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32 Capítulo 4 – CONSIDERACIONES FINALES

Constantemente los niños, niñas y adolescentes son violentados/as socialmente por las instituciones sociales, la ideología dominante y los/las adultos/as que replicamos pautas culturales de corte patriarcal y adultocéntrico. El abuso sexual infantil encarna una de las formas de maltrato más aberrante y cotidiano, pretendiéndose en oportunidades, ser considerado para la víctima como algo “natural”. El núcleo familiar en el que tiene lugar la violencia, cuenta con una lógica patriarcal y adultocéntrica que determina el desequilibrio de poder.

Es un tipo de maltrato que pretender atacar la subjetividad del niño, llevándolo a la categoría de objeto, mediante el cual el abusador puede obtener goce sexual y sobre todo ejercer poder sobre el cuerpo del abusado. Se sirve del silencio de la víctima, la complicidad, en muchas oportunidades, del entorno y/o el descreimiento.

Año a año aumentan las cifras de denuncias de abuso sexual infantil, aunque existen aspectos que se mantienen a lo largo del tiempo, por ejemplo el hecho de que la mayoría de las víctimas sean niñas, púberes o adolescentes mujeres. Esta característica resulta interesante y nada casual, a la luz de las teorizaciones sobre masculinidades, donde se han recabado y analizado las diversas maneras de “ser varón” en varios países latinoamericanos, siendo una característica predominante la desvalorización de lo femenino y que todas ellas surgen en el contexto de un sistema de relaciones de género.

Una vez que el caso de abuso desembarca en las autoridades o el Sistema Judicial, se corre el riesgo de caer en la revictimización del niño/a, dejándolo desprotegido/a y además expuesto a su victimario producto de las malas praxis desarrolladas muchas veces por profesionales u operadores sociales relacionados al tema.

Las consecuencias del abuso sexual infantil son variadas, pudiendo generar en la víctima ira, asco, culpa, impotencia y sobre todo angustia. Asimismo diversas investigaciones teorizan acerca de la gran capacidad de resiliencia desarrollada por parte de víctimas de abuso sexual. Es por esto que el abordaje más humanizado debe comprender todas las implicancias que se ponen en juego en las dinámicas de abuso.

Una perspectiva de género resulta fundamental para la comprensión y abordaje correcto de estas situaciones. Las estructuras ideológicas como el Patriarcado, son quienes sostienen las prácticas abusivas de varones hacia mujeres, así como de adultos hacia niños/as. La violencia se desarrolla siempre

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en un escenario donde se da un desequilibrio de poder entre los actores y se manifiestan relaciones abusivas que la perpetúan. En el abuso sexual infantil, la violencia se produce por el empleo de la fuerza física, psíquica y sexual, de una persona más fuerte sobre otra débil.

Por estas características es que se puede afirmar que, habitualmente coexisten la violencia de género y el maltrato infantil. Nuestras relaciones sociales están lamentablemente signadas por la diferencia entre los sexos, y en consecuencia las relaciones de poder que conllevan, en el abuso sexual infantil estas están dadas por la edad y las relaciones de género, entre otras cosas. En cuanto a las asimetrías de género y generación se destaca la gran incidencia del paradigma de la sexualidad erigida en torno al hombre. Estas condicionantes ideológicas dan forma y determinan los modos de relacionarnos entre varones y mujeres, entendiendo a las relaciones sociales como un sistema autoritario, ordenado jerárquicamente.

El sistema de género, lógica que viabiliza y hace invisible el abuso, forma parte de nuestra identidad, determina lenguajes y discursos en nuestra cultura. También nos vemos influidos, como se menciona anteriormente, por un modelo adultocéntrico muy marcado, donde el ser niño, y más específicamente niña, es un gran factor de vulnerabilidad.

Los roles de género nos reservan deberes y derechos desiguales. Así como lugares sociales distintos y también desiguales. Determinan qué es propio de una mujer y qué no lo es, resultando de ello normas y percepciones relativas a la sexualidad inequitativas. El Patriarcado en lo que respecta a esta, establece y justifica mediante un conjunto de ideas, la dominación de lo masculino por sobre el cuerpo femenino y su sexualidad.

La masculinidad hegemónica, se encuentra íntimamente ligada a la sexualidad masculina, la que también afirma que los hombres cuentan con un instinto sexual intrínseco que debe satisfacerse.

Para finalizar, el abuso sexual infantil tiene lugar en un contexto que legitima la violencia de género y de generaciones hacia niños, niñas y adolescentes, donde la falta de educación en el plano sexual hacia niños en los ámbitos educativos también oficia de sostén. El no tener opinión válida frente al mundo adulto y la gran dependencia emocional y material contribuye al sometimiento de los niños, niñas y adolescentes.

La tarea de reflexionar sobre nuestras prácticas y sobre qué las orientan es determinante al momento de la evaluación y derivación de situaciones de abuso sexual infantil, ya que de no existir este cuestionamiento podríamos estar

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confinando a ese niño a la revictimización en varios ámbitos. También es positivo verse interpelado como adulto a cargo de la crianza de los más pequeños, debido a que con cada acción u omisión vamos a estar moldeando su subjetividad, entregándole como herencia, muchas veces, la pesada y angustiante carga de un sistema Patriarcal en el que no son tenidos en cuenta y comúnmente vistos como objetos.

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