya sé qué es lo que necesita actualmente la maleta”, le dijo con voz susurrante acercándose a su oído. El ejecutivo retrocedió un paso, y ella se quedó calculando sus posibilidades.
‘No abuses’, pensó para sí. ‘Ahora todavía no está preparado’.
Ella cerró la maleta y se la devolvió. Los sonidos de esos cierres impreg- naron el silencio de su despacho altamente dotado de libros técnicos y de arte.
“Esto… habías venido para exponerme algo, creo recordar”.
Él volvió a dejar la maleta encima la mesita central de la zona de re- cepción informal de visitas y fue a sentarse tras la mesa de su despacho. Ella no tuvo más remedio que sentarse en uno de los silloncitos de corte- sía situados en frente.
Ahora ambos estaban separados por la mesa. Ella se fijó en una es- cultura de unos treinta centímetro de alto situada en un extremo de ésta, y él le dijo:
“La he hecho yo”.
‘¿De dónde sacas tú tiempo para crear arte?’, pensó ella mientras la contemplaba. Era una pieza de travertino con acero inoxidable, en el que existían unas laminillas muy sutiles nacaradas o casi transparentes como de conchas marinas.
“Es una escultura sonora” “¿Qué, qué?”
“Que suena”.
Ella había percibido unos zumbidos, pero creyó que era alguna reac- tancia.
M a e s t r o R o n c a d o r
“La llamo Eco, porque parece que me responde cuando le hablo”. Había colocado un micrófono y unos acelerómetros acoplados de forma que al hablar captaban los sonidos y vibraciones que emitía la es- cultura. Una pantalla de osciloscopio mostraba lumínicamente las ener- gías captadas. Giró la pantalla y ella vio como respondía a la voz de él y también a la de ella. “Vaya, al parecer la tuya es más rica en matices. Pero también hace más cosas”
“¿Más cosas?”, contestó ella asombrada. “¿No te lo crees?”
El ejecutivo colocó los brazos sobre su mesa, y en aquel momento la escultura empezó a emitir un suave ronroneo claramente audible. Ahora la becaria estaba realmente sorprendida, y se levantó para percibir más de cerca el rumor.
“Es como el sonido de un mar de fondo”, dijo ella. “Me encanta”, pro- siguió mientras la estudiaba atentamente.
“¿Y cómo funciona?”
“Mis sonidos internos pasan a mis brazos y de estos a la mesa que hace vibrar las laminillas de la escultura”.
“¿Me dejas probar a mí?”
El asintió, levantó sus brazos de la mesa, y se sentó hacia atrás en su silla mientras la joven inspiraba aire y acercaba su silla hacia la mesa del despacho. Volvió a inspirar lentamente mientras colocaba los brazos encima de la mesa. Quería impresionarle, y lo consiguió con gran sorpresa para ambos, porque en el instante en que apoyó sus brazos la escultura empezó a vibrar de forma descarada emitiendo un aullido que no pudo resonar en el despacho por su alta absorción, pero que sobresaltó a la secretaria ubicada en la antesala, y que acudió de inmediato.
“No te preocupes, es solo una prueba”, le dijo el ejecutivo más sor- prendido que la becaria cuando la secretaria entró de golpe. Ella miró a la becaria frunciendo el ceño y salió cerrando la amortiguada puerta deján- doles en un grave silencio.
La joven estaba más aturdida que él. El silencio que siguió a la salida de la secretaria era especialmente denso. Ninguno de los dos se atrevía a romperlo, la una porque era la causa, y el otro por brindar el medio. ¿Ahora resultaba que este arte sonoro cuestionaba los pensamientos de los que se apoyaban en la mesa sobre la que se sustentaban? ¿Qué había suce- dido? Los dos se miraban sin saber lo que podían añadir.
“Perdona”, instantes de silencio. “Yo no sabía que mi escultura iba a reaccionar de esta forma”. Dejó pasar unos segundos para reponerse. “Creo que deberíamos volver a hacer hablar mi escultura, pero en unas condiciones más asépticas de laboratorio, y quizás, si te parece, en pre- sencia de testigos“.
Ella ahora callaba. No sabía a ciencia cierta qué era lo que había capta- do esta escultura. No deseaba por el momento hacer de conejita de indias.
“¿Tú qué crees que ha sucedido?”
“Por lo que he notado, mí escultura ha captado tu energía interior y la ha exteriorizado de forma muy parecida al grito de Munch”.
“¿Y puedes presuponer los motivos?”
“Creo que atraviesas un momento muy especial en tu vida, y mi es- cultura se ha comportado como un medidor de la confusión interna que presentas en este instante. ¿Crees que puedo acertar?”
Ella nunca había previsto que algo así la delatara. Estar junto con él, la llenaba y a la vez la dejaba en absoluta indefensión. Era consciente de ese choque de trenes emocionalmente hablando que sucedía en su interior.
Le miró fijamente y asintió.
Él entonces se decidió y le pasó la maleta de salvamento junto a estas palabras que jamás olvidaría:
“Quiero hacerte entrega de este obsequio que a mí personalmente me ha permitido avanzar y sobrevivir. Creo que realmente necesitas la ayuda que puede aportarte la maleta en este instante tan especial que atraviesas. Además, quizás yo sea también agente culpable de tus con- fusiones”.
Dejó pasar unos segundo meditando lo que seguiría.
“Los sonidos que has escuchado creo que reflejan parte de tus ten- siones interiores, y deberás preguntarte sobre sus motivos, en particular sin mi ayuda. Lo comprendes, ¿verdad?”
De nuevo ella no sabía qué responder. Estaba trastornada. Su cara había enrojecido, lo que con sus pecas la hacía todavía más hermosa.
‘Por favor, no me pidas nada ahora’, pensó él.
“Quiero agradecerte que me regales la maleta. Sabes que la cuidaré y que le incorporaré otro instrumento necesario para la supervivencia. ¿Te parece bien que sea un megáfono para la niebla? Así siempre se podrá oír el barco, o los latidos de su corazón”.
‘Nunca pensé en tus latidos. Quizás siempre me equivoqué al no con- siderarlos’, pensó él mientras asentía con la cabeza.