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lige.

Wesley estaba sentado en la cama de Lloyd y miraba con atención los distintos tipos de tijeras y cortaúñas que este le ofrecía.

Cambió de posición y desvió la vista hacia su uña negra, que colgaba de un hilillo de piel, a punto de desprenderse del dedo. Habían pasado dos días desde la audición, quedaban menos de veinticuatro horas para Acción de Gracias y Wesley no sabía qué le molestaba más: que su uña se cayera a trocitos o que Lloyd hubiera vuelto a su ser. A su ser gruñón y cascarrabias.

No habían vuelto a hablar del beso. Era como si nunca hubiera sucedido. Y era lo mejor, desde luego.

Justo lo que Wesley le había pedido.

—Con el cortaúñas ya lo intenté y no funcionó. —Wesley se quedó mirando las tijeras y todas le parecieron instrumentos de tortura—. ¿Qué usarías tú?

Lloyd hizo rodar su silla hasta él, llevando consigo una pequeña papelera que dejó en el suelo antes de fijar la vista en el dedo de Wesley.

—Oh, Lloyd, si me miras la uña mala con tanta intensidad, los otros deditos se van a poner celosos.

Lloyd le pasó las tijeras más puntiagudas de todas, dejó el resto en la madre de todos los botiquines y volvió a acercarse a él.

—¿Estás seguro de que estas tijeras no son demasiado grandes? —preguntó Wesley, haciendo una mueca de dolor al clavarse el filo en la palma de la mano.

Lloyd le agarró el tobillo y sonrió. Fue una de esas sonrisas de medio lado, pero enseguida la disimuló, poniéndose el pie de Wesley sobre el regazo.

—Pásamelas.

Wesley lo hizo, no sin cierto recelo. —Si me cortas el dedo, te demando.

—Lo que, sin duda, te resultaría mucho más sencillo si estudiaras un poquito. —Qué poco confías en mis habilidades.

—Trato de motivarte, a ver si te centras —dijo Lloyd agarrándole la base del dedo. —Eso duele, ¿eh?

A punto de cortar la uña, Lloyd hizo una pausa y alzó la vista hacia él.

—No, el dedo no. Lo que duele es tu falta de fe en mí —dijo Wesley, sonriendo. —Dime: ¿por qué estudias derecho, si no te gusta?

—Por lo que hago todo, supongo. Por vanidad, para llamar la atención de alguien.

Lloyd volvió a su operación a vida o muerte y, tras un cortecito de nada, todo hubo terminado. Había sido mucho más sencillo de lo que Wesley creyó que sería y antes de darse cuenta, Lloyd estaba tirando la uña a la papelera y limpiándole el dedo. Su toque era suave, delicado. Nada que ver con su tono de voz cuando habló:

—No creo que esa vanidad te lleve a ningún sitio, la verdad. Y no creo que te haga feliz. —Por favor, Lloyd, deja de embestirme con esos cuernos de capricornio, que estás empezando a arañar mi superficialidad.

Lloyd alzó la vista.

—Cuando te embista lo sabrás, créeme.

A Wesley se le cortó la respiración y fue más consciente que nunca de su pie sobre el regazo de Lloyd. Este era el típico momento en el que el tonteo le salía solo, pero se acababa de quedar en blanco, no se le ocurría nada.

Lloyd devolvió la mirada al dedo de Wesley y le puso una pequeña venda alrededor. —Deberías hacer algo que de verdad te apasione.

—Ya, claro, como si pudiera dedicarme a servir cafés durante el resto de mi vida. —¿Por qué no?

ESE «POR QUÉ NO» LEPERSIGUIÓ DURANTE TODO EL DÍA. TRABAJ Ó CON ELRUNRÚN EN LACABEZA Y

se lo llevó con él a la biblioteca donde pasó un par de horas fingiendo que estudiaba. ¿Podría dedicarse a servir cafés toda su vida?

¿Ganaría lo suficiente como para poder mantenerse? ¿Un camarero de treinta y pico años era el ideal de novio de alguien? ¿Y dónde quedaba eso de seguir los pasos de su padre, que había sido el primer americano de ascendencia japonesa en conseguir ser juez en su ciudad? Y Wesley también podría lograrlo si aprobaba el examen de acceso a la abogacía.

Y así, sin darse cuenta, las horas fueron pasando. El campus empezó a vaciarse, los alumnos marchándose a sus casas a pasar el puente de Acción de Gracias. Las nubes negras que habían amenazado con romper durante todo el día, por fin explotaron y empezó a llover. Wesley salió corriendo hacia Williamson.

Antes de llegar, divisó a Lloyd en el patio delantero, abriendo un paraguas. Llevaba una camisa gris, unos pantalones que le quedaban de muerte y un cinturón que decía «fóllame» como pocas cosas lo hacían. Se acercó a él y se aclaró la garganta.

Lloyd se giró y el movimiento hizo que unas gotas de agua fueran de su paraguas a la frente de Wesley, que parpadeó ante las gotas que ahora se deslizaban por sus ojos.

—¿Dónde vas, Mary Poppins?

—Cada vez que me ves con el paraguas me llamas Mary Poppins, el chiste ha perdido la gracia.

—Lo que no ha perdido la gracia es ese enorme paraguas tuyo.

Lloyd le cubrió con él y volvió sobre sus pasos para acompañarle hasta la puerta de la residencia.

—Ahora no te quejas de su tamaño, ¿eh?

La verdad es que estaba muy agradecido, pero igual, bromeó:

—No me he quejado en ningún momento, soy muy fan de este paraguas que parece una tienda de campaña. —Cuando llegaron a la puerta, Wesley le sonrió—. ¿Dónde vas? ¿Tienes una cita o

algo así?

Lloyd desvió la mirada. —He quedado con alguien, sí.

—Ah, bueno, vale. Pues pásalo bien —dijo Wesley, que se giró hacia la puerta y empezó a forcejear con ella sin conseguir abrirla.

Lloyd alzó una ceja.

—No has pasado la tarjeta.

A Wesley no le dio tiempo a encontrarla porque Lloyd pasó la suya antes y abrió el portón de un pequeño empujón con esos elegantes zapatos suyos.

—¿Sabes ya lo que vas a hacer este fin de semana?

—Creo que pasaré todo el puente tirado en la cama escuchando tu voz en mi cabeza —contestó Wesley ya a cubierto en el vestíbulo.

Lloyd le miró a los ojos. —¿Mi voz?

—Sí, tu «por qué no», tu «deberías hacer algo que de verdad te apasione». —Ah, eso.

Wesley se apoyó contra la puerta para mantenerla abierta.

—Llevo todo el día pensando en lo que me dijiste y es verdad. Me encanta ir a trabajar. Me apasiona servir a mis clientes habituales: al señor Muffin, a Capuchino con leche de almendra, a Café con leche desnatada… —Suspiró—. Me encantan las mañanas. Llegar al trabajo y respirar el exquisito aroma del café. De verdad que cuando acabo un turno yo mismo huelo a tu café favorito. Sudo café tostado, te lo juro.

Lloyd se pasó la lengua por el labio inferior como si la mera mención del aroma del café le estuviera dando sed.

—Ese café tostado es excepcional. Wesley bajó la mirada.

—Ya, bueno, venga, que tienes que irte. —¿Y tú? —preguntó Lloyd.

—Tengo un par de temas pendientes de derecho civil que intentaré estudiar mientras escucho cómo Caleb le da una serenata a MacDonald e intenta que salga de su habitación.

—No sé en el lugar de quién preferiría estar, la verdad. Wesley cerró la puerta de una patada y guiñó un ojo a Lloyd. —Yo, a veces, tampoco.

ESANOCHE, WESLEY SE DESPERTÓ SOBRESALTADO TRAS TENER UN SUEÑO HORRIBLE. PARPADEÓ EN

la oscuridad de su habitación y miró a Caleb, que roncaba plácidamente de espaldas a él.

Tenía la pesadilla tan metida dentro y la sensación de desasosiego era tal, que se levantó y salió al pasillo. Bajo la tenue luz que lo iluminaba, pensó en la frase que le había dicho Lloyd en su sueño, en cómo le había mirado de arriba abajo y le había soltado: «Eres todo risas y diversión, pero estás vacío por dentro».

Se dirigió a la habitación de Lloyd. La puerta estaba cerrada y la luz apagada. Pero si eso no le había detenido en el pasado, tampoco lo haría ahora.

Llamó a la puerta. —¿Lloyd?

Nada.

Estaba a punto de darse la vuelta cuando oyó la voz adormilada de Lloyd al otro lado: —Un segundo.

Lloyd abrió en un estado de desnudez delicioso. Solo llevaba el bóxer y unos calcetines tobilleros. Parpadeó, ajustando sus ojos a la luz que entraba desde el pasillo. Tenía marcas en un lado del torso, de las sábanas, posiblemente.

Cuando su mirada conectó con la de Wesley, Lloyd pareció despertar de golpe, poniéndose rígido y cruzando los brazos sobre el pecho, como si acabara de darse cuenta de que estaba medio desnudo.

Se sumergió de nuevo en las sombras de su habitación y le hizo un gesto para que pasara. —¿Qué pasa? —preguntó mientras sacaba una camiseta de uno de los cajones de la cómoda. —Oh, no, no te cubras por mí, por favor.

Lloyd hizo una pausa con los brazos ya metidos por las mangas y se quedó mirándole, pero la penumbra del dormitorio le impidió ver con claridad la expresión en su rostro.

Wesley encendió la luz.

Lloyd se quejó ante la abrupta luminosidad y terminó de ponerse la camiseta.

—Supongo que no me has despertado a las cinco de la madrugada solo por diversión. Aunque, pensándolo bien… —dijo, dirigiéndole una mirada que decía claramente que lo veía más que probable.

Wesley suspiró y se lanzó sobre la cama. Aún estaba caliente. Aún podía sentirse la calidez del cuerpo de Lloyd contra las sábanas.

Lloyd se acercó, alerta.

—¿Se te ha roto la cama o algo así? —He tenido un sueño.

Lloyd deslizó sus ojos somnolientos por el cuerpo de Wesley, deteniéndose en su entrepierna. —¿Uno bueno?

—No, malo. —¿Qué pasaba?

«Que me odiabas», pensó Wesley, que acabó diciendo: —Mi madre tenía una cabra. No sabes lo que dolía. —¿Por qué? ¿La cabra te daba una patada o algo así?

—No, si la cabra era un sol. Lo mejor de la familia Hidaka. De hecho, creo que hasta yo la quería, pero no lo admitiré nunca en voz alta.

Lloyd se frotó los ojos.

—¿Soy yo el que está soñando? Porque no entiendo nada.

—Que me sustituía, Lloyd. Mi madre me cambiaba por una cabra.

Lloyd se giró para mirarle, sus hombros se movían como si estuviera conteniendo la risa. Pero esto no era una broma. Wesley estaba hablando muy en serio.

—Esperaba un poco más de apoyo por parte de mi supervisor, la verdad.

Lloyd sonrió y se le marcó el hoyuelo de la mejilla y ese hoyuelo no salía a jugar a menudo. De hecho, era una rareza.

—Lo siento. ¿Te hago un té y lo hablamos? —¿Un té? ¿Pero tú me conoces de algo?

—Vale, café. ¿Quieres leche normal o de cabra?

—No me jodas. ¿Ahora? ¿Ahora decides ponerte en plan bromista y juguetón? Ven aquí. — Wesley palmeó la cama, a su lado—. Consuélame.

Los ojos de Lloyd parecieron brillar justo antes de darle al interruptor y sumir la habitación de nuevo en la oscuridad. La madera crujió con cada paso de Lloyd hacia la cama. El colchón se hundió cuando se tumbó al lado de Wesley, lo más lejos que pudo de él.

Wesley no estaba para gilipolleces, así que se pegó más a Lloyd y se acurrucó contra su pecho. —Así mejor —dijo, sus labios casi pegados a la piel suave de los pectorales de Lloyd—. Ahora, pregúntame otra vez si estoy bien.

Lloyd le colocó una mano en la espalda. —¿Estás bien?

Wesley inhaló el aroma de Lloyd. —Sí. Quiero decir, no.

Los dedos de Lloyd empezaron a vagar por su columna, recorriéndola arriba y abajo. —Cuéntamelo.

—El Caleb de mis sueños decía que la cabra conducía mucho mejor que yo. El cuerpo de Lloyd tembló por la risa contenida.

—¿De verdad soy solo risas y diversión, pero estoy vacío por dentro? Lloyd dejó de reír al instante, se echó hacia atrás y miró a Wesley a la cara. —¿Quién ha dicho eso?

—Salía en mi sueño.

Lloyd le acarició el hombro.

—Los sueños no son reales. Nada de lo que sucede en sueños tiene por qué pasar en la vida real.

—Pero quizá era una señal. Quizá encierre algo de verdad. Los dedos de Lloyd pararon de forma abrupta.

—Vale. A veces eres todo risas y diversión… —¿Lo ves?

Lloyd subió la mano hasta la nuca de Wesley y le dio un apretón.

—Pero también eres cariñoso y atento. Y brillas con una luz especial que ilumina cada sitio al que vas.

—¿No crees que soy el peor hermano del mundo? —No, no lo creo.

—Vale, gracias. —¿Y ya está?

—Sí, oírtelo decir me ha ayudado mucho. Ahora ¡shhh!, que tu cama es supercómoda y estoy cansado.

Wesley se acurrucó aún más contra Lloyd. —¿Wesley?

—Es que… —Wesley volvió a inhalar el aroma de Lloyd, presionando los labios contra su pecho—. Es increíble estar así, pegado a ti.

—¿Acabas de besarme?

—No te preocupes, no es el tipo de beso que estás pensando. Tras unos segundos, Lloyd le preguntó:

—¿Y qué tipo de beso ha sido?

—Uno que dice: me gusta sentirme protegido en tus brazos. Ahora lo que quiero es tu amistad. Ese tipo de beso.

—¿«AHORALO QUE QUIERO ES TUAMISTAD»? ¿EN SERIO? —PREGUNTÓ CALEB A WESLEY, QUE IBA

sentado en la parte de atrás del coche de MacDonald—. Entiendes que con ese «ahora» estás implicando que normalmente quieres algo más que su amistad, ¿no?

Wesley se movió en su asiento, incómodo.

—Me sale natural. Tonteo hasta cuando estoy medio dormido. —¿Y también te acurrucas con Suzy y la besas en el pecho? Wesley se atragantó ante lo absurdo del comentario.

—Admítelo —dijo MacDonald en tono irónico—. Tú lo que quieres es que Lloyd te empotre contra la pared.

—Pues ahí está el quid de la cuestión, que eso nunca pasará. No es el estilo de Lloyd, le tiene demasiado cariño a su espalda.

—Si no quieres acostarte con nuestro supervisor, ¿por qué le hemos seguido a su casa en Acción de Gracias?

Wesley miró por la ventana, a la casa de dos pisos frente a él. Era una casa modesta, en los límites de un barrio que daba bastante miedo. Era una zona que solía evitar cuando iba a Sandalwood, pero ahí estaba ahora: acampado frente a la casa de Lloyd, con Caleb y MacDonald y una imperiosa necesidad de ir al baño.

Wesley miró hacia la botella de medio litro de cocacola que se había bebido enterita en su camino hasta allí. MacDonald le miraba y negaba con la cabeza.

—Te dije que beberte medio litro de cocacola no era la mejor de las ideas. De verdad, es como si nunca hubieras acosado a nadie antes.

Caleb, que estaba en el asiento del copiloto, la miró. Su expresión divertida parecía decir que creía que MacDonald era el ser más gracioso sobre la faz de la tierra. Pero luego miró a su hermano, como si estuviera poniendo en tela de juicio su equilibrio mental.

—No estamos acosando a nadie —dijo Wesley que, al ver la figura de Lloyd a través de la ventana de la planta baja, se agachó a toda prisa—. Solo estamos averiguando más cosas sobre él. Para tener una visión más global y detallada.

—No se lo tengas en cuenta —susurró Caleb a MacDonald de forma teatral, como si Wesley no pudiera oírles—. Se va dando cuenta poco a poco de lo que Lloyd significa para él.

—No es verdad —contestó Wesley. Aunque, bueno… a lo mejor sí era un poco verdad. O un mucho.

—Muy muy poco a poco —matizó Caleb.

—Las cosas están bien como están —murmuró Wesley y en parte era verdad. Cuanto más conocía a Lloyd, más le gustaba y no quería echar a perder esa amistad ni el tonteo que siempre había entre ellos.

—¿Por qué habré accedido a esto? —se quejó MacDonald.

—¡Cuidado, alguien sale! —gritó Wesley al ver cómo la puerta principal de la casa se abría. Él y Caleb se agacharon hasta que sus cabezas quedaron ocultas.

MacDonald soltó una risotada.

Quince segundos más tarde, Lloyd se asomaba por las ventanillas del coche. Su mirada recorrió primero los asientos delanteros y luego se quedó mirándole a él en la parte de atrás.

Wesley le saludó con la mano, con cara de culpabilidad. Lloyd le hizo un gesto para que saliera del coche. Caleb gimoteó.

—Nos han pillado.

Wesley abrió la puerta y salió. Se estiró y dirigió a Lloyd una mirada que decía «sí, sí, soy lo peor, lo sé, pero me quieres igual».

—¿Podría ir al baño? No puedo más —le dijo.

Lloyd le miraba como si quisiera soltar una carcajada y sacudirle al mismo tiempo. Sacudirle a conciencia. Unas cuantas veces.

—Solo llevas aparcado aquí veinte minutos.

—Ya, pero cuando paraste en el Subway nosotros también y… —se quejó Wesley. —Nadie te obligó a comprar medio litro de cocacola.

Wesley le miró con la boca abierta. —¿Cómo sabes tú eso?

—Porque estabais justo detrás. Literalmente. Pegados a mi coche.

—¿Y cómo nos has visto? Debes de ser la única persona del mundo que usa los espejos retrovisores.

Caleb y MacDonald salieron entonces del coche. Lloyd les miró y les dijo con tono de súplica: —Por favor, que nunca conduzca solo. No le dejéis. Nunca.

Wesley, encantado, le pasó un brazo por la cintura y se pegó a él. —Este es mi capricornio.

Lloyd le agarró por el cuello y se lo acercó más, susurrándole al oído:

—También podías haber aceptado mi invitación de pasar Acción de Gracias en mi casa.

—¿La invitación en la que incluiste a todos aquellos residentes que no tuvieran otros planes? ¿Esa? —A pesar del calor que le producía la cercanía del cuerpo de Lloyd, una corriente fría le golpeó de repente, sorprendiéndole—. No era una invitación muy personalizada, que digamos.

Lloyd gimió, frustrado.

—Tú eras el único residente que no tenía planes. —Hizo una pausa—. Al menos lo eras hasta que los padres de MacDonald decidieron irse a Las Vegas en vez de quedarse a celebrar Acción de Gracias.

El golpe de frío pareció mitigarse y Wesley sintió una bola de calor crecer en su interior. Lloyd se dirigió de nuevo hacia su casa y una vez en el porche, sacó las llaves.

—Entonces, ¿querías que viniera? ¿Y por qué no me lo has preguntado directamente? No sabía yo que fueras tan tímido.

—A ver, Wesley, que todo esto es por Gavin, para que me deje en paz. —Lloyd metió la llave en la cerradura—. Yo, en realidad, no soy tímido. No soy tímido en absoluto.

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