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En Colombia la situación del periodismo puede ser precaria, en cuanto los medios de comunicación se han convertido en voceros de los diferentes estamentos, dejando de ser productores de noticias para ser reproductores de las mismas. Un elemento esencial para la buena prensa es dejar atrás el “periodismo por encargo”, la polarización de la información y llegar a ser una prensa sobrepuesta a todo miedo e intimidación.

Informar con responsabilidad sobre el conflicto armado es una meta que debe cumplir el periodismo. El “unifuentismo”, la desinformación, pasar por posiciones en extremo gobiernistas, o hasta llegar al simplismo del “síndrome de la chiva” son algunos de esos vicios.

El aporte desde la profesión del periodista a la paz está latente a diario: Sin embargo, más allá de cómo contar la guerra, la preocupación debe ser cómo llegar a un apaciguamiento de los ánimos.

Auto censura y censura

En un entorno de conflicto armado, el periodista que cubre la guerra y el terrorismo no es solo un empleado que puede ser amenazado, o un cronista con amenaza de muerte.

No es necesario un tercer elemento en la relación periodista- información para que haya un mecanismo de represión presente, pues el periodista está programado mentalmente para olfatear el peligro y también para hallar la noticia.

El periodista puede al redactar la información, devolver favores recibidos o tener en cuenta las relaciones adquiridas durante el cubrimiento de un tema, haciéndolas determinantes en la dirección que tome la redacción de su nota.

“Hay que volver a legitimar la acción de informar por encima de todos los intereses y los casos, de todas las prácticas y rutinas informativas, de todas las censuras y límites”42 Solo con la eliminación de esa especie de “piloto automático”, el periodista tiene ganado un escalón para la reivindicación de la profesión, aún más en el álgido terreno de la información de orden público dentro de un entorno de conflicto armado.

En medio de los más fuertes enfrentamientos también se generan fuertes debates sobre la conveniencia de que la información correspondiente sea accesible a la prensa. Se producen desde argumentos de seguridad nacional hasta pasar al secreto militara, para impulsar desde algunos sectores del Estado y de la misma comunidad la censura como un mecanismo de protección eficaz para el desarrollo de las acciones de poder. Lo verdaderamente negativo podría ser que haya un silencio y unas acciones desconocidas frente a la opinión pública:

“Se ha objetado que si los medios no dieran noticias del atentado, este perdería la mayor parte de su alcance. Así es, pero también se ha dicho, en sentido contrario, que la sociedad debe saber lo que pasa para reaccionar y controlar su propia acción y que si se silenciaran los actos de terror la sociedad ignoraría la realidad en que vive o solo la conocería por la vía aún más peligrosa e incontrolada del rumor. Y así la información es el tributo que una sociedad paga a sus terroristas con tal de seguir teniendo el dominio de la situación gracias al conocimiento público de la realidad en que se vive y a la confianza de que no se ocultan los hechos”43

El dilema no está entre informar o no, pues ésta seguirá siendo la función natural del periodista. El dilema es “dejar de ejercer el oficio libre de informar o convertirse en un

42

RINCÓN, Omar y Ruiz, Martha. Op. Cit., p 84.

apóstol de la democracia, recuperando al ciudadano que hay en cada informador”44. Es una dualidad a la que se enfrenta el periodista como campo de producción cultural.

En el ejercicio del periodismo de guerra es muy importante renunciar al quehacer del “idiota útil”, el popular rol que convierte al periodista en “una especie de obrero semi- calificado y semi-pensante”45 al servicio de los actores políticos.

Según cifras registradas en el informe anual de la Fundación para la Libertad de Prensa, FLIP, en el 2006 se incrementaron en un 37% las violaciones a la libertad de prensa, “La prensa informó en medio de un clima de zozobra (…). El proceso de paz con los grupos paramilitares, las elecciones parlamentarias y presidenciales, y los escándalos de corrupción fueron los grandes temas de la agenda periodística en ese año. Y aunque el periodismo regional y nacional asumió el reto de cubrirlos, lo hizo en medio de condiciones adversas”46.

De los 140 casos denunciados, durante ese mismo año, se pudo establecer que 38 fueron cometidos por grupos paramilitares, 21 por la Fuerza Pública, 18 por la guerrilla de las FARC e, incluso, los funcionarios públicos tuvieron responsabilidad en 15 de ellos47.

El año 2007 la cifra de violaciones a la libre información continuó en aumento con 162 casos, “lo que implicó casi una agresión contra el periodismo cada dos días. De ellas, más del 50% revistieron la forma de amenazas que recibieron los comunicadores con motivo de su tarea informativa. La gravedad de estos hechos incluso llevó a 16 periodistas a abandonar sus lugares de origen, y así sumarse al gran número de personas que se desplaza dentro del país”48. Sin embargo, el gobierno expresa al respecto que “Esa noble profesión,

44 RINCÓN, Omar y Martha Ruiz. Op. Cit., p. 75. 45 MPP. Op. Cit., p. 52.

46 FLIP: Libertad de prensa en Colomba. Informe anual de 2006. Disponible en: www.flip.org.co/ secciones/ informes/ 2006/ 06_diciembre.html

47 Ibid.

48 FLIP. La FLIP lanza informe sobre el estado de la libertad de prensa en 2007. Bogotá, Febrero de 2008. En: http:// www.flip.org.co/ veralerta.php?idAlerta=277

el periodismo, se ejerce hoy con más libertad y sin temor, gracias a la seguridad democrática”49.

El periodista como correa de transmisión

El problema lleva a que los actores de la guerra pueden convertir al reportero en su “idiota útil” y algunos de los medios permiten que esto se generalice al no exigir que se cumplan reglas tan obvias como el contraste de las versiones. De esta forma el periodista que debe ser un investigador, sin ser juez ni parte, por lo menos debe de ser más que el retransmisor de una información que le llega como encargo.

“Uno de los problemas fundamentales del periodismo colombiano es que se concibe por fuentes y no por asuntos o temas. Cuando la gente se convierte en la única posibilidad de generar noticias, ella maneja la agenda informativa según sus intereses, y el periodista se convierte en el instrumento que le facilita a otros el cumplimiento de sus propósitos”50

El periodista debe tener en cuenta que todo lo que escribe tiene unos efectos secundarios de los que debe ser consciente. Ningún evento es tan relevante cuando los medios no le prestan atención. Es obvio que una noticia en primera página de El Tiempo tendrá más repercusiones que aquella que está en páginas interiores y cuyo espacio no supera los cinco párrafos. Lo que el mismo medio ha categorizado como “sección, espacio, ubicación”.

El periodista si bien no es el investigador en muchos casos, si es quien elige el grado de importancia de los hechos que va a publicar. Es un trabajo de edición muy simple pero muy importante en el proceso de producción de un periódico.

Desafortunadamente son las fuentes oficiales las más interesadas en que muchas de sus acciones se sepan, así como en que otras muchas se oculten. Y como el medio siempre

privilegia el mérito de tener la exclusiva o la primicia, puede pasar que la información que emiten, por ejemplo, las instituciones del gobierno en forma de comunicados de prensa o de declaraciones supuestamente “accidentales”, resulta ser la información que se publica más inmediatamente, e incluso sin ser verificada.

Un ejemplo de cómo el factor “chiva” puede ser dañino tanto para la función informativa de la prensa, como para el compromiso de ésta con la preservación de la paz y la estabilidad política de un país, es el ocurrido el 17 de marzo de 2008, cuando el periódico El Tiempo publicó una fotografía, supuestamente encontrada en el computador del guerrillero “Raúl Reyes”, y entregada por una fuente de la policía al periódico, en la que aparecía este en compañía supuestamente del Ministro de seguridad ecuatoriano Gustavo Larrea. Tras ser publicada, fue objeto de rectificación en el periódico, al demostrarse que no era el funcionario del vecino país, sino un dirigente comunista el que aparecía allí.

Tres errores se cometieron allí: se le dio una credibilidad absoluta a la fuente y se publicó la información sin ser verificada; se privilegio el interés del medio por los indicadores de lecturabilidad sobre las implicaciones políticas que podía tener la información pues estaba en juego la relación diplomática con el vecino país, y se asumió la defensa de una de las partes, en una mala estrategia para informar.

La rectificación es un deber de los medios de comunicación en éstos casos, pero no alcanza a ser una reparación del daño causado. En el ejemplo mencionado, a pesar de ser rápidamente desmentida en todos los medios la afirmación del periodista, la relación diplomática con Ecuador, que no pasaba por su mejor momento, sufrió una recaída grave a causa de la indignación de ese gobierno respecto a las declaraciones que, con base en la información suministrada por El Tiempo, hicieron varios funcionarios de Colombia.

Sin embargo, hay un acuerdo, una especie de contrato tácito en el que los medios pierden su legitimidad y su trabajo. Éstos necesitan noticias para llenar sus espacios, y por

su lado “los poderes públicos y las demás grandes fuentes habituales de noticias, son organizaciones de producción de hechos que disponen además de abundantes canales de comunicación: portavoces, gabinetes de prensa, etc”51. Hay un interés recíproco gracias al cual no les es muy difícil a esas fuentes espontáneas lograr el objetivo de publicarse y, así mismo, cultivar una opinión pública a favor.

Periodismo como arma de guerra o instrumento de paz

Un buen ejemplo de lo que pasa cuando un actor de conflicto entabla una guerra mediática es la invitación ofensiva que ha hecho a lo largo de su historia como movimiento armado el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN. Aunque el conflicto de Chiapas no es precisamente un ejemplo puntual de ésta, gran parte de su estrategia de lucha está basada en la comunicación. El caso mexicano es un modelo de conflicto único que, en buena medida, ha roto con las fórmulas del uso irracional de la violencia. Demuestra que la comunicación en los conflictos políticos y sociales puede y debe ser un bien público, aunque lo ideal sería convertirla en un instrumento de uso no restringido ni discriminatorio, es decir, democrático.

La primera virtud de la democracia es que está encaminada a que los conflictos sean cada vez más de ideas y no con armas. Si las batallas de las guerras se libraran únicamente con palabras y no con fusiles, los medios de comunicación serían el escenario y ya no el campo de batalla. También, si el comunicador decidiera asumir con ímpetu ese cuarto poder que se cree tiene dentro de la sociedad.

En el periodismo de guerra, más que en cualquier otro, el manejo de la información y la manipulación del material es uno de los vicios más frecuentes a causa del grado de atención que requieren estos temas como también a causa de los intereses que hay alrededor de todo conflicto.

Es por ello que temas como el uso del lenguaje y de la información son fundamentales. La palabra tiene el poder de deslegitimar a los actores armados o asimismo de sembrar deseos, pensamientos y sensibilidades, la palabra puede asimismo llenar de vicios los caminos a la solución de conflictos.

Un ejemplo de ello es el caso de la guerra civil de 1994 en Ruanda, en el cual evidentemente los medios fueron los mayores agitadores y fomentadores del odio. Desde éstos se planeaba, se incitaba y se advertía sobre las formas, lugares y personas que debían ser asesinadas. Más de un millón de muertos, entre los que se cuentan mujeres y niños, casi 500.000 violaciones sexuales y 47.000 huérfanos, además de graves daños psicológicos a una población del 97% de sobrevivientes que vieron morir a sus seres queridos, es el saldo que dejo esta guerra entre las milicias extremistas Hutus y las Fuerzas armadas ruandesas, Tutsis52.

En una situación de conflicto, en la que el miedo, la zozobra y la inseguridad están latentes, los medios de comunicación aparecen como agentes que pueden llegar a brindar estados de seguridad al ser voceros de las cosas que se deben hacer y las medidas que se deben tomar para lograr el bien público. En este caso, el bien público que los medios, como la radio-televisión de las Mil Colinas, difundieron, se fue convirtiendo durante el transcurso de la guerra en el exterminio de toda una etnia, lo cual tuvo las consecuencias nefastas ya mencionadas.

Es entonces en la deontología del periodismo donde se deben examinar las prácticas profesionales que debemos adoptar en situaciones similares. Colombia padece de un conflicto armado interno que el periodismo puede no haber aprendido a cubrir. En ese sentido, el análisis de este caso aparece pertinente, pues permite pensar en la posible incitación de los medios colombianos a la parcialización por uno y otro bando. O, que los

52 TPIR. Tribunal Penal Internacional para Ruanda. Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, noviembre 8 de 1994. Disponible en: www. icrc.org/ web/ spa/ sitespa0.nsf /html/ 5TDL7T

medios lleven a crear la distinción entre buenos y malos en este conflicto. Cabe preguntar si hay información en los medios, o si se asume la opinión del redactor, locutor o del productor como noticia.

Por otra parte, no se puede olvidar el trato que le dieron las naciones del mundo a Ruanda y al conflicto que allí se desató, al desconocer lo que realmente estaba pasando en su interior. La función de los medios allí debió ser la de denunciar ante el mundo las injusticias y atrocidades que se venían cometiendo. Cabe preguntarse también si el mundo conoce verdaderamente el conflicto colombiano.

En Ruanda varios periodistas fueron condenados por la magnitud de sus acciones y por las consecuencias que tuvieron sus informaciones o su parcialidad durante el conflicto: Ferdinand Nahimana, Director del Grupo Radio y Televisión Mil Colinas, RTLM; Assan Ngeze, jefe de redacción de la revista Kangura; son dos ejemplos. Ellos fueron condenados a cadena perpetua, por “incitar al asesinato y a la violencia, en sus reportajes o artículos". Adicionalmente, se les inculpó de ser autores intelectuales del genocidio, ya que hacían parte de las esferas más importantes de los políticos extremistas Hutus.

En este caso, y debido a la confluencia de causas, es muy difícil determinar específicamente cual fue la que mayor incidencia tuvo para desencadenar los hechos de Ruanda. Lo único realmente claro es que si los medios de comunicación hubieran actuado de otra forma, las acciones de la guerra no habrían sido de ninguna manera tan violentas.

Casos como el de Ruanda hay varios en la geopolítica mundial: las intervenciones estadounidenses en Bosnia o Kosovo son también ejemplos.

Un periodismo responsable debe ante todo cumplir y hacer cumplir las leyes, pueden mermar el alcance de una guerra en la medida en que informen con verdad e imparcialidad y mostrando al mundo la parte social al interior del conflicto, sin asumir

posiciones políticas. En ese sentido, con unos medios responsables y con objetivos claros, si bien es cierto que los hechos violentos no desaparecerían, si se reduciría su impacto y ningún grupo en contienda se sentiría incitado a continuar profundizando la barbarie. Ello conduciría al camino de la tan deseada humanización del conflicto.

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