loyd le pasó la bebida y se sentó frente a él. Habían hablado poco en el camino de vuelta. Lloyd le había dado su espacio, permitiéndole hacer el trayecto en silencio, mirando por la ventana.
Al llegar a la residencia, Wesley no había querido subir a su habitación inmediatamente, así que había cruzado la calle hacia el bar de la acera de enfrente, volviendo sobre sus pasos solo para agarrar a Lloyd por el brazo y arrastrarlo con él.
Ahora, su supervisor estaba apoyado contra el respaldo de cuero de su asiento, al otro lado de la mesa, mirándole de una forma tan paciente que a Wesley le ponía nervioso.
—Un colegio muy agradable —le dijo.
—¿Verdad? —contestó Wesley mientras desbloqueaba el móvil—. Preciosos edificios de estilo victoriano, jardines que hasta han ganado premios, setos perfectamente podados para que puedan meterse sus tiesas ramas por sus estirados culos.
Wesley llamó a Caleb. Cuando le saltó el buzón de voz, hizo una mueca y dejó un mensaje: —Escucha, Bombón, que te voy a contar lo que vamos a hacer: vas a dejar lo que sea que estés haciendo, por muy importante que creas que sea, y vas a ir a Me Gusta Robusta cuando yo entre a trabajar. Y, créeme, no quieres hacerme esperar.
Colgó y lanzó el móvil sobre la mesa.
Lloyd le miró por encima del borde del vaso que se estaba llevando a los labios. —¿Qué? —le preguntó Wesley.
Lloyd dejó su bebida en el posavasos antes de contestar:
—Estoy intentando imaginarte en traje y corbata, y me resulta imposible. Wesley se apartó un mechón de la frente.
—Hombre, por favor…
Lloyd se acercó a él sobre la mesa y bajó la voz. —Y, dado que vamos a casarnos y eso…
Wesley cogió su bebida y ocultó una sonrisa tras el vaso. —Este whisky con cola está demasiado suave.
—Eso es porque solo te he pedido cocacola.
Wesley deslizó el vaso sobre la superficie rugosa de la mesa. —Pues ahí está el problema.
Lloyd cogió el refresco y se dirigió a la barra.
Wesley aprovechó y mandó un mensaje a los amigos de Caleb, preguntando dónde estaba su hermano.
Lloyd volvió con su bebida.
—El alcohol puede matarte —le dijo al llegar.
—¿Por eso nunca sales por ahí? ¿Tienes miedo de que mi gran amigo Alcohol salte de mi vaso al tuyo y acabe contigo?
—¿«Gran amigo»?
—Bueno, más bien somos conocidos. Nos vemos en ocasiones especiales y nos saludamos los fines de semana. —Wesley agarró el vaso con ambas manos y suspiró—. Y no me viene mal que me acompañe cuando mi antiguo director me da una charla y me dice que mi hermano no está yendo a clase.
—¿Qué vas a hacer con respecto a Caleb? —Lo primero: encontrarle.
Justo entonces, le sonó el teléfono. Uno de los amigos de Caleb había contestado al mensaje: «¿Por qué no le preguntas a la señora Hidaka?», leyó en voz baja.
Wesley gimoteó. Llevaba un rato pensando que al final tendría que hacerlo y estaba agobiadísimo.
Lloyd le miró con una ceja alzada, primero a él y luego a su móvil. —Ahora sí que necesito esto.
Wesley cogió su whisky con cocacola y se lo bebió de un trago. —Jesús —susurró asombrado Lloyd.
—Mira, qué apropiado, la palabra favorita de mi madre. —Marcó el número de su casa y ella le cogió al tercer tono—. Hola, soy Wesley.
Hubo un segundo de silencio, tras el cual se oyó la voz contenida de su madre. —Gracias por aclararlo. Jamás hubiera reconocido la voz de mi hijo mayor. —Mamá, te llamo porque…
—¿Porque echas de menos hablar conmigo? ¿Cuándo hablamos por última vez? ¿Hace un año? —En tu cincuenta cumpleaños.
—Eso, sí. El día que trajiste a cenar a ese jovencito. ¿Seguís juntos? —No. Y no le llevé yo, era uno de tus invitados. Yo solo me enrollé con él. Y fue un momentito. En el baño. Pero eso se lo guardó para él.
—¿Y tienes algún otro… novio? —preguntó su madre.
Wesley miró a Lloyd, que estaba observándole, y notó un leve cosquilleo en el estómago, justo por la zona donde Lloyd le había tocado antes, cuando le pasó el brazo por la cintura.
—Um, no. Mira, mamá…
—Me alegro. Y me alegro de oír tu voz. Wesley cerró los ojos.
—¿Por qué has dicho en el colegio que gestionen el tema de Caleb conmigo?
—Porque tu hermano está pasando por una fase de esas… ya sabes, como tú a su edad.
Wesley agarró su vaso con fuerza, deseando que un poco más de whisky con cocacola se materializara en él. Y esta vez, a ser posible, sin la cocacola.
—Esa «fase», como tú lo llamas, fui yo descubriéndome a mí mismo. Y no, no tengo novio. Pero tengo un Lloyd y nos vamos a casar. A Bontempo le ha encantado conocerle.
Lloyd estaba bebiendo justo en esos momentos y escupió el refresco por toda la mesa al escucharle. Wesley le dedicó una sonrisa avergonzada y le pasó unas servilletas para que secara la evidencia de su sorpresa.
Su madre seguía callada, absorbiendo la información que le acababa de soltar. Wesley se movió nervioso en el sillón mientras esperaba su respuesta y evitaba encontrarse con los ojos de
Lloyd.
—Aún eres muy joven. No deberías tomar decisiones precipitadas. Qué don el de su madre, siempre haciéndole sentir pequeñito. —¿Dónde está Caleb? ¿Qué está pasando?
—Se ha ido de casa.
A Wesley casi se le cae el teléfono al escucharla. Subió el hombro rápidamente para sujetárselo bien contra la oreja.
—Perdona, ¿qué?
A Lloyd debió de llamarle la atención su tono y articuló: —¿Estás bien?
Wesley le señaló su vaso vacío con un dedo y luego hizo un gesto hacia la barra. Pero Lloyd se limitó a pasarle lo que le quedaba a él de refresco.
—Creí que se estaba quedando contigo en la residencia —dijo su madre. —¿Qué le has hecho?
—Eso es muy injusto, Wesley.
¿Injusto? Conocía a su madre. Había pasado por lo mismo. —A ver, ¿qué fue lo último que hablasteis?
—Tuvimos una conversación sobre esa ridícula fijación suya de estudiar música en Treble. Como si ninguna otra universidad le valiera. A veces, me arrepiento de haberle comprado la flauta. Si tu padre aún estuviera vivo…
Si su padre aún estuviera vivo habría ido a cada puta clase de flauta de Caleb. A cada actuación. Hubiera convencido a Bontempo de que escribiera esa carta.
—¿Cuánto tiempo hace que se fue de casa? —Un mes.
—¿Y no se te ha ocurrido llamarme y contármelo? Y lo que era peor: ¿por qué no lo había hecho Caleb?
—Me dejaste muy claro que no querías que contactara contigo. Vale, ahí tenía razón, pero aún así…
—Por lo menos, contesta los mensajes que le mando —continuó su madre—. Dice que aún no está listo para volver a casa.
—¿Cómo sabes que está bien? Mierda, tengo que encontrarle.
Cuando volvió a hablar, la voz de su madre tenía un deje desesperado.
—Wesley, por favor…, necesito que al menos uno de mis hijos vuelva a casa.
WESLEYCONDUCÍAUNPOCO POR ENCIMA DEL LÍMITE DE VELOCIDAD. LLOYD IBA ASU LADO, PÁLIDO
como un muerto y con los nudillos blancos de lo fuerte que se aferraba a la agarradera sobre su cabeza; iba lamentándose en voz alta por haber sugerido que Wesley le llevara al taller a por su coche antes de ir a encontrarse con Caleb.
Su hermano no había aparecido en Me Gusta Robusta a la hora a la que Wesley entraba a trabajar, así que había tenido que convencer a Suzy para que cubriera su turno de esa tarde.
Dobló la esquina hablando a gritos hacia su móvil, que se había escurrido desde el salpicadero hasta el regazo de Lloyd y ahora este lo sujetaba contra su entrepierna para que no se le colara entre los muslos.
siguió hablando con la vista fija en el regazo de Lloyd, que negó con la cabeza con cara de paciencia—. He conseguido entrar en tu cuenta de Google y sé dónde estás. Voy a por ti y no voy nada contento.
—¿Me has pirateado la cuenta? —Caleb tuvo los huevos de sonar indignado. Ese valor se lo daban las hormonas adolescentes, sin duda.
—No. He usado la contraseña que me diste por si un día te secuestraba una nave alienígena. —¿Cuándo te he dado…?
—En Halloween. Cuando nos tomamos aquellas piruletas que debían de llevar droga o algo, y nos pasamos toda la noche confesándonos nuestros más oscuros secretos.
—Ah, sí. —A Caleb se le notaba en la voz que estaba sonriendo—. La noche que me contaste tu fantasía de hacerlo con un profesor o con tu…
—¡Deja de hablar! —Wesley no tenía que mirar a Lloyd para saber que se lo encontraría con una ceja alzada. Notó el calor subirle por el cuello hasta la cara y cambió de marchas, evitando de milagro a una anciana que cruzaba la calle—. Nada de lo que dijimos esa noche era cierto.
—Pues ya me dirás entonces cómo has conseguido entrar en mi cuenta. Su hermano era demasiado avispado.
—Mira, da igual, tenemos cosas más importantes de las que hablar.
Tenía delante un tractor que iba lentísimo. Echó un vistazo a los espejos retrovisores e hizo un giro brusco a la derecha.
Lloyd se sobresaltó y el teléfono se le metió entre las piernas. Wesley se inclinó y siguió hablando a la entrepierna de su supervisor, eso sí, mirando al frente, la seguridad vial era lo primero.
—¿Has dejado embarazada a alguna chica?
Desde el otro lado les llegó la risotada de su hermano.
—No. A no ser que los condones que cojo del alijo secreto que tienes en el cajón de tu mesilla estén caducados.
Lloyd tapó el micrófono del móvil y articuló: —¿Alijo? ¿En serio, Wesley?
—Los que me sobran. Algunos chicos se me cansan enseguida. Es que yo tengo mucho aguante. —Lloyd apartó la mano y él siguió hablando con Caleb—. ¿Nada que ver con chicas, entonces?
—Para nada. A no ser que consideres que mamá está dentro del término «chicas».
—¡Cuidado con el ciclista! —dijo sobresaltado Lloyd, que dejó caer el teléfono para agarrar el volante y esquivar al de la bici.
Wesley le intentó calmar guiñándole el ojo y giró a la izquierda.
—Vas a tener que hablar más alto, Bombón —gritó Wesley hacia el salpicadero, donde Lloyd había dejado de nuevo el móvil. La mirada que su supervisor le estaba dirigiendo hizo que Wesley tragara con dificultad—. Bueno, mejor voy a colgar, que mi prometido me está lanzando rayos por los ojos. Te veo en veinte minutos.
DEJ Ó A LLOYD EN EL TALLER, Y SIGUIÓ CONDUCIENDO HACIA EL CENTRO. DEJ Ó ATRÁS VIEJ OS
almacenes destartalados y entró en una zona medio deshabitada que los fines de semana se llenaba de puestos callejeros.
Su hermano estaba sentado en la acera frente a una fábrica abandonada. Tenía la mochila entre las piernas y estaba limpiando la flauta. Wesley aparcó junto a él y se bajó del coche.
Caleb hizo una pausa al notar su presencia, pero siguió sacando brillo a su instrumento un segundo después.
—¿Qué haces aquí fuera? —le preguntó Wesley, jugueteando con las llaves del coche. Caleb se encogió de hombros y señaló el edificio tras él, la fábrica.
—Estaba con unos amigos.
Wesley apretó las llaves con fuerza.
—Ay, Dios mío, no me digas que vendes droga.
Caleb dejó de limpiar la flauta para ponerle los ojos en blanco.
—No tengo ni he tenido nunca ningún contacto con las drogas. Bueno, excepto por lo de esas piruletas. Y eso fue una sorpresa para ambos —dijo su hermano mientras empezaba a guardar sus cosas en la mochila.
—¿Por qué no me has contado que tenías problemas en casa y en Sandalwood? —¿Por qué no me has contado tú que te ibas a casar?
—Sabes que no me voy a casar. Estaba bromeando. Más o menos. Con lo de «prometido» me refería a mi supervisor.
A Caleb se le iluminó la cara. Una sonrisa de verdad, con hoyuelos y todo. —¿A Lloyd? ¿Por fin estáis juntos?
—Sí. A Lloyd. ¿Qué otro supervisor podría ser? Es solo que… tanto Bontempo como mamá se han encargado de mostrar el más absoluto desdén hacia… un momento, ¿a qué te refieres con lo de que si por fin estamos juntos?
Caleb cerró la mochila. Estaba a reventar, ¿qué guardaba ahí dentro? ¿Su armario al completo? —Que os enrollarais era cuestión de tiempo. Casi todo Williamson ha apostado al respecto. Debe haber como mil pavos de bote.
—¿Qué?
—Por cierto, vas a tener que prestarme treinta dólares, porque estaba seguro de que Lloyd te haría esperar hasta verano, cuando lo vuestro no fuera contra la reglas de la residencia y todo eso. MacD se va a forrar.
—Lo que dices no tiene sentido. —Tío, tonteas con él todo el rato.
—A ver… eso lo sé. Pero es de broma. —Wesley ayudó a su hermano a levantarse—. Además, me ha dejado bastante claro que no quiere un rollo conmigo. Y yo le apoyo, estoy de acuerdo con esa decisión suya, porque en la cama seríamos un desastre.
Caleb alzó una ceja.
—Da igual. Prefiero no saber. No me vas a llevar a casa de mamá, ¿verdad?
Como si fuera a servir para algo. Caleb sabía cómo escaparse por la ventana de su cuarto. El propio Wesley le había enseñado a hacerlo.
—Por ahora, te vienes a la residencia conmigo.
—Pues en ese caso, bueno, en cualquier caso… —Caleb le quitó las llaves del coche de las manos—, yo conduzco.
—MacDonald se va a cabrear si te dejo conducir su coche. Caleb soltó una risotada.
—Créeme, lo preferirá con creces.
Wesley se subió al asiento del copiloto y lanzó la mochila de su hermano al asiento de atrás. —Si tanto te gusta conducir, deberías comprarte un coche. Pero para poder comprarte un coche tienes que encontrar un trabajo y, para eso, necesitas sacar notazas en Sandalwood y que te hagan una carta de recomendación para Treble.
Caleb sonrió mientras comprobaba el espejo retrovisor. —Wes, sabes que te quiero, ¿verdad?
—Sí, sobre todo cuando me vas a pedir algún favor. O cuando estás intentando evitar que hablemos de la razón por la que no estás yendo a clase.
La sonrisa de Caleb se hizo aún más grande.
—No es que me guste conducir. Lo que me gusta es vivir. —¿Ves? Sigues evitando el tema. Y no conduzco tan mal. Caleb negó con la cabeza.
—Jamás deberían haberte dado el carnet.
—Ya, pero me lo saqué. ¿Y sabes por qué? Porque me estudié el código vial y pasé los exámenes. Y eso me abrió muchas puertas, puertas que quiero que también se abran para ti.
—Me he currado todos los trabajos que me han mandado y sacaré buena nota en los exámenes. Toco la flauta cada día. Soy lo suficientemente bueno para Treble.
—Y yo te creo, Bontempo ya es otra cosa…
—Odio su apellido. Muchísimo. Porque la música es algo precioso y «Bon» significa bueno y «tempo», ritmo. Pero no hay nada de bueno ni de rítmico en ese idiota.
Wesley se rio.
—Ya, pues el señor Buen Ritmo es el que decide si entras o no en la universidad de tus sueños. Y déjame que te diga una cosa, Bombón, por si no lo sabes: la cosa no pinta nada bien.
WESLEYLESOLTÓUNABUENACHARLA.
Y, para su sorpresa, Caleb le escuchó sin apenas interrumpirle. —Pero en serio, lo de no ir a clase…
Caleb se frotó las manos en el volante y dijo:
—Mis notas y mi música son lo único que debería de importar. —No vuelvas a faltar a una clase.
Su hermano hizo una mueca. —¿Caleb?
—Vale. A ver, que he llegado tarde algunos días porque tenía ensayo a primera hora. —¿Ensayo?
—Estoy con la orquesta de Charlie Johnson-Brown.
—¿Johnson-Brown? ¿El famoso director? —Ante el asentimiento entusiasta de Caleb, Wesley dio un gritito de satisfacción—. ¡Eso es increíble!
Caleb sonreía. —¿A que sí?
—¡Claro que sí! —Pero Wesley tuvo que rebajar un poco su nivel de entusiasmo para poder seguir riñéndole de forma convincente—. Aunque sigues necesitando esa carta de recomendación.
—Te lo juro, trabajaré a lo bestia, pero prométeme que no le vas a decir a mamá lo de Johnson-Brown.
—No vuelvas a saltarte una clase y no tendré que hacerlo. Chocaron los nudillos a modo de pacto entre hermanos. Wesley se echó para atrás en su asiento y cambió de tema. —Lloyd nunca sonríe.
—Que no. —Que sí.
Wesley buscó su móvil.
—Voy a zanjar el tema ahora mismo.
Marcó el número de Lloyd y este descolgó al primer tono. De hecho, lo cogió antes del primer tono. ¿Cómo era eso posible?
Seguro que era un sentido extra que tenían los capricornio. —Dime que estás vivo —dijo Lloyd.
Caleb debió oírle y empezó a reírse.
—Los coches son bestias metálicas enormes que no se parten en dos por un arañazo de nada. O tres —fue la respuesta de Wesley.
Caleb se rio un poco más y dijo en voz alta: —Está bien, tranquilo. Conduzco yo. Wesley miró fatal a su hermano.
Cuando Lloyd volvió a hablar, Wesley sintió un cosquilleo en la garganta. Debía de ser porque el cinturón le asfixiaba un poco justo ahí.
—¿Para qué me llamabas? —¿Alguna vez sonríes? —Como todo el mundo.
—Ya, pero yo me refiero a que si sonríes cuando yo estoy cerca.
—Randy, baja la espátula inmediatamente y aléjate del fuego. —Se oyó un chillido al otro lado de la línea, tras el cual Lloyd se despidió—: Lo siento, te dejo, tengo un residente al que darle la charla.
—Sé bueno —le dijo Wesley. —Siempre soy bueno.
Lloyd colgó y Wesley negó con la cabeza. —Pobre Randy, Lloyd le va a dar de lo suyo. Caleb parecía estar conteniendo la risa. —A ti sí que te va a dar de lo tuyo.