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Universidad de la República
Facultad de Psicología
Trabajo Final de Grado
Violencias sexuales: un recorrido por el abuso sexual infantil
desde la perspectiva de género
Estudiante: Ornella Grimaldi C.I. 4.581.887-6 Doc. Tutora: Raquel Galeotti
Mayo de 2017 Montevideo, Uruguay
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ÍndiceIntroducción ………... Pág. 3 Capítulo 1 – Violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentes ………. Pág. 4 1.1 Cifras actuales de Abuso Sexual Infantil ………...………... Pág. 7 Capítulo 2 - Aportes de género a las violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentes ……… Pág. 9 Capítulo 3 - Caracterización de las violencias sexuales ………. Pág. 12 3. 1 Indicadores físicos, psicológicos y conductuales ……….……… Pág. 20 3.2 Consecuencias psicológicas ……….……… Pág. 24 3.3 Aspectos institucionales en el tratamiento de las violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentes ………....… Pág. 28 Capítulo 4 – CONSIDERACIONES FINALES ……….……. Pág. 32 Bibliografía ……….………. Pág. 35
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IntroducciónEl presente trabajo monográfico realiza un recorrido sobre las violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentes, poniendo especial énfasis en el abuso sexual infantil, intentando esclarecer qué lo diferencia de otro tipo de abusos como la explotación sexual infantil, cuáles son los contextos que lo favorecen y perpetúan, así como sus indicadores, los desafíos que implica su detección y consecuencias.
El aporte que se intenta realizar es desde una perspectiva de género, indagando en las diferentes conceptualizaciones de masculinidad, que permitan echar luz sobre el gran impacto del abuso sexual infantil en niñas y mujeres, ya que las relaciones de poder en este tipo de abuso, están dadas entre otros factores, por la edad y las relaciones de género.
A lo largo del trabajo, se menciona también el reto al que se enfrentan los operadores sociales y profesionales afines a la temática que abordan estas situaciones, ya que los diversos peritajes a los que son sometidos las víctimas no siempre reflejan el impacto del abuso, siendo en algunos casos hasta desestimado.
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Capítulo 1 – Violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentesEl abuso sexual infantil junto con el maltrato, configura una expresión de violencia social que se hace presente en todos los ámbitos y estratos socio-culturales. La violencia social se ejerce de diversas maneras las cuales se encuentran relacionadas unas con otras, podemos categorizarlas en: acceso diferencial al reconocimiento social, acceso diferencial a la participación en la toma de decisiones políticas, acceso diferencial a la riqueza socialmente producida. A este aspecto debe adicionársele la pertenencia a determinados grupos hegemónicos, o en su defecto el ser portador de algún estigma social, el pertenecer a una minoría socialmente vulnerada ya sea por el grupo étnico-racial al cual pertenece, ser portador de alguna discapacidad, o el solo hecho de pertenecer a determinado género.
Es importante tener en cuenta que dicha violencia es reproducida por las instituciones sociales y la ideología dominante, la cual a la vez produce subjetividades que la perpetúan.
La violencia social hacia la infancia/adolescencia en particular, se nutre en visiones patriarcales y adultistas, vehiculizadas por las instituciones sociales (sistemas de enseñanza, justicia, familia, medios de comunicación social, etc.), replicadas en las pautas culturales y encarnadas en las personas. (SIPIAV, 2015, p.8)
Se puede afirmar que la violencia social se expresa también a través de la violencia interpersonal, responsable de la generación de daños evitables en edades tan tempranas y cuya responsabilidad recae sobre el mundo adulto.
Dentro del conjunto de las violencias sociales se puede distinguir la violencia sexual específicamente, la definición que se maneja en la Investigación coordinada por Caballero, F. y Pailos, D. (2015) es la siguiente:
La violencia sexual supone una distribución desigual de poder en el marco de relaciones sociales, sustentada en inequidades socialmente construidas en función del género, la generación, la situación socioeconómica, entre otras, y el abuso por quien se encuentra en la posición dominante respecto del otro. La violencia sexual se manifiesta en distintas modalidades, existiendo una altísima variabilidad, según el ámbito en que se da, la duración, la definición de relación entre la víctima y el perpetrador entre
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otros. (Explotación Sexual Comercial hacia Niños, Niñas y Adolescentes enUruguay, 2015, p.22)
Maltrato infantil puede definirse como toda acción u omisión (producida por personas con lazos sanguíneos o sin ellos), intencional o no, que ocasiona en el niño, niña o adolescente daño en el desarrollo físico, psicológico y social. Es importante tener en cuenta que las acciones u omisiones no intencionales también constituyen maltrato, como por ejemplo las situaciones de negligencia o abandono. (Aportes para la intervención en maltrato y abuso sexual infantil y adolescente, 2012).
El abuso sexual infantil es un fenómeno multicausal, en el que se entrecruzan factores familiares, socio-culturales, históricos y vinculares, de ahí que para su abordaje es necesario contemplar todos estos aspectos.
En nuestro país configura un delito por atentar contra los Derechos de niños, niñas y adolescentes, por lo que vemos incluido aquí el campo jurídico. De esto se desprende que quienes lo padecen teman respecto de las consecuencias, cuestión que contribuye a que la víctima se mantenga en silencio, sosteniéndolo en secreto por acarrear consecuencias como el retiro del abusador del hogar y/o su encarcelamiento, con consecuentes repercusiones a nivel económico, entre otras. (SIPIAV, 2015)
Al igual que el abuso sexual infantil, la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes configura una problemática en toda América Latina, así lo refleja la investigación elaborada conjuntamente por Fundación “Telefónica”, Universidad de la República y Gurises Unidos en nuestro territorio. Dicha investigación toma los aportes del Informe mundial sobre la violencia y la salud. Washington, D.C. y define la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes como:
(…) una violación fundamental de los derechos del niño. Esta comprende el abuso sexual por adultos y la remuneración en metálico o en especie al niño o niña y a una tercera persona o varias. El niño es tratado como un objeto sexual y una mercancía. La ESC de los niños constituye una forma de coerción y violencia contra los niños, que puede implicar el trabajo forzoso y formas contemporáneas de esclavitud. (Explotación Sexual Comercial hacia Niños, Niñas y Adolescentes en Uruguay, 2015, p.22)
En ambas modalidades de maltrato infantil se puede observar cómo el niño, niña o adolescente es visto como mercancía intercambiable por
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dinero o especias constituyendo así una grave violación de los Derechos Humanos.
El abuso sexual, comprendido dentro del maltrato, se diferencia debido a su especificidad sexual. En el manual de aportes para el trabajo de operadores psicosociales, Aportes para la intervención en maltrato y abuso sexual infantil y adolescente (2012) es tomada la conceptualización de Iglesias, M. E., quien en su libro Intervención terapéutica. Manual de reflexión y procedimientos, atención en casos de maltrato y abuso sexual infantil (2001), lo define de la siguiente manera:
Abuso sexual infantil es toda acción, violenta o no, que involucra a un niño, a una niña o a un adolescente en una actividad de naturaleza sexual que, por su edad y desarrollo, no puede comprender totalmente, no está en condiciones de realizar y no puede dar su consentimiento libre. Esta acción puede incluir contacto físico o no y está dirigida a la satisfacción de otra persona, que se encuentra en situación de ventaja frente al niño o a la niña, por su edad, fuerza, poder o capacidad. (Aportes para la intervención en maltrato y abuso sexual infantil y adolescente, 2012, p.21)
Dos aspectos fundamentales señalados por la antropóloga Francoise Héritier, en su definición acerca de violencia, trabajada en el manual de aportes para operadores psicosociales anteriormente mencionado, son; la naturaleza abusiva de la relación y el desequilibrio de poder entre los protagonistas. La violencia implica siempre un vínculo donde se da el abuso de poder, aunque intervienen otros factores ésta característica pone de manifiesto la naturaleza abusiva de las relaciones como condición fundamental en el que se fundan y perpetúan.
Héritier define a la violencia como:
La naturaleza de la relación en la cual se produce un empleo de la fuerza (física, psíquica, sexual) de una persona más fuerte sobre otra, susceptible de ocasionar el terror, la huída, el sufrimiento o la muerte de un ser humano. (Aportes para la intervención en maltrato y abuso sexual infantil y adolescente, 2012, p.20)
Siguiendo a la autora, el maltrato tiene muchas veces sus bases en el desequilibrio de poder que se establece, entre otras características, por el género y la edad, por esto podemos afirmar que habitualmente coexisten el maltrato infantil y la violencia de género.
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1.1 Cifras actuales de Abuso Sexual InfantilEn nuestro país según lo expuesto por la autora Rostagnol (2000), quien teoriza sobre los resultados de un relevamiento de casos del Juzgado Penal de 11º turno entre los años 1980 y 1988, podemos afirmar que la mayoría de las víctimas de delitos sexuales pertenecen al sexo femenino y los que lo llevaron a cabo al sexo masculino, aproximadamente una relación de 87,5% y 95%. También dentro de este porcentaje se encuentra una amplia mayoría de víctimas de delitos sexuales menores de 18 años, y un 31% correspondiente a relaciones incestuosas donde predomina la figura de violación o atentado violento al pudor.
Dentro de las relaciones de parentesco se destaca que en igual medida se observa el vínculo padre-hija y concubino de la madre-hija, y un 25% tío-sobrina/o. La información recolectada por el Sistema Integral de Protección a la Infancia y a la Adolescencia (SIPIAV) en su Informe de Gestión del año 2013, muestra que durante el mismo año se atendió un total 1319 situaciones de violencia hacia niños, niñas y adolescentes, la mayoría de estas denuncias fueron protagonizadas por personas del sexo femenino y sólo un 44% del masculino. En cuanto al abuso sexual, se presentó un porcentaje del 28%, seguido de un 15% por maltrato físico y un 6% por negligencia, el mayor porcentaje fueron debido a maltrato emocional. Dicha información fue recogida en base a la experiencia de Centros Caif, Clubes de Niños y Centro Juveniles, así como también surgió de las denuncias realizadas a la Línea Azul y demás Organizaciones especializadas en convenio con INAU.
Otra de las especificidades del abuso sexual, como lo reflejan los datos, es que es perpetrado en su mayoría por el sexo masculino (96%), recayendo sobre el sexo femenino.
Respecto a la frecuencia del mismo se observa en dicho Informe que el 40% de los casos fueron episodios que se dieron una única vez, y las situaciones más denunciadas son aquellos que se han cronificado (77%), por sobre las que aún se encuentran en fase de inicio (23%).
En el Informe SIPIAV 2015, se puede observar que el número de casos ha ido en ascenso, se registraron un total de 1908 situaciones de maltrato y abuso sexual hacia niños, niñas y adolescentes, aumentando un 10% comparado con 2014. Este crecimiento viene en parte dado por el aumento y la mejora en la calidad de los registros de este tipo de situaciones. En este informe se destaca el
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rol fundamental de la escuela en la detección de los casos, ya que la franja etaria más sometida se encuentra entre los 4 y 12 años de edad.
En lo que respecta al sexo, en las gráficas puede visualizarse que de 0 a 12 años de edad ambos sexos se ven por igual afectados, mientras que desde los 12 años en adelante (adolescencia), el porcentaje del sexo femenino es quien aumenta, destacando que a medida que la mujer crece, crece también la violencia ejercida hacia ellas. (SIPIAV, 2015)
Siguiendo con los datos a nivel nacional, el estudio Explotación Sexual Comercial hacia Niños, Niñas y Adolescentes en Uruguay (2015), establece que las situaciones de explotación sexual se encuentran íntimamente relacionadas con experiencias de violencia y/o abuso sexual, haciendo especial énfasis en lo fundamental de promover un enfoque de prevención, que se base en la promoción de niños, niñas y adolescentes como sujetos de derechos. (Explotación Sexual Comercial hacia Niños, Niñas y Adolescentes en Uruguay, 2015)
A nivel mundial se destaca el Informe Mundial sobre la violencia contra los niños y niñas (2006), elaborado por el Secretario General de las Naciones Unidas
Pinheiro, en éste el autor retoma cifras de la Organización Mundial de la Salud donde se denuncia que cerca de 73 millones de niños y 150 millones de niñas han sufrido distintas formas de violencia sexual, con contacto físico. En el estudio se hace referencia a cinco entornos en los que se produce la violencia hacia niños, niñas y adolescentes, estos son el hogar y la familia, la escuela y el entorno educativo, las instituciones de atención y judiciales, el lugar de trabajo y la comunidad. A través del análisis de encuestas epidemiológicas en 21 países, establece que al menos el 7% de las mujeres, en algunos casos esta cifra ascendiendo al 36%, y el 3% de los hombres, con variaciones de hasta un 29%, expresaron haber sufrido violencia sexual durante su niñez. De este porcentaje, entre el 14 y el 56% perpetrado por algún familiar. (Pinheiro, 2006)
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Capítulo 2 – Aportes de género a las violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentesJoan Scott (2008) nos propone reflexionar acerca de los factores intervinientes de las relaciones sociales, como la diferencia de los sexos y las relaciones de poder que conllevan. Estas últimas están dadas en el abuso sexual, entre otras cosas por la edad, y también por las relaciones de género.
Entendiendo por género el concepto trabajado por la autora antes mencionada, quien lo define como una forma primaria de relaciones significativas de poder, como una relación dinámica y conflictiva, por lo tanto, cambiante. Este concepto resulta de gran poder explicativo para entender el fenómeno de la violencia familiar. Para el abordaje del maltrato infantil es menester tener en cuenta una perspectiva de género y generaciones, solo así podremos explicarlo a la luz de estas condicionantes ideológicas. (Scott, 2008)
La violencia que tiene lugar dentro del núcleo familiar, se desarrolla en una lógica patriarcal y adultocéntrica que determina ese desequilibrio de poder. Las concepciones desde un modelo adulto y una masculinidad hegemónica que de aquí emergen, se encuentran profundamente arraigadas en nosotros, moldeando nuestras conductas cotidianas y las modalidades de relacionamiento.
Se puede establecer un paralelismo entre el sistema de género y los sistemas autoritarios, ya que las diferencias entre sus actores son equiparables a jerarquías inamovibles. El sistema de género se convierte en una lógica tan naturalizada que pasa a formar parte de la identidad de los sujetos en esa cultura, y establece lenguajes y discursos que perpetúan y hacen invisible esa opresión. También los sistemas autoritarios ponen en práctica argumentos que justifican la opresión y hacen uso de medidas disciplinarias para lograrlo.
El abuso constituye una forma de dominación en la que se hace presente el modelo patriarcal y la forma hegemónica de masculinidad. Entendiendo como Patriarcado no solamente un modelo familiar basado en el poder paterno y masculino, sino toda la estructura social erigida en torno al poder del padre, la cual coloca a los roles de género en lugares sociales diferentes.
Conjuntamente con esta ideología, a lo largo de la historia, fueron surgiendo dioses masculinos de acuerdo a las necesidades sociopolíticas de las culturas y sus momentos históricos, desplazando así a lo femenino, pasando estas a ocupar el lugar de “pertenencias”. Posteriormente se le comienza a rendir culto al falo, en cuanto símbolo, al descubrirse el rol del semen en la fertilidad. Las mujeres al ser
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vistas como valiosas pertenencias, pasan a ser moneda de cambio la cual se intercambia o roba, puesto que sólo ellas podían garantizar el flujo de trabajadores. (Salas Calvo, J. M. & Campos Guadamuz, A. 2004)
Dos de los fundamentos ideológicos sobre los que se erige el Patriarcado son la desvalorización de lo femenino y la conjunta revalorización de lo masculino, aspecto que justifica el androcentrismo y el poder de los hombres sobre la naturaleza y el orden social.
“Esta división coloca a hombres y mujeres en lugares sociales distintos y desiguales, con atribuciones, derechos y deberes distintos y desiguales; lugares construidos estructuralmente, más allá de las intenciones de la psique individual.”
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Salas Calvo, J. M. & Campos Guadamuz, A. 2004, p.54)Algunos de los aspectos heredados por el Patriarcado son: la obligación de procrear hijos bajo el total control político del cuerpo y de la sexualidad de las mujeres, surgimiento de las instituciones de control social como el matrimonio, la maternidad, la virginidad, la monogamia para la mujer y la heterosexualidad obligatoria. También lo son el establecimiento de las estructuras económicas, políticas y de clase por parte de los varones y la guerra como institución patriarcal. El cuerpo y los fluidos de las mujeres pasan a ser algo despreciado, interpretado como negativo o inferior al hombre. La historia de la civilización patriarcal, es caracterizada en el plano de la sexualidad por un conjunto de ideas que legitiman y justifican la dominación y sometimiento del cuerpo femenino y su sexualidad.
En palabras de los autores antes mencionados, “Algunas de estas justificaciones ideológicas siguen hoy formando parte del imaginario de hombres y mujeres.” (Salas Calvo, J. M. & Campos Guadamuz, A., 2004, p.56)
La masculinidad no es una esencia universal y constante, sino ensamblajes significativos que fluyen al tiempo que se modifican, de modo que pueden cambiar drásticamente de un lugar a otro, de un tiempo a otro. (Rostagnol, 2011, p.23)
Rostagnol, S. (2011) parte de esta afirmación, para así referirse en su investigación: Consumidores de sexo. Un estudio sobre masculinidad y explotación sexual comercial en Montevideo y área metropolitana, a las masculinidades, ya que son varias las que conviven e interactúan diariamente, algunas más valorizadas que otras, todas ellas construidas en relación a las feminidades y conformando las diversas maneras en que la identidad de género se articula a través de la categoría género. Los modelos de género dan forma a los discursos cotidianos, y traen consigo las relaciones de desigualdad entre mujeres y hombres, pautando lo que es propio de uno u otro, dando como
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resultado que las percepciones y normas de lo relativo a la sexualidad de hombres y mujeres produzcan un juego de poder desigual. La masculinidad hegemónica, es aquella construida por una sociedad en un momento dado, algunos varones se corresponden con ella, mientras que otros ocupan lugares subordinados a ésta, especialmente la masculinidad gay.
La identidad masculina, es definida por sobre otras cosas, en relación de oposición a lo que es “ser mujer”, refiere a relaciones de género y éstas son inequitativas, para algunos autores es esta la causa primaria de las relaciones de prostitución.
Acerca de las sexualidades masculinas, la autora plantea que lo común es que se considere que la sexualidad masculina es motivada por la necesidad de satisfacer el deseo sexual, y no tanto por una búsqueda de intimidad con otra persona. Partiendo de los planteos de otros autores, Rostagnol (2011) afirma, porque así lo ha definido también más de un entrevistado, que esa definición de sexualidad masculina ayuda a mantener las condiciones que perpetúan la prostitución, puesto que los varones la definen como una consecuencia “natural” de su instinto sexual intrínseco. (Rostagnol, 2011)
Según lo planteado en la investigación El cliente pasa desapercibido. El cliente, principal explotador sexual infantil (2004), donde se aborda la explotación sexual de niños, niñas y adolescentes en distintas regiones de Perú, bajo el objetivo de identificar cuáles son los mecanismos que motivan a estos adultos a mantener relaciones sexuales con niños, niñas y adolescentes, en lo que respecta al concepto de masculinidad, se puede destacar que si bien el cliente no tiene total consciencia de lo que realiza, en muchas oportunidades se ve favorecido por la sociedad que no lo juzga, y en variedad de casos hasta festeja el aprovechamiento sexual de niños, niñas y adolescentes, utilizando la explotación para reafirmar su masculinidad. Este “cliente” actúa, en muchas oportunidades, para reafirmar valores machistas de la sociedad, en este caso peruana, como la posibilidad de dominar a otra persona que para él es inferior, demostrar su vigencia en lo sexual, satanizar la sexualidad femenina “desbocada” encarnada en las prostitutas, saciar el deseo sexual masculino, entre otras. Hasta que no sea visibilizado el principal responsable, el cliente, se verá beneficiado por este silencio e impulsará la impunidad de sus actos. (Garland, J. M., 2004)
Por otro lado, en el libro El lado oculto de la masculinidad. Tratamiento para ofensores (1999), de Batres, G., se hace referencia a una sola masculinidad, la hegemónica, aquella que es compartida por los hombres que crecen en una sociedad patriarcal. La misma se desarrolla a partir de dominar a otros/as más
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débiles, con menos poder. La imagen representativa de un “hombre típico” es descrita como: machista, arrogante, siempre de fiesta, siempre dueño de la razón, pensando en futbol, disconforme con sólo una mujer. Se define, como ya se menciona más arriba, como lo que no es femenino. Rechazo y odio a lo femenino, hace que la masculinidad de construya sobre lo negativo. Un varón, para hacer valer su identidad masculina deberá convencer a la sociedad de que no es una mujer, un niño pequeño, ni un homosexual. (Batres, 1999)
Asimismo en Masculinidad/es, poder y crisis (1997) se hace hincapié en que ninguna masculinidad surge sin el contexto de un sistema de relaciones de género, entendiendo estas relaciones como un factor primordial de la estructura social, considerada como un todo. Masculinidad:
(…) es al mismo tiempo la posición en las relaciones de género, las prácticas por las cuales los hombres y mujeres se comprometen con esa posición de género, y los efectos de estas prácticas en la experiencia corporal, en la personalidad y en la cultura. (Valdés, T. & Olavarría, J., 1997, p.35)
Capítulo 3 - Caracterización de las violencias sexuales
La violencia sexual en nuestro país, es comprendida dentro de la Ley Nº17.514, bajo el título de “Ley de erradicación de la violencia doméstica”, prevista
por el Poder Legislativo, por lo tanto su incumplimiento es considerado un delito. En el artículo Nº2 se considera violencia doméstica:
(…) toda acción u omisión, directa o indirecta, que por cualquier medio menoscabe, limitando ilegítimamente el libre ejercicio o goce de los derechos humanos de una persona, causada por otra con la cual tenga o haya tenido una relación de noviazgo o con la cual tenga o haya tenido una relación afectiva basada en la cohabitación y originada por parentesco, por matrimonio o por unión de hecho. (Ley de erradicación de la violencia doméstica, 2002, p.1)
La misma, puede tomar la forma de:
Violencia física, como acción, omisión o conducta que dañe la integridad física de una persona. Violencia psicológica o emocional, acción u omisión dirigida a degradar, controlar o perturbar, la conducta, el
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comportamiento o decisiones de una persona, por medio de la humillación, intimidación, aislamiento u otro medio que afecte la estabilidad psicológica o emocional. Violencia sexual, toda acción que imponga o induzca a comportamientos sexuales a una persona por medio de la fuerza, intimidación, coerción, amenaza, manipulación o cualquier otro medio que limite o anule la libertad sexual. Violencia patrimonial, es aquella que por medio de acciones u omisiones con ilegitimidad manifiesta conlleve pérdida, daño, transformación, sustracción, distracción, destrucción, ocultamiento o retención de bienes, documentos, instrumentos de trabajo o recursos económicos, con el fin de coaccionar la autodeterminación de la otra persona. (Ley de erradicación de la violencia doméstica, 2002)
Al respecto de las características del abuso sexual infantil, se puede afirmar que las situaciones de abuso sexual que padecen niños, niñas y adolescentes, se dan mayoritariamente en el contexto intrafamiliar o por parte del entorno más próximo de éste, tratándose de personas de quienes se espera que lo y la cuiden, por esta característica se torna muchas veces imprevisible, conlleva un impacto en la constitución psíquica y el desarrollo integral de niños, niñas y adolescentes. (SIPIAV, 2015)
Tuana, A. en su libro: El género, la edad y los escenarios de la violencia sexual (2009), establece que el abuso sexual intrafamiliar cuenta con una serie de características, las cuales es fundamental comprender para su adecuado abordaje. Las mismas son: el poder y las asimetrías de género y generación, el secreto y la ambivalencia y la retractación y victimización secundaria.
La autora afirma que el tema del abuso sexual hacia niños, niñas y adolescentes es una violación sistemática de los derechos de ese sujeto, la cual se apoya en un contexto general que legitima la violencia de género y generacional. Respecto del poder y las asimetrías de género y generación se puede destacar la incidencia del paradigma de la sexualidad construida en función del varón, el hecho de verla como tema tabú, de lo que no se habla, no se dice. La falta de educación sexual en los ámbitos educativos. También el sometimiento al que están expuestos los niños y niñas frente al mundo adulto, el no tener opinión. La alta dependencia emocional y material que mantienen los niños y niñas respecto de sus familias, que los hace vulnerables.
En el artículo Secuelas emocionales en víctimas de abuso sexual en la infancia (2006), de los autores Echeburúa, E. y De Corral, P., son analizados los
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datos de una investigación en EE.UU llevada a cabo por Finkelhor, y en España por López, en la década de los 90. En el mismo se plantea que la mayoría de las situaciones de abuso sexual suelen ser de carácter incestuoso, perpetradas por padres, tíos, hermanos mayores, etc. O en otros casos por personas que guardan relación con la víctima, como ser profesores, tutores, entrenadores. Éstas según los autores suelen ser las situaciones más duraderas y no se ven conductas violentas asociadas al abuso. Es frecuente en estos abusadores que presenten problemas de insatisfacción sexual, viéndose tentados a buscar en los niños y niñas que tienen más cerca y que menos se pueden resistir, ocasionales satisfacciones sexuales.
Estas situaciones sexuales incestuosas suelen comenzar con caricias, como paso posterior la masturbación y el contacto buco genital, los autores destacan como menos frecuente la evolución hacia el coito vaginal, en los casos donde la niña alcanza la pubertad.
Los niños y niñas más vulnerables a este tipo de abuso son aquellos que aún no hablan o que portan algunos retrasos en el desarrollo y discapacidades físicas y/o psíquicas, puesto que la capacidad para resistirse o revelar el abuso es notablemente menor. También se encuentran dentro de este grupo los niños y niñas que carecen de afecto en el núcleo familiar, siendo que en un primer momento pueden sentirse halagados por este tipo de “atenciones” del que son objeto, aunque con el pasar del tiempo acabe despertando en ellos un gran sentimiento de culpa. (Echeburúa, E. & De Corral, P., 2006).
Aparejado a esto, como se afirma anteriormente, se puede discernir un claro desequilibrio de las relaciones de fuerza, de poder, vinculado a la dependencia económica, afectiva y jurídica por parte del niño, niña o adolescente, desequilibrio dado por las diferencias en el género y la edad. (Molas, 2000). Los lugares de poder bien diferenciados en la familia suelen establecerse a partir de pautas culturales que determinan fuertemente la cotidianeidad de los sujetos. Es por esto que las ideas que habitan el colectivo social acerca de qué es ser mujer o varón son muy importantes para el análisis del abuso sexual infantil.
Según lo plantean De Paul, J. y Arruabarrena, M. I., (1996) esta asimetría podríamos calificarla no solamente como asimetría de poder, sino también de conocimientos y asimetría de gratificación, respecto de la primera se vincula a las posibilidades físicas de ambos, la diferencia de edad, y la mayor capacidad de manipulación psicológica del adulto sobre la víctima. Cuando se trata, por
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ejemplo, de una relación cercana como la de un padre y una hija la diferencia no solo se da a partir de los diferentes roles y la jerarquía en el grupo familiar, sino también, sobre las bases afectivas sobre las que se erige toda relación entre padres e hijos.
La asimetría de conocimientos hace referencia a que el abusador conoce lo que implica el contacto sexual con la víctima, quien generalmente lo desconoce, y es en este contexto que el victimario puede poner en juego estrategias de manipulación y engaño, silenciando la situación. Finalmente en la asimetría de gratificación los autores destacan que el cometido del abusador es su propia gratificación más allá de que para ello requiera la excitación de la víctima.
Uno de los aspectos que resultan centrales en la dinámica del abuso sexual y cronifican su práctica es, como lo plantea Malacrea (2000), el secreto, el cual muchas veces es mantenido mediante amenazas físicas o a través de la coerción emocional, el silencio genera en la persona que padece el abuso, sentimientos de complicidad y responsabilidad, y hace posible que el mismo se sostenga en el tiempo.
El secreto es un poderoso atentado a las relaciones. Para el niño poseedor del secreto deriva un vaciamiento de las relaciones (aquellas con los potenciales protectores), en las que no puede ser volcada la comunicación más importante, y un reforzamiento cada vez mayor de la relación (aquella con el agresor) en la que esta es, en cambio, compartida: el secreto contribuirá, por tanto, a hacer significativa, a través de una peligrosa distorsión de las naturales dinámicas que presiden el establecimiento de relaciones de confianza fundamentales con los adultos, precisa y preferentemente aquella en que se es envilecido y victimizado. (Malacrea, 2000, p.46).
Por parte de la víctima se produce un estado de paralización que muchas veces, al volverse crónica la situación de abuso, produce en el niño la sensación de acorralamiento por llevarse a cabo en su entorno más próximo.
Tomando los aportes de Summit (1983) podemos establecer que el niño debe recurrir a la denominada “acomodación al abuso” para lograr sobrellevar la intrusión de estos actos violentos en la vida cotidiana, manteniendo al margen las experiencias de abuso y los sentimientos asociados a ellas.
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El autor describe dentro de este síndrome cinco elementos: el secreto, la desprotección, el atrapamiento y la adaptación, la revelación tardía y poco convincente y la retractación.
Para mantener el secreto, el abusador suele recurrir a la culpa y a la ambivalencia: la culpa hace referencia a que la víctima se siente responsable por haber “provocado” al abusador, además de sentirse con cierto privilegio por ser “elegido/a” y también culpa al guardar dicho secreto. La ambivalencia es generada por sentimientos de amor y odio hacia el abusador, por un lado es la persona que abusa solamente quien le presta atención y por otro, el sentir de la agresión del abuso en sí, donde la víctima se siente usada.
La desprotección se visualiza en el hecho de que la persona que debiera cuidarlo y protegerlo en quien atenta contra el propio niño/a, este se siente solo, vivenciando la situación de abuso como algo inevitable por lo que hay que atravesar.
El atrapamiento puede identificarse porque el abusador instala un juego de manipulación donde se muestra frágil ante el niño, amenazándolo con que podría ocasionar un grave daño al núcleo familiar al develar el abuso, además de intentar coartar los lazos del niño con otros adultos protectores, haciéndole creer que nadie le va a creer si cuenta lo ocurrido.
Respecto de la revelación tardía establece que puede surgir en consecuencia de alguna situación conflictiva en la familia, como ser la revelación de situaciones de abuso en otro integrante del grupo, por temor a la repetición con otro integrante de la familia o por descubrimiento accidental o detección.
La retractación sin embargo, puede deberse al descreimiento y falta de apoyo, a la culpabilización y a las consecuencias de la develación, como por ejemplo, prisión y alejamiento de la familia y del abusador e impacto a nivel económico, contribuyendo a un estado general de conmoción en el grupo familiar. Esta acción por parte de la víctima produce un gran alivio en el entorno tanto familiar como social, con el fin de seguir manteniendo un “equilibrio” funcional a los mecanismos que dan sustento al abuso. (Summit, 1983)
En algunas ocasiones la madre del niño/a tiene conocimiento de que se está efectuando el abuso, en este caso lo que puede acallar su testimonio es el pánico a la pareja o miedo a desarticular la familia, también el miedo al estigma social negativo o el temor de no verse capaz de sacar adelante a la familia. (Echeburúa, E. & De Corral, P., 2006).
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Algunos investigadores, como los antes mencionados, plantean que las situaciones familiares de mayor riesgo son constituidas por familias monoparentales o reconstituidas, caóticas o desestructuradas, con problemas de hacinamiento, entre otros. La figura de la madre suele hallarse ausente, emocionalmente poco accesible y/o enferma, siendo frente a este panorama las hijas mayores quienes asumen las responsabilidades de la familia.
Respecto de la figura del abusador podemos encontrarnos frente a una persona muy protectora o celosa del niño/a, con dificultades en la relación de pareja, aislado socialmente, con baja autoestima o problemas psicopatológicos, muchas de las veces víctima de abuso sexual en la infancia, y frecuentemente ausente del hogar. (Echeburúa, E & De Corral, P., 2006).
En Abuso sexual infantil. Cuestiones relevantes para su tratamiento en la justicia (2015), son nombrados en cuanto al entorno, como factores de riesgo, la presencia de un padrastro, la falta de cercanía de la víctima con la figura materna (cuando esta no es la ofensora), madres reprimidas o punitivas en el plano sexual, padres poco afectivos físicamente, violencia en la pareja parental, insatisfacción en el matrimonio, falta de educación formal por parte de la madre, abuso de alcohol o drogas por el abusador, impulsividad y conductas antisociales por parte del mismo, antecedentes de maltrato físico, abuso sexual, violencia familiar o negligencia afectiva en la infancia de los progenitores, fácil acceso a las víctimas (incluyendo a otros/as adultos/as del entorno), relaciones a la interna del grupo familiar con un fuerte funcionamiento patriarcal, discapacidad psíquica de la madre (no ofensora), bajos ingresos en el grupo familiar (este aspecto no quita que el abuso pueda también darse en familias más favorecidas económicamente). (Baita & Moreno, 2015)
Como dato relevante e interesante, en este material realizado por UNICEF, se agrega desde el punto de vista social, algunos factores de riesgo que pueden favorecer el abuso sexual infantil. Estos son, la alta tolerancia a la violencia sexual y a los delitos en general en la comunidad, políticas públicas y leyes deficitarias respecto de la igualdad de género, aplicación de penas mínimas a los agresores, fracaso en los programas para sensibilizar a la comunidad relacionados con esta temática, normas sociales que apoyan y fomentan la violencia sexual, la sumisión sexual por parte de las mujeres y por el contrario exaltan la superioridad del varón y su derecho a la sexualidad por encima de todo, por último, la complicidad o pasividad por parte de las fuerzas de orden y control, ante la circulación de niños, niñas y adolescentes por circuitos de explotación sexual comercial.
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Es importante afirmar, que cuando los actores de una comunidad sostienen creencias y argumentos que apañan estas conductas, se constituyen en un factor más de riesgo debido a que no sería posible encontrar las razones para denunciar este tipo de acontecimientos, viéndose agravada esta situación si estos argumentos son sostenidos por las instituciones de esa comunidad. “Es fundamental tener en cuenta que lo habitual no necesariamente es sano” (Baita & Moreno, 2015, p. 34)
Intebi, I., (2012) respecto de los contextos en los que ocurren los abusos sexuales a niños, niñas y adolescentes, plantea que pueden superponerse o también coexistir diversos contextos. Para su análisis la autora los divide en siete subcategorías.
Contexto diádico: Este tipo de contexto es en el que los abusos ocurren con mayor frecuencia. Dos personas, víctima y agresor.
Sexo grupal: Puede ser que varias víctimas son agredidas por una sola persona, o que varios agresores ataquen a una víctima, o varias personas agreden a varias víctimas. Estos contextos se dan en abusos familiares o extrafamiliares.
Rondas de sexo: es una manera de sexo grupal, generalmente organizadas por pedófilos con el objetivo de tener acceso a más niños/as. Los niños/as pueden ser reclutados por el pedófilo o por otros integrantes de la ronda.
Explotación sexual: es la utilización de niños/as o adolescentes para prostituirlos o hacer pornografía.
Pornografía infantil: producida por familiares, allegados, o profesionales para uso personal, comercial, o venta a pequeña o gran escala. Puede también ser utilizada para chantajear a la víctima, su producción puede ser local, nacional o internacional. Es de difícil rastreo y requiere poca inversión para elaborar los materiales. Puede involucrar a una o varias víctimas en poses provocativas, realizando actos sexuales entre ellas y/o con uno o más adultos.
Prostitución infantil: es llevada a cabo por los padres, allegados o personas que ganan dinero explotando a los/as niños/as. Adolescentes fugados/as de sus hogares y/o abusados/as previamente pueden llegar a prostituirse sin depender de ningún adulto, los varones suelen prostituirse de manera independiente mientras que las mujeres suelen implicarse en situaciones en las que otras personas controlan sus contactos con los clientes.
Abuso ritual: respecto de este contexto de abuso la autora plantea que es una situación recientemente identificada y polémica, ya que existen pocos
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testimonios, es difícil de comprobar y algunos profesionales no la toman en cuenta como tal. Consta del abuso ocurrido en contextos donde el sistema de creencias, entre otras cosas, promueve el contacto sexual con niños/as generalmente como parte de los ritos. (Intebi, I., 2012)
Retomando los aportes de Baita & Moreno (2015) es posible identificar factores de riesgo asociados a los niños, niñas y adolescentes víctimas del abuso sexual, las autoras los clasifican en cuatro: la edad, la presencia de alguna discapacidad física o mental del niño/a, los antecedentes de abuso sexual y el solo hecho de ser una niña. En primer lugar, la edad configura un factor de riesgo, porque es más fácil involucrar a un niño pequeño en conductas sexuales que no logra comprender, en ocasiones a través de juegos. También porque es más dependiente de los adultos, tanto en el plano emocional como físico. Las franjas etarias en las que existe mayor presencia de abuso sexual son entre los seis y los siete años, y entre los diez y doce años, donde posiblemente se pueda ver interrumpido el abuso debido a estar próximo el desarrollo de la adolescencia.
Si la víctima presenta alguna discapacidad mental o física puede verse aumentada su vulnerabilidad, sea por contar con limitaciones para desplazarse, defenderse o huir, por tener una comprensión menos sobre la situación en la que se ve involucrado, o por tener una mayor dificultad de contar lo que está sucediendo, teniendo probabilidad de no ser considerados creíbles. Como segundo factor, encontramos que el niño/a ya haya sido víctima de abuso sexual antes, por ejemplo, lo fue primeramente a nivel intrafamiliar y es acogido por alguna institución en la que también es víctima de abuso en manos de algún operador. Por último, el ser niña, según estadísticas a escala mundial es un factor de vulnerabilidad, con una proporción de cada tres víctimas del sexo femenino, existe una del sexo masculino, este número aumenta en algunos casos a cinco niñas por cada caso con un varón. (Baita & Moreno, 2015)
Las anteriormente mencionadas autoras, proponen que existen diferentes maneras de develar el abuso por parte de los niños, niñas y adolescentes, una de ellas es el develamiento accidental, éste tipo de develamiento consiste en que el niño, sin que medie el deseo concreto, cuente lo que está ocurriendo. Se encuentra presente más comúnmente en las víctimas pequeñas, y suele ocurrir en situaciones como cuando la víctima se ha encontrado recientemente expuesta al abusador, cuando se advierte la presencia de conductas sexualizadas en el niño y se le pregunta de dónde sacó esa idea, el niño inocentemente reproduce palabras textuales dichas por el abusador, incluyendo su nombre, y también puede darse
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este tipo de develamiento, aunque no tan frecuente, cuando se realiza la confesión a un amigo/a y éste/a no guarda el secreto, advirtiendo a un adulto/a.
Por otra parte el develamiento puede ser intencional, este es más comúnmente visto en adolescentes y púberes. Las principales razones para que se dé son, acceder a algún tipo de información en el entorno educativo, por ejemplo acerca de sexualidad. Por enojo con el perpetrador, o por tener la oportunidad de hacerlo, por ejemplo notar una actitud empática por parte del adulto no ofensor y contar la experiencia propia. Por influencia de los pares que comparten la misma situación abusiva, o por proximidad con el abusador. También por temor a que se repita la misma conducta con un hermano/a más pequeño. (Baita & Moreno, 2015)
La negación también tiene su lugar como respuesta por parte del niño, en el estudio realizado por Baita y Moreno (2015) se menciona que se dio cuando los niños eran cuestionados por un adulto preocupados, y también cuando eran identificados como potenciales víctimas e interrogados en un encuadre formal, de entrevista.
El develamiento tentativo consta de que el niño reconoce en parte lo ocurrido, pero de manera muy dubitativa, éste puede depender de determinadas características, como por ejemplo del olvido, adjudicar que se olvida de lo relatado, o también el distanciamiento, decir que le ocurrió a un amigo/a; la minimización, es decir, justificar que ocurrió solo una vez; el empoderamiento, que consta de poder defenderse; la disociación, frente al hecho el niño busca cobijo y protegerse. Por último puede darse la desestimación, al decir que todo lo relatado era un chiste.(Baita & Moreno, 2015)
3. 1 Indicadores físicos, psicológicos y conductuales
Como indicadores más habituales físicos, comportamentales y en la esfera de lo sexual, en niños y niñas víctimas de abuso sexual, los autores Echeburúa, E. y De Corral, P. (2006) destacan:
En lo físico: dolor golpes o quemaduras en la zona genital o anal; cérvix o vulva hinchadas o rojas; presencia de semen en la boca, ropa o genitales; ropa interior manchada, ensangrentada o rasgada; dificultad para caminar o sentarse; presencia de enfermedades de transmisión sexual; enuresis o encopresis.
En cuanto a los comportamientos es frecuente la pérdida de apetito, llantos y angustia sobre todo en proximidad con situaciones afectivas o eróticas, miedo a estar sola o en presencia de determinado miembro de la familia, rechazo al padre
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o madre de manera repentina, cambios bruscos en la conducta de niño/a, resistencia a quitarse la ropa y bañarse, rechazo a las relaciones sociales, problemas en la escuela o rechazo a la institución, conductas regresivas, tendencia al secretismo, autolesiones o intentos de suicidio, agresividad, fugas o acciones delictivas.
En el plano de lo sexual se puede observar: rechazo de besos, caricias y del contacto físico, conductas seductoras presentes principalmente en niñas, conductas precoces o conocimiento sexuales inadecuados a su edad, agresiones en algunas oportunidades a otros menores, confusión sobre la orientación sexual. (Echeburúa, E. & De Corral, P., 2006).
La autora Intebi, I. (2012), respecto de los indicadores de abuso sexual infantil intrafamiliar, establece que pueden ser clasificados en específicos e inespecíficos, y dentro de cada una de estas categorías en físicos y conductuales.
Los indicadores físicos específicos son los que denotan si realmente ocurrió el abuso sexual, aunque en la mayoría de los casos se encuentren ausentes, este aspecto no descarta la posibilidad de que el abuso haya existido.
Lesiones en zona genital y/o anal: desgarros recientes o cicatrices del himen, diámetro del himen mayor que un centímetro, desgarro de la mucosa vaginal, dilatación anal y esfínter anal hipotónico, sangrado por la vagina y/o ano. Infecciones genitales o de transmisión sexual: sífilis, blenorragia, SIDA no preexistente al momento del nacimiento, condilomas acuminados (verrugas genitales), flujo vaginal infeccioso con presencia de gérmenes no habituales en la flora normal del niño/a. Y embarazo.
Los indicadores físicos inespecíficos son aquellos que pueden aparecer sin que se constate el abuso, pero al estar muy asociados a situaciones de estrés elevado, su existencia genera sospechas.
Trastornos de la alimentación (anorexia nerviosa y bulimia, especialmente cuando coexisten); fenómenos regresivos como la enuresis y encopresis en niños que ya habían logrado el control de esfínteres; ciertos trastornos psicosomáticos como dolores abdominales frecuentes y dolores de cabeza sin causa orgánica; inflamaciones, enrojecimiento y lesiones a causa del rascado en zona genital, que no está asociado a otras lesiones presentes en la clasificación “indicadores altamente específicos”; infecciones urinarias frecuentes, sin causa orgánica o externa identificable.
Los indicadores conductuales específicos se dividen en altamente específico, como es el hecho de que el niño, niña o adolescente revele que fue objeto de abuso sexual, y en compatibles con probable abuso. En este último se
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encuentran el hecho de que el niño/a o adolescente muestre conocimientos sexuales no aptos para su edad por un lado, y por otro, las conductas hipersexualizadas y/o autoeróticas no aptas para la edad del niño/a o adolescente, como la masturbación compulsiva, las conductas sexualmente inapropiadas para su edad, variantes peculiares de los juegos de “médicos”, “los novios” o “el papá y la mamá”, la utilización de la fuerza física o la coerción psicológica para conseguir la participación de otros niños/as en los juegos sexuales, los juegos sexuales tempranos acompañados de un grado de curiosidad sexual inusual para la edad, los juegos sexuales con otros niños/as o adolescentes mucho menores o que están en un momento evolutivo distinto y los acercamientos peculiares a los/as adultos/as, por ejemplo tratar tocar u oler los genitales del adulto, el realizar movimientos copulatorios, simular movimientos de coito sobre la cama con un adulto/a, el pedir que le introduzcan o tratar de introducir la lengua al besar, y en adolescentes, la promiscuidad sexual, prostitución o excesiva inhibición sexual.
Los indicadores conductuales inespecíficos los integran los comportamientos que se consideran inadecuados para el nivel madurativo del niño/a, los cuales no están asociados únicamente con abusos sexuales, sino que también puede estar presentes ante situaciones de estrés y suelen evidenciar los intentos por defenderse y adaptarse a experiencias de traumatización aguda y crónica.
En la infancia temprana podemos identificar retraimiento social, alteraciones en el nivel de actividad junto con conductas agresivas o regresivas, alteraciones en el ritmo de sueño, temores inexplicables ante personas o situaciones determinadas. En preescolares, síndrome de estrés post-traumático, hiperactividad, conductas regresivas, trastornos del sueño (pesadillas, terrores nocturnos), fobias y/o temores intensos y fenómenos disociativos.
En escolares y pre-adolescentes cualquiera de los mencionados anteriormente y/o además dificultades de aprendizaje o alteraciones en el rendimiento, de aparición brusca e inexplicable, fugas del hogar, retraimiento llamativo o, por el contrario, hostilidad y agresividad exacerbada en el hogar, y/o con sus amigos/as y compañeros/as de estudios, sobreadaptación, pseudomadurez, conflictos con las figuras de autoridad, junto con una marcada desconfianza hacia los/as adultos/as significativos/as, pequeños robos, mentiras frecuentes, sentimientos de desesperanza y tristeza, tendencia a permanecer en la escuela fuera del horario habitual. En adolescentes se pueden presentar conductas violentas de riesgo para su integridad física, retraimiento, sobreadaptación, fugas del hogar, consumo de droga, delincuencia,
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automutilaciones y otras conductas agresivas, intentos de suicidio, trastornos disociativos y trastornos de la conducta alimentaria (bulimia, anorexia). (Intebi, I., 2012)
Respecto de los indicadores, Baita & Moreno (2015) explican que el principal indicador siempre lo debe constituir el relato del niño, niña o adolescente, porque la información que de allí se deriva, correctamente recabada y valorada, es la que contiene los datos reveladores del abuso sexual infantil. Más específicamente, el tipo de abuso, la duración, la respuesta por parte de la víctima, entre otras. Igualmente la valoración de otros indicadores conductuales, físicos y psicológicos complementa el diagnóstico de abuso sexual infantil.
Como indicadores psicológicos y conductuales, relacionados específicamente con abuso sexual, las autoras mencionan; indicios de actividades sexuales, conducta seductora con adultos/as, cuando la víctima es una niña, temor exacerbado hacia los hombres, juegos sexuales inadecuados para su edad, conductas sexuales agresivas hacia terceros, comprensión de conductas sexuales inadecuadas a su edad.
Al respecto de los indicadores físicos, las autoras plantean que en el mayor porcentaje de abusos sexuales, no existen lesiones físicas observables y permanentes. Son considerados específicos: enfermedades de transmisión sexual, embarazo, presencia de semen en la ropa o el cuerpo, contusión o sangrado vaginal o anal y/o lesiones en esas zonas que no puedan ser explicadas por otras causas.
Para finalizar, se menciona que existe también un porcentaje de niños que no presentan síntomas en el momento de la intervención con el profesional, puede deberse a dos razones, una es que estos síntomas no estén manifiestos de forma temporaria, que se encuentren latentes, pudiéndose desarrollar más adelante. Otra explicación posible es que estos niños hayan contado con el sostén familiar suficiente como para enfrentar la situación de abuso, además de sus propios aspectos resilientes, lo cual los protege de desarrollar síntomas. En estos casos es frecuente el encontrarse con que la situación de abuso fue perpetrada por una persona ajena a la familia, o que duró poco en el tiempo y haya implicado un menor nivel de intrusividad. Frente a estas situaciones el profesional interviniente debe considerar que el abuso sea posible, aunque asintomático, sobre todo si el relato del niño es claro y creíble, o si presenta huellas físicas. (Baita & Moreno, 2015)
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3.2 Consecuencias psicológicasLas consecuencias del abuso sexual hacia niños, niñas y adolescentes suele tener múltiples matices, dependiendo del estado evolutivo de estos últimos, de quién haya sido el agresor, de cuánta duración e intrusión haya tenido el abuso y también de los factores ambientales, como el estrés o la protección, en los que se desarrolla el niño.
Como ya mencionamos antes, al ser una situación abusiva en la que confluyen distintos planos en torno a lo vincular y lo social, las conclusiones en torno al mismo no pueden hacerse obviando el entramado en el que están inmersas las personas implicadas.
Según los autores Canton y Cortes (2010), las consecuencias que pueden observarse en niños y niñas son varias y singulares, como por ejemplo, depresión, ansiedad, miedo, retracción, baja autoestima, dificultad para la concentración, conductas e ideas suicidas, inconvenientes en la sexualidad, entre muchas otras.
En este punto, los autores antes mencionados hacen acuerdo con Echeburúa, E y De Corral, P. (2006), quienes en su análisis de un estudio estadístico sobre abuso sexual infantil, exponen que al menos el 80% de las víctimas sufren consecuencias negativas a nivel psicológico. Las niñas como consecuencia a corto plazo suelen presentar reacciones ansioso-depresivas, mientras que los niños dificultades de socialización, fracaso escolar y comportamientos sexuales agresivos.
Los más pequeños pueden negar lo ocurrido debido a contar con un repertorio más acotado de recursos psicológicos, mientras que los más grandes (escolares) suelen mostrar vergüenza y culpa. En el caso de la adolescencia, nos encontramos además frente al riesgo de embarazo, puesto que el abusador puede intentar el coito vaginal. También es frecuente en esta etapa el consumo abusivo de alcohol, la promiscuidad sexual, así como las conductas de huída de la casa o incluso el intento de suicidio.
Cuando el abuso sexual se da en el entorno familiar el niño o niña experimenta vivencias de desamparo debido a la falla por parte del entorno en la protección. Luego de develado el abuso, estas vivencias se ven reafirmadas a causa de diversas situaciones donde muchas veces se revictimiza al niño o niña.
A nivel de la sexualidad es donde podemos destacar que existen mayores efectos, diversos autores destacan dificultades en el relacionamiento en la adultez
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con parejas sexuales, así como para establecer relaciones estables y seguras. También se observa en este plano, basándonos en los aportes de Tuana, A. (2009), la presencia de que en un porcentaje muy alto de situaciones de prostitución adulta, se pueden identificar antecedentes de explotación sexual comercial en la infancia, y a su vez en éste se puede identificar antecedentes de abuso sexual intrafamiliar. (Tuana, A., 2009)
Echeburúa, E (2005) en: Concepto, factores de riesgo, y efectos psicopatológicos del abuso sexual infantil, identifica secuelas físicas, sexuales, emocionales, conductuales y sociales, a largo plazo todas ellas pudiendo conformar una patología en la vida adulta. El autor destaca como problemas que pueden surgir en esta etapa a la ansiedad, la depresión, entre tantos otros, todos ellos provocados por eventos actuales pudiendo incluir problemas en la adultez a nivel de pareja, en lo laboral, aislamiento, etc.
También establece que las consecuencias pueden variar de acuerdo al contexto y el devenir de los hechos futuros, es decir puede que el impacto del abuso sea mayor si ese niño o niña se enfrenta en su cotidianeidad a maltratos, patologías del núcleo familiar, etc.
Dicho autor pone de manifiesto los aspectos que para él inciden en el abuso; en primer lugar la edad de la víctima, la relación con el abusador refiriéndose al nivel de intimidad, las características del acto abusivo como por ejemplo, la cronicidad, severidad, si existe o no violencia y las consecuencias de la develación.
Sin embargo el sentirse diferente al resto de las personas, desamparados y la idea de estar permanentemente en peligro son características comunes a las personas que han sufrido abuso sexual.
Para el abordaje de las consecuencias a largo plazo provocadas por el abuso sexual infantil, esta monografía también se nutre de los aportes de Pereda, N. (2010), quien realiza una revisión actualizada sobre las principales consecuencias psicológicas a largo plazo encontradas en los estudios llevados a cabo con víctimas de abuso sexual infantil durante el período 2000-2010, en España. El trabajo de la autora parte de la premisa de que las consecuencias de abuso pueden perdurar a lo largo del ciclo evolutivo, para más tarde en la adultez configurar “problemas” nuevos en diferentes áreas de la vida, actualmente no se ha definido un conjunto de síntomas diferenciados.
Las consecuencias fueron clasificadas en cinco categorías: problemas emocionales, problemas de relación, problemas funcionales, problemas de
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adaptación y problemas sexuales. La denominación “a largo plazo”, hace referencia a aquellas consecuencias que se desarrollan aún dos años después de la situación abusiva, siendo ésta, de por sí, un factor de riesgo para el desarrollo de muchos trastornos patológicos en la adultez. Estos efectos son notoriamente menos frecuentes que los que se dan inicialmente, se estima que los presenta solamente un 20% de las víctimas de abuso infantil. Pereda (2010) afirma que no existe una relación determinante entre la experiencia de abuso sexual durante la infancia y la presencia de trastornos psicológicos en la edad adulta, ésta relación es incidida por múltiples variables, ejemplo de esto es que el niño esté implicado en un ambiente familiar disfuncional.
Problemas emocionales: dentro de esta subcategoría se encuentran los trastornos depresivos y bipolares, dentro de los trastornos de ansiedad, se destaca el estrés postraumático, el trastorno límite de la personalidad, conductas autodestructivas, las conductas autolesivas, así como también intentos e ideas suicidas relacionados con baja autoestima, entre otros.
Problemas de relación: las relaciones interpersonales es uno de los ámbitos que más suele ser afectados. La persona se aísla, teniendo como consecuencia una menor presencia de amigos e interaccione sociales y baja participación en actividades comunitarias. Otro aspecto dañado es el de las relaciones de pareja, tornándose inestables, así como también problemas en la crianza de los hijos, con rasgos parentales más permisivos y un uso más frecuente de castigos físicos, observándose un rol materno disminuido.
Problemas de conducta y adaptación social: pueden observarse mayores niveles de hostilidad, mayor presencia de conductas antisociales. También se encuentra fuertemente presente la conducta de huída del hogar, trayendo muchas veces como consecuencia el riesgo de delinquir.
Problemas funcionales: respecto de este punto se destacan los dolores físicos sin razón médica que los justifique, por ejemplo; cefaleas, fibromialgias y trastornos intestinales. También se han encontrado la presencia de trastornos de la conducta alimentaria, principalmente bulimia nerviosa. Trastornos de conversión, afectando las funciones motoras o sensoriales. Crisis convulsivas no epilépticas, causadas por la vivencia de acontecimientos muy estresantes. Trastorno de somatización, trastornos disociativos, entendiendo aquellas situaciones en la que están alteradas las funciones integradoras de la conciencia, la identidad, la percepción del entorno y la memoria.
En algunos casos se hacen presentes también algunos desórdenes ginecológicos, como dolores pélvicos crónicos y un inicio precoz de la menopausia
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en mujeres víctimas de abuso sexual. También puede observarse trastornos relacionado al abuso de sustancias.
Problemas sexuales: se puede afirmar que las personas abusadas sexualmente en la infancia pueden presentar una sexualidad insatisfactoria y disfuncional, conductas de riesgo sexual, como no mantener relaciones sexuales con protección, mayor número de parejas sexuales, así como mayor probabilidad de contraer enfermedades de transmisión sexual y de riesgo de VIH. Como consecuencia de estas conductas y de la precoz iniciación sexual puede derivar también, la prostitución y la maternidad temprana. (Pereda, N., 2010)
En palabras de la autora:
La experiencia de abuso sexual conlleva importantes repercusiones para sus víctimas en todos los periodos del ciclo evolutivo, siendo necesario que los profesionales sean capaces de detectar estas problemáticas para poder intervenir en estos casos de forma adecuada y eficaz. (Pereda, N., 2010, p.196).
A nivel nacional Zamalvide, G. (2014) realiza un estudio llamado Abuso sexual intrafamiliar en la infancia y construcción de vínculos, de corte cualitativo en un Centro especializado en violencia de Montevideo, donde aborda el tema del abuso sexual infantil intrafamiliar desde una perspectiva del Psicoanálisis Vincular. El estudio fue realizado tomando cinco casos de mujeres que habían sido abusadas sexualmente en el ámbito intrafamiliar durante su infancia, para posteriormente realizar un análisis sobre los vínculos establecidos por estas mujeres durante su adultez.
A modo de conclusiones, la autora menciona como característica principal la coexistencia de otras situaciones de violencia durante la infancia y/o adolescencia, violencia doméstica, emocional, física, ya sea ejercida directamente hacia ellas o como testigos de las mismas, y también de revictimizaciones sexuales durante la adolescencia. También se detectan antecedentes de abuso sexual en las madres, cobrando relevancia los aspectos transgeneracionales relativos a vivencias traumáticas. Relaciones de pareja marcadas por situaciones de violencia severa, teñidas por “las formas hegemónicas de masculinidad” signadas por la dominación masculina. Dificultades en cuanto al ejercicio de la sexualidad, también referidos al reconocimiento de estados afectivos propios (característica de la desubjetivación). Por otro lado, se menciona la posibilidad de establecer modos diferentes de relacionamiento (vínculos fraternos, con docentes, etc.), donde se da un posicionamiento subjetivante, posibilitando el corrimiento de
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un lugar de víctima y generando nuevos sentidos. La autora da especial importancia a una “clínica de las redes”, para la reparación de las víctimas, redes que traspasan el ámbito familiar, extensivas a otros círculos sociales de pertenencia y referencia. (Zamalvide, G., 2014)
El concepto de “indefensión aprendida” retomado y desarrollado por la autora Calvi (2006) suele aparecer en algunas situaciones en respuesta al abuso, “aprendida” en el sentido de la insistente violencia cotidiana que irrumpe en la vida de la víctima de manera inesperada, produciendo un empobrecimiento simbólico asociado a la desubjetivación.
La autora plantea que las víctimas de abuso sexual infantil en el ámbito intrafamiliar pueden, o bien atrapadas por esta condición, o poner en juego otras alternativas de la mano de sus recursos internos. El proceso de reconstrucción subjetiva de las personas víctimas de incesto, conlleva el atravesamiento primero de un proceso de duelo por el padre perdido, en el caso de que el abuso provenga del padre, para luego poder procesar aspectos relacionados al incesto.
En lo que tiene que ver con la reconstrucción subjetiva tiene gran influencia la respuesta o mirada del entorno frente a la dilucidación del abuso, puesto que si es tomado “positivamente” contribuye a ésta, haciendo posible una historización desde su singularidad, que promueva la simbolización y la apertura de nuevos sentidos ante una experiencia de abuso que pueden condenar a la víctima al aislamiento y el silencio.
Creer en el testimonio del niño/a y protegerlo (en especial la madre) es un elemento esencial para que pueda recuperar su nivel de adaptación general después de haber roto el silencio. (Calvi, 2006)
3.3 Aspectos institucionales en el tratamiento de las violencias sexuales hacia niños, niñas y adolescentes
La revictimización padecida por las víctimas de abuso sexual puede ser primaria, es decir, surgir de la experiencia directa de la víctima quien padecerá diversas consecuencias a nivel físico, psicológico, económico, social, entre otros. Secundaria, derivada de la posible relación entre la persona afectada y el sistema judicial. La misma consta de la experiencia de narrar lo acontecido, este periplo puede llegar a ser más cruel que la revictimización primaria. Como revictimización terciaria se puede encontrar la estigmatización, ésta es vista como los procesos
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de etiquetamiento por el que puede atravesar la víctima como resultado de las vivencias. (SIPIAV, 2015)
El primer punto desarrollado por la Lic. Tuana, A. (2009) respecto de la revictimización, trata acerca de la ignorancia y la omnipotencia. En muchas oportunidades el abuso sexual no deja marcas físicas, pero eso no supone la inexistencia del mismo, esta es una premisa básica de la que deberían partir todos los operarios que trabajan con estas situaciones, sin embargo la autora plantea que no siempre se acciona así, y muchas veces se continúa descartando el problema por no hallar evidencias físicas. Como agravante de este escenario, existe un alto porcentaje de abusos sexuales en el que no se constata la penetración, llevándose a cabo otras acciones de sometimiento sexual, como ser, obligar a la víctima a practicar sexo oral, o practicárselo al niño, niña o adolescente, observar su cuerpo desnudo o tocarlo, obligar a la masturbación o masturbar a la víctima, exhibir pornografía, eyacular en el cuerpo del niño, frotar los genitales sobre los del niño, entre otras cosas.
Como segundo punto se encuentra la alienación parental y la revinculación forzada. Este aspecto es desarrollado a la luz de la creencia, por parte de algunos operadores sociales y profesionales que trabajan con estas situaciones, de que en un proceso de divorcio conflictivo las madres manipulan a sus hijos/as para que inventen que su padre abusa sexualmente de ellas. No es extraño ver profesionales que dan crédito a esta teoría de la conspiración contra el padre, donde la madre por “despecho”, celos o rencores, “lava el cerebro” de sus hijos en un acto de perjudicar a su pareja o ex pareja. Esta creencia radica en que el niño/a puede mentir, manipulado por la madre, a diversos extraños que lo interroguen, como jueces, policías y peritos especializados, y soportar las sistemáticas revisaciones que se hacen de su cuerpo. Sin embargo, la experiencia en nuestro país, sumada a las investigaciones internacionales, demuestran que los casos donde se da esta situación son muy poco frecuentes y que de darse, un profesional capacitado puede dejarlo rápidamente al descubierto.
Como ya se menciona con anterioridad, existen muchos profesionales que realizan su trabajo desde el prejuicio y la ignorancia, trayendo como consecuencia para quienes se encuentran en esta situación de vulnerabilidad, más sufrimiento y vulneración de sus derechos.
Por otro lado y muchas veces en consonancia con la situación de la alienación parental, se encuentra la revinculación forzada. Tuana, A. (2009) plantea que esta práctica constituye una violación flagrante de los derechos, sin