• No se han encontrado resultados

capítulo cinco

In document Imagen Vendedora Victor Gordoa (página 42-48)

El Oráculo

L

a cita fue en la madrugada, viajaríamos en automóvil du- rante un par de horas hasta la pequeña población en la que El Oráculo vivía, debíamos llegar con el crepúsculo, antes de que saliera el sol y aprovechar su aparición para hacer la con- sulta. Ése era el momento mágico en el que se hacía la luz, en el que la iluminación regresaba al hombre, así que les advertí que si no eran puntuales partiría sin ellos y recalqué que hablaba en serio. Por fortuna esta vez lo fueron, llegaron a tiempo aunque con cara de desvelados y después de un café caliente nos embarcamos rumbo a lo que sería una experiencia única.

Al partir les revelé el verdadero objetivo de nuestro viaje y ante su cara de desconocimiento aproveché el trayecto para ir explicándoles qué era exactamente lo que íbamos a hacer. Les informé que un oráculo era un ser estudioso dotado de una capa- cidad especial para proyectar situaciones en el tiempo y que la persona que íbamos a consultar era uno de los más secretos y preparados que existían. Podíamos considerar esta oportunidad como un privilegio, pues sólo recibía a quien podía creer que la sincronía mental entre el hombre y el cosmos era posible más allá del plano temporal, y a quien podía concebir que la mente era capaz de crear o cambiar cualquier cosa. El Oráculo vivía en sole- dad desde hacía mucho tiempo, pero no obstante su condición de vida ascética, siempre estaba en contacto con la gente que solía consultarlo y jamás perdía la amabilidad o el buen humor. Nadie

sabía a ciencia cierta su edad. Su apariencia era la de un hombre maduro pero de ninguna manera viejo, aunque se rumoraba que había rebasado los ochenta años. Llevaba décadas enteras dedi- cado al estudio de una técnica oriental oracular que había servido de guía conductual a soberanos, nobles y guerreros desde tiempos ancestrales. La técnica estaba basada en un libro de sabiduría que originalmente no contenía palabras, sólo signos idiomáticos con significados infinitos que debían interpretarse. Gracias a su total abstracción, en él había una síntesis enciclopédica de la realidad desde los más diversos ángulos: podía interpretarse como una cosmogonía, como un sistema de lógica o de álgebra y, en última instancia, como una representación de la trama evidente o secreta del hombre sobre la tierra. A través de los tiempos se le fueron añadiendo palabras a los signos del libro. Esto lo hicieron cuatro grandes sabios, quienes lo convirtieron en un texto filosófico bella- mente poético y, como este texto verbal era también una amalgama de sabiduría infinita con principios morales, podía considerarse como un tratado de ética.

—O sea que escucharlo jamás les hará daño —especifiqué. —¿Y aunque no nos conozca, podremos preguntarle? —in- tervino de inmediato la vendedora.

—Bueno, ayuda un poco que vengan conmigo; sin embargo, el Libro de Sabiduría puede ser consultado por cualquiera, pero no cualquiera puede interpretarlo, se necesitan muchísimos años de estudio.

—¿Y cómo se consulta? —preguntó el vendedor.

—Para consultarlo hay que hacer una pregunta. tomen en cuenta que de la inteligencia de la pregunta se desprenderá la comprensión de la respuesta, así que vayan pensando qué pre- gunta harán que tenga que ver con la situación de vida que están enfrentando; con el futuro que tanto les preocupa. Una vez hecha la pregunta, que podrán expresar o simplemente pensar, El Oráculo realizará un método de consulta que irá construyendo seis trazos. Éstos arrojarán una de las sesenta y cuatro situaciones que el libro plantea, después dará lectura al texto verbal y, final- mente, ampliará su interpretación. Al final daremos las gracias, haremos una ofrenda y nos retiraremos en silencio.

EL ORÁCULO —O sea que vamos a ver a un adivino, a que nos tiren las cartas o que nos hagan una limpia —agregó él con tono burlón.

—Lo que El Oráculo hace no puede compararse con la su- puesta adivinanza del futuro practicada por charlatanes. Lo que él hace es mucho más profundo —corté con firmeza la burla y enfaticé—. No se trata de saber si te vas a enamorar o si vas a en- contrar pronto un trabajo, sino de predecir la mejor forma de actuar frente a una situación consultada. La palabra que escucha- remos será un apoyo adicional a nuestra toma de decisiones, a la conducta que decidamos seguir.

Gracias a la plática, el trayecto se hizo más corto y justo cuando aparecía el crepúsculo nos encontramos frente a la vivien- da que ocupaba El Oráculo.

Era una casa pequeña de estilo rústico que reflejaba una modesta condición de vida. Nos abrió la puerta una mujer madu- ra, delgada y muy erguida, de pelo entrecano, ataviada con una túnica blanca inmaculada. Su mirada transmitía una paz que compaginaba perfectamente con el olor a incienso, la oscuridad parcial y el silencio que reinaban en el interior. La mujer nos indicó que esperáramos en una pequeña sala de recepción donde nos ofreció un té caliente, seguramente una mezcla de especias exóticas pues sabía diferente y olía exquisito. Nos sentamos en silencio, observando todo; el té verdaderamente nos confortó y pudimos relajarnos. A lo lejos se percibía el sonido tranquilizador de una fuente de agua que corría cantarina.

—Pueden pasar, el maestro los va a recibir ahora mismo —nos invitó la señora haciendo un ademán de pasar por otra puerta que daba a un salón contiguo.

El salón estaba vacío excepto por tres cojines iguales depo- sitados en el suelo. Uno un poco más grande colocado enfrente de todo, detrás de un lienzo de lino blanco recién planchado y un atril dorado que sostenía un libro cerrado. Sobre el lienzo había un manojo de tallos de milenrama, una hierba usada como tónico y astringente. Sin habernos puesto de acuerdo permanecimos de pie en silencio. Al fondo había un ventanal que permitía ver las montañas circundantes. Amanecía y la atmósfera estaba llena del canto matutino de los pájaros, de belleza y de paz.

De pronto, en silencio, como deslizándose y sin sentirse, apa- reció El Oráculo. tenía tiempo de no verlo, pero se mantenía exac- tamente igual que la última vez que había estado en consulta con él. Delgado pero fuerte y flexible gracias a la práctica de la yoga; con la barba algo más larga y el cabello suelto. Sus pequeños ojos oscuros tenían el poder de penetrar lo que observaban.

Nos saludó con discreción, nos indicó dónde sentarnos y él se acomodó en flor de loto en el cojín diferente. Entonces, después de respirar profundamente tres veces, habló sin rodeos:

—Bienvenidos. Díganme… ¿Han pensado ya lo que quieren preguntar? —su voz era pausada, suave y profunda.

—Sí, maestro —contesté de manera discreta.

—Bien, concéntrense entonces en lo que desean saber mien- tras realizo la consulta —agregó mientras tomaba el manojo de tallos y empezaba a manipularlos. Mientras, los tres cerramos los ojos para pensar en nuestra pregunta.

Poco a poco El Oráculo fue haciendo diferentes montones con las varas de milenrama, que cambiaba de lugar mientras asen- tía ligeramente con la cabeza. Repitió la operación seis veces hasta que construyó poco a poco un signo de seis trazos; por fin se detuvo, lo miró, se concentró, respiró profundamente y después habló:

—Su pregunta la responde Hsü, el hexagrama de La Ali- mentación, del tiempo de La Espera. Hsü está formado por el agua en la parte superior y por el cielo en la inferior. tenemos entonces la imagen del agua en el cielo, lo que nos remite inmediatamente a las nubes que contienen a la lluvia que está por caer. Cuando la lluvia caiga alimentará a la tierra, la hará fértil y todo florecerá; El Hombre entonces podrá estar feliz pues sabe que con el alimento podrá sobrevivir. Sin embargo —hizo una pausa—… todavía no llueve. Esta lluvia llegará a su hora, cuando la tierra esté lista, por lo que deberán ser pacientes.

Hizo una pausa, respiró profundamente y dirigiéndose al libro leyó textualmente:

EL ORÁCULO Si eres veraz tendrás luz y éxito.

La perseverancia trae ventura. Es propicio atravesar las grandes aguas. Y mirándonos interpretó:

—Lo que hayan preguntado implica la realización de un gran esfuerzo que tal vez no quieran enfrentar, por lo que el libro les dice que sean perseverantes; sin embargo, el signo alberga la certidumbre interior de que alcanzarán su meta. La debilidad y la impaciencia no lograrán nada. Cuando uno es capaz de mirar las cosas de frente y reconocerlas como son, sin ninguna clase de autoengaño ni ilusión, irá desarrollándose a partir de los acon- tecimientos la claridad que permite reconocer el camino hacia el éxito. también dice que el tiempo de emprender lo que han pen- sado es propicio y que para que tengan éxito será necesario pro- ceder con la verdad. Deben ir al encuentro de su destino, podrán dominarlo y atravesar las grandes aguas, vale decir tomar una decisión y vencer el peligro de quedarse como están —abrió los ojos, repitió la misma pausa, respiró y volvió a leer:

En el cielo se elevan las nubes, la imagen de La Espera. Así come y bebe el noble y permanece sereno y de buen humor. Entonces interpretó:

—Esto quiere decir que no deberán hacer otra cosa más que esperar, dejarse llevar por la secuencia de los acontecimientos que vendrán, ser receptivos a la alimentación que está por llegarles. Alégrense y pónganse de buen humor. finalmente, el libro dice:

La Espera en la sangre ¡Fuera del agujero! Uno cae en el agujero.

Arriban entonces tres huéspedes no convidados. Hónralos y al fin llegará la ventura.

Y a continuación hizo su interpretación final:

—Queridos amigos, están en un agujero y tienen que salir de él. La ayuda llegará desde afuera por medio de tres persona- jes que aparecerán de improviso y les ayudarán a complementar las herramientas necesarias para que se produzca el cambio que están buscando.

El Oráculo calló. Respiró profundamente tres veces, nos penetró con su mirada y, sonriendo, añadió:

—Eso es todo. tal es Hsü. El tiempo de la Alimentación. La Espera. El que tenga oídos que escuche. El Maestro sólo habla cuando los oídos están abiertos.

El Oráculo salió del salón como flotando, pero nosotros permanecimos todavía un rato más en estado de pasmo. Cuando por fin nos recuperamos, salimos de ahí conmocionados. Nos subimos al coche y debieron pasar muchos minutos antes que alguno de nosotros se atreviera a decir algo. Los tres teníamos la certeza de que se nos había dicho lo correcto, que habíamos encontrado la respuesta a lo que habíamos preguntado, pero la vivencia había sido demasiada intensa, ¿cómo era posible que el maestro nos hubiera contestado con tanta precisión sin conocer nuestras preguntas? Sentíamos la necesidad de digerir todo poco a poco. todos coincidimos en que deberíamos esperar un poco para poner toda la información en claro, que después nos volve- ríamos a reunir para retroalimentarnos y establecer un plan de acción. La decisión del grupo me pareció razonable, pero… yo sabía que la responsabilidad de señalar el camino iba a recaer en mí. Ellos habían buscado mi guía y yo ya me había involucrado demasiado con ellos. ¿Cuál era el plan a seguir? ¿Quiénes serían los tres huéspedes que aparecerían de improviso?

In document Imagen Vendedora Victor Gordoa (página 42-48)