El berrinche
P
or fin habíamos terminado la larga sesión y anochecía. Habían sido varias horas de trabajo que ameritaban un corte para comer en el que la vendedora estuvo inusual- mente callada. Yo no le había prestado la menor atención, así que me dediqué a platicar la mayor parte del tiempo con el vende- dor. El resto de la sesión había transcurrido con los detalles de comportamiento de parte de ella que ya todos conocemos, por lo que no me sorprendió que al retirarnos ella me dijera que quería hablar conmigo un momento, pero a solas. fue tal su énfasis en este último punto y su mirada tan decidida hacia el vendedor, que a él no le quedó más remedio que despedirse y pedir un taxi.Para escucharla decidí cambiar el escenario y disfrutar del silencio y calidez que nos brindaría el salón de visitantes distingui- dos donde la había recibido por primera vez. Se sentó con los pies hacia adentro, inclinada hacia adelante y las manos entre las rodi- llas. Yo leí su lenguaje corporal y deduje que no se encontraba bien. “¿Dónde había quedado la mujer glamorosa que gustaba de cruzar las piernas con gran seguridad al estilo de actriz de thriller eróti- co?”, pensé. Para animarla un poco, le ofrecí café capuccino y unas galletitas de mantequilla deliciosas que rechazó con un ademán de hastío. Muy extrañado por su conducta antisocial, no aguanté más la curiosidad y le pregunté:
—¿Qué sucede? Recuerdo que te gustan las galletas con buen café, no olvido con cuánta fruición las comiste en mi casa y
éstas… ¡Mmm!… son especialmente deliciosas —le dije mientras saboreaba una, omitiendo que habían sido regalo de mujer bonita.
—No tengo hambre y además no sé lo que es fruición, ni me importa —me contestó como niña adolescente en su primer desengaño amoroso.
—Fruición es un goce muy intenso y, respecto a las galletas, peor para ti, ya sabes que “Entre menos burros más olotes”. —dije sarcásticamente comiéndome otra galleta e imaginando que ahora me echaría en cara no saber qué eran los olotes a los que aludía el refrán.
—¿Qué te hice para que me trates así, eh? —dijo arrastran- do la última palabra—. te la has pasado insultándome todo el día. —¿Insultándote? —salté en medio de un trago de capuccino. —Por supuesto, en la comida no me hiciste caso, después me dijiste que me creía perfecta y que mi conducta alejaba a las personas y ahora para rematar me dices burra — y alargó la letra U tanto que creí que iba a llorar.
—Creo que estás confundida. Por un lado creo que tu tono de reclamación está fuera de lugar y, por el otro, nada ganaría con insultarte, lo que el refrán quiere decir…
—Al diablo con el refrán. Es evidente que hoy no te gusté y que la traes contra mí.
—Bueno, también es evidente que hoy vienes diferente, tu estado de ánimo, tu actitud, hasta tu modo de vestir hoy, fue algo… diferente —me di cuenta de que mi tono dubitativo podría significar mal.
—Qué… ¿Me vestí pésimo? —alargó la O—. Ya mejor dime que no sirvo para nada, ¿no?
Alzó tanto la voz que consideré cortar por lo sano antes que siguiera acelerándose. Dejé mi capuccino y me puse repenti- namente de pie.
—Mire, señorita, creo que esta discusión no tiene ningún sentido y prefiero darla por terminada —mi cambio de tono y el hablarle de usted surtieron efecto, por lo que se produjo en ella una reacción catártica que la impulsó al llanto.
—Lo que me faltaba… hoy veo que nadie me quiere —dijo con angustia y desesperación.
EL BERRINCHE Era evidente que detrás de esas palabras algo más estaba sucediendo por lo que decidí no engancharme en la discusión y guardar silencio. Para llenar el espacio, mientras lloraba descon- solada caminé al humidor por un puro, lo encendí y tras una larga fumada que me supo a gloria, regresé junto a ella en el sofá y le dije de manera asertiva:
—Hoy nadie te quiso.
—No, hoy todo me ha salido mal —bingo… Nunca fallaba el escuchar activamente.
—Cuéntame qué te pasó —le dije suavemente mientras le sobaba con delicadeza un hombro a manera de condolencia y consuelo.
—Resulta que… en la mañana mi papá habló conmigo y me dijo que ya estaba harto de ver que no hago algo por conseguir trabajo y que eso de estar perdiendo el tiempo dizque yendo a clases no va con su manera de pensar, que ya estaba grandeci- ta —sorbió, hizo una pausa, abrió su fina bolsa de mano, sacó un pañuelo desechable, se sonó ruidosamente y continuó—. Entonces me amenazó diciéndome que saliera a buscar empleo de lo que fuera o ya no me iba a dar la ayuda económica que me venía dando, así que ahora, ¿cómo voy a pagar la renta y la men- sualidad de mi coche? Para colmo me peleé con mi novio con quien llevaba tres meses saliendo, me dijo que era insoportable y que no quería volver a verme… y después tú… perdón… usted me ha dicho todo lo que me dijo y… —se soltó nuevamente a llorar.
—¿Es eso todo? —traté de aligerar el tono del drama que estaba presenciando.
—¿Le parece poco?
—No precisamente, pero tampoco creo que sea un proble- ma sin solución —volví a sobar su hombro—. Lo mejor será que te vayas a tu casa a descansar ya que por ahora no hay nada más que hacer. Mañana se verán las cosas con más claridad.
Ella asintió con resignación y me dio las gracias. Creí conve- niente no apresurarla, darle todo el tiempo que quisiera hasta que se tranquilizara y no retirarle la ayuda, así que la acompañé hasta la puerta del auto. Al despedirme le dije que seguía contando
conmigo, que no se desesperara. Ella correspondió con un beso húmedo en la mejilla, subió a su coche y, dándome nuevamente las gracias, arrancó. Después de que partió tuve el presentimiento de que la solución a sus problemas vendría a su encuentro. todo era cuestión de que dejara de buscar.